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Aun las tuyas, Sancho replicó don Quijote, deben de estar
hechas a semejantes nublados; pero las mías, criadas entre sinabafas y holandas [36], claro está que sentirán más el dolor
desta desgracia. Y si no fuese porque imagino..., ¿qué digo imagino?, sé muy cierto,
que todas estas incomodidades son muy anejas al ejercicio de las armas, aquí me dejaría
morir de puro enojo.
A esto replicó el escudero:
Señor, ya que estas
desgracias son de la cosecha de la caballería, dígame vuestra merced si suceden muy a
menudo o si tienen sus tiempos limitados en que acaecen; porque me parece a mí que a dos
cosechas quedaremos inútiles para la tercera, si Dios por su infinita misericordia no nos
socorre. |
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Sábete, amigo Sancho respondió don Quijote, que la vida de los
caballeros andantes está sujeta a mil peligros y desventuras, y ni más ni menos está en
potencia propincua de ser los caballeros andantes reyes y emperadores [37], como lo ha mostrado la experiencia en
muchos y diversos caballeros [38], de
cuyas historias yo tengo entera noticia. Y pudiérate contar agora, si el dolor me diera
lugar, de algunos que solo por el valor de su brazo han subido a los altos grados que he
contado, y estos mesmos se vieron antes y después en diversas calamidades y miserias.
Porque el valeroso Amadís de Gaula se vio en poder de su mortal enemigo Arcalaús el
encantador, de quien se tiene por averiguado [*] que le dio, teniéndole
preso, más de docientos azotes con las riendas de su caballo, atado a una coluna de un
patio [39]. Y aun hay un autor secreto, y
de no poco crédito, que dice que habiendo cogido al Caballero del Febo con una cierta
trampa, que se le hundió debajo de los pies, en un cierto castillo [40], y al caer [*] se halló en una honda
sima debajo de tierra, atado de pies y manos, y allí le echaron una destas que llaman
melecinas [41], de agua de nieve y arena,
de lo que llegó muy al cabo [42], y si
no fuera socorrido en aquella gran cuita de un sabio grande amigo suyo, lo pasara muy mal
el pobre caballero. Ansí que bien puedo yo pasar entre tanta buena gente, que mayores
afrentas son las que estos pasaron que no las que ahora nosotros pasamos. Porque quiero
hacerte sabidor, Sancho, que no afrentan las heridas que se dan con los instrumentos [*] que acaso se hallan en
las manos [43], y esto está en la ley
del duelo, escrito por palabras expresas [44];
que si el zapatero da a otro con la horma que tiene en la mano, puesto que verdaderamente
es de palo, no por eso se dirá que queda apaleado aquel a quien dio con ella. Digo esto
porque no pienses que, puesto que quedamos desta pendencia molidos, quedamos afrentados,
porque las armas que aquellos hombres traían, con que nos machacaron, no eran otras que
sus estacas, y ninguno dellos, a lo que se me acuerda, tenía estoque, espada ni puñal [45]. |
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No me dieron a mí lugar respondió Sancho a que mirase en tanto; porque
apenas puse mano a mi tizona [46], cuando
me santiguaron los hombros con sus pinos [47],
de manera que me quitaron la vista de los ojos y la fuerza de los pies, dando conmigo
adonde ahora yago [48], y adonde no me da
pena alguna el pensar si fue afrenta o no lo de los estacazos, como me la da el dolor de
los golpes, que me han de quedar tan impresos en la memoria como en las espaldas.
Con todo eso, te hago saber,
hermano Panza replicó don Quijote, que no hay memoria a quien el tiempo no
acabe, ni dolor que muerte no le consuma.
Pues ¿qué mayor desdicha
puede ser replicó Panza de aquella que aguarda al tiempo que la consuma y a
la muerte que la acabe? Si esta nuestra desgracia fuera de aquellas que con un par de
bizmas se curan, aun no tan malo; pero voy viendo que no han de bastar todos los emplastos
de un hospital para ponerlas en buen término siquiera.
Déjate deso y saca fuerzas de
flaqueza, Sancho respondió don Quijote, que así haré yo, y veamos cómo
está Rocinante, que, a lo que me parece, no le ha cabido al pobre la menor parte desta
desgracia. |
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No hay de qué maravillarse deso respondió Sancho, siendo él tan buen
[*] caballero andante; de
lo que yo me maravillo es de que mi jumento haya quedado libre y sin costas [49] donde nosotros salimos sin costillas.
Siempre deja la ventura una
puerta abierta en las desdichas para dar remedio a ellas dijo don Quijote.
Dígolo porque esa bestezuela podrá suplir ahora la falta de Rocinante, llevándome a mí
desde aquí a algún castillo donde sea curado de mis feridas. Y más, que no tendré a
deshonra la tal caballería, porque me acuerdo haber leído que aquel buen viejo Sileno,
ayo y pedagogo del alegre dios de la risa, cuando entró en la ciudad de las cien [*] puertas iba muy a su placer
caballero sobre un muy hermoso asno [50].
Verdad será que él debía de
ir caballero como vuestra merced dice respondió Sancho, pero hay grande
diferencia del ir caballero al ir atravesado como costal de basura.
A lo cual respondió don Quijote:
Las feridas que se reciben en
las batallas antes dan honra que la quitan; así que, Panza amigo, no me repliques más,
sino, como ya te he dicho, levántate lo mejor que pudieres y ponme de la manera que más
te agradare encima de tu jumento, y vamos de aquí, antes que la noche venga y nos saltee
en este despoblado.
Pues yo he oído decir a
vuestra merced dijo Panza que es muy de caballeros andantes el dormir en los
páramos y desiertos lo más del año, y que lo tienen a mucha ventura. |
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Eso es dijo don Quijote cuando no pueden más o cuando están
enamorados; y es tan verdad esto, que ha habido caballero que se ha estado sobre una
peña, al sol y a la sombra y a las inclemencias del cielo, dos años, sin que lo supiese
su señora. Y uno destos fue Amadís, cuando, llamándose Beltenebros, se alojó en la
Peña Pobre [*], ni sé si
ocho años o ocho meses [51], que no
estoy muy bien en la cuenta: basta que él estuvo allí haciendo penitencia, por no sé
qué sinsabor que le hizo la señora Oriana [52].
Pero dejemos ya esto, Sancho, y acaba antes que suceda otra desgracia al jumento como a
Rocinante.
Aun ahí sería el diablo [53] dijo Sancho.
Y despidiendo treinta ayes y sesenta
sospiros y ciento y veinte pésetes y reniegos de quien allí le había traído [54], se levantó, quedándose agobiado en la
mitad del camino, como arco turquesco [55],
sin poder acabar de enderezarse; y, con todo este trabajo, aparejó su asno, que también
había andado algo destraído con la demasiada libertad de aquel día [56]. Levantó luego a Rocinante, el cual, si
tuviera lengua con que quejarse, a buen seguro que Sancho ni su amo no le fueran en zaga [57].
En resolución, Sancho acomodó a
don Quijote sobre el asno y puso de reata a Rocinante [58], y, llevando al asno de cabestro [59], se encaminó poco más a menos [*] hacia donde le pareció que
podía estar el camino real [60]. Y la
suerte, que sus cosas de bien en mejor iba guiando, aún no hubo andado una pequeña legua
[61] cuando le deparó el camino, en el
cual descubrió una venta, que a pesar suyo y gusto de don Quijote había de ser castillo.
Porfiaba Sancho que era venta, y su amo que no, sino castillo; y tanto duró la porfía,
que tuvieron lugar, sin acabarla, de llegar a ella, en la cual Sancho se entró, sin más
averiguación, con toda su recua.
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