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Que trata de lo que sucedió
en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote [1]
Acabóse la buena comida, ensillaron
luego y, sin que les sucediese cosa digna de contar, llegaron otro día a la venta espanto
y asombro de Sancho Panza [2]; y aunque
él quisiera no entrar [*] en
ella, no lo pudo huir [3]. La ventera,
ventero [*], su hija y
Maritornes, que vieron venir a don Quijote y a Sancho, les salieron a recebir con muestras
de mucha alegría, y él las recibió con grave continente y aplauso [4], y díjoles que le aderezasen otro mejor
lecho que la vez pasada. A lo cual le respondió [*] la huéspeda que como
la pagase [*] mejor que la
otra vez, que ella [*] se
le [*] daría de príncipes.
Don Quijote dijo que sí haría, y, así, le aderezaron uno [*] razonable en el mismo
camaranchón [*] de
marras [5], y él se acostó luego,
porque venía muy quebrantado y falto de juicio.
No se hubo bien encerrado [6], cuando la huéspeda arremetió al
barbero y, asiéndole de la barba, dijo:
Para mi santiguada que no se
ha aún de aprovechar más de mi rabo para su barba, y que me ha de volver mi cola, que
anda lo de mi marido por esos suelos, que es vergüenza: digo, el peine, que solía yo
colgar de mi buena cola [7]. |
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No se la quería dar el barbero, aunque ella más tiraba, hasta que el licenciado le dijo
que se la diese, que ya no era menester más usar de aquella industria, sino que se
descubriese y mostrase en su misma forma y dijese a don Quijote que cuando le despojaron
los ladrones galeotes se habían [*] venido a aquella venta
huyendo [8], y que si preguntase por el
escudero de la princesa, le dirían que ella le había enviado adelante a dar aviso a los
de su reino como ella iba y llevaba consigo el libertador [*] de todos. Con esto dio
[*] de buena gana la cola a la
ventera el barbero [*], y
asimismo le volvieron todos los adherentes que había prestado para la libertad de don
Quijote. Espantáronse todos los de la venta de la hermosura de Dorotea [9], y aun del buen talle del zagal Cardenio.
Hizo el cura que les aderezasen de comer de lo que en la venta hubiese, y el huésped, con
esperanza de mejor paga, con diligencia les aderezó una razonable comida. Y a todo esto
dormía don Quijote [10], y fueron de
parecer de no despertalle, porque más provecho le haría por entonces el dormir que el
comer.Trataron, sobre comida
[11], estando delante el ventero, su
mujer, su hija, Maritornes y todos [*] los pasajeros,
de la estraña locura de don Quijote y del modo que le habían hallado. La huéspeda les
contó lo que con él y con el arriero les había acontecido, y mirando [*] si acaso estaba allí
Sancho, como no le viese, contó todo lo de su manteamiento, de que no poco gusto
recibieron. Y como el cura dijese que los libros de caballerías que don Quijote había
leído le habían vuelto el juicio [12],
dijo el ventero:
No sé yo cómo puede ser eso,
que en verdad que, a lo que yo entiendo, no hay mejor letrado [*] en el mundo [13], y que tengo ahí dos o tres dellos, con
otros papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no solo a mí, sino a otros muchos.
Porque cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores, y
siempre hay algunos que saben [*] leer, el cual [14] coge uno destos libros en las manos, y
rodeámonos dél más de treinta [15] y
estámosle escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas [16]. A lo menos, de mí sé decir que cuando
oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan [17], que me toma gana de hacer otro tanto, y
que querría estar oyéndolos noches y días. |
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Y yo ni más ni menos dijo la ventera, porque nunca tengo buen rato en
mi casa sino aquel que vos estáis escuchando leer, que estáis tan embobado, que no os
acordáis de reñir por entonces.
Así es la verdad dijo
Maritornes, y a buena fe que yo también gusto mucho de oír aquellas cosas, que son
muy lindas, y más cuando cuentan que se está la otra señora debajo de unos naranjos
abrazada con su caballero [18], y que les
está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho sobresalto [19]. Digo que todo esto es cosa de mieles [20].
Y a vos ¿qué os parece,
señora doncella? dijo el cura, hablando con la hija del ventero.
No sé, señor, en mi ánima [21] respondió ella. También yo
lo escucho, y en verdad que aunque no lo entiendo, que recibo gusto en oíllo; pero no
gusto yo de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los caballeros
hacen cuando están ausentes de sus señoras, que en verdad que algunas veces me hacen
llorar, de compasión que les tengo.
Luego ¿bien las remediárades
vos, señora doncella dijo Dorotea, si por vos lloraran?
No sé lo que me hiciera
respondió la moza: solo sé que hay algunas señoras de aquellas tan crueles,
que las llaman sus caballeros tigres y leones y otras mil inmundicias [22]. ¡Y Jesús!, yo no sé qué gente es
aquella tan desalmada y tan sin conciencia, que por no mirar a un hombre honrado le dejan
que se muera o que se vuelva loco. Yo no sé para qué es tanto melindre: si lo hacen de
honradas, cásense con ellos, que ellos no desean otra cosa. |
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Calla, niña dijo la ventera, que
parece que sabes mucho destas cosas, y no está bien a las doncellas saber ni hablar
tanto.Como me lo
pregunta este señor respondió ella, no pude dejar de respondelle.
Ahora bien dijo el
cura, traedme, señor huésped, aquesos libros, que los quiero ver.
Que me place [*]; respondió él.
Y entrando en su aposento, sacó
dél una maletilla vieja, cerrada con una cadenilla, y, abriéndola, halló en ella tres
libros grandes y unos papeles de muy buena letra, escritos de mano [23]. El primer libro que abrió vio que era
[*] Don Cirongilio de Tracia
[24], y el otro, de Felixmarte de
Hircania [*][25], y el otro, la Historia del Gran
Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida de Diego García de Paredes [26]. Así como el cura leyó los dos
títulos primeros, volvió el rostro al barbero y dijo:
Falta nos hacen aquí ahora el
ama de mi amigo y su sobrina.
No hacen respondió el
barbero, que también sé yo llevallos al corral o a la chimenea, que en verdad que
hay muy buen fuego en ella.
Luego ¿quiere vuestra merced
quemar más [*] libros [27]? dijo el ventero.
No más dijo el
cura que estos dos, el de Don Cirongilio y el de Felixmarte. |
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Pues ¿por ventura dijo el ventero mis libros son herejes o flemáticos,
que los quiere quemar?
Cismáticos [*] queréis decir, amigo
dijo el barbero, que no flemáticos.
Así es replicó el
ventero. Mas si alguno quiere quemar, sea ese del Gran Capitán y dese Diego
García, que antes dejaré quemar un hijo que dejar quemar ninguno desotros.
Hermano mío dijo el
cura, estos dos libros son mentirosos y están llenos de disparates y devaneos [28], y este del Gran Capitán es historia
verdadera y tiene los hechos de Gonzalo Hernández de Córdoba, el cual por sus muchas y
grandes hazañas mereció ser llamado de todo el mundo «Gran [*] Capitán», renombre famoso y
claro, y dél solo merecido [29]; y este
Diego García de Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en
Estremadura, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales, que detenía con un dedo
[*] una rueda de molino en
la mitad de su furia, y, puesto con un montante en la entrada de una puente [30], detuvo a todo un innumerable ejército,
que no pasase por ella; y hizo otras tales cosas, que si, como [*] él las cuenta y las escribe
[*] él asimismo, con la
modestia de caballero y de coronista propio [31],
las escribiera otro libre y desapasionado, pusieran en su olvido las de los Hétores,
Aquiles y Roldanes.
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