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Por
este billete me moví a pedir a Luscinda por esposa, como ya os he contado, y este fue por
quien quedó Luscinda en la opinión de don Fernando por una de las más discretas y
avisadas mujeres de su tiempo; y este billete fue el que le puso en deseo de destruirme
antes que el mío se efetuase. Díjele yo a don Fernando en lo que reparaba el padre de
Luscinda, que era en que mi padre se la pidiese, lo cual yo no le osaba decir, temeroso
que no vendría en ello, no porque no tuviese bien conocida la calidad, bondad, virtud y
hermosura de Luscinda, y que tenía partes bastantes para ennoblecer [*] cualquier otro linaje de
España, sino porque yo entendía dél que deseaba que no me casase tan presto, hasta ver
lo que el duque Ricardo hacía conmigo. En resolución, le dije que no me aventuraba a
decírselo a mi padre, así por aquel inconveniente como por otros muchos que me
acobardaban, sin saber cuáles eran, sino que me parecía que lo que yo desease jamás
había de tener efeto. A todo esto me respondió don Fernando que él se encargaba de
hablar a mi padre y hacer con él que hablase al de Luscinda. ¡Oh Mario ambicioso, oh
Catilina cruel, oh Sila [*]
facinoroso, oh Galalón embustero, oh Vellido traidor, oh Julián vengativo, oh Judas
codicioso [39]! Traidor, cruel, vengativo
y embustero, ¿qué deservicios te había hecho este triste que con tanta llaneza te
descubrió los secretos y contentos de su corazón [40]? ¿Qué ofensa te hice? ¿Qué palabras
te dije, o qué consejos te di, que no fuesen todos encaminados a acrecentar tu honra y tu
provecho? Mas ¿de qué me quejo, desventurado de mí, pues es cosa cierta que cuando
traen las desgracias la corriente de las estrellas [41], como vienen de alto abajo,
despeñándose con furor y con violencia, no hay fuerza en la tierra que las detenga, ni
industria humana que prevenirlas pueda? ¿Quién pudiera imaginar que don Fernando,
caballero ilustre, discreto, obligado de mis servicios, poderoso para alcanzar lo que el
deseo amoroso le pidiese dondequiera que le ocupase, se había de enconar, [42]
como suele decirse, en tomarme a mí una sola oveja que aún no poseía [43]? Pero quédense estas consideraciones
aparte, como inútiles y sin provecho, y añudemos el roto hilo de mi desdichada historia.
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»Digo, pues, que, pareciéndole a don Fernando que
mi presencia le era inconveniente para poner en ejecución su falso y mal pensamiento,
determinó de enviarme a su hermano mayor, con ocasión de pedirle unos dineros para pagar
seis caballos, que de industria, y solo para este efeto de que me ausentase, para poder
mejor salir con su dañado intento, el mesmo día que se ofreció hablar a mi padre los
compró, y quiso que yo viniese por el dinero. ¿Pude yo prevenir esta traición? ¿Pude
por ventura caer en imaginarla? No, por cierto, antes con grandísimo gusto me ofrecí a
partir luego, contento de la buena compra hecha. Aquella noche hablé con Luscinda y le
dije lo que con don Fernando quedaba concertado, y que tuviese firme esperanza de que
tendrían efeto nuestros buenos y justos deseos. Ella me dijo, tan segura como yo de la
traición de don Fernando [44], que
procurase volver presto, porque creía que no tardaría más la conclusión de nuestras
voluntades que tardase mi padre de hablar al suyo [*]. No sé qué se fue, que en
acabando de decirme esto se le llenaron los ojos de lágrimas y un nudo se le atravesó en
la garganta, que no le dejaba hablar palabra de otras muchas que me pareció que procuraba
decirme. Quedé admirado deste nuevo accidente, hasta allí jamás en ella visto, porque
siempre nos hablábamos, las veces que la buena fortuna y mi diligencia lo concedía, con
todo regocijo y contento, sin mezclar en nuestras pláticas lágrimas, suspiros, celos,
sospechas o temores. Todo era engrandecer yo mi ventura, por habérmela dado el cielo por
señora: exageraba su belleza [45],
admirábame de su valor y entendimiento. Volvíame ella el recambio [46], alabando en mí lo que, como enamorada,
le parecía [*] digno de
alabanza. Con esto nos contábamos cien mil niñerías y acaecimientos de nuestros vecinos
y conocidos, y a lo que más se extendía mi desenvoltura era a tomarle, casi por fuerza,
una de sus bellas y blancas manos y llegarla a mi boca según daba lugar la estrecheza de
una baja reja que nos dividía. Pero la noche que precedió al triste día de mi partida
ella lloró, gimió y suspiró, y se fue, y me dejó lleno de confusión y sobresalto,
espantado de haber visto tan nuevas y tan tristes muestras de dolor y sentimiento en
Luscinda; pero, por no destruir mis esperanzas, todo lo atribuí a la fuerza del amor que
me tenía y al dolor que suele causar la ausencia en los que bien se quieren. En fin, yo
me partí triste y pensativo, llena el alma de imaginaciones y sospechas, sin saber lo que
sospechaba ni imaginaba: claros indicios que me [*] mostraban el triste suceso y
desventura que me estaba guardada [*]. Llegué al lugar
donde era enviado, di las cartas al hermano de don Fernando, fui bien recebido, pero no
bien despachado, porque me mandó aguardar, bien a mi disgusto, ocho días, y en parte
donde el duque su padre no me viese, porque su hermano le escribía que le enviase cierto
dinero sin su sabiduría [47]; y todo fue
invención del falso don Fernando, pues no le faltaban a su hermano dineros para
despacharme luego. Orden y mandato fue éste que me puso en condición de no obedecerle [48], por parecerme imposible sustentar
tantos días la vida en el ausencia de Luscinda, y más habiéndola dejado con la tristeza
que os he contado; pero, con todo esto, obedecí, como buen criado, aunque veía que
había de ser a costa de mi salud. Pero, a los cuatro días que allí llegué, llegó un
hombre en mi busca con una carta que me dio, que en el sobrescrito conocí ser de
Luscinda, porque la letra dél era suya. Abríla temeroso y con sobresalto, creyendo que
cosa grande debía de ser la que la había movido a escribirme estando ausente, pues
presente pocas veces lo hacía. Preguntéle al hombre, antes de leerla, quién se la
había dado y el tiempo que había tardado en el camino; díjome que acaso pasando por una
calle de la ciudad a la hora de mediodía [49],
una señora muy hermosa le llamó desde una ventana, los ojos llenos de lágrimas, y que
con mucha priesa le dijo: "Hermano, si sois cristiano, como parecéis, por amor de
Dios os ruego que encaminéis luego luego esta carta al lugar y a la persona que dice el
sobrescrito, que todo es bien conocido, y en ello haréis un gran servicio a Nuestro
Señor; y para que no os falte comodidad de poderlo hacer [50], tomad lo que va en este pañuelo".
"Y diciendo esto me arrojó por la ventana un pañuelo, donde venían atados cien
reales y esta sortija de oro que aquí traigo, con esa carta que os he dado. Y luego, sin
aguardar respuesta mía, se quitó de la ventana, aunque primero vio como yo tomé la
carta y el pañuelo, y por señas le dije que haría lo que me mandaba. Y, así, viéndome
tan bien pagado del trabajo que podía tomar en traérosla, y conociendo por el
sobrescrito que érades vos a quien se enviaba, porque yo, señor, os conozco muy bien, y
obligado asimesmo de las lágrimas de aquella hermosa señora, determiné de no fiarme de
otra persona, sino venir yo mesmo a dárosla, y en diez y seis horas [*] que ha que se me dio he hecho
el camino, que sabéis que es de diez y ocho leguas [51]." |
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»En tanto que el agradecido y nuevo correo esto me
decía, estaba yo colgado de sus palabras, temblándome las piernas, de manera que apenas
podía sostenerme. En efeto, abrí la carta y vi que contenía estas razones:La palabra que don Fernando os dio de hablar a vuestro
padre para que hablase al mío, la ha cumplido más [*] en su gusto que en vuestro
provecho. Sabed, señor, que él me ha pedido por esposa, y mi padre, llevado de la
ventaja que él piensa que don Fernando os hace, ha venido en lo que quiere, con tantas
veras, que de aquí a dos días se ha de hacer el desposorio, tan secreto y tan a solas,
que solo han de ser testigos los cielos y alguna gente de casa. Cuál yo quedo,
imaginaldo; si os cumple venir, [52]
veldo; y si os quiero bien o no, el suceso deste negocio os lo dará a entender. A Dios
plega que esta llegue a vuestras manos antes que la mía [53] se vea en condición de juntarse con
la de quien tan mal sabe guardar la fe que promete.
»Estas, en suma, fueron las razones que la carta
contenía y las que me hicieron poner luego en camino, sin esperar otra respuesta ni otros
dineros; que bien claro conocí entonces que no la compra de los caballos [*], sino la de su gusto,
había movido a don Fernando a enviarme a su hermano. El enojo que contra don Fernando
concebí, junto con el temor de perder la prenda que con tantos años de servicios y
deseos tenía granjeada, me pusieron alas, pues, casi como en vuelo, otro día me puse en
mi lugar [54], al punto y hora que
convenía para ir a hablar a Luscinda. Entré secreto [55] y dejé una mula en que venía en casa
del buen hombre que me había llevado la carta, y quiso la suerte que entonces la tuviese
tan buena, que hallé a Luscinda puesta a la reja testigo de nuestros amores. Conocióme
Luscinda luego, y conocíla yo, mas no como debía ella conocerme y yo conocerla. Pero
¿quién hay en el mundo que se pueda alabar que ha penetrado y sabido el confuso
pensamiento y condición mudable [*] de una mujer? Ninguno, por
cierto. Digo, pues, que así como Luscinda me vio me dijo: "Cardenio, de boda estoy
vestida; ya me están aguardando en la sala don Fernando el traidor y mi padre el
codicioso, con otros testigos, que antes lo serán de mi muerte que de mi desposorio. No
te turbes, amigo, sino procura hallarte presente a este sacrificio, el cual si no pudiere
ser estorbado de mis razones, una daga llevo escondida que podrá estorbar más [*] determinadas
fuerzas, dando fin a mi vida y principio a que conozcas la voluntad que te he tenido y
tengo [56]". Yo le respondí turbado
y apriesa, temeroso no me faltase lugar para responderla: "Hagan, señora, tus obras
verdaderas tus palabras; que si tú llevas daga para acreditarte, aquí llevo yo
espada para defenderte con ella o para matarme si la suerte nos fuere contraria". No
creo que pudo oír todas estas razones, porque sentí que la llamaban apriesa, porque el
desposado aguardaba. Cerróse con esto la noche de mi tristeza, púsoseme el sol de mi
alegría, quedé sin luz en los ojos y sin discurso en el entendimiento. No acertaba a
entrar en su casa, ni podía moverme a parte alguna; pero, considerando cuánto importaba
mi presencia para lo que suceder pudiese [*] en aquel caso, me
animé lo más que pude y entré en su casa. Y como ya sabía muy bien todas sus entradas
y salidas, y más con el alboroto que de secreto en ella andaba, nadie me echó de ver;
así que sin ser visto tuve lugar de ponerme en el hueco que hacía una ventana de la
mesma sala, que con las puntas y remates de dos tapices se cubría [57], por entre las cuales [*] podía yo ver, sin ser
visto, todo cuanto en la sala se hacía. ¿Quién pudiera decir ahora los sobresaltos que
me dio el corazón mientras allí estuve, los pensamientos que me ocurrieron, las
consideraciones que hice, que fueron tantas y tales, que ni se pueden decir ni aun es bien
que se digan? Basta que sepáis que el desposado entró en la sala sin otro adorno que los
mesmos vestidos ordinarios que solía. Traía por padrino a un primo hermano de Luscinda,
y en toda la sala no había persona de fuera, sino los criados de casa. De allí a un poco
salió de una recámara Luscinda [58],
acompañada de su madre y de dos doncellas suyas, tan bien aderezada y compuesta como su
calidad y hermosura merecían, y como quien era la perfeción de la gala y bizarría
cortesana. No me dio lugar mi suspensión y arrobamiento para que mirase y notase en
particular lo que traía vestido: solo pude advertir a las colores, que eran encarnado y
blanco [59], y en las vislumbres que las
piedras y joyas del tocado y de todo el vestido hacían [60], a todo lo cual se aventajaba la belleza
singular de sus hermosos y rubios cabellos, tales, que, en competencia de las preciosas
piedras y de las luces de cuatro hachas que en la sala estaban, la suya con más
resplandor a los ojos ofrecían. ¡Oh memoria, enemiga mortal de mi descanso! ¿De qué
sirve representarme ahora la incomparable belleza de aquella adorada enemiga mía [61]? ¿No será mejor, cruel memoria, que me
acuerdes y representes lo que entonces hizo, para que, movido de tan manifiesto agravio,
procure, ya que no la venganza, a lo menos perder la vida? No os canséis, señores, de
oír estas digresiones que hago, que no es mi pena de aquellas que puedan ni deban
contarse sucintamente y de paso, pues cada circunstancia suya me parece a mí que es digna
de un largo discurso.
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