|
PÉRDIDA Y RECUPERACIÓN DEL ASNO
DE SANCHO SEGÚN LA EDICIÓN REVISADA DE MADRID, 1605
ADICIÓN AL CAPÍTULO XXIII [1]
Aquella noche llegaron a la mitad de las
entrañas de Sierra Morena, adonde le pareció a Sancho pasar aquella noche, y aun otros
algunos días, a lo menos todos aquellos que durase el matalotaje que llevaba, [2] y, así, hicieron noche entre dos peñas y
entre muchos alcornoques. Pero la suerte fatal, que, según opinión de los que no tienen
lumbre de la verdadera fe, todo lo guía, guisa y compone a su modo, ordenó que Ginés de
Pasamonte, el famoso embustero y ladrón que de la cadena por virtud y locura de don
Quijote se había escapado, llevado del miedo de la Santa Hermandad, de quien con justa
razón temía, acordó de esconderse en aquellas montañas, y llevóle su suerte y su
miedo a la misma parte donde había llevado a don Quijote y a Sancho Panza, a hora y
tiempo que los pudo conocer y a punto que los dejó dormir; y como siempre los malos son
desagradecidos, y la necesidad sea ocasión de acudir a lo que no se debe [*], y el remedio presente
venza a lo por venir, Ginés, que no era ni agradecido ni bienintincionado, acordó de
hurtar el asno a Sancho Panza, no curándose de Rocinante, por ser prenda tan mala para
empeñada como para vendida. Dormía Sancho Panza, hurtóle su jumento y antes que
amaneciese se halló bien lejos de poder ser hallado.
Salió el aurora alegrando la tierra y
entristeciendo a Sancho Panza, porque halló menos su rucio [3]; el cual [*], viéndose sin él, comenzó
a hacer el más triste y doloroso llanto del mundo, y fue de manera que don Quijote
despertó a las voces y oyó que en ellas decía:
¡Oh hijo de mis entrañas, nacido en mi
mesma casa, brinco de mis hijos [4],
regalo de mi mujer [5], envidia de mis
vecinos, alivio de mis cargas y, finalmente, sustentador de la mitad de mi persona, porque
con veinte y seis maravedís que ganaba [*] cada día mediaba yo mi
despensa [6]!
Don Quijote, que vio [*] el llanto y supo la causa,
consoló a Sancho con las mejores razones que pudo y le rogó que tuviese paciencia,
prometiéndole de darle una cédula de cambio para que le diesen tres en su casa [7], de cinco que había dejado en ella.
Consolóse Sancho con esto y limpió sus
lágrimas, templó sus sollozos y agradeció a don Quijote la merced que le hacía; el
cual, como entró por aquellas montañas... [8] |
|
ADICIÓN AL CAPÍTULO
XXX [9]
Mientras esto pasaba, vieron venir por el camino
donde ellos iban a un hombre caballero sobre un jumento, y cuando llegó cerca les
pareció [*] que era
gitano; pero Sancho Panza, que doquiera que vía asnos se le iban los ojos y el alma,
apenas hubo visto al hombre cuando conoció que era Ginés de Pasamonte, y por el hilo del
gitano sacó el ovillo de su asno [10],
como era la verdad, pues era el rucio sobre que Pasamonte venía; el cual, por no ser
conocido y por vender el asno, se había puesto en traje de gitano, cuya lengua y otras
muchas sabía hablar [*]
como si fueran naturales suyas. Viole Sancho y conocióle, y apenas le hubo visto y
conocido, cuando a grandes voces le dijo:
¡Ah, ladrón Ginesillo! ¡Deja mi prenda,
suelta mi vida, no te empaches con mi descanso [11], deja mi asno, deja mi regalo! ¡Huye,
puto; auséntate, ladrón, y desampara lo que no es tuyo [12]!
No fueran [*] menester tantas palabras ni
baldones, porque a la primera saltó Ginés y, tomando un trote que parecía carrera, en
un punto se ausentó y alejó de todos. Sancho llegó a su rucio y, abrazándole, le dijo:
¿Cómo has estado, bien mío, rucio de mis
ojos, compañero mío?
Y con esto le besaba y acariciaba como si fuera
persona. El asno callaba y se dejaba besar y acariciar de Sancho sin responderle [*] palabra alguna [13]. Llegaron todos y diéronle el parabién
del hallazgo del rucio, especialmente don Quijote, el cual le dijo que no por eso anulaba
la póliza de los tres pollinos. Sancho se lo agradeció.
|