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De lo que le sucedió a nuestro
caballero [*]
cuando salió de la venta
La del alba sería [1] cuando don Quijote salió de la venta tan
contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le
reventaba por las cinchas del caballo [2].
Mas viniéndole a la memoria los consejos de su huésped cerca de las prevenciones tan
necesarias que había de llevar consigo [3],
especial la de los dineros y camisas [4],
determinó volver a su casa y acomodarse de todo [5], y de un escudero, haciendo cuenta de
recebir a un labrador vecino suyo [6] que
era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería [7]. Con este pensamiento guió a Rocinante
hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia [8], con tanta gana comenzó a caminar, que
parecía que no ponía los pies en el suelo.
No había andado mucho cuando le
pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba [9], salían unas voces delicadas, como de
persona que se quejaba; y apenas las hubo oído, cuando dijo: |
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Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones
delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión y donde pueda coger el
fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa
que ha menester mi favor y ayuda.
Y, volviendo las riendas, encaminó
a Rocinante hacia donde le pareció que las voces salían [10], y, a pocos pasos que entró por el
bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio
cuerpo arriba, hasta de edad de quince años [11],
que era el que las voces daba, y no sin causa, porque le estaba dando con una pretina [12] muchos azotes un labrador de buen talle
[13], y cada azote le acompañaba con una
reprehensión y consejo. Porque decía:
La lengua queda y los ojos
listos [14].
Y el muchacho respondía:
No lo haré otra vez, señor
mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez, y yo prometo de tener de aquí
adelante más cuidado con el hato [15].
Y viendo don Quijote lo que pasaba,
con voz airada dijo: |
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Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede [16]; subid sobre vuestro caballo y tomad
vuestra lanza [17] que también
tenía una lanza arrimada a la encina adonde estaba arrendada [*] la yegua [18], que yo os haré conocer ser de cobardes
lo que estáis haciendo.
El labrador, que vio sobre sí
aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro [19], túvose por muerto, y con buenas
palabras respondió:
Señor caballero, este
muchacho que estoy castigando es un mi criado, que me sirve de guardar una manada de
ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada día me falta
una; y porque castigo su descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable [20], por no pagalle la soldada que le debo,
y en Dios y en mi ánima que miente [21].
¿«Miente» delante [*] de mí, ruin
villano [22]? dijo don
Quijote. Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta
lanza. Pagadle [*] luego sin
más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto.
Desatadlo luego. |
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El labrador bajó la cabeza [23] y, sin
responder palabra, desató a su criado, al cual preguntó don Quijote que cuánto le
debía su amo. Él dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don
Quijote y halló que montaban setenta y tres [*] reales [24], y díjole al labrador que al momento
los desembolsase, si no quería morir por ello. Respondió el medroso villano que para el
paso en que estaba y juramento que había hecho [25] y aún no había jurado
nada, que no eran tantos, porque se le habían de descontar y recebir en cuenta [26] tres pares de zapatos que le había
dado, y un real de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo [27].
Bien está todo eso
replicó don Quijote, pero quédense los zapatos y las sangrías por los
azotes que sin culpa le habéis dado, que, si él rompió el cuero de los zapatos que vos
pagastes, vos le habéis rompido el de su cuerpo [28], y si le sacó el barbero sangre estando
enfermo, vos en sanidad se la habéis sacado [29];
ansí que por esta parte no os debe nada.
El daño está [30], señor caballero, en que no tengo aquí
dineros: véngase Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real sobre otro.
¿Irme yo con él? dijo
el muchacho. Mas ¡mal año [31]!
No, señor [*],
ni por pienso, porque en viéndose solo me desuelle [*] como a un San Bartolomé [32]. |
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No hará tal replicó don Quijote: basta que yo se lo mande para que me
tenga respeto [33]; y con que él me lo
jure por la ley de caballería que ha recebido [34], le dejaré ir libre y aseguraré la
paga.
Mire vuestra merced, señor,
lo que dice dijo el muchacho, que este mi amo no es caballero, ni ha recebido
orden de caballería alguna, que es Juan Haldudo el rico [35], el vecino del Quintanar [36].
Importa poco eso
respondió don Quijote, que Haldudos puede haber caballeros; cuanto más, que
cada uno es hijo de sus obras [37].
Así es verdad dijo
Andrés, pero este mi amo ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi soldada y mi
sudor y trabajo?
No niego, hermano Andrés [38] respondió el labrador, y
hacedme placer de veniros conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerías
hay en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados [39].
Del sahumerio os hago gracia [40] dijo don Quijote: dádselos
en reales [41], que con eso me contento;
y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado: si no, por el mismo juramento os juro de
volver a buscaros y a castigaros [*], y que os tengo de
hallar, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda
esto, para quedar con más veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don
Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones, y a Dios quedad, y no se os
parta [*] de las mientes lo
prometido y jurado [42], so pena de la
pena pronunciada. |
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Y, en diciendo esto, picó a su Rocinante y en breve
espacio [43] se apartó dellos. Siguióle
el labrador con los ojos y, cuando vio que había traspuesto del bosque y que ya no
parecía [44], volvióse a su criado
Andrés y díjole:Venid
acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel desfacedor [*] de agravios me dejó
mandado.
Eso juro yo dijo
Andrés, y ¡cómo que andará vuestra merced acertado en cumplir el mandamiento de
aquel buen caballero, que mil años viva, que, según es de valeroso y de buen juez, vive
Roque [45] que si no me paga, que vuelva
y ejecute lo que dijo!
También lo juro yo dijo
el labrador, pero, por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda, por
acrecentar [*] la
paga.
Y, asiéndole del brazo, le tornó a
atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que le dejó por muerto.
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