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Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don Quijote y su buen
escudero Sancho Panza pasaron en la venta que por su mal pensó que era castillo
Había ya vuelto en este tiempo
de su parasismo don Quijote [1], y con el
mesmo tono de voz con que el día antes había llamado a su escudero [2], cuando estaba tendido en el val de las
estacas [3], le comenzó a llamar,
diciendo:
Sancho amigo, ¿duermes?
¿Duermes, amigo Sancho?
¡Qué tengo de dormir, pesia
a mí [4] respondió Sancho, lleno
de pesadumbre y de despecho [5],
que no parece sino que todos los diablos han andado conmigo [*] esta noche!
Puédeslo creer ansí, sin
duda respondió don Quijote, porque o yo sé poco o este castillo es
encantado. Porque has de saber... Mas esto que ahora quiero decirte hasme de jurar que lo
tendrás secreto hasta después de mi muerte.
Sí juro respondió
Sancho. |
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Dígolo replicó don Quijote porque soy enemigo de que se quite la honra
a nadie.Digo que sí
juro tornó a decir Sancho que lo callaré hasta después de los días de
vuestra merced [6], y plega a Dios que lo
pueda descubrir mañana [7].
¿Tan malas obras te hago,
Sancho respondió don Quijote, que me querrías ver muerto con tanta brevedad?
No es por eso respondió
Sancho, sino porque soy enemigo de guardar mucho las cosas, y no querría que se me
pudriesen de guardadas.
Sea por lo que fuere
dijo don Quijote, que más fío de tu amor y de tu cortesía; y, así, has de
saber que esta noche me ha sucedido una de las más estrañas aventuras que yo sabré
encarecer, y, por contártela en breve, sabrás que poco ha que a mí vino la hija del
señor deste castillo, que es la más apuesta y fermosa doncella que en gran parte de la
tierra se puede hallar. ¿Qué te podría decir del adorno de su persona [8]? ¿Qué de su gallardo entendimiento?
¿Qué de otras cosas ocultas, que, por guardar la fe que debo a mi señora Dulcinea del
Toboso, dejaré pasar intactas y en silencio [9]?
Solo te quiero decir que, envidioso el cielo de tanto bien como la ventura me había
puesto en las manos, o quizá, y esto es lo más cierto, que, como tengo dicho, es
encantado este castillo, al tiempo que yo estaba con ella en dulcísimos y amorosísimos
coloquios, sin que yo la viese ni supiese por dónde venía vino una mano pegada a algún
brazo de algún descomunal gigante [10] y
asentóme una puñada en las quijadas, tal, que las tengo todas bañadas en sangre; y
después me molió de tal suerte, que estoy peor que ayer cuando los arrieros [*], que por demasías de
Rocinante nos hicieron el agravio que sabes. Por donde conjeturo que el tesoro de la
fermosura desta doncella le debe de guardar algún encantado moro [11], y no debe de ser para mí. |

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Ni para mí tampoco respondió Sancho, porque más de cuatrocientos
moros me han aporreado a mí [*],
de manera que el molimiento de las estacas fue tortas y pan pintado [12]. Pero dígame, señor, cómo llama a
esta buena y rara aventura, habiendo quedado della cual quedamos. Aun vuestra merced,
menos mal, pues tuvo en sus manos aquella incomparable fermosura que ha dicho; pero yo
¿qué tuve sino los mayores porrazos que pienso recebir en toda mi vida? ¡Desdichado de
mí y de la madre que me parió, que ni soy caballero andante ni lo pienso ser jamás, y
de todas las malandanzas me cabe la mayor parte!
Luego ¿también estás tú
aporreado? respondió don Quijote.
¿No le he dicho que sí,
pesia [*] a mi linaje?
dijo Sancho.
No tengas pena, amigo
dijo don Quijote, que yo haré agora el bálsamo precioso, con que sanaremos
en un abrir y cerrar de ojos.
Acabó en esto de encender el candil
el cuadrillero y entró a ver el que pensaba que era muerto; y así como le vio entrar
Sancho, viéndole venir en camisa y con su paño de cabeza y candil en la mano, y con una
muy mala cara [13], preguntó a su amo:
Señor, ¿si será este, a
dicha [14], el moro encantado, que nos
vuelve a castigar, si se dejó algo en el tintero [15]? |
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No puede ser el moro respondió don Quijote, porque los encantados no se
dejan ver de nadie.Si
no se dejan ver, déjanse sentir dijo Sancho; si no, díganlo mis espaldas.
También lo podrían decir las
mías respondió don Quijote, pero no es bastante indicio ese para creer que
este que se vee sea el encantado moro.
Llegó el cuadrillero y, como los
halló hablando en tan sosegada conversación, quedó suspenso. Bien es verdad que aún
don Quijote se estaba boca arriba sin poderse menear, de puro molido y emplastado.
Llegóse a él el cuadrillero y díjole:
Pues ¿cómo va, buen hombre?
Hablara yo más bien criado [16] respondió don Quijote, si
fuera que vos [17]. ¿Úsase en esta
tierra hablar desa suerte a los caballeros andantes, majadero?
El cuadrillero, que se vio tratar
tan mal de un hombre de tan mal parecer [18],
no lo pudo sufrir, y, alzando el candil con todo su aceite, dio a don Quijote con él en
la cabeza, de suerte que le dejó muy bien descalabrado; y como todo quedó ascuras [*], salióse luego, y Sancho
Panza dijo: |

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Sin duda, señor, que este es el moro encantado, y debe de guardar el tesoro para
otros, y para nosotros solo guarda las puñadas y los candilazos.
Así es respondió don
Quijote, y no hay que hacer caso destas cosas de encantamentos, ni hay para qué
tomar cólera ni enojo con ellas, que, como son invisibles y fantásticas, no hallaremos
de quién vengarnos, aunque más lo procuremos [19]. Levántate, Sancho, si puedes, y llama
al alcaide desta fortaleza y procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal y romero
para hacer el salutífero bálsamo [20];
que en verdad que creo que lo he bien menester ahora, porque se me va mucha sangre de la
herida que esta fantasma me ha dado.
Levantóse Sancho con harto dolor de
sus huesos y fue ascuras donde estaba el ventero; y encontrándose con el cuadrillero, que
estaba escuchando en qué paraba su enemigo, le dijo:
Señor, quienquiera que
seáis, hacednos merced y beneficio de darnos un poco de romero, aceite, sal y vino, que
es menester para curar uno de los mejores caballeros andantes que hay en la tierra, el
cual yace en aquella cama malferido por las manos del encantado moro que está en esta
venta.
Cuando el cuadrillero tal oyó,
túvole por hombre falto de seso; y, porque ya comenzaba a amanecer, abrió la puerta de
la venta y, llamando al ventero, le dijo lo que aquel buen hombre quería. El ventero le
proveyó de cuanto quiso, y Sancho se lo llevó a don Quijote, que estaba con las manos en
la cabeza, quejándose del dolor del candilazo, que no le había hecho más mal que
levantarle dos chichones algo crecidos, y lo que él pensaba que era sangre no era sino
sudor que sudaba con la congoja de la pasada tormenta. |

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En resolución, él tomó sus simples [21], de los cuales hizo un compuesto,
mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio, hasta que le pareció que estaban [*] en su punto. Pidió luego
alguna redoma para echallo, y como no la hubo en la venta, se resolvió de ponello en una
alcuza o aceitera de hoja de lata, de quien el ventero le hizo grata donación [22], y luego dijo sobre la alcuza más de
ochenta paternostres y otras tantas avemarías, salves y credos, y a cada palabra
acompañaba una cruz, a modo de bendición [23];
a todo lo cual se hallaron presentes Sancho, el ventero y cuadrillero [*][24], que ya el arriero sosegadamente andaba
entendiendo en el beneficio de sus machos [25].
Hecho esto, quiso él mesmo
hacer luego la esperiencia de la virtud de aquel precioso bálsamo que él se imaginaba,
y, así, se bebió, de lo que no pudo caber en la alcuza y quedaba en la olla donde se
había cocido [*], casi media
azumbre [26]; y apenas lo acabó de
beber, cuando comenzó a vomitar, de manera que no le quedó cosa en el estómago; y con
las ansias y agitación del vómito le dio un sudor copiosísimo, por lo cual mandó que
le arropasen y le dejasen solo. Hiciéronlo ansí y quedóse dormido más de tres horas,
al cabo de las cuales despertó y se sintió aliviadísimo del cuerpo y en tal manera
mejor de su quebrantamiento, que se tuvo por sano y verdaderamente creyó que había
acertado con el bálsamo de Fierabrás y que con aquel remedio podía acometer desde allí
adelante sin temor alguno cualesquiera ruinas [27], batallas y pendencias, por peligrosas
que fuesen. |
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Sancho Panza, que también tuvo a milagro la
mejoría de su amo, le rogó que le diese a él lo que quedaba en la olla, que no era poca
cantidad. Concedióselo don Quijote, y él, tomándola a dos manos, con buena fe y mejor
talante se la echó a pechos [28] y
envasó bien poco menos que su amo. Es, pues, el caso que el estómago del pobre Sancho no
debía de ser tan delicado como el de su amo, y, así, primero que vomitase le dieron
tantas ansias y bascas [29], con tantos
trasudores y desmayos [30], que él
pensó bien y verdaderamente que era llegada su última hora; y viéndose tan afligido y
congojado, maldecía el bálsamo y al ladrón que se lo había dado. Viéndole así don
Quijote, le dijo:Yo
creo, Sancho, que todo este mal te viene de no ser armado caballero, porque tengo para mí
que este licor no debe de aprovechar a los que no lo son.
Si eso sabía vuestra merced
replicó Sancho, ¡mal haya yo y toda mi parentela!, ¿para qué consintió
que lo gustase?
En esto hizo su operación el
brebaje y comenzó el pobre escudero a desaguarse por entrambas canales [31], con tanta priesa, que la estera de enea
sobre quien se había vuelto a echar, ni la manta de anjeo con que se cubría, fueron más
de provecho. Sudaba y trasudaba con tales parasismos y accidentes, que no solamente él,
sino todos pensaron que se le acababa la vida. Duróle esta borrasca y mala andanza casi
dos horas, al cabo de las cuales no quedó como su amo, sino tan molido y quebrantado, que
no se podía tener.
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