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¿Vienes a ver, por ventura,
¡oh fiero basilisco destas montañas! [46],
si con tu presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldad quitó
la vida [47]? ¿O vienes a ufanarte en
las crueles hazañas de tu condición? ¿O a ver desde esa altura, como otro despiadado [*] Nero, el incendio de su
abrasada Roma [48]? ¿O a pisar arrogante
este desdichado cadáver, como la ingrata hija al de su padre Tarquino [*][49]? Dinos presto a lo que vienes o qué es
aquello de que más gustas, que, por saber yo que los pensamientos de Grisóstomo jamás
dejaron de obedecerte en vida, haré que, aun él muerto, te obedezcan los de todos
aquellos que se llamaron sus amigos. |
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No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho respondió
Marcela [50], sino a volver por mí
misma [*] y a dar a entender
cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me
culpan; y, así, ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será
menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos.
Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que, sin ser poderosos
a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura [51], y por el amor que me mostráis decís y
aun queréis que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que
Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable [52]; mas no alcanzo que, por razón de ser
amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama [53]. Y más, que podría acontecer que el
amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el
decir «Quiérote por hermosa: hasme de amar aunque sea feo». Pero, puesto caso que
corran igualmente las hermosuras [54], no
por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras [*] enamoran: que
algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y
rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál
habían de parar, porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser
los deseos. Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser
voluntario, y no forzoso [55]. Siendo
esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza,
obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me
hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me
amábades? Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que
tengo, que tal cual es el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y así
como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata,
por habérsela dado naturaleza, tampoco [*] yo merezco ser reprehendida
por ser hermosa [56], que la hermosura en
la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda [57], que ni él quema ni ella corta a quien
a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos [*] del alma, sin las cuales el
cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso [58]. Pues si la honestidad es una de las
virtudes que al cuerpo y al alma [*] más adornan y hermosean,
¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención
de aquel que, por solo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?
Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos [59]: los árboles destas montañas son mi
compañía; las claras aguas destos arroyos, mis espejos; con los árboles y con las aguas
comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos [60]. A los que he enamorado con la vista he
desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo
dado alguna [*] a
Grisóstomo, ni a otro alguno el fin [*] de ninguno dellos [61], bien se puede decir que antes le mató
su porfía que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos [62] y que por esto estaba obligada a
corresponder a ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura
me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua
soledad y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi
hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar
contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino [63]? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si
le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto [64]. Porfió desengañado, desesperó sin
ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa!
Quéjese el engañado, desespérese [*] aquel a quien le
faltaron las prometidas esperanzas, confíese [*] el que yo
llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo
no prometo, engaño, llamo ni admito. El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame
por destino, y el pensar que tengo de amar por elección es escusado [65]. Este general desengaño sirva a cada
uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase de aquí adelante que
si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere a
ninguno debe dar celos, que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El
que me llama fiera y basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama
ingrata no me sirva; el que desconocida, no me conozca [66]; quien cruel, no me siga; que esta
fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará,
servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su
impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si
yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la
pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas
propias, y no codicio las ajenas; tengo libre condición, y no gusto de sujetarme [67]; ni quiero ni aborrezco a nadie; no
engaño a este ni solicito aquel [*];
ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas
destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene [*]. Tienen mis deseos por
término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo,
pasos con que camina el alma a su morada primera [68].
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Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta
alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca
estaba [69], dejando admirados tanto de
su discreción como de su hermosura a todos los que allí estaban. Y algunos dieron
muestras (de aquellos que de la poderosa flecha de los rayos de sus bellos ojos estaban
heridos) de quererla seguir, sin aprovecharse del manifiesto desengaño que habían oído.
Lo cual visto por don Quijote, pareciéndole que allí venía bien usar de su caballería,
socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta la mano en el puño de su espada, en
altas e inteligibles voces dijo:Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a
seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía [70]. Ella ha mostrado con claras y
suficientes [*]
razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo y cuán ajena
vive de condescender con los deseos de ninguno de sus amantes; a cuya causa es justo que,
en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del
mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta intención vive.
O ya que fuese por las amenazas de
don Quijote, o porque Ambrosio les dijo que concluyesen con lo que a su buen amigo
debían, ninguno de los pastores se movió ni apartó de allí hasta que, acabada la
sepultura y abrasados los papeles de Grisóstomo, pusieron su cuerpo en ella, no sin
muchas lágrimas de los circunstantes. Cerraron la sepultura con una gruesa peña, en
tanto que se acababa una losa que, según Ambrosio dijo, pensaba mandar hacer con un
epitafio que había de decir desta manera:
Yace aquí de un amador
el [*] mísero cuerpo helado,
que fue pastor de ganado,
perdido por desamor.
Murió a manos del rigor
de una esquiva hermosa ingrata [*],
con quien su imperio dilata
la tiranía de amor [71].
Luego esparcieron por cima de la
sepultura muchas flores y ramos, y, dando todos el pésame a su amigo Ambrosio, se
despidieron dél. Lo mesmo hicieron Vivaldo y su compañero, y don Quijote se despidió de
sus huéspedes y de los caminantes, los cuales le rogaron se viniese con ellos a Sevilla [72], por ser lugar tan acomodado a hallar
aventuras, que en cada calle y tras cada esquina se ofrecen más que en otro alguno. Don
Quijote les agradeció el aviso y el ánimo que mostraban de hacerle merced [73], y dijo que por entonces no quería ni
debía ir a Sevilla, hasta que hubiese despejado [*] todas aquellas sierras de
ladrones malandrines, de quien era fama que todas estaban llenas. Viendo su buena
determinación [74], no quisieron los
caminantes importunarle más, sino, tornándose a despedir de nuevo, le dejaron y
prosiguieron su camino, en el cual no les faltó de qué tratar, así de la historia de
Marcela y Grisóstomo como de las locuras de don Quijote. El cual determinó de ir a
buscar a la pastora Marcela y ofrecerle todo lo que él podía en su servicio; mas no le
avino como él pensaba, según se cuenta en el discurso desta verdadera historia, dando
aquí fin la segunda parte [*][75].
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