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Llamad, señor Andrés, ahora
decía el labrador al desfacedor de agravios: veréis cómo no desface
aqueste; aunque creo que no está acabado de hacer, porque me viene gana de desollaros
vivo, como vos temíades.
Pero al fin le desató y le dio
licencia que fuese a buscar su juez [*], para que ejecutase
la pronunciada sentencia. Andrés se partió algo mohíno, jurando de ir a buscar al
valeroso don Quijote de la Mancha y contalle punto por punto lo que había pasado, y que
se lo había de pagar con las setenas [46].
Pero, con todo esto, él se partió llorando y su amo se quedó riendo.
Y desta manera deshizo el agravio el
valeroso don Quijote [47]; el cual,
contentísimo de lo sucedido, pareciéndole que había dado felicísimo y alto principio a
sus caballerías, con gran satisfación de sí mismo iba caminando hacia su aldea,
diciendo a media voz: |
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Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh sobre las
bellas bella [48] Dulcinea del Toboso!,
pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan
valiente y tan nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha; el cual,
como todo el mundo sabe, ayer rescibió la orden de caballería y hoy ha desfecho [*] el mayor tuerto y agravio
que formó la sinrazón y cometió la crueldad [49]: hoy quitó el látigo de la mano a
aquel despiadado [*]
enemigo que tan sin ocasión vapulaba [50]
a aquel delicado infante [51].
En esto, llegó a un camino que en
cuatro se dividía [52], y luego se le
vino [*] a la imaginación las
encrucijadas [*] donde
los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquellos tomarían; y, por
imitarlos, estuvo un rato quedo, y al cabo de haberlo muy bien pensado soltó la rienda a
Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya [53], el cual siguió su primer intento, que
fue el irse camino de su caballeriza. Y, habiendo andado como dos millas [54], descubrió don Quijote un grande tropel
de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar
seda a Murcia [55]. Eran seis, y venían
con sus quitasoles [56], con otros cuatro
criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote, cuando se
imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía
posible los pasos que había leído en sus libros [57], le pareció venir allí de molde [58] uno que pensaba hacer. Y, así, con
gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó la
adarga al pecho y, puesto en la mitad del camino, estuvo esperando que aquellos caballeros
andantes llegasen, que ya él por tales los tenía y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho
que se pudieron ver y oír [59], levantó
don Quijote la voz y con ademán arrogante dijo: |

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Todo el mundo se tenga [60], si
todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la
Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso [61].
Paráronse los mercaderes al son
destas razones, y a ver la estraña figura del que las decía; y por la figura y por las
razones [*] luego
echaron de ver la locura de su dueño, mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella
confesión que se les pedía, y uno dellos, que era un poco burlón y muy mucho discreto [62], le dijo:
Señor caballero, nosotros no
conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla, que, si ella fuere de
tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la
verdad que por parte vuestra nos es pedida.
Si os la mostrara
replicó don Quijote, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan
notoria [63]? La importancia está en que
sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender [64]; donde no [65], conmigo sois en batalla, gente
descomunal y soberbia [66]. Que ahora
vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre
y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón
que de mi parte tengo. |
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Señor caballero replicó el mercader, suplico a vuestra merced en
nombre de todos estos príncipes que aquí estamos que, porque no encarguemos nuestras
conciencias [67] confesando una cosa por
nosotros jamás vista ni oída [68], y
más siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y Estremadura, que
vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño
como un grano de trigo [69]; que por el
hilo se sacará el ovillo [70] y
quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado [71]; y aun creo que estamos ya tan de su
parte, que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana
bermellón y piedra azufre [72], con todo
eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.
No le mana, canalla infame
respondió don Quijote encendido en cólera, no le mana, digo, eso que decís,
sino ámbar y algalia entre algodones [73];
y no es tuerta ni corcovada [74], sino
más derecha que un huso de Guadarrama [75].
Pero vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad como
es la de mi señora.
Y, en diciendo esto, arremetió con
la lanza baja contra el que lo había dicho, con tanta furia y enojo, que si la buena
suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal
el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el campo [76]; y, queriéndose levantar, jamás pudo [77]: tal embarazo le causaban la lanza,
adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y, entre tanto que pugnaba
por levantarse y no podía, estaba diciendo: |

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Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended [78] que no por culpa mía, sino de mi
caballo, estoy aquí tendido [79].
Un mozo de mulas de los que allí
venían, que no debía de ser muy bienintencionado, oyendo decir al pobre caído tantas
arrogancias, no lo pudo sufrir sin darle la respuesta en las costillas. Y, llegándose a
él, tomó la lanza y, después de haberla hecho pedazos [80], con uno dellos comenzó a dar a nuestro
don Quijote tantos palos, que, a despecho y pesar de sus armas, le molió como cibera [81]. Dábanle voces sus amos que no le diese
tanto y que le dejase; pero estaba ya el mozo picado y no quiso dejar el juego hasta
envidar todo el resto de su cólera [82];
y, acudiendo por los demás trozos de la lanza, los acabó de deshacer sobre el miserable
caído, que, con toda aquella tempestad de palos que sobre él llovía [*] [83], no cerraba la boca, amenazando al cielo
y a la tierra, y a los malandrines [84],
que tal le parecían.
Cansóse el mozo, y los mercaderes
siguieron su camino, llevando que contar en todo él del pobre apaleado. El cual, después
que se vio solo, tornó a probar si podía levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando
sano y bueno, ¿cómo lo haría molido y casi deshecho? Y aun se tenía por dichoso,
pareciéndole que aquella era propia desgracia de caballeros andantes, y toda la atribuía
a la falta de su caballo; y no era posible levantarse, según tenía brumado todo el
cuerpo [85].
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