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Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero
Viendo, pues, que, en efeto, no
podía menearse, acordó de acogerse a su ordinario remedio, que era pensar en algún paso
de sus libros [1], y trújole su locura a
la memoria aquel de Valdovinos y del marqués de Mantua, cuando Carloto le dejó herido en
la montiña [2], historia sabida de los
niños [3], no ignorada de los mozos,
celebrada y aun creída de los viejos, y, con todo esto, no más verdadera que los
milagros de Mahoma [4]. Esta, pues, le
pareció a él que le venía de molde para el paso en que se hallaba, y así, con muestras
de grande sentimiento, se comenzó a volcar [5]
por la tierra y a decir con debilitado aliento lo mesmo que dicen decía el herido
caballero del bosque:
¿Dónde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal [6].
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Y desta manera fue prosiguiendo el romance, hasta aquellos
versos que dicen:
¡Oh noble marqués de Mantua,
mi tío y señor carnal [7]!
Y quiso la suerte que, cuando llegó
a este verso, acertó a pasar por allí un labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que
venía de llevar una carga de trigo al molino [8]; el cual, viendo aquel hombre allí
tendido, se llegó a él y le preguntó que quién era y qué mal sentía, que tan
tristemente se quejaba. Don Quijote creyó sin duda que aquel era el marqués de Mantua,
su tío, y, así, no le respondió otra cosa sino fue proseguir en su romance, donde le
daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante con su esposa [9], todo de la mesma manera que el romance
lo canta.
El labrador estaba admirado oyendo
aquellos disparates; y quitándole la visera, que ya estaba hecha pedazos, de los palos,
le limpió el rostro, que le tenía cubierto [*] de polvo; y
apenas le hubo limpiado, cuando le conoció [10]
y le dijo:
Señor Quijana [*][11] que así se debía de llamar
cuando él tenía juicio y no había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante,
¿quién ha puesto a vuestra merced desta suerte? |
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Pero él seguía con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen hombre, lo
mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida, pero no vio
sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió
sobre su jumento, por parecerle [*] caballería más
sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante,
al cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien
pensativo de oír los disparates que don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que,
de puro molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico y de cuando en cuando
daba unos suspiros, que los ponía en el cielo [12], de modo que de nuevo obligó a que el
labrador le preguntase le dijese qué mal sentía [13]; y no parece sino que el diablo le
traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque en aquel punto,
olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez [14], cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo
de Narváez, le prendió y llevó cautivo [*] a su alcaidía [15]. De suerte que, cuando el labrador le
volvió a preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y
razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mesmo modo que
él había leído la historia en La Diana de Jorge de Montemayor, donde se
escribe; aprovechándose della tan a propósito [*], que el labrador se iba
dando al diablo [16] de oír tanta
máquina de necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco, y dábale [*] priesa a llegar al pueblo
por escusar el enfado [17] que don
Quijote le causaba con su larga arenga [18].
Al cabo de lo cual [*] dijo:
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Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa que he
dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más
famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni verán en el mundo.
A esto respondió el labrador:
Mire vuestra merced, señor,
pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués [*] de Mantua, sino Pedro
Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado
hidalgo del señor Quijana [*].
Yo sé quién soy [19] respondió don Quijote, y
sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia [20], y aun todos los nueve de la Fama [21], pues a todas las hazañas que ellos
todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías [22].
En estas pláticas y en otras
semejantes llegaron al lugar, a la hora que anochecía, pero el labrador aguardó a que
fuese algo más noche, porque no viesen al molido hidalgo tan mal caballero [23]. Llegada, pues, la hora que le pareció,
entró en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual halló toda alborotada, y
estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote,
que estaba [*]
diciéndoles su ama a voces: |
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¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez que así se
llamaba el cura, de la desgracia de mi señor? Tres [*] días ha que no parecen él, ni
el rocín, ni la adarga, ni la lanza, ni las armas [24]. ¡Desventurada de mí!, que me doy a
entender, y así es ello la verdad como nací para morir, que estos malditos libros de
caballerías que él tiene y suele leer tan de ordinario le han vuelto el juicio; que
ahora me acuerdo haberle oído decir muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse
caballero andante e irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a
Satanás y a Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más delicado
entendimiento que había en toda la Mancha [25].
La sobrina decía lo mesmo, y
aun decía más:
Sepa, señor maese Nicolás
(que este era el nombre del barbero), que muchas veces le aconteció a mi señor tío
estarse leyendo en estos desalmados libros de desventuras [26] dos días con sus noches, al cabo de los
cuales arrojaba el libro de las manos, y ponía mano a la espada, y andaba a cuchilladas
con las paredes; y cuando estaba muy cansado decía que había muerto a cuatro gigantes
como cuatro torres [27], y el sudor que
sudaba del cansancio decía que era sangre de las feridas que había recebido en la
batalla, y bebíase luego un gran jarro de agua fría [28], y quedaba sano y sosegado, diciendo que
aquella agua era una preciosísima bebida que le había traído el sabio Esquife [29], un grande encantador y amigo suyo. Mas
yo me tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi
señor tío, para que los remediaran [*] antes de llegar a lo
que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos que bien
merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes. |
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Esto digo yo también dijo el cura, y a fee [*] que no se pase el día de
mañana sin que dellos no se haga acto público [30], y sean condenados al fuego, porque no
den ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho.
Todo esto estaban oyendo el labrador
y don Quijote, con que acabó de entender el labrador la enfermedad de su vecino y, así,
comenzó a decir a voces:
Abran vuestras mercedes al
señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que viene malferido [31], y al señor moro Abindarráez, que trae
cautivo el valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera.
A estas voces salieron todos, y como
conocieron los unos a su amigo, las otras a su amo y tío, que aún no se había apeado
del jumento, porque no podía, corrieron a abrazarle. Él dijo:
Ténganse todos, que vengo
malferido, por la culpa de mi caballo. Llévenme a mi lecho, y llámese, si fuere posible,
a la sabia Urganda, que cure [*]
y cate de mis feridas [32].
¡Mirá, en hora maza [33] dijo a este punto el ama, si
me decía a mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor [34]! Suba vuestra merced en buen hora, que,
sin que venga esa hurgada [*][35], le sabremos aquí curar. ¡Malditos,
digo, sean otra vez y otras ciento estos libros de caballerías, que tal han parado a
vuestra merced [36]! |
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Lleváronle [*] luego a la cama, y,
catándole las feridas, no le hallaron ninguna; y él dijo que todo era molimiento, por
haber dado una gran caída con Rocinante, su caballo, combatiéndose con diez jayanes [37], los más desaforados y atrevidos que se
pudieran fallar en gran parte de la tierra [38].
¡Ta, ta! dijo el
cura. ¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada [39] que yo los queme mañana antes que
llegue la noche.
Hiciéronle a don Quijote mil
preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa sino que le diesen de comer y le dejasen
dormir [40], que era lo que más le
importaba. Hízose así, y el cura se informó muy a la larga del labrador del modo que
había hallado a don Quijote. Él se lo contó todo, con los disparates que al hallarle y
al traerle había dicho, que fue poner más deseo en el licenciado de hacer lo que otro
día hizo [41], que fue llamar a su amigo
el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de don Quijote.
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