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Esta maravillosa quietud y los pensamientos que siempre nuestro caballero traía
de los sucesos que a cada paso se cuentan en los libros autores de su desgracia, le trujo
a la imaginación una de las estrañas locuras que buenamente imaginarse pueden; y fue que
él se imaginó haber llegado a un famoso castillo (que, como se ha dicho, castillos eran
a su parecer todas las ventas donde alojaba) y que la hija del ventero lo era del señor
del castillo, la cual, vencida de su gentileza, se había enamorado dél y prometido que
aquella noche, a furto de sus padres [42],
vendría a yacer con él una buena pieza [43];
y teniendo toda esta quimera que él se había fabricado por firme y valedera, se comenzó
a acuitar [44] y a pensar en el peligroso
trance en que su honestidad se había de ver, y propuso en su corazón de no cometer
alevosía a su señora Dulcinea del Toboso [45],
aunque la mesma reina Ginebra con su dama Quintañona se le pusiesen delante [46]. |
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Pensando, pues, en estos disparates, se llegó el tiempo y la hora (que para él fue
menguada [47]) de la venida de la
asturiana, la cual, en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustán
[48], con tácitos y atentados pasos [49], entró [*] en el aposento donde los tres
alojaban, en busca del arriero. Pero apenas llegó a la puerta, cuando don Quijote la
sintió [50] y, sentándose en la cama, a
pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas, tendió los brazos para recebir a su
fermosa doncella. La asturiana, que toda recogida y callando iba con las manos delante
buscando a su querido, topó con los brazos de don Quijote, el cual la asió fuertemente
de una muñeca y tirándola hacia sí, sin que ella osase hablar palabra, la hizo sentar
sobre la cama. Tentóle luego la camisa, y, aunque ella era de arpillera, a él le
pareció ser de finísimo y delgado cendal [51].
Traía en las muñecas unas cuentas de vidro [52],
pero a él le dieron vislumbres de preciosas perlas orientales. Los cabellos, que en
alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia,
cuyo resplandor al del mesmo sol escurecía [53];
y el aliento, que sin duda alguna olía a ensalada fiambre y trasnochada [54], a él le pareció que arrojaba de su
boca un olor suave y aromático; y, finalmente, él la pintó en su imaginación, de la
misma traza y modo, lo que [*]
había leído en sus libros de la otra princesa que vino a ver el malferido caballero
vencida [*] de sus amores [55], con todos los adornos que aquí van
puestos [56]. Y era tanta la ceguedad del
pobre hidalgo, que el tacto ni el aliento ni otras cosas que traía en sí la buena
doncella no le desengañaban [57], las
cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera arriero; antes le parecía que tenía
entre sus brazos a la diosa de la hermosura [58].
Y, teniéndola bien asida, con voz amorosa y baja le comenzó a decir: |

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Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora, de poder pagar tamaña
merced como la que con la vista de vuestra gran fermosura me habedes fecho; pero ha
querido la fortuna, que no se cansa de perseguir a los buenos, ponerme en este lecho,
donde yago tan molido y quebrantado, que aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la
vuestra fuera imposible [59]. Y más, que
se añade a esta imposibilidad otra mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la sin
par Dulcinea del Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos; que si esto
no hubiera de por medio, no fuera yo tan sandio caballero, que dejara pasar en blanco la
venturosa ocasión en que vuestra gran bondad me ha puesto.
Maritornes estaba congojadísima y
trasudando de verse tan asida de don Quijote, y, sin entender ni estar atenta a las
razones que le decía, procuraba sin hablar palabra desasirse. El bueno del arriero, a
quien tenían despierto sus malos deseos, desde el punto que entró su coima por la puerta
la sintió [60], estuvo atentamente
escuchando todo lo que don Quijote decía, y, celoso de que la asturiana le hubiese
faltado la [*]
palabra por otro, se fue llegando más al lecho de don Quijote y estúvose quedo [*] hasta ver en qué paraban
aquellas razones que él no podía entender; pero como vio que la moza forcejaba por
desasirse y don Quijote trabajaba por tenella, pareciéndole mal la burla, enarboló el
brazo en alto y descargó tan terrible puñada sobre las estrechas quijadas del enamorado
caballero, que le bañó toda la boca en sangre; y, no contento con esto, se le subió
encima de las costillas y con los pies más que de trote se las paseó todas de cabo a
cabo. |

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El lecho, que era un poco endeble y de no firmes
fundamentos, no pudiendo sufrir la añadidura del arriero, dio consigo en el suelo, a cuyo
gran ruido despertó el ventero y luego imaginó que debían de ser pendencias de
Maritornes, porque, habiéndola llamado a voces, no respondía. Con esta sospecha se
levantó y, encendiendo un candil, se fue hacia donde había sentido la pelaza [61]. La moza, viendo que su amo venía y que
era de condición terrible, toda medrosica y alborotada se acogió a la cama de Sancho
Panza, que aún dormía, y allí se acorrucó y se hizo un ovillo. El ventero entró
diciendo:¿Adónde
estás, puta? A buen seguro que son tus cosas éstas [62].
En esto despertó Sancho y,
sintiendo aquel bulto casi encima de sí, pensó que tenía la pesadilla [63] y comenzó a dar puñadas a una y otra
parte, y, entre otras, alcanzó con no sé cuántas a Maritornes, la cual, sentida del
dolor, echando a rodar la honestidad [64]
dio el retorno a Sancho con tantas, que, a su despecho, le quitó el sueño; el cual,
viéndose tratar de aquella manera, y sin saber de quién, alzándose como pudo, se
abrazó con Maritornes, y comenzaron entre los dos la más reñida y graciosa escaramuza
del mundo.
Viendo, pues, el arriero, a la
lumbre del candil del ventero, cuál andaba su dama, dejando a don Quijote, acudió a
dalle el socorro necesario. Lo mismo hizo el ventero, pero con intención diferente,
porque fue a castigar a la moza, creyendo sin duda que ella sola era la ocasión de toda
aquella armonía [65]. Y así como suele
decirse «el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo» [66], daba el arriero a Sancho, Sancho a la
moza, la moza a él, el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa, que no se
daban [*] punto de reposo [67]; y fue lo bueno que al ventero se le
apagó el candil, y, como quedaron ascuras [68],
dábanse tan sin compasión todos a bulto, que a doquiera que ponían la mano no dejaban
cosa sana. |
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Alojaba acaso aquella noche en la venta [69] un cuadrillero de los que llaman de la
Santa Hermandad Vieja de Toledo [70], el
cual, oyendo ansimesmo el estraño estruendo de la pelea, asió de su media vara y de la
caja de lata de sus títulos [71], y
entró ascuras en el aposento, diciendo:¡Ténganse a la justicia! ¡Ténganse a la Santa
Hermandad!
Y el primero con quien topó [*] fue con el apuñeado de don
Quijote, que estaba en su derribado lecho, tendido boca arriba sin sentido alguno; y,
echándole a tiento mano a las barbas, no cesaba de decir:
¡Favor a la justicia!
Pero viendo que el que tenía asido
no se bullía ni meneaba, se dio a entender que estaba muerto y que los que allí dentro
estaban eran sus matadores, y, con esta sospecha, reforzó la voz, diciendo:
¡Ciérrese la puerta de la
venta! ¡Miren no se vaya nadie, que han muerto aquí a un hombre!
Esta voz sobresaltó a todos, y cada cual dejó
la pendencia en el grado que le tomó la voz [72].
Retiróse el ventero a su aposento, el arriero a sus enjalmas, la moza a su rancho [73]; solos los desventurados don Quijote y
Sancho no se pudieron mover de donde estaban. Soltó en esto el cuadrillero la barba de
don Quijote y salió a buscar luz para buscar y prender los delincuentes, mas no la
halló, porque el ventero, de industria [74],
había muerto la lámpara cuando se retiró a su estancia, y fuele forzoso acudir a la
chimenea, donde con mucho trabajo y tiempo encendió el cuadrillero otro candil.
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