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Pero don Quijote, que, como se ha dicho, se sintió aliviado y sano, quiso
partirse luego a buscar aventuras, pareciéndole que todo el tiempo que allí se tardaba
era quitársele al mundo y a los en él menesterosos de su favor y amparo, y más, con la
seguridad y confianza que llevaba en su bálsamo. Y así, forzado deste deseo, él mismo
ensilló a Rocinante y enalbardó al jumento de su escudero, a quien también ayudó a
vestir y a subir en el asno. Púsose luego a caballo y, llegándose a un rincón de la
venta, asió de un lanzón que allí estaba, para que le sirviese de lanza [32].
Estábanle mirando todos cuantos
había en la venta, que pasaban de más de veinte personas; mirábale también la hija del
ventero, y él también no quitaba los ojos della [33], y de cuando en cuando arrojaba un
sospiro, que parecía que le arrancaba [*] de lo profundo de sus
entrañas, y todos pensaban que debía de ser del dolor que sentía en las costillas
a lo menos pensábanlo aquellos que la noche antes le habían visto bizmar. |
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Ya que estuvieron los dos a caballo [34],
puesto a la puerta de la venta, llamó al ventero y con voz muy reposada y grave le dijo:Muchas y muy grandes son las
mercedes, señor alcaide, que en este vuestro castillo he recebido, y quedo obligadísimo
a agradecéroslas todos los días de mi vida [35].
Si os las puedo pagar en haceros vengado de algún soberbio que os haya fecho algún
agravio [36], sabed que mi oficio no es
otro sino valer a los que poco pueden y vengar a los que reciben tuertos y castigar
alevosías. Recorred vuestra memoria, y si halláis alguna cosa deste jaez que
encomendarme, no hay sino decilla, que yo os prometo por la orden de caballero que recebí
de faceros satisfecho y pagado [*]
a toda vuestra voluntad [37].
El ventero le respondió con el
mesmo sosiego:
Señor caballero, yo no tengo
necesidad de que vuestra merced me vengue ningún agravio, porque yo sé tomar la venganza
que me parece, cuando se me hacen. Solo he menester que vuestra merced me pague el gasto
que esta noche ha hecho en la venta, así de la paja y cebada de sus dos bestias como de
la cena y camas.
Luego ¿venta es esta?
replicó don Quijote.
Y muy honrada respondió
el ventero. |
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Engañado he vivido hasta aquí respondió don Quijote, que en verdad
que pensé que era castillo, y no malo; pero pues es ansí que no es castillo, sino venta,
lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga [38], que yo no puedo contravenir a la orden
de los caballeros andantes, de los cuales sé cierto, sin que hasta ahora haya leído cosa
en contrario, que jamás pagaron posada [39]
ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se les debe de fuero y de derecho [40] cualquier buen acogimiento que se les
hiciere, en pago del insufrible trabajo que padecen buscando las aventuras de noche y de
día, en invierno y en verano, a pie y a caballo, con sed y con hambre, con calor y con
frío, sujetos a todas las inclemencias del cielo y a todos los incómodos de la tierra [41]. Poco tengo yo que ver en eso respondió el
ventero. Págueseme lo que se me debe [42]
y dejémonos de cuentos ni de caballerías, que yo no tengo cuenta con otra cosa que con
cobrar mi hacienda [43].
Vos sois un sandio y mal
hostalero respondió don Quijote.
Y poniendo piernas a Rocinante [*] y terciando su lanzón [44] se salió de la venta sin que nadie le
detuviese, y él, sin mirar si le seguía su escudero, se alongó un buen trecho [45]. |
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El ventero, que le vio ir y que no le pagaba, acudió a cobrar de Sancho Panza, el cual
dijo que pues su señor no había querido pagar, que tampoco él pagaría, porque, siendo
él escudero de caballero andante como era, la mesma regla y razón corría por él como
por su amo en no pagar cosa alguna en los mesones y ventas [46]. Amohinóse mucho desto el ventero [47] y amenazóle que si no le pagaba, que lo
cobraría de modo que le pesase. A lo cual Sancho respondió que, por la ley de
caballería que su amo había recebido, no pagaría un solo cornado [48], aunque le costase la vida, porque no
había de perder por él la buena y antigua usanza de los caballeros andantes, ni se
habían de quejar dél los [*]
escuderos de los tales que estaban por venir al mundo, reprochándole el quebrantamiento
de tan justo fuero.
Quiso la mala suerte del desdichado
Sancho que entre la gente que estaba en la venta se hallasen cuatro perailes de Segovia [49], tres agujeros [*] del Potro de Córdoba [50] y dos vecinos de la Heria de Sevilla [51], gente alegre, bienintencionada,
maleante y juguetona, los cuales, casi como instigados y movidos de un mesmo espíritu, se
llegaron a Sancho, y, apeándole del asno, uno dellos entró por la manta de la cama del
huésped, y, echándole en ella, alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo
de lo que habían menester para su obra y determinaron salirse al corral, que tenía por
límite el cielo; y allí, puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron a levantarle en
alto y a holgarse con él como con perro por carnestolendas [52]. |
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Las voces que el mísero manteado daba fueron tantas, que llegaron a los oídos de su amo,
el cual, deteniéndose [*]
a escuchar atentamente, creyó que alguna nueva aventura le venía, hasta que claramente
conoció que el que gritaba era su escudero; y, volviendo las riendas, con un penado
galope llegó a la venta [53], y,
hallándola cerrada, la rodeó por ver si hallaba por donde entrar; pero no hubo llegado a
las paredes del corral, que no eran muy altas, cuando vio el mal juego que se le hacía a
su escudero. Viole bajar y subir por el aire con tanta gracia y presteza, que, si la
cólera le dejara, tengo para mí que se riera. Probó a subir desde el caballo a las
bardas, pero estaba tan molido y quebrantado, que aun apearse no pudo, y, así, desde
encima del caballo comenzó a decir tantos denuestos y baldones a los que a Sancho
manteaban, que no es posible acertar a escribillos; mas no por esto cesaban ellos de su
risa y de su obra, ni el volador Sancho dejaba sus quejas [54], mezcladas, ya con amenazas, ya con
ruegos; mas todo aprovechaba poco, ni aprovechó, hasta que de puro cansados le dejaron.
Trujéronle allí su asno y, subiéndole encima, le arroparon con su gabán [55]; y la compasiva de Maritornes, viéndole
tan fatigado, le pareció ser bien socorrelle con un jarro de agua, y, así, se le trujo
del pozo, por ser más frío [*][56]. Tomóle Sancho y, llevándole a la
boca, se paró a las voces que su amo le daba, diciendo:
Hijo Sancho, no bebas agua;
hijo, no la bebas, que te matará. ¿Ves? Aquí tengo el santísimo bálsamo y
enseñábale la alcuza del brebaje, que con dos gotas que dél bebas sanarás sin
duda. |
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A estas voces volvió Sancho los ojos, como de
través [57], y dijo con otras mayores:¿Por dicha hásele olvidado a
vuestra merced como yo no soy caballero, o quiere que acabe de vomitar las entrañas que
me quedaron de anoche? Guárdese su licor con todos los diablos, y déjeme a mí.
Y el acabar de decir esto y el
comenzar a beber todo fue uno; mas como al primer trago vio que era agua, no quiso pasar
adelante y rogó a Maritornes que se le trujese de vino, y así lo hizo ella de muy buena
voluntad, y lo pagó de su mesmo dinero: porque, en efecto, se dice della que, aunque
estaba en aquel trato, tenía unas sombras y lejos de cristiana [58].
Así como bebió Sancho, dio de los carcaños [*] a su asno [59] y, abriéndole la puerta de la venta de
par en par, se salió della, muy contento de no haber pagado nada y de haber salido con su
intención, aunque había sido a costa de sus acostumbrados fiadores, que eran sus
espaldas. Verdad es que el ventero se quedó con sus alforjas, en pago de lo que se le
debía; mas Sancho no las echó menos [60],
según salió turbado. Quiso el ventero atrancar bien la puerta así como le vio fuera,
mas no lo consintieron los manteadores, que era gente que, aunque don Quijote fuera
verdaderamente de los caballeros andantes de la Tabla Redonda, no le estimaran en dos
ardites [61].
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