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Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros sucesos
Mas apenas comenzó a
descubrirse el día por los balcones del oriente [1], cuando los cinco de los seis cabreros se
levantaron y fueron a despertar a don Quijote y a decille si estaba todavía con
propósito de ir a ver el famoso entierro de Grisóstomo, y que ellos le harían
compañía. Don Quijote, que otra cosa no deseaba, se levantó y mandó a Sancho que
ensillase y enalbardase al momento [2],
lo cual él hizo con mucha diligencia, y con la mesma se pusieron luego todos en camino. Y
no hubieron andado un cuarto de legua, cuando al cruzar de una senda [3] vieron venir hacia ellos hasta seis
pastores vestidos con pellicos negros y coronadas las cabezas con guirnaldas de ciprés y
de amarga adelfa [4]. Traía cada uno un
grueso bastón de acebo en la mano [5].
Venían con ellos asimesmo dos gentileshombres de a caballo, muy bien aderezados de camino
[6], con otros tres mozos de a pie que
los acompañaban. En llegándose a juntar se saludaron cortésmente y, preguntándose los
unos a los otros dónde iban, supieron que todos se encaminaban al lugar del entierro y,
así, comenzaron a caminar todos juntos. |
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Uno de los de a caballo, hablando con su compañero, le dijo:Paréceme, señor Vivaldo [7], que habemos de dar por bien empleada la
tardanza que hiciéremos en ver este famoso entierro, que no podrá dejar de ser famoso,
según estos pastores nos han contado estrañezas ansí del muerto pastor como de la
pastora homicida.
Así me lo parece a mí
respondió Vivaldo, y no digo yo hacer tardanza de un día, pero de cuatro la
hiciera a trueco de verle.
Preguntóles don Quijote qué era lo
que habían oído de Marcela y de Grisóstomo. El caminante dijo que aquella madrugada
habían encontrado [*]
con aquellos pastores y que, por haberles visto en aquel tan triste traje, les habían
preguntado la ocasión por que iban de aquella manera; que uno dellos se lo contó,
contando la estrañeza y hermosura de una pastora llamada Marcela [8] y los amores de muchos que la recuestaban
[9], con la muerte de aquel Grisóstomo a
cuyo entierro iban. Finalmente, él contó todo lo que Pedro a don Quijote había contado.
Cesó esta plática y comenzóse
otra, preguntando el que se llamaba Vivaldo a don Quijote qué era la ocasión que le
movía a andar armado de aquella manera por tierra tan pacífica. A lo cual respondió don
Quijote: |
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La profesión de mi ejercicio [10] no consiente ni permite que yo ande de
otra manera. El buen paso [11], el regalo
y el reposo, allá se inventó para los blandos cortesanos; mas el trabajo, la inquietud y
las armas solo se inventaron e hicieron para aquellos que el mundo llama caballeros
andantes, de los cuales yo, aunque indigno, soy el menor de todos [12]. Apenas le oyeron esto, cuando todos le tuvieron por loco;
y por averiguarlo más y ver qué género de locura era el suyo, le tornó a preguntar
Vivaldo que qué [*]
quería decir caballeros andantes.
¿No han vuestras mercedes
leído respondió don Quijote los anales e historias de Ingalaterra, donde se
tratan las famosas fazañas del rey Arturo [13],
que continuamente [14] en nuestro romance
castellano llamamos «el rey Artús», de quien es tradición antigua y común en todo
aquel reino de la Gran Bretaña que este rey no murió, sino que por arte de encantamento
se convirtió en cuervo, y que andando los tiempos ha de volver a reinar y a cobrar su
reino y cetro [15], a cuya causa no se
probará que desde aquel tiempo a este haya ningún inglés muerto cuervo alguno? Pues en
tiempo deste buen rey fue instituida aquella famosa orden de caballería de los caballeros
de la Tabla Redonda, y pasaron, sin faltar un punto, los amores que allí se cuentan de
don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo medianera dellos y sabidora aquella
tan honrada dueña Quintañona [16], de
donde nació aquel tan sabido romance, y tan decantado en nuestra España [17], de |
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Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera Lanzarote
cuando de Bretaña [*]
vino,
con aquel progreso tan dulce y tan
suave de sus amorosos y fuertes fechos. Pues desde entonces de mano en mano [18] fue aquella orden de caballería
estendiéndose y dilatándose por muchas y diversas partes del mundo, y en ella fueron
famosos y conocidos por sus fechos el valiente Amadís de Gaula, con todos sus hijos y
nietos [19], hasta la quinta generación,
y el valeroso Felixmarte de Hircania, y el nunca como se debe alabado Tirante el Blanco, y
casi que en nuestros días [20] vimos y
comunicamos y oímos al invencible y valeroso caballero don Belianís de Grecia [21]. Esto, pues, señores, es ser caballero
andante, y la que he dicho es la orden de su caballería, en la cual, como otra vez he
dicho, yo, aunque pecador, he hecho profesión, y lo mesmo que profesaron los caballeros
referidos profeso yo. Y, así, me voy por estas soledades y despoblados buscando las
aventuras, con ánimo deliberado de ofrecer mi brazo y mi persona a la más peligrosa que
la suerte me deparare, en ayuda de los flacos y menesterosos [22].
Por estas razones que dijo acabaron
de enterarse los caminantes que era don Quijote falto de juicio [*] y del género de locura que
lo señoreaba, de lo cual recibieron la mesma admiración que recibían todos aquellos que
de nuevo venían en conocimiento della [23].
Y Vivaldo, que era persona muy discreta y de alegre condición, por pasar sin pesadumbre
el poco camino que decían que les faltaba, al llegar [*] a la sierra del entierro [24] quiso darle ocasión a que pasase más
adelante con sus disparates, y, así, le dijo: |
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Paréceme, señor caballero [*] andante, que vuestra merced
ha profesado una de las más estrechas profesiones que hay en la tierra, y tengo para mí
[*] que aun la de los frailes
cartujos no es tan estrecha.
Tan estrecha bien podía ser
respondió nuestro don Quijote, pero tan necesaria en el mundo no estoy en dos
dedos de ponello en duda [25]. Porque, si
va a decir verdad, no hace menos el soldado que pone [*] en ejecución lo que su
capitán le manda que el mesmo capitán que se lo ordena. Quiero decir que los religiosos,
con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra, pero los soldados y
caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden [26], defendiéndola [*] con el valor de
nuestros brazos y filos de nuestras espadas, no debajo de cubierta, sino al cielo abierto,
puestos por blanco de los insufribles rayos del sol en el verano y de los erizados yelos
del invierno [27]. Así que somos
ministros de Dios en la tierra y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia. Y como
las cosas de la guerra y las a ellas [*] tocantes y concernientes no se
pueden poner en ejecución sino sudando, afanando y trabajando [*], síguese que aquellos
que la profesan tienen sin duda mayor trabajo que aquellos que en sosegada paz y reposo
están rogando a Dios favorezca a los que poco pueden. No quiero yo decir, ni me pasa por
pensamiento, que es tan buen estado el de caballero andante como el del encerrado
religioso: solo quiero inferir, por lo que yo padezco [*], que sin duda es más
trabajoso y más aporreado, y más hambriento y sediento, miserable, roto y piojoso [*], porque no hay duda sino que
los caballeros andantes pasados pasaron mucha mala ventura en el discurso de su vida; y si
algunos subieron a ser emperadores por el valor de su brazo, a fe que les costó buen
porqué de su sangre y de su sudor [28],
y que si a los que a tal grado subieron les faltaran encantadores y sabios que los
ayudaran, que ellos quedaran bien defraudados de sus deseos y bien engañados de sus
esperanzas. |
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De ese parecer estoy yo replicó el
caminante, pero una cosa entre otras muchas me parece muy mal de los caballeros
andantes, y es que cuando se ven en ocasión de acometer una grande y peligrosa aventura,
en que se vee manifiesto peligro de perder la vida, nunca en aquel instante de acometella
se acuerdan de encomendarse a Dios, como cada cristiano está obligado a hacer en peligros
semejantes, antes se encomiendan a sus damas, con tanta gana y devoción como si ellas
fueran su Dios [29], cosa que me parece
que huele algo a gentilidad [30]. Señor respondió don
Quijote, eso no puede ser menos en ninguna manera [31], y caería en mal caso el caballero
andante que otra cosa hiciese [32], que
ya está en uso y costumbre en la caballería andantesca que el caballero andante que al
acometer algún gran hecho de armas tuviese su señora delante, vuelva a ella los ojos
blanda y amorosamente, como que le pide con ellos le favorezca y ampare en el dudoso
trance que acomete; y aun si nadie le oye, está obligado a decir algunas palabras entre
dientes, en que de todo corazón se le encomiende, y desto tenemos innumerables ejemplos
en las historias. Y no se ha de entender por esto que han de dejar de encomendarse a Dios,
que tiempo y lugar les queda para hacerlo en el discurso de la obra [33]. |
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Con todo eso replicó el
caminante, me queda un escrúpulo [34],
y es que muchas veces he leído que se traban palabras entre dos andantes caballeros, y,
de una en otra, se les viene a encender la cólera, y a volver los caballos y tomar [*] una buena pieza del campo [35], y luego, sin más ni más, a todo el
correr dellos, se vuelven a encontrar, y en mitad de la corrida se encomiendan a sus
damas; y lo que suele suceder del encuentro es que el uno cae por las ancas del caballo,
pasado con la lanza del contrario de parte a parte, y al otro le viene también [36], que, a no tenerse a las crines del suyo
[37], no pudiera dejar de venir al suelo.
Y no sé yo cómo el muerto tuvo lugar para encomendarse a Dios en el discurso de esta tan
acelerada obra. Mejor fuera que las palabras que en la carrera gastó encomendándose a su
dama las gastara en lo que debía y estaba obligado como cristiano. Cuanto más, que yo
tengo para mí que no todos los caballeros andantes tienen damas a quien encomendarse,
porque no todos son enamorados [38]. Eso no puede ser respondió
don Quijote: digo que no puede ser que haya caballero andante sin dama, porque tan
proprio y tan natural les es a los tales ser enamorados como al cielo tener estrellas, y a
buen seguro que no se haya visto historia donde se halle caballero andante sin amores [39]; y por el mesmo caso que estuviese sin
ellos, no sería tenido por legítimo caballero, sino por bastardo y que entró en la
fortaleza de la caballería dicha, no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y
ladrón [40].
Con todo eso dijo el
caminante, me parece, si mal no me acuerdo, haber leído que don Galaor, hermano del
valeroso Amadís de Gaula, nunca tuvo dama señalada a quien pudiese encomendarse; y, con
todo esto, no fue tenido en menos, y fue un muy valiente y famoso caballero.
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