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A lo cual respondió nuestro don Quijote:
Señor, una golondrina sola no
hace verano. Cuanto más, que yo sé que de secreto estaba ese caballero muy bien
enamorado; fuera que aquello de querer a todas bien cuantas bien le parecían era
condición natural, a quien no podía ir a la mano [41]. Pero, en resolución, averiguado está
muy bien que él tenía una sola a quien él había hecho señora de su voluntad, a la
cual se encomendaba muy a menudo y muy secretamente, porque se preció de secreto
caballero [42].
Luego si es de esencia que
todo caballero andante haya de ser enamorado dijo el caminante, bien se puede
creer que vuestra merced lo es, pues es de la profesión. Y si es que vuestra merced no se
precia de ser tan secreto como don Galaor, con las veras que puedo le suplico [43], en nombre de toda esta compañía y en
el mío, nos diga el nombre, patria, calidad y hermosura de su dama [44], que ella se tendría por dichosa de que
todo el mundo sepa que es querida y servida de un tal caballero como vuestra merced
parece. |
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Aquí dio un gran suspiro don Quijote y dijo:Yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga gusta o
no de que el mundo sepa que yo la sirvo [45].
Solo sé decir, respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide [46], que su nombre es Dulcinea; su patria,
el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad por lo menos ha de ser de princesa, pues es
reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos
todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas [47]: que sus cabellos son oro, su frente
campos elíseos [48], sus cejas arcos del
cielo [49], sus ojos soles, sus mejillas
rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho,
marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la
honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que solo la discreta consideración
puede encarecerlas [*],
y no compararlas [50].
El linaje, prosapia y alcurnia
querríamos saber replicó Vivaldo.
A lo cual respondió don Quijote:
No es de los antiguos Curcios,
Gayos y Cipiones romanos, ni de los modernos Colonas y Ursinos, ni de los Moncadas y
Requesenes de Cataluña, ni menos de los Rebellas y Villanovas de Valencia, Palafoxes,
Nuzas, Rocabertis, Corellas, Lunas, Alagones, Urreas, Foces y Gurreas de Aragón, Cerdas,
Manriques, Mendozas y Guzmanes de Castilla, Alencastros, Pallas y Meneses de Portugal [*] [51]; pero es de los del Toboso de la Mancha,
linaje, aunque moderno, tal, que puede dar generoso principio a las más ilustres familias
de los venideros siglos [52]. Y no se me
replique en esto, si no fuere con las condiciones que puso Cervino al pie del trofeo de
las armas de Orlando, que decía: |
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Nadie las mueva
que estar no pueda con Roldán a prueba [53].
Aunque el mío es de los
Cachopines de Laredo [54]
respondió el caminante, no le osaré yo poner con el del Toboso de la Mancha
[55], puesto que, para decir verdad,
semejante apellido hasta ahora no ha llegado a mis oídos.
¡Como eso no habrá llegado [56]! replicó don Quijote.
Con gran atención iban escuchando
todos los demás la plática de los dos, y aun hasta los mesmos cabreros y pastores
conocieron la demasiada falta de juicio de nuestro don Quijote. Solo Sancho Panza pensaba
que cuanto su amo decía era verdad, sabiendo él quién era y habiéndole conocido desde
su nacimiento; y en lo que dudaba algo era en creer aquello de la linda Dulcinea del
Toboso, porque nunca tal nombre ni tal princesa había llegado jamás a su noticia, aunque
vivía tan cerca del Toboso.
En estas pláticas iban, cuando
vieron que, por la quiebra que dos altas montañas hacían, bajaban hasta veinte pastores,
todos con pellicos de negra lana vestidos y coronados con guirnaldas, que, a lo que
después pareció, eran cuál de tejo y cuál de ciprés [57]. Entre seis dellos traían unas andas,
cubiertas de mucha diversidad de flores y de ramos. |
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Lo cual visto por uno de los cabreros, dijo:Aquellos que allí vienen son los que traen el
cuerpo de Grisóstomo, y el pie de aquella montaña es el lugar donde él mandó que le
enterrasen.
Por esto [*] se dieron priesa a llegar,
y fue a tiempo que ya los que venían habían puesto las andas en el suelo, y cuatro
dellos con agudos picos estaban cavando la sepultura, a un lado de una dura peña.
Recibiéronse los unos y los otros
cortésmente, y luego don Quijote y los que con él venían se pusieron a mirar las andas,
y en ellas [*] vieron
cubierto de flores un cuerpo muerto, vestido [*] como pastor, de edad, al
parecer, de treinta años; y, aunque muerto, mostraba que vivo había sido de rostro
hermoso y de disposición [*]
gallarda. Alrededor dél tenía en las mesmas andas algunos libros y muchos papeles,
abiertos y cerrados. Y así los que esto miraban como los que abrían la sepultura, y
todos los demás que allí había, guardaban un maravilloso silencio [58]. Hasta que uno de los que al muerto
trujeron dijo a otro:
Mirá [*] bien, Ambrosio, si es este el
lugar que Grisóstomo dijo, ya que queréis [*] que tan puntualmente
se cumpla lo que dejó mandado en su testamento. |
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Este es respondió Ambrosio, que muchas veces en él me contó mi
desdichado amigo la historia de su desventura. Allí me dijo él que vio la vez primera a
aquella enemiga mortal del linaje humano, y allí fue también donde la primera vez le
declaró su pensamiento, tan honesto como enamorado, y allí fue la última vez donde
Marcela le acabó de desengañar y desdeñar, de suerte que puso fin a la tragedia de su
miserable vida. Y aquí, en memoria de tantas desdichas, quiso él que le depositasen en
las entrañas del eterno olvido [59].
Y volviéndose a don Quijote y a los
caminantes, prosiguió diciendo [60]:
Ese cuerpo, señores, que con
piadosos ojos estáis mirando, fue depositario de un alma en quien el cielo puso infinita
parte de sus riquezas. Ese es el cuerpo de Grisóstomo, que fue único en el ingenio, solo
en la cortesía, estremo en la gentileza, fénix en la amistad [61], magnífico sin tasa, grave sin
presunción, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es ser bueno, y sin
segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fue aborrecido; adoró, fue
desdeñado [62]; rogó a una fiera,
importunó a un mármol, corrió tras el viento, dio voces a la soledad, sirvió a la
ingratitud, de quien alcanzó por premio ser despojos de la muerte [63] en la mitad de la carrera [*] de su vida [64], a la cual dio fin una pastora a quien
él procuraba eternizar para que viviera en la memoria de las gentes [65], cual lo pudieran mostrar bien esos
papeles que estáis mirando, si él no me hubiera mandado que los entregara al fuego en
habiendo entregado su cuerpo a la tierra. |
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De mayor rigor y crueldad usaréis vos con ellos dijo Vivaldo que su
mesmo dueño, pues no es justo ni acertado que se cumpla la voluntad de quien lo que
ordena va fuera de todo razonable discurso. Y no le tuviera bueno Augusto [*] César si consintiera que se
pusiera en ejecución lo que el divino Mantuano dejó en su testamento mandado [66]. Ansí que, señor Ambrosio, ya que deis
el cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no queráis dar sus escritos al olvido, que si él
ordenó como agraviado, no es bien que vos cumpláis como indiscreto; antes haced, dando
la vida a estos papeles, que la tenga siempre la crueldad de Marcela, para que sirva de
ejemplo, en los tiempos que están por venir, a los vivientes, para que se aparten y huyan
de caer en semejantes despeñaderos; que ya sé yo, y los que aquí venimos, la historia
deste vuestro enamorado y desesperado amigo, y sabemos la amistad vuestra y la ocasión de
su muerte, y lo que dejó mandado al acabar de la vida, de la cual lamentable historia se
puede sacar cuánto [*] haya
sido la crueldad de Marcela, el amor de Grisóstomo, la fe de la amistad vuestra, con el
paradero que tienen los que a rienda suelta corren por la senda que el desvariado
amor delante de los ojos les pone [67].
Anoche supimos la muerte de Grisóstomo y que en este lugar había de ser enterrado, y
así, de curiosidad y de lástima, dejamos nuestro derecho viaje y acordamos de venir a
ver con los ojos lo que tanto nos había lastimado en oíllo. Y en pago desta lástima y
del deseo que en nosotros nació de remedialla si pudiéramos, te rogamos, ¡oh discreto
Ambrosio!, a lo menos, yo te lo suplico de mi parte, que, dejando de abrasar estos
papeles, me dejes llevar algunos dellos.
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Y sin aguardar que el pastor respondiese, alargó la
mano y tomó algunos de los que más cerca estaban; viendo lo cual Ambrosio, dijo:Por cortesía consentiré que os
quedéis, señor, con los que ya habéis tomado; pero pensar que dejaré de abrasar [*] los que quedan es
pensamiento vano.
Vivaldo, que deseaba ver lo que los
papeles decían, abrió luego el uno dellos y vio que tenía por título Canción
desesperada [68]. Oyólo Ambrosio, y
dijo:
Ese es el último papel que
escribió el desdichado; y porque veáis, señor, en el término que le tenían sus
desventuras, leelde de modo que seáis oído, que bien os dará lugar a ello el que se
tardare en abrir la sepultura [69].
Eso haré yo de muy buena gana
dijo Vivaldo.
Y como todos los circunstantes [*] tenían el mesmo
deseo, se le pusieron a la redonda, y él, leyendo en voz clara, vio que así decía:
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