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De
cómo salieron con su intención el cura y el barbero [1], con otras cosas dignas de que se
cuenten en esta grande historia
No le pareció mal al barbero la
invención del cura, sino tan bien [*], que luego la pusieron por
obra. Pidiéronle a la ventera una saya y unas tocas [2], dejándole en prendas una sotana nueva
del cura. El barbero hizo una gran barba de una cola rucia o roja de buey donde el ventero
tenía colgado el peine [3]. Preguntóles
[*] la ventera que para
qué le pedían aquellas cosas. El cura le contó en breves razones la locura de don
Quijote y cómo convenía aquel disfraz para sacarle de la montaña donde a la sazón
estaba. Cayeron luego el ventero y la ventera en que el loco era su huésped, el del
bálsamo [*], y el
amo del manteado escudero, y contaron al cura todo lo que con él les había pasado, sin
callar lo que tanto callaba Sancho. En resolución, la ventera vistió al cura de modo que
no había más que ver [4]. Púsole una
saya de paño, llena de fajas de terciopelo negro de un palmo en ancho, todas acuchilladas
[5], y unos corpiños de terciopelo verde
guarnecidos con unos ribetes [*] de raso blanco [6], que se debieron de hacer, ellos y la
saya, en tiempo del rey Bamba [7]. No
consintió el cura que le tocasen [8],
sino púsose en la cabeza un birretillo de lienzo colchado que llevaba para dormir de
noche [9], y ciñóse por la frente una
liga de tafetán negro [10], y con otra
liga hizo un antifaz con que se cubrió muy bien las barbas y el rostro [11]; encasquetóse su sombrero, que era tan
grande, que le podía servir de quitasol, y, cubriéndose su herreruelo [*][12], subió en su mula a mujeriegas, y el
barbero en la suya, con su barba que le llegaba a la cintura, entre roja y blanca, como
aquella que, como se ha dicho, era hecha de la cola de un buey barroso [13]. |
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Despidiéronse de todos, y de la buena de
Maritornes, que prometió de rezar un rosario, aunque pecadora, por que Dios les [*] diese buen suceso en tan arduo y
tan cristiano negocio como era el que habían emprendido. Mas apenas hubo [*] salido de la venta, cuando le
vino al cura un pensamiento: que hacía mal en haberse puesto de aquella manera, por ser
cosa indecente que un sacerdote se pusiese así, aunque le fuese mucho en ello [14]; y diciéndoselo al barbero, le rogó
que trocasen trajes, pues era más justo que él fuese la doncella menesterosa, y que él
haría el escudero, y que así se profanaba menos su dignidad; y que si no lo quería
hacer, determinaba de no pasar adelante, aunque a don Quijote se le llevase el diablo.
En esto llegó Sancho, y de ver a los dos en
aquel traje no pudo tener la risa. En efeto, el barbero vino en todo aquello que el cura
quiso [15], y, trocando la invención, el
cura le fue informando el modo [*]
que había de tener y las palabras que había de decir a don Quijote para moverle [16] y forzarle a que con él se viniese y
dejase la querencia del lugar que había escogido para su vana penitencia. El barbero
respondió que sin que se le diese lición él lo pondría bien en su punto [17]. No quiso vestirse por entonces, hasta
que estuviesen junto de donde don Quijote estaba, y, así, dobló sus vestidos, y el cura
acomodó su barba, y siguieron su camino, guiándolos Sancho Panza; el cual les fue
contando lo que les aconteció con el loco que hallaron en la sierra, encubriendo, empero,
el hallazgo de la maleta y de cuanto en ella venía, que, maguer que tonto, era un poco
codicioso el mancebo [18]. |
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Otro día llegaron al lugar donde Sancho había
dejado puestas las señales de las ramas para acertar el lugar donde había dejado a su
señor [19], y, en reconociéndole, les
dijo como aquella era la entrada y que bien se podían vestir, si era que aquello hacía
al caso para la libertad de su señor: porque ellos le habían dicho antes que el ir de
aquella suerte y vestirse de aquel modo era toda la importancia para sacar a su amo de
aquella mala vida que había escogido [20],
y que le encargaban mucho que no dijese a su amo quién ellos eran, ni que los conocía; y
que si le preguntase, como se lo había de preguntar, si dio la carta a Dulcinea, dijese
que sí, y que, por no saber leer, le había respondido de palabra, diciéndole que le
mandaba, so pena de la su desgracia [21],
que luego al momento se viniese a ver con ella, que era cosa que le importaba mucho;
porque con esto y con lo que ellos pensaban decirle tenían por cosa cierta reducirle a
mejor vida y hacer con él que luego se pusiese en camino para ir a ser emperador o
monarca, que en lo de ser arzobispo no había de qué temer.Todo lo escuchó Sancho, y lo tomó muy bien en la
memoria, y les agradeció mucho la intención que tenían de aconsejar a su señor fuese
emperador, y no arzobispo, porque él tenía para sí que para hacer mercedes a sus
escuderos más podían los emperadores que los arzobispos andantes. También les dijo que
sería bien que él fuese delante a buscarle y darle la respuesta de su señora; que ya [*] sería ella bastante a
sacarle de aquel lugar, sin que ellos se pusiesen en tanto trabajo. Parecióles bien lo
que Sancho Panza decía, y, así, determinaron de aguardarle hasta que volviese con las
nuevas del hallazgo de su amo.
Entróse Sancho por aquellas
quebradas de la sierra, dejando a los dos en una por donde corría un pequeño y manso
arroyo, a quien hacían sombra agradable y fresca otras peñas y algunos árboles que por
allí estaban. El calor, y el día que allí llegaron, era de los del mes de agosto, que
por aquellas partes suele ser el ardor muy grande; la hora, las tres de la tarde; todo lo
cual hacía al sitio más agradable, y que convidase a que en él esperasen la vuelta de
Sancho, como lo hicieron. |
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Estando, pues, los dos allí sosegados y a la
sombra, llegó a sus oídos una voz, que, sin acompañarla son de algún otro instrumento,
dulce y regaladamente sonaba [22], de que
no poco se admiraron, por parecerles que aquel no era lugar donde pudiese haber quien tan
bien cantase. Porque aunque suele decirse que por las selvas y campos se hallan pastores
de voces estremadas, más son encarecimientos de poetas que verdades; y más cuando
advirtieron que lo que oían cantar eran versos, no de rústicos ganaderos, sino de
discretos cortesanos. Y confirmó esta verdad haber sido los versos que oyeron estos [23]:
¿Quién menoscaba mis bienes?
Desdenes.
¿Y quién aumenta mis duelos?
Los celos.
¿Y quién prueba mi paciencia?
Ausencia.
De ese modo, en mi [*]
dolencia
ningún remedio se alcanza,
pues me matan la esperanza
desdenes, celos y ausencia.
¿Quién me causa este dolor?
Amor.
¿Y quién mi gloria repugna [24]?
Fortuna.
¿Y quién consiente en mi duelo?
El cielo.
De ese modo, yo recelo
morir deste mal estraño,
pues se aumentan [*] en mi
daño
amor, fortuna y el cielo.
¿Quién mejorará [*] mi suerte?
La muerte.
Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?
Mudanza.
Y sus males, ¿quién los cura?
Locura.
De ese modo, no es cordura
querer curar la pasión,
cuando los remedios son
muerte, mudanza y locura.
La hora, el tiempo, la soledad, la voz y la
destreza del que cantaba causó admiración y contento en los dos oyentes, los cuales se
estuvieron quedos, esperando si otra alguna cosa oían; pero viendo que duraba algún
tanto el silencio, determinaron de salir a buscar el músico que con tan buena voz
cantaba. Y queriéndolo poner en efeto, hizo la mesma voz que no se moviesen, la cual
llegó de nuevo a sus oídos, cantando este soneto: |
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SONETO
Santa amistad [25], que con ligeras alas,
tu apariencia quedándose en el suelo,
entre benditas almas en el cielo
subiste alegre a las impíreas [*]
salas [26]:
desde allá, cuando quieres, nos señalas
la justa paz cubierta con un velo,
por quien a veces se trasluce el celo
de buenas obras que a la fin son malas.
Deja el cielo, ¡oh amistad!, o no permitas
que el engaño se vista tu librea [27],
con que destruye a la intención sincera;
que si tus apariencias [*] no le quitas,
presto ha de verse el mundo en la pelea
de la discorde confusión primera [28].
El canto se acabó con un profundo suspiro, y los
dos con atención volvieron a esperar si más se cantaba; pero, viendo que la música se
había vuelto en sollozos y en lastimeros ayes, acordaron de saber quién era el triste
tan estremado en la voz como doloroso en los gemidos, y no anduvieron mucho cuando, al
volver de una punta de una peña, vieron a un hombre del mismo talle y figura que Sancho
Panza les había pintado cuando les contó el cuento de Cardenio; el cual hombre, cuando
los vio, sin sobresaltarse estuvo quedo, con la cabeza inclinada sobre el pecho, a guisa
de hombre pensativo, sin alzar los ojos a mirarlos más de la vez primera, cuando de
improviso llegaron.
El cura, que era hombre bien hablado [29], como el que ya tenía noticia de su
desgracia, pues por las señas le había conocido, se llegó a él, y con breves aunque
muy discretas razones le rogó y persuadió que aquella tan miserable vida dejase [30], porque allí no la perdiese, que era la
desdicha mayor de las desdichas. Estaba Cardenio entonces en su entero juicio, libre de
aquel furioso accidente que tan a menudo le sacaba de sí mismo; y, así, viendo [*] a los dos en traje tan no
usado de los que por aquellas soledades andaban [31], no dejó de admirarse algún tanto, y
más cuando oyó que le habían hablado en su negocio, como en cosa sabida [32] (porque las razones que el cura le dijo
así lo dieron a entender); y, así, respondió desta manera: |
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Bien veo yo, señores, quienquiera que seáis,
que el cielo, que tiene cuidado de socorrer a los buenos, y aun a los malos muchas veces,
sin yo merecerlo me envía, en estos tan remotos y apartados lugares del trato común de
las gentes, algunas personas que, poniéndome delante de los ojos con vivas y varias
razones cuán sin ella ando en hacer la vida que hago, han procurado sacarme desta a mejor
parte; pero, como no saben que sé yo que en saliendo deste daño he de caer en otro
mayor, quizá me deben de tener por hombre de flacos discursos [33], y aun, lo que peor sería, por de
ningún juicio. Y no sería maravilla que así fuese, porque a mí se me trasluce que la
fuerza de la imaginación de mis desgracias es tan intensa y puede tanto en mi perdición,
que, sin que yo pueda ser parte a estorbarlo, vengo a quedar como piedra, falto de todo
buen sentido y conocimiento; y vengo a caer en la cuenta desta verdad cuando algunos me
dicen y muestran [*]
señales de las cosas que he hecho en tanto que aquel terrible accidente me señorea, y no
sé más que dolerme en vano y maldecir sin provecho mi ventura, y dar por disculpa de mis
locuras el decir la causa dellas a cuantos oírla quieren; porque viendo los cuerdos cuál
es la causa no se maravillarán [*] de los efetos, y si no
me dieren remedio, a lo menos no me darán culpa, convirtiéndoseles el enojo de mi
desenvoltura en lástima de mis desgracias. Y si es que vosotros, señores, venís con la
mesma intención que otros han venido, antes que paséis adelante en vuestras discretas
persuasiones os ruego que escuchéis el cuento, que no le tiene [34], de mis desventuras, porque quizá,
después de entendido, ahorraréis del trabajo que tomaréis [*] en consolar un mal que de
todo consuelo es incapaz. |
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Los dos, que no deseaban otra cosa que saber de su
mesma boca la causa de su daño, le rogaron se la contase, ofreciéndole de no hacer otra
cosa de la que él quisiese en su remedio o consuelo; y con esto el triste caballero
comenzó su lastimera historia, casi por las mesmas palabras y pasos que la había contado
a don Quijote y al cabrero pocos días atrás, cuando, por ocasión del maestro Elisabat y
puntualidad de don Quijote en guardar el decoro a la caballería [35], se quedó el cuento imperfeto [36], como la historia lo deja contado. Pero
ahora quiso la buena suerte que se detuvo el accidente de la locura y le dio lugar de
contarlo hasta el fin; y, así, llegando al paso del billete que había hallado don
Fernando entre el libro de Amadís de Gaula, dijo Cardenio que le tenía bien en la
memoria y que decía desta manera:LUSCINDA [*] A CARDENIO
Cada día descubro en vos valores
que me obligan y fuerzan a que en más os estime; [37] y, así, si quisiéredes sacarme
desta deuda sin ejecutarme en la honra [38],
lo podréis muy bien hacer. Padre tengo, que os conoce y que me quiere bien, el cual,
sin forzar mi voluntad, cumplirá la que [*] será justo que vos
tengáis, si es que me estimáis como decís y como yo creo.
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