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Esa oliva se haga luego rajas y se queme [39], que aun no queden della las cenizas, y
esa palma de Ingalaterra se guarde y se conserve como a cosa única, y se haga para ello [*] otra caja como la que halló
Alejandro en los despojos de Dario [40],
que la diputó para guardar en ella las obras del poeta Homero. Este libro, señor
compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una, porque él por sí es muy bueno; y la
otra, porque es fama que le compuso un discreto rey de Portugal. Todas las aventuras del
castillo de Miraguarda son bonísimas y de grande artificio [41]; las razones, cortesanas y claras, que
guardan y miran el decoro del que habla, con mucha propriedad y entendimiento. Digo, pues,
salvo vuestro buen parecer, señor maese Nicolás, que este y Amadís de Gaula
queden libres del fuego, y todos los demás, sin hacer más cala y cata [42], perezcan.
No, señor compadre
replicó el barbero, que este que aquí tengo es el afamado Don Belianís
[43]. |
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Pues ese replicó el cura, con la segunda, tercera y cuarta parte,
tienen necesidad de un poco de ruibarbo para purgar la demasiada cólera suya [44], y es menester quitarles todo aquello
del castillo de la Fama y otras impertinencias de más importancia [45], para lo cual se les da término
ultramarino [46], y como se enmendaren,
así se usará con ellos de misericordia o de justicia; y en tanto, tenedlos vos,
compadre, en vuestra casa, mas no los dejéis leer a ninguno [47].
Que me place respondió
el barbero.
Y, sin querer cansarse más en leer
libros de caballerías, mandó [*]
al ama que tomase todos los grandes [48]
y diese con ellos en el corral. No se dijo a tonta ni a sorda, sino a quien tenía más
gana de quemallos que de echar una tela [49],
por grande y delgada que fuera; y asiendo casi ocho de una vez, los arrojó por la
ventana. Por tomar muchos juntos, se le cayó uno a los pies del barbero, que le tomó
gana de ver de quién era, y vio que decía Historia del famoso caballero Tirante el
Blanco [50].
¡Válame Dios [51] dijo el cura, dando una gran
voz, que aquí esté Tirante el Blanco! Dádmele acá, compadre, que hago cuenta que
he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don
Quirieleisón de Montalbán, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalbán, y el
caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante [*] hizo con el alano, y las
agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y
la señora Emperatriz, enamorada de Hipólito, su escudero [52]. Dígoos verdad, señor compadre, que
por su estilo es este el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen y
mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas [*] cosas de que todos los demás
libros deste género carecen [53]. Con
todo eso, os digo que merecía el que le [*] compuso, pues no hizo [*] tantas necedades de
industria, que le echaran a galeras por todos los días de su vida [54]. Llevadle a casa y leedle, y veréis que
es verdad cuanto dél os he dicho. |

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Así será respondió el barbero, pero ¿qué haremos destos pequeños
libros que quedan?
Estos dijo el cura
no deben de ser de caballerías, sino de poesía.
Y abriendo uno vio que era La
Diana de Jorge de Montemayor [55],
y dijo, creyendo que todos los demás eran del mesmo género:
Estos no merecen ser quemados,
como los demás, porque no hacen ni harán el daño que los de caballerías han hecho, que
son libros de entretenimiento [*] sin perjuicio de
tercero [56].
¡Ay, señor! dijo la
sobrina, bien los puede vuestra merced mandar quemar como a los demás, porque no
sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo
estos se le antojase de hacerse pastor [57]
y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y, lo que sería peor, hacerse
poeta, que según dicen es enfermedad incurable y pegadiza [58].
Verdad dice esta doncella
dijo el cura, y será bien quitarle a nuestro amigo este tropiezo y ocasión
delante [*]. Y pues
comenzamos por La Diana de Montemayor, soy de parecer que no se queme, sino que se
le quite todo aquello que trata de la sabia Felicia y de la [*] agua encantada [59], y casi todos los versos mayores [60], y quédesele enhorabuena la prosa, y la
honra de ser primero en semejantes libros. |
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Este que se sigue dijo el barbero es La Diana llamada segunda
del Salmantino [61]; y este, otro que
tiene el mesmo nombre, cuyo autor es Gil Polo [62]. Pues la del Salmantino respondió el
cura acompañe y acreciente el número de los condenados al corral, y la de Gil Polo
se guarde como si fuera del mesmo Apolo; y pase adelante, señor compadre, y démonos
prisa, que se va haciendo tarde.
Este libro es dijo el
barbero abriendo otro Los diez libros de Fortuna de amor [*], compuestos por Antonio de
Lofraso, poeta sardo [63].
Por las órdenes que recebí
dijo el cura que desde que Apolo fue Apolo, y las musas musas, y los poetas
poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como ese no se ha compuesto, y que, por su
camino, es el mejor y el más único de cuantos deste género han salido a la luz del
mundo [64], y el que no le ha leído
puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto. Dádmele acá, compadre, que
precio más haberle hallado que si me dieran una sotana de raja de Florencia [65].
Púsole aparte con grandísimo
gusto, y el barbero prosiguió diciendo:
Estos que se siguen son El
pastor de Iberia, Ninfas de Henares y Desengaños de celos [66]. |

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Pues no hay más que hacer dijo el cura, sino entregarlos al brazo
seglar del ama [67], y no se me pregunte
el porqué, que sería nunca acabar.
Este que viene es El pastor
de Fílida [68].
No es ése pastor dijo
el cura, sino muy discreto cortesano: guárdese como joya preciosa.
Este grande que aquí viene se
intitula dijo el barbero Tesoro de varias poesías [69].
Como ellas no fueran tantas
dijo el cura, fueran más estimadas: menester es que este libro se escarde y
limpie de algunas bajezas que entre sus grandezas tiene; guárdese, porque su autor es
amigo mío, y por respeto de otras más heroicas y levantadas obras que ha escrito.
Este es siguió el
barbero el Cancionero de López Maldonado [70].
También el autor de ese libro
replicó el cura es grande amigo mío, y sus versos en su boca admiran a quien
los oye, y tal es la suavidad de la voz con que los canta, que encanta. Algo largo es en
las églogas, pero nunca lo bueno fue mucho; guárdese con los escogidos. Pero ¿qué
libro es ese que está junto a él? |
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La Galatea de Miguel de
Cervantes [71] dijo el barbero.Muchos años ha que es grande
amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro
tiene algo de buena invención: propone algo, y no concluye nada; es menester esperar la
segunda parte que promete: quizá con la emienda alcanzará del todo la misericordia que
ahora se le niega [72]; y entre tanto que
esto [*] se ve, tenedle recluso
en vuestra posada, señor compadre.
Que me place respondió
el barbero. Y aquí vienen tres todos juntos: La Araucana [*] de don Alonso de Ercilla [*][73], La Austríada de Juan Rufo,
jurado de Córdoba [74], y El
Monserrato [*] de
Cristóbal de Virués, poeta valenciano [75].
Todos esos tres libros
dijo el cura son los mejores que en verso heroico en lengua castellana están
escritos [76], y pueden competir con los
más famosos de Italia; guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene
España.
Cansóse el cura de ver más libros,
y así, a carga cerrada [77], quiso que
todos los demás se quemasen; pero ya tenía abierto uno el barbero, que se llamaba Las
lágrimas de Angélica [78].
Lloráralas yo dijo el
cura en oyendo el nombre si tal libro hubiera mandado quemar, porque su autor fue
uno de los famosos poetas del mundo, no solo de España, y fue felicísimo en la
tradución de algunas fábulas de Ovidio [79].
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