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Don Quijote de la Mancha

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Segunda parte del ingenioso hidalgo
don Quijote de la Mancha
þ
Capítulo XIIII+ [*]
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Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos [1]

CANCIÓN DE GRISÓSTOMO [*][2]

Ya que quieres, crüel, que se publique
de lengua en lengua y de una en otra gente [3]
del áspero rigor tuyo la fuerza,
haré que el mesmo infierno comunique
al triste pecho mío un son doliente,
con que el uso común de mi voz [*] tuerza.
Y al par de mi deseo [*], que se esfuerza
a decir mi dolor y tus hazañas,
de la espantable voz irá el acento [4],
y en él mezcladas [*][5], por mayor tormento,
pedazos de las míseras entrañas.
Escucha, pues, y presta atento oído,
no al concertado son [6], sino al ruïdo
que de lo hondo de mi amargo pecho,
llevado de un forzoso [*] desvarío,
por gusto mío sale y tu despecho.



El rugir [*] del león, del lobo fiero
el temeroso aullido [7], el silbo horrendo
de escamosa serpiente, el espantable
baladro [*] de algún monstruo [8], el agorero
graznar de la corneja [9], y el estruendo
del viento contrastado en mar instable [10];
del ya vencido toro [11] el implacable [*]
bramido, y de la viuda tortolilla
el sentible [*] arrullar [*][12]; el triste canto
del envidiado búho [13], con el llanto
de toda la infernal negra cuadrilla [14],
salgan con la doliente ánima fuera [15],
mezclados en un son, de tal manera,
que se confundan los sentidos todos,
pues [*] la pena cruel que en mí se halla
para cantalla [*] pide nuevos modos [16].
De tanta confusión no las arenas
del padre Tajo oirán los tristes ecos,
ni del famoso Betis las olivas [17],
que allí se esparcirán mis duras penas
en altos riscos y en profundos huecos [*],
con muerta lengua y con palabras vivas [18],
o ya en escuros valles o en esquivas
playas [19], desnudas de contrato [*] humano [20],
o [*] adonde el sol jamás mostró su lumbre,
o entre la venenosa muchedumbre
de fieras que alimenta [*] el libio [*] llano [21].
Que puesto que en los páramos desiertos
los ecos roncos [*] de mi mal inciertos
suenen [*] con tu rigor tan sin segundo,
por privilegio de mis cortos hados [22],
serán llevados por el ancho mundo.



Mata un desdén, atierra la paciencia [23],
o verdadera o falsa, una sospecha;
matan los celos con rigor más fuerte;
desconcierta la vida larga ausencia;
contra un temor de olvido no aprovecha
firme esperanza de dichosa suerte...
En todo hay cierta [*], inevitable muerte;
mas yo, ¡milagro nunca visto!, vivo
celoso, ausente, desdeñado y cierto
de las [*] sospechas que me tienen muerto,
y en el olvido en quien mi fuego [*] avivo,
y, entre tantos tormentos, nunca alcanza
mi vista a ver en sombra a la esperanza [24],
ni yo [*], desesperado, la procuro,
antes, por estremarme en mi querella,
estar sin ella eternamente juro.

¿Puédese, por ventura, en un instante
esperar y temer, o es bien hacello
siendo las causas del temor más ciertas?
¿Tengo, si el duro celo está delante [25],
de cerrar estos ojos, si he de vello
por mil heridas en el alma abiertas?
¿Quién no abrirá de par en par las puertas
a la desconfianza, cuando mira
descubierto el desdén, y las sospechas,
¡oh amarga conversión!, verdades hechas,
y la limpia [*] verdad vuelta en mentira?
¡Oh en el reino de amor fieros tiranos
celos!, ponedme un hierro en estas manos.
Dame [*], desdén, una torcida soga [26].
Mas, ¡ay de mí!, que con crüel vitoria
vuestra memoria el sufrimiento ahoga.



Yo muero, en fin, y porque nunca espere
buen suceso en la muerte ni en la vida [27],
pertinaz estaré en mi fantasía [28].
Diré que va acertado el que bien quiere [29],
y que es más libre el alma más rendida
a la de amor antigua [*] tiranía [30].
Diré que la enemiga siempre mía
hermosa el alma como el cuerpo tiene,
y que su [*] olvido de mi culpa [*] nace [31],
y que, en fe de los males que nos hace,
amor su imperio en justa paz mantiene.
Y con esta opinión y un duro lazo [32],
acelerando [*] el miserable plazo
a que me han conducido sus [*] desdenes,
ofreceré a los vientos cuerpo y alma,
sin lauro o [*] palma de futuros bienes [33].

Tú, que con tantas sinrazones muestras
la razón que me fuerza [*] a que la haga
a la cansada vida que aborrezco [34],
pues ya ves que te da notorias muestras
esta del corazón profunda llaga
de cómo alegre a tu rigor me ofrezco,
si por dicha conoces que merezco
que el cielo claro de tus bellos ojos [35]
en mi muerte se turbe [*], no lo hagas:
que no quiero que en nada [*] satisfagas
al darte [*] de mi alma los despojos;
antes con risa en la ocasión funesta
descubre que el fin [*] mío fue tu fiesta.
Mas gran simpleza es avisarte desto [*],
pues sé que está tu gloria conocida
en que mi vida llegue al fin tan presto [*].



Venga [*], que es tiempo ya, del hondo abismo
Tántalo con su sed; Sísifo venga
con el peso [*] terrible de su canto;
Ticio traiga [*] su buitre, y ansimismo
con su rueda Egïón no se detenga [36],
ni las hermanas que trabajan tanto [37],
y todos juntos su mortal [*] quebranto [38]
trasladen en mi pecho, y en voz baja
—si ya a un desesperado son debidas—
canten obsequias tristes [39], doloridas,
al cuerpo, a quien se niegue aun [*] la mortaja;
y el portero infernal de [*] los tres rostros [40],
con otras mil quimeras y mil monstros [*],
lleven el doloroso contrapunto [41],
que otra pompa mejor no me parece
que la merece un [*] amador difunto.

Canción desesperada, no te quejes
cuando mi triste compañía dejes;
antes, pues que la causa do naciste
con mi desdicha aumenta [*] su ventura,
aun en la sepultura no estés triste [*].



Bien les pareció a los que escuchado habían la canción de Grisóstomo, puesto que el que la leyó dijo que no le parecía que conformaba con la relación que él había oído del recato y bondad de Marcela, porque en ella se quejaba Grisóstomo de celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio del buen crédito y buena fama de Marcela [42]. A lo cual respondió Ambrosio, como aquel que sabía bien los más escondidos pensamientos [*] de su amigo:

—Para que, señor, os satisfagáis desa [*] duda, es bien que sepáis que cuando este desdichado escribió esta canción estaba ausente de Marcela, de quien él [*] se había ausentado por su voluntad, por ver si usaba con él la ausencia de sus ordinarios fueros [43]; y como al enamorado ausente no hay cosa que no le fatigue ni temor que no le dé alcance, así le fatigaban a Grisóstomo los celos imaginados y las sospechas temidas como si fueran verdaderas. Y con esto queda en su punto la verdad que la fama pregona de la bondad de Marcela, la cual [*], fuera de ser cruel, y un poco arrogante, y un mucho desdeñosa, la mesma envidia ni debe ni puede ponerle [*] falta alguna.

—Así es la verdad —respondió Vivaldo.

Y queriendo leer otro papel de los que había reservado del fuego, lo estorbó una maravillosa visión —que tal parecía ella— que improvisamente se les ofreció a los ojos [44]; y fue que por cima de la peña donde se cavaba la sepultura pareció la pastora Marcela, tan hermosa, que pasaba a su fama su hermosura. Los que hasta entonces no la habían visto la miraban con admiración y silencio, y los que ya estaban acostumbrados a verla no quedaron menos suspensos que los que nunca la habían visto [45]. Mas apenas la hubo visto Ambrosio, cuando con muestras de ánimo indignado le dijo:


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