 |
|
Que trata de la nueva y
agradable aventura que al cura y barbero sucedió en la mesma sierra
Felicísimos y venturosos fueron los
tiempos donde se echó al mundo el audacísimo caballero don Quijote de la Mancha [1], pues por haber tenido tan honrosa
determinación como fue el querer resucitar y volver al mundo la ya perdida y casi muerta
orden de la andante caballería gozamos ahora en esta nuestra edad, necesitada de alegres
entretenimientos, no solo de la dulzura de su verdadera historia, sino de los cuentos y
episodios della, que en parte no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la
misma historia [2]; la cual prosiguiendo
su rastrillado, torcido y aspado hilo [3],
cuenta que así como el cura comenzó a prevenirse para consolar a Cardenio, lo impidió
una voz que llegó a sus oídos [4], que,
con tristes acentos, decía desta manera:
¡Ay, Dios! ¡Si será posible
que he ya hallado lugar que pueda servir de escondida sepultura a la carga pesada deste
cuerpo, que tan contra mi voluntad sostengo! Sí será, si la soledad que prometen estas
sierras no me miente. ¡Ay, desdichada, y cuán más agradable compañía harán estos
riscos y malezas a mi intención, pues me darán lugar para que con quejas comunique mi
desgracia al cielo, que no la de ningún hombre humano [5], pues no hay ninguno en la tierra de
quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivio en las quejas, ni remedio en los
males! |
|
Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con él estaban, y por
parecerles, como ello era, que allí junto las decían, se levantaron a buscar el dueño,
y no hubieron andado veinte pasos, cuando detrás de un peñasco vieron sentado al pie de
un fresno a un [*] mozo vestido
como labrador, al cual [*],
por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba los pies en el arroyo que por
allí corría [6], no se le pudieron ver
por entonces, y ellos llegaron con tanto silencio, que dél no fueron sentidos, ni él
estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, que no parecían sino
dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo se habían nacido.
Suspendióles la blancura y belleza de los pies, pareciéndoles que no estaban hechos a
pisar terrones, ni a andar tras el arado y los bueyes, como mostraba el hábito de su
dueño; y así, viendo que no habían sido sentidos, el cura, que iba delante, hizo señas
a los otros dos que se agazapasen o escondiesen detrás de unos pedazos de peña que allí
había, y así [*] lo
hicieron todos, mirando con atención lo que el mozo hacía, el cual traía puesto un
capotillo pardo de dos haldas [7], muy
ceñido al cuerpo con una toalla blanca. Traía ansimesmo unos calzones y polainas de
paño pardo [8], y en la cabeza una
montera parda [9]. Tenía las polainas
levantadas [*] hasta la
mitad de la pierna, que sin duda alguna de blanco alabastro parecía. Acabóse de lavar
los hermosos pies, y luego, con un paño de tocar [10], que sacó debajo de la montera, se los
limpió; y al querer quitársele, alzó el rostro, y tuvieron lugar los que mirándole
estaban de ver una hermosura incomparable, tal, que Cardenio dijo al cura, con voz baja:Esta, ya que no es Luscinda, no es persona humana,
sino divina. |
|
El mozo se quitó la montera, y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte, se comenzaron
a descoger y desparcir unos cabellos que pudieran [*] los del sol tenerles
envidia [11]. Con esto conocieron que el
que parecía labrador era mujer [12], y
delicada, y aun la más hermosa que hasta entonces los ojos de los dos habían visto, y
aun los de Cardenio si no hubieran mirado y conocido a Luscinda: que después afirmó que
sola la belleza de Luscinda podía contender con aquella. Los luengos y rubios cabellos no
solo le cubrieron las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos, que si
no eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo se parecía: tales y tantos eran. En esto
les sirvió [*] de peine
unas manos, que si los pies en el agua habían parecido pedazos de cristal, las manos en
los cabellos semejaban pedazos de apretada nieve [13]; todo lo cual en más admiración y en
más deseo de saber quién era ponía a los tres que la miraban.
Por esto determinaron de mostrarse;
y al movimiento que hicieron de ponerse en pie, la hermosa moza alzó la cabeza y,
apartándose los cabellos de delante de los ojos con entrambas manos, miró los que el
ruido hacían, y apenas los hubo visto, cuando se levantó en pie y, sin aguardar a
calzarse ni a recoger los cabellos, asió con mucha presteza un bulto, como de ropa, que
junto a sí tenía, y quiso ponerse en huida, llena de turbación y sobresalto; mas no
hubo dado seis pasos, cuando, no pudiendo sufrir los delicados pies la aspereza de las
piedras, dio consigo en el suelo. Lo cual visto por los tres, salieron a ella, y el cura
fue el primero que le dijo:
Deteneos, señora, quienquiera
que seáis, que los que aquí veis solo tienen intención de serviros: no hay para qué os
pongáis en tan impertinente huida [14],
porque ni vuestros pies lo podrán sufrir, ni nosotros consentir.
A todo esto ella no respondía
palabra, atónita y confusa. Llegaron, pues, a ella, y, asiéndola por la mano, el cura
prosiguió diciendo: |
|
Lo que vuestro traje, señora, nos niega, vuestros cabellos nos descubren: señales
claras que no deben de ser de poco momento las causas que han disfrazado vuestra belleza
en hábito tan indigno [15], y traídola
a tanta soledad como es esta, en la cual ha sido ventura el hallaros, si no para dar
remedio a vuestros males, a lo menos para darles consejo, pues ningún mal puede fatigar
tanto ni llegar tan al estremo de serlo (mientras no acaba la vida), que rehúya de no
escuchar siquiera el consejo que con buena intención se le da al que lo padece. Así que,
señora mía, o señor mío, o lo que vos quisierdes ser, perded el sobresalto que nuestra
vista os ha causado y contadnos vuestra buena o mala suerte, que en nosotros juntos, o en
cada uno, hallaréis quien os ayude a sentir vuestras desgracias [16].
En tanto que el cura decía estas
razones estaba la disfrazada moza como embelesada [17], mirándolos a todos, sin mover labio ni
decir palabra alguna, bien así como rústico aldeano que [*] de improviso se le muestran
cosas raras y dél jamás vistas. Mas volviendo el cura a decirle otras razones al mesmo
efeto encaminadas, dando ella un profundo suspiro, rompió el silencio y dijo:
Pues que la soledad destas
sierras no ha sido parte para encubrirme [18],
ni la soltura de mis descompuestos cabellos no ha permitido que sea mentirosa mi lengua,
en balde sería fingir yo de nuevo ahora lo que, si se me creyese, sería más por
cortesía que por otra razón alguna. Presupuesto esto, digo, señores, que os agradezco
el ofrecimiento que me habéis hecho, el cual me ha puesto en obligación de satisfaceros
en todo lo que me habéis pedido, puesto que temo que la relación que os hiciere de mis
desdichas os ha de causar, al par de la compasión, la pesadumbre, porque no habéis de
hallar remedio para remediarlas, ni consuelo para entretenerlas [19]. Pero con todo esto, porque no ande
vacilando mi honra en vuestras intenciones [20],
habiéndome ya conocido por mujer y viéndome moza, sola y en este traje, cosas todas
juntas y cada una por sí que pueden echar por tierra cualquier honesto crédito, os
habré de decir lo que quisiera callar, si pudiera.
Todo esto dijo sin parar la que tan
hermosa mujer parecía, con tan suelta lengua, con voz tan suave, que no menos les admiró
su discreción que su hermosura. Y tornándole a hacer nuevos ofrecimientos y nuevos
ruegos para que lo prometido cumpliese, ella, sin hacerse más de rogar, calzándose con
toda honestidad [21] y recogiendo sus
cabellos, se acomodó en el asiento de una piedra, y, puestos los tres alrededor della,
haciéndose fuerza por detener algunas lágrimas que a los ojos se le venían, con voz
reposada y clara comenzó la historia de su vida desta manera: |
|
En esta Andalucía hay un lugar de quien toma título un duque, que le hace uno de
los que llaman «grandes» en España [22].
Este tiene dos hijos: el mayor, heredero de su estado [23] y, al parecer, de sus buenas costumbres;
y el menor no sé yo de qué sea heredero, sino de las traiciones de Vellido y de los
embustes de Galalón [24]. Deste señor
son vasallos mis padres, humildes en linaje, pero tan ricos, que si los bienes de su
naturaleza igualaran a los de su fortuna [25],
ni ellos tuvieran más que desear ni yo temiera verme en la desdicha en que me veo, porque
quizá nace mi poca ventura de la que no tuvieron ellos en no haber nacido ilustres. Bien
es verdad que no son tan bajos que puedan afrentarse de su estado, ni tan altos que a mí
me quiten la imaginación que tengo de que de su humildad viene mi desgracia. Ellos, en
fin, son labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza malsonante [26] y, como suele decirse, cristianos viejos
ranciosos [27], pero tan ricos [*], que su riqueza y magnífico
trato les va poco a poco adquiriendo nombre de hidalgos, y aun de caballeros [28], puesto que de la mayor riqueza y
nobleza que ellos se preciaban era de tenerme a mí por hija; y así por no tener otra ni
otro que los heredase como por ser padres y aficionados [29], yo era una de las más regaladas hijas
que padres jamás regalaron. Era el espejo en que se miraban, el báculo de su vejez y el
sujeto a quien encaminaban, midiéndolos con el cielo, todos sus deseos, de los cuales,
por ser ellos tan buenos, los míos no salían un punto. Y del mismo modo que yo era
señora de sus ánimos, ansí lo era de su hacienda: por mí se recebían y despedían los
criados; la razón y cuenta de lo que se sembraba y cogía pasaba por mi mano, los molinos
de aceite, los lagares del vino [30], el
número del ganado [*]
mayor y menor, el de las colmenas; finalmente, de todo aquello que un tan rico labrador
como mi padre puede tener y tiene, tenía yo la cuenta y era la mayordoma y señora, con
tanta solicitud mía y con tanto gusto suyo, que buenamente no acertaré a encarecerlo.
Los ratos que del día me quedaban después de haber dado lo que convenía a los
mayorales, a capataces [*]
y a otros jornaleros [31], los
entretenía en ejercicios que son a las doncellas tan lícitos como necesarios, como son
los que ofrece la aguja y la almohadilla, y la rueca muchas veces [32]; y si alguna, por recrear el ánimo,
estos ejercicios dejaba, me acogía al entretenimiento de leer algún libro devoto, o a
tocar una harpa [33], porque la
experiencia me mostraba que la música compone los ánimos descompuestos y alivia los
trabajos que nacen del espíritu [34].
Esta, pues, era la vida que yo tenía en casa de mis padres, la cual si tan
particularmente he contado no ha sido por ostentación ni por dar a entender que soy rica,
sino porque se advierta cuán sin culpa me he [*] venido de aquel buen estado
que he dicho al infelice en que ahora me hallo. Es, pues, el caso que, pasando mi vida en
tantas ocupaciones y en un encerramiento tal, que al de un monesterio pudiera compararse,
sin ser vista, a mi parecer, de otra persona alguna que de los criados de casa, porque los
días que iba a misa era tan de mañana, y tan acompañada de mi madre y de otras criadas,
y yo tan cubierta y recatada [35], que
apenas vían mis ojos más tierra de aquella donde ponía los pies [36], y, con todo esto, los del amor, o los
de la ociosidad, por mejor decir, a quien los de lince no pueden igualarse [37], me vieron, puestos en la solicitud de
don Fernando, que este es el nombre del hijo menor del duque que os he contado.
No hubo bien nombrado a don Fernando
la que el cuento contaba, cuando a Cardenio se le mudó la color del rostro, y comenzó a
trasudar, con tan grande alteración, que el cura y el barbero, que miraron en ello [38], temieron [*] que le venía aquel
accidente de locura que habían oído decir que de cuando en cuando le venía. Mas
Cardenio no hizo otra cosa que trasudar y estarse quedo, mirando de hito en hito a la
labradora [39], imaginando quién ella
era, la cual, sin advertir en los movimientos de Cardenio [40], prosiguió su historia, diciendo: |
|
Y no me hubieron bien visto, cuando, según él dijo después, quedó tan preso de
mis amores cuanto lo dieron bien a entender sus demostraciones. Mas por acabar presto con
el cuento, que no le tiene [41], de mis
desdichas, quiero pasar en silencio las diligencias que don Fernando hizo para declararme
su voluntad: sobornó toda la gente de mi casa, dio y ofreció dádivas y mercedes a mis
parientes; los días eran todos de fiesta y de regocijo en mi calle, las noches no dejaban
dormir a nadie las músicas; los billetes que sin saber cómo a mis manos venían eran
infinitos, llenos de enamoradas razones y ofrecimientos [42], con menos letras que promesas y
juramentos. Todo lo cual no solo no me ablandaba, pero me endurecía de manera como si
fuera mi mortal enemigo y que todas las obras que para reducirme a su voluntad hacía las
hiciera para el efeto contrario; no porque a mí me pareciese mal la gentileza de don
Fernando, ni que tuviese a demasía sus solicitudes, porque me daba un no sé qué de
contento verme tan querida y estimada de un tan principal caballero [43], y no me pesaba ver en sus papeles mis
alabanzas (que en esto, por feas que seamos las mujeres, me parece a mí que siempre nos
da gusto el oír que nos llaman hermosas), pero a todo esto se opone [*] mi honestidad, y los consejos
continuos que mis padres me daban, que ya muy al descubierto sabían la voluntad de don
Fernando, porque ya a él no se le [*] daba nada de que todo el
mundo la supiese [44]. Decíanme mis
padres que en sola mi virtud y bondad dejaban y depositaban su honra y fama, y que
considerase la desigualdad que había entre mí y don Fernando, y que por aquí echaría
de ver que sus pensamientos (aunque él dijese otra cosa) más se encaminaban [*] a su gusto que a mi
provecho, y que si yo quisiese poner en alguna manera algún inconveniente para que él se
dejase de su injusta pretensión, que ellos me casarían luego con quien yo más gustase,
así de los más principales de nuestro lugar como de todos los circunvecinos, pues todo
se podía esperar de su mucha hacienda y de mi buena fama. Con estos ciertos
prometimientos, y con la verdad que ellos me decían, fortificaba yo mi entereza, y jamás
quise responder a don Fernando palabra que le pudiese mostrar, aunque de muy lejos,
esperanza de alcanzar su deseo. Todos estos recatos míos, que él debía de tener por
desdenes, debieron de ser causa de avivar más su lascivo apetito, que este nombre quiero
dar a la voluntad que me mostraba [*]; la cual, si ella fuera
como debía, no la supiérades vosotros ahora, porque hubiera faltado la ocasión [*] de decírosla.
Finalmente, don Fernando supo que mis padres andaban por darme estado [45], por quitalle a él la esperanza de
poseerme, o a lo menos porque yo tuviese más guardas para guardarme, y esta nueva o
sospecha fue causa para que hiciese lo que ahora oiréis. Y fue que una noche [46], estando yo en mi aposento con sola la
compañía de una doncella que me servía, teniendo bien cerradas las puertas, por temor
que por descuido mi honestidad no se viese en peligro, sin saber ni imaginar cómo, en
medio destos recatos y prevenciones y en la soledad deste silencio y encierro me le hallé
delante, cuya vista me turbó de manera que me quitó la de mis ojos y me enmudeció la
lengua; y, así, no fui poderosa de dar voces, ni aun él creo que me las dejara dar,
porque luego se llegó a mí y, tomándome entre sus brazos (porque yo, como digo, no tuve
fuerzas para defenderme, según estaba turbada), comenzó a decirme tales razones, que no
sé cómo es posible que tenga tanta habilidad la mentira, que las sepa componer de modo
que parezcan tan verdaderas. Hacía el traidor que sus lágrimas acreditasen sus palabras,
y los suspiros su intención. Yo, pobrecilla, sola entre los míos, mal ejercitada en
casos semejantes [47], comencé no sé en
qué modo a tener por verdaderas tantas falsedades, pero no de suerte que me moviesen a
compasión menos que buena sus lágrimas y suspiros [48]; y así, pasándoseme aquel sobresalto
primero, torné algún tanto a cobrar mis perdidos espíritus [49] y, con más ánimo del que pensé que
pudiera tener, le dije: «Si como estoy, señor, en tus brazos, estuviera entre los de un
león fiero, y el librarme dellos se me asegurara con que hiciera o dijera cosa que fuera
en perjuicio de mi honestidad, así fuera posible hacella o decilla como es posible dejar
de haber sido lo que fue. Así que si tú tienes ceñido mi cuerpo con tus brazos, yo
tengo atada mi alma con mis buenos deseos, que son tan diferentes de los tuyos como lo
verás, si con hacerme fuerza quisieres pasar adelante en ellos. Tu vasalla soy, pero no
tu esclava; ni tiene ni debe tener imperio la nobleza de tu sangre para deshonrar y tener
en poco la humildad de la mía; y en tanto me estimo yo, villana y labradora, como tú,
señor y caballero [50]. Conmigo no han
de ser de ningún efecto tus fuerzas, ni han de tener valor tus riquezas, ni tus palabras
han de poder engañarme, ni tus suspiros y lágrimas enternecerme. Si alguna de todas
estas cosas que he dicho viera yo en el que mis padres me dieran por esposo, a su voluntad
se ajustara la mía, y mi voluntad de la suya no saliera; de modo que, como quedara con
honra, aunque quedara sin gusto, de grado le [*] entregara lo que tú, señor,
ahora con tanta fuerza procuras. Todo esto he dicho porque no es pensar que de mí alcance
cosa alguna el que no fuere mi ligítimo esposo» [51]. «Si no reparas más que en eso,
bellísima Dorotea (que este es el nombre desta desdichada)», dijo el desleal caballero,
«ves aquí te doy la mano de serlo tuyo, y sean testigos desta verdad los cielos, a quien
ninguna cosa se asconde [*],
y esta imagen de Nuestra Señora que aquí tienes [52].»
|
|
|
|