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Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente
manchego tuvieron
Dejamos en la primera parte
desta historia [1] al valeroso vizcaíno
y al famoso don Quijote con las espadas altas y desnudas, en guisa de descargar dos
furibundos fendientes [*][2], tales, que, si en lleno se acertaban,
por lo menos se dividirían y fenderían de arriba abajo y abrirían como una granada; y
que en aquel punto tan dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa historia [3], sin que nos diese noticia su autor
dónde se podría hallar lo que della faltaba.
Causóme esto mucha pesadumbre [4], porque el gusto de haber leído tan poco
se volvía en disgusto de pensar el mal camino [5] que se ofrecía para hallar lo mucho que
a mi parecer faltaba de tan sabroso cuento. Parecióme cosa imposible y fuera de toda
buena costumbre [6] que a tan buen
caballero le hubiese faltado algún sabio [7]
que tomara a cargo el escrebir sus nunca vistas hazañas [8], cosa que no faltó a ninguno de los
caballeros andantes,
de los que dicen las gentes
que van a sus aventuras [9],
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porque cada uno dellos tenía uno o dos sabios [10] como de molde, que no solamente
escribían sus hechos, sino que pintaban sus más mínimos pensamientos y niñerías, por
más escondidas que fuesen; y no había de ser tan desdichado tan buen caballero, que le
faltase a él lo que sobró a Platir y a otros semejantes [11]. Y, así, no podía inclinarme a creer
que tan gallarda historia hubiese quedado manca y estropeada, y echaba la culpa a la
malignidad del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas [12], el cual, o la tenía oculta, o
consumida.
Por otra parte, me parecía que,
pues entre sus libros se habían hallado tan modernos como Desengaño de celos y Ninfas
y pastores de Henares, que también su historia debía de ser moderna [13] y que, ya que no estuviese escrita,
estaría en la memoria de la gente de su aldea y de las a ella circunvecinas. Esta
imaginación me traía confuso [14] y
deseoso de saber real y verdaderamente toda la vida y milagros de nuestro famoso español
don Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballería manchega, y el primero que en
nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio de las
andantes armas [15], y al de desfacer [*] agravios, socorrer
viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes [16] y con toda su virginidad a cuestas, de
monte en monte y de valle en valle: que si no era que algún follón o algún villano de
hacha y capellina [17] o algún
descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos que, al cabo de
ochenta años, que en todos ellos no durmió un día debajo de tejado, y se fue [*] tan entera a la sepultura
como la madre que la había parido [18].
Digo, pues, que por estos y otros muchos respetos es digno nuestro gallardo Quijote de
continuas y memorables alabanzas, y aun a mí no se me deben negar, por el trabajo y
diligencia que puse en buscar el fin desta agradable historia; aunque bien sé que si el
cielo, el caso y la fortuna no me ayudan [*] [19], el mundo quedara falto y sin el
pasatiempo y gusto que bien casi dos horas podrá tener el que con atención la leyere [20]. Pasó, pues, el hallarla en esta
manera: |
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Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y
papeles viejos a un sedero [*][21]; y como yo soy [*] aficionado a leer aunque
sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un
cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con carácteres [*][22] que conocí ser arábigos. Y puesto que
aunque los conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún
morisco aljamiado que los leyese [23], y
no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor
y más antigua lengua le hallara [24]. En
fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las
manos, le abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó a reír.
Preguntéle yo que [*] de qué se reía,
y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación.
Díjele que me la dijese, y él [*],
sin dejar la risa, dijo:
Está, como he dicho, aquí en
el margen escrito esto: «Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia
referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la
Mancha» [25].
Cuando yo oí decir «Dulcinea del
Toboso», quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos
cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que
leyese el principio, y haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en
castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide
Hamete Benengeli, historiador arábigo [26].
Mucha discreción fue menester para disimular el contento que recebí cuando llegó a mis
oídos el título del libro, y, salteándosele al sedero [27], compré al muchacho todos los papeles y
cartapacios por medio real; que si él tuviera discreción y supiera lo que yo los
deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la compra. Apartéme [*] luego con el morisco por
el claustro de la iglesia mayor [28], y
roguéle me volviese aquellos cartapacios [29],
todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles
nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y dos
fanegas de trigo [30], y prometió de
traducirlos bien y fielmente [*][31] y con mucha brevedad. Pero yo, por
facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa
[32], donde en poco más de mes y medio
la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere. |
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Estaba en el primero cartapacio pintada muy al natural la batalla de don Quijote con el
vizcaíno, puestos en la mesma postura que la historia cuenta [33], levantadas las espadas, el uno cubierto
de su rodela, el otro de la almohada, y la mula del vizcaíno tan al vivo, que estaba
mostrando ser de alquiler a [*]
tiro de ballesta [34]. Tenía a los pies
escrito el vizcaíno un título que decía [35],
«Don Sancho de Azpeitia» [*][36] que, sin duda, debía de ser su nombre,
y a los pies de Rocinante estaba otro que decía «Don Quijote» [37]. Estaba Rocinante maravillosamente
pintado, tan largo y tendido [38], tan
atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético confirmado [39], que mostraba bien al descubierto con
cuánta advertencia y propriedad se le había puesto el nombre de «Rocinante». Junto a
él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba
otro rétulo [40] que decía «Sancho
Zancas» [41], y debía de ser que
tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas
largas, y por esto se le debió de poner nombre de «Panza» y de «Zancas», que con
estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia. Otras algunas menudencias
había que advertir, pero todas son de poca importancia y que no hacen al caso a la
verdadera relación de la historia, que ninguna es mala como sea verdadera.
Si a esta se le puede poner alguna
objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo
muy propio de los de aquella nación ser mentirosos [42]; aunque, por ser tan nuestros enemigos,
antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ansí me parece a
mí, pues [*] cuando pudiera y
debiera estender la pluma en las alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria
las pasa en silencio [43]: cosa mal hecha
y peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y nonada
apasionados [44], y que ni el interés ni
el miedo, el rancor ni la afición [45],
no les hagan [*] torcer del
camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las
acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por
venir [46]. En esta sé que se hallará
todo lo que se acertare a desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare,
para mí tengo que fue por culpa del galgo de su autor [47], antes que por falta del sujeto [48]. En fin, su segunda parte, siguiendo la
tradución, comenzaba desta manera: |
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Puestas y levantadas en alto las cortadoras espadas de los dos valerosos y enojados
combatientes [49], no parecía sino que
estaban amenazando al cielo, a la tierra y al abismo [50]: tal era el denuedo y continente que
tenían. Y el primero que fue a descargar el golpe fue el colérico vizcaíno; el cual fue
dado con tanta fuerza y tanta furia, que, a no volvérsele la espada en el camino [51], aquel solo golpe fuera bastante para
dar fin a su rigurosa contienda y a todas las aventuras de nuestro caballero; mas la buena
suerte, que para mayores cosas le tenía guardado, torció la espada de su contrario, de
modo que, aunque le acertó en el hombro izquierdo, no le hizo otro daño que desarmarle
todo aquel lado, llevándole de camino gran parte de la celada, con la mitad de la oreja,
que todo ello con espantosa ruina vino al suelo [52], dejándole muy maltrecho.
¡Válame Dios, y quién será aquel
que buenamente pueda contar ahora la rabia que entró en el corazón de nuestro manchego,
viéndose parar de aquella manera [53]!
No se diga más sino que fue de manera que se alzó de nuevo en los estribos [54] y, apretando más la espada en las dos
manos, con tal furia descargó sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada
y sobre la cabeza, que, sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre él una
montaña, comenzó a echar sangre por las narices y por la boca y por los oídos, y a dar
muestras de caer de la mula abajo, de donde cayera, sin duda, si no se abrazara con el
cuello; pero, con todo eso, sacó los pies de los estribos y luego soltó los brazos, y la
mula, espantada del terrible golpe, dio a correr por el campo, y a pocos corcovos dio con
su dueño en tierra [55]. |
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Estábaselo con mucho sosiego mirando don Quijote, y como lo vio caer [56], saltó de su caballo y con mucha
ligereza se llegó a él, y poniéndole la punta de la espada en los ojos, le dijo que se
rindiese; si no, que le cortaría la cabeza [57].
Estaba el vizcaíno tan turbado, que no podía responder palabra; y él lo pasara mal,
según estaba ciego don Quijote, si las señoras del coche, que hasta entonces con gran
desmayo habían mirado la pendencia, no fueran a donde estaba y le pidieran con mucho
encarecimiento les hiciese [*]
tan gran merced y favor de perdonar la vida a aquel su escudero. A lo cual don Quijote
respondió [*], con mucho
entono y gravedad:
Por cierto, fermosas [*] señoras, yo soy muy
contento de hacer lo que me pedís, mas ha de ser con una condición y concierto [58]: y es que este caballero me ha de
prometer de ir al lugar del Toboso y presentarse de mi parte ante la sin par doña
Dulcinea, para que ella haga dél lo que más fuere de su voluntad.
La temerosa y desconsolada señora [*],
sin entrar en cuenta de lo que don Quijote pedía, y sin preguntar quién Dulcinea fuese,
le prometieron que el escudero haría todo aquello que de su parte le fuese mandado [59].
Pues en fe de esa palabra yo no le haré
más daño, puesto que me lo tenía bien merecido [60].
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