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[p. 55] Al hablar de la crítica o de la sátira en la obra de Quevedo,1 los actuales estudiosos del ilustre
escritor parecen únicamente preocupados por el problema de las fuentes literarias. Desde luego,
nadie pone en duda la importancia de ese tipo de investigación ya que permite tener una visión
mucho más precisa y clara del ambiente cultural en que vivía el autor estudiado.
Es exacto que, en aquella época, los literatos empleaban verdaderos tópicos arrastrados, obra
tras obra, a través de los siglos, pero la originalidad de cada uno y de todos no se limita a la
formulación nueva de algo muy antiguo. En el caso que nos ocupa, el de Quevedo, nadie puede
asombrarse al encontrar temas y, acaso, fórmulas tantas y tantas veces repetidas a lo largo de las
épocas anteriores: es normal y lógica la recuperación de críticas y temas ya conocidos por los
lectores cultos que, al leer un episodio, saborean el contenido y la forma.2
A partir de tal comprobación se ha llegado a veces a conclusiones del tipo de las de Lázaro
Carreter3
—que no quiere ver en las obras tempranas de Quevedo sino ambición de fama literaria—,
de Mérimée E. —que las analiza como un mero juego conceptista—4, o de Ilse Nolting-Hauff que
declara:
la tesis de que la sátira
de Quevedo carece de la componente social ha de considerarse
como confirmada...5
Sin embargo, frente a la actitud tajante de los que hacen hincapié en semejante noción, no se
debe desechar la aportación de los que como Berumen, Mas o Herrero García demuestran de
manera indiscutible que los tipos que aparecen bajo la pluma de los escritores del Siglo de Oro
en general y de Quevedo en particular no son meros tópicos literarios, sino el reflejo de una
realidad difícil de silenciar.6 Por otra parte, hay que reconocer que la tendencia actual resta
importancia a tales estudios
[p. 56].
Cuando se trata de enjuiciar las obras de Quevedo, parece como si se diera por admitido, de
una vez para siempre, lo que afirma Cèbe al hablar de Séneca:
Caricaturas corrientes y vulgares
en cuanto al tema, sacado de fuentes estoicas de cualquier
época o del repertorio de los declamadores, pero
originales sin embargo por el vigor del rasgo...7
De aquí las declaraciones de Papell que habla de rasgos erasmistas8 o de Bataillon y de
Morreale, que prefieren ver en Luciano al inspirador de Quevedo.9
No vayamos a creer que la división de opiniones es consecuencia de una crítica aplicada a la
obra de Quevedo en su conjunto, lo cual sería perfectamente lógico, teniendo en cuenta la
variedad de los escritos del ilustre polígrafo que forman un campo abierto y demasiado amplio.
Ocurre exactamente lo mismo cuando se estudia un punto determinado, perfectamente
delimitado, y hasta podría ser divertido oponer ciertas páginas de las obras arriba mencionadas
de Ilse Nolting-Hauff y de Herrero García: aquél deja sentado que estamos en un nivel
únicamente literario, mientras para éste la sátira arranca directamente de lo observado en la vida
diaria.
Ya que una parte importante de la investigación actual no admite lo que anteriormente parecía
indiscutible y rechaza, indignada, la posibilidad de que haya tal asomo de realidad en las páginas
de los escritores del Siglo de Oro, el lector, sometido al tiro convergente de tantas afirmaciones
brillantes y seductoras, tiene la impresión de una literatura que recupera tópicos muy antiguos
y se ingenia únicamente para reproducirlos de manera original. Frente a esa tendencia actual,
parece difícil afirmar lo contrario pero, por eso mismo, hace falta replantear el problema sector
por sector y preguntarse en qué medida las páginas escritas por Quevedo están en contacto con
la realidad o faltas de esa conexión. Examinemos entonces un caso muy concreto, el de los
médicos, del que el mismo Ilse Nolting-Hauff confiesa que:
parece como si Quevedo retrocediera
hasta los modelos más rudimentarios de la Baja Edad
Media...10
Otros, como Asensio, reconocen que para nuestro autor el tema es una verdadera obsesión.11
Ya que actualmente el mundo de los médicos de los siglos anteriores interesa a muchos
investigadores procedentes de disciplinas tan diferentes como sociología, historia, medicina, etc.,
nos parece importante proyectar sobre los escritos de Quevedo el resultado de sus trabajos.
Dicho sea de paso, pensamos que es la única vía posible para el investigador de formación
literaria, si no quiere cometer equivocaciones a la hora de afirmar que tal o tal episodio
[p. 57] es
el testimonio de una realidad vivida o, al contrario, que no es más que la recuperación de un
tópico únicamente literario y por eso mismo carente de cualquier credibilidad. Examinemos,
pues, en un primer momento lo que Quevedo reprocha a los médicos.
[I]
DE LAS ACUSACIONES DE QUEVEDO
1. De los «atributos» de los médicos
Hablando del aspecto del médico, puesto de relieve por Quevedo, declara Ilse Nolting-Hauff,
de acuerdo con la mayoría de los críticos, que se trata de «atributos profesionales ya legendarios»
y además «casi totalmente desarrollados en sus antecesores».12 Digamos que, aunque se lee
muchas veces lo contrario, los médicos, como lo demuestra David Peyre, ya no llevaban, en
aquella época, un uniforme o un traje particular, pero sí ciertas prendas que los diferenciaban de
los demás.13 Claro, se puede ver en las palabras de nuestro censor un ataque contra el demasiado
lujo ostentado por esa profesión, pero, aun con todo, no podemos estar de acuerdo con Ilse
Nolting-Hauff cuando escribe que:
Quevedo no ha añadido prácticamente
nada...14
Bajo la pluma de nuestro autor, el aspecto del médico desempeña un papel importantísimo,
ya que la gente confunde y asimila parecer y ser. He aquí su denuncia:
Si
quieres ser famoso médico, lo primero linda muda,
sortijón de esmeralda en el pulgar, guantes doblados,
ropilla larga y en verano sombrerito de tafetán.
Y en teniendo esto, aunque no hayas visto libro, arras y
eres doctor, y si andas a pie aunque seas Galeno, eres platicante.
Oficio docto que su rienda consiste en una mula...15
Que tengamos aquí una denuncia contra el demasiado lujo, como ya dijimos, lo admitimos.
Lo que sí queremos subrayar es que Quevedo no culpa a los médicos, sino a la opinión pública
que niega su consideración a quien no corresponde con los cánones comúnmente admitidos. Del
ser y del parecer, éste es lo más importante: si un médico quiere triunfar, tiene que cuidar de su
aspecto. Claro que éste puede esconder una realidad no muy lucida: las exigencias de la opinión
pública abren la puerta a cualquier abuso y en primer lugar a la ignorancia. De aquí el tono feroz
y la ironía amarga de nuestro censor que, si bien acusa a los médicos, ensancha de manera
indiscutible el campo de la sátira tradicional.
2. De la ignorancia e incompetencia de los médicos
Si nos atenemos a lo que dicen los diferentes críticos, y Nolting-Hauff es buena muestra de
ello, todos los escritores que satirizaron a los médicos se burlan de su manía de emplear
[p. 58] fórmulas que parecen encerrar todo su saber. Declara el investigador arriba mencionado que lo
que otros dijeron antes que él «es repetido y variado ininterrumpidamente» por Quevedo.16 Es
exacto y ejemplos como el que vamos a dar abundan. Escribe nuestro autor:
La
ciencia es ésta: dos refranes para entrar en casa:
el ¿qué tenemos? ordinario venga el pulso...17
Que el «vehículo» sea un tema literario antiquísimo no significa que el contenido de la sátira
no tenga ni el menor punto de contacto con la realidad observada por Quevedo. Sobre este
particular pensamos que Granjel L. S, cuando reproduce el testimonio de un médico de aquel
entonces, Enrique Jorge Enríquez, aporta un documento molesto para quienes quieren eliminar
la posible relación entre sátira y realidad. He aquí el documento:
De
lo mucho que yo me burlo es que los miserables a los cantones
y calles y en las boticas dan vozes, claman trayendo luego
aquellas autoridades, que saben de memoria, para que el
vulgo las tenga por sabios, tomando el pulso al enfermo,
luego dizen opilatio...18
¿Por qué no admitir que esos «miserables» sirvieron de modelo, con sus fórmulas, verdaderos
comodines con colores científicos, para la sátira de Quevedo? Acaso, ¿no esconden su ignorancia
bajo ese barniz? Claro, por otra parte, tenemos que reconocer que, como lo dice Granjel:
La
consulta se ha prestado a deformación caricaturesca...19
Deformación, de acuerdo, pero no caricatura abstracta si nos atenemos a lo que afirmaba Jorge
Enríquez. Con todo, no podemos tachar a todos los médicos de ignorantes e incompetentes,
aunque es de suponer que unos cuantos permitieron, con un comportamiento criticable, la
siempre actualizada sátira.
Lo malo es que se pasa fácilmente de la noción de ignorancia a la de incompetencia.20 De aquí
lo que se califica a menudo de juego tremendista y que permite materializar una acusación
terrible: los médicos, según Quevedo, son unos asesinos, con la complicidad de los boticarios,
que venden y preparan los medicamentos recetados, y con la de los barberos que sangran a los
pacientes. Dice nuestro censor:
el
clamor del que muere empieza en el almirez del boticario,
va al pasacalles del barbero, paséase por el tableteado
de los guantes del dotor, y acábase en las campanas
de la iglesia...21
Muchas de las páginas escritas por Quevedo participan del mismo deseo. La exageración y
el juego son indiscutibles: estamos frente a un trío infernal, a las tres Parcas reencarnadas. No
existe ni la menor diferencia con la presentación del «médico verdugo»22 o con la de su mula
asimilada a «las escaleras de la horca».23 En los tres casos, y se pueden
[p. 59] multiplicar los
ejemplos, la finalidad y el soporte son iguales: una agudeza que encierra al humor más negro. Es
indiscutible la parte de ficción mal intencionada, destinada a poner de relieve el ingenio del
escritor; pero vacía de toda componente crítico social. Lo que no se puede admitir es una
generalización abusiva, porque en otras páginas surgen otros auxiliares de los médicos, los
cirujanos, representados así:
cargados
de pinzas, tientas, cauterios, tijeras, navajas, sierras,
limas, tenazas y lancetones. Entre ellos se oía una
voz dolorosa a mis oídos que decía: —Corta,
arranca, abre, cierra, despedaza, pica, punza, ajigota,
rebana, descarna y abrasa.24
¿Quién se atrevería a negar que bajo el juego tremendista aparece algo real: el dolor? Lo dice
con toda razón David Peyre:
Parece
como si tuviéramos delante de los ojos las láminas
de un libro de cirugía de Guy de Chauliac o de Daza
Chacón... No se trata de una sátira abstracta...
Cada alusión estira un dolor...25
Cuando, por otra parte, se sabe que muchos de los colaboradores de los médicos titulados y
de los cirujanos latinos carecían de «formación académica»26 y que, entre ellos, abundaban cada
vez más los «algebristas», encargados de todo lo referente a traumatología,27 las líneas escritas
por Quevedo cobran un impacto increíble. Ya no se trata de un simple juego literario, innegable
por cierto pero vacío, sino de una denuncia envuelta en una forma brillante pero cargada de una
fuerza particular, ya que encierra una acusación que se puede resumir así:
a) Los médicos matan; son asesinos legales: lo dice claramente el condenado a la horca en
el episodio XXV de La Hora de todos.
b) Emplean una jerga que nadie puede entender para hablar de las cosas más sencillas y así
impresionan al enfermo que se deja engañar.
Y
luego ensatan nombres de simples que parecen de demonios:
Buphlalmus opoponax, leontopelatum..., y sabido que quiere
decir tan espantosa buraunda de voces tan repletas de letrones,
son zanahorias, rábanos y perejil... disfrazan las
legumbres porque no sean conocidas y las compren los enfermos.28
c) Se hacen cómplices de los boticarios que integran ingredientes asquerosos en sus
preparados, y Quevedo habla de «porquerías y hediondeces».29
Frente a la imagen de los médicos asesinos, estafadores y culpables de un abuso de confianza,
podemos pensar que se trata de una serie de acusaciones destinadas a desenmascarar la hipocresía
del grupo y a denunciar su responsabilidad o afirmar que no hay que fiarse de lo que no pasa de
una crítica vacía de todo punto de conexión con la realidad. Antes de privilegiar una de las dos
posiciones adoptadas muchas veces conviene examinar otras fuentes.
Por lo visto, Quevedo olvida que existían médicos que luchaban contra las epidemias
[p. 60] con
riesgo de la vida30 o que ejercían entre los pobres. La noción de servicio no aparece nunca bajo
su pluma y se puede hablar de una sátira sistemática que rechaza cualquier alabanza, cualquier
punto o alusión favorable para la profesión incriminada.31 También hay que reconocer que
algunos de sus argumentos rayan en la mala fe más evidente.
Pensamos en la jerga que les echa en cara. David Peyre, al analizar el tema, llega a la
conclusión de que se trataba de una precaución, ya que los únicos en poder manipular algunas
de las sustancias tóxicas eran los boticarios que dominaban el latín.32
En cuanto a las «suciedades» que entraban en la composición de los preparados, hay mucho
que decir. Por una parte, no olvidemos que las boticas debían ser visitadas por lo menos una vez
al año por una comisión que inspeccionaba los medicamentos y retiraba los que estaban en malas
condiciones.33 Por otra parte, si nos atenemos a lo que declaran algunos coetáneos, cuando
faltaban algunos productos esenciales, sea por demasiado caros o por agotados, los boticarios no
vacilaban en sustituirlos por otros mucho más baratos y corrientes, cambiando así las
proporciones y la composición.34 Además, si bien es verdad que muchas veces entraban en las
recetas ingredientes que podrían extrañar y que provocaban las risas de los escépticos, si bien es
verdad que nadie podía explicar por qué se obtenían ciertos efectos, hay que recordar que el
empirismo, en el sentido actual de la palabra, pese a sus contradictores y detractores, acierta a
veces donde fracasa la ciencia académica: Galeno y Paré empleaban bálsamos a base de hígado
de animales para las afecciones de la piel, de los ojos o para las heridas, sin saber que el elemento
básico era la vitamina A que, efectivamente, permite combatirlas.
Por lo visto, Quevedo prefiere casi siempre la sátira mordaz a un estudio detenido. Cuando
habla de la técnica de los médicos, conserva únicamente el aspecto más repugnante. La verdad
es que en aquel entonces se disponía de pocos medios y que atreverse a afirmar que era posible
luchar contra algunas enfermedades como la peste cuando el diagnóstico se fundaba en el examen
de orines y excrementos o del pulso, era demostrar un optimismo peligroso cuando no criminal.35
Sin embargo, conviene tener presentes unos cuantos
[p. 61] datos puestos de relieve por algunos
estudios recientes. Las epidemias eran una realidad tremenda,36 pero Bennassar B. demuestra
perfectamente que, en el caso de la peste de 15961602, el mayor número de muertos se registra
en los pueblos que no pudieron contar con la presencia de un médico,37 lo cual se explica si se
tiene en cuenta que los métodos de lucha no eran tan ridículos como se viene repitiendo a
menudo.38 Por cierto, sólo los verdaderos médicos podían obtener resultados nada discutibles,
y si no aparecen bajo la pluma de Quevedo es porque cada vez más abundaban los falsos
facultativos o los que no eran sino una caricatura de su profesión.
Si después de leer las conclusiones que los investigadores sacan del estudio de los archivos,
la presentación tradicional en la literatura parece exagerada, tenemos que señalar que el mismo
Quevedo no siempre empleó ese tono sarcástico, sino que, por lo menos en una página, enfocó
el problema desde un ángulo diferente cuando escribió:
Muy excelentes médicos ha
habido y hay en el mundo pero todos curan lo que saben,
por lo que conjeturan de lo que ignoran y no ven... Empero
necesita el físico de la sospecha para rastrear las
causas que pueden ser infinitamente diferentes: por donde
sin culpa de la ciencia se ocasionan los errores en las
curas más judiciosas...39
La única conclusión que podemos sacar es que nuestro censor muestra la mayor desconfianza
frente a unos hombres que se presentan como poseedores de una ciencia infalible, cuando sólo
disponen de una técnica rudimentaria que abre la puerta a cualquier error o equivocación. No se
trata entonces de una sátira vacía de todo contenido real, sino motivada por la percepción clara
de cierto relativismo que le obliga a poner en dudas las posibilidades de la medicina y, por
consiguiente, a atacar con violencia a los médicos. Se explica ésta entonces por el recelo frente
a la técnica y por el enfado frente a la actuación de los que se ven reprochar otros móviles.
3. De la codicia de los médicos
Bajo la pluma de Quevedo, los médicos tienen a menudo un comportamiento particular, como
el que sale al escenario del episodio 1 de La Hora de todos y que va «a ojeo de calenturas». ¿Qué
significa la expresión? ¿Se trata del hecho de mirar detenidamente algo y, en el caso presente,
sería una alusión a la técnica de que hablamos ya, o de seguir las huellas de quien terminará
siendo presa del buen cazador? Si relacionamos el episodio con otros, tenemos que confesar que
ésta parece la solución más verosímil.
Estamos frente a una denuncia superficial y sumamente insidiosa: Quevedo no profundiza,
no aporta ni el menor argumento concreto. Todo indica que se deja llevar por el doble deseo de
brillar y de herir. La sátira se resume en un juego conceptista que le permite dejar estallar su
violencia en una serie de acusaciones que van crescendo desde la simple codicia
[p. 62] hasta algo
más grave, como cuando asimila ésta con el mercantilismo, al equiparar a los médicos con los
boticarios que:
oro hacen de las moscas, del
estiércol, oro hacen de las arañas, de los
alacranes y sapos...40
Es de notar que lo más importante es el deseo de encontrar una fuerza y un impacto tremendos
con la casi materialización del delito, palabra que empleamos adrede ya que Quevedo llega al
extremo de declarar que los médicos presionan a sus enfermos para que éstos los apunten en su
testamento,41 lo cual es pura difamación. Digamos claramente que la exageración obtiene un
efecto contraproducente y que ese deseo de humillar obliga a pensar en motivaciones personales
y hace dudar de la realidad de lo que se lee.
¿Qué parte de verdad encierra esa queja? Granjel habla de «sonados beneficios» obtenidos «en
ocasiones», pero señala que son «ganancias extraordinarias»;42 además recuerda las supercherías43
de los que tienen la culpa de la opinión negativa que mucha gente tenía del grupo en su
conjunto.44 No olvidemos por otra parte que también existen ejemplos de médicos que trabajaban
entre los pobres y de otros que perdieron dinero al aceptar contratos individuales en condiciones
durísimas.45
Ya lo vemos, nada permite decir que la sátira sobre este particular está en conexión con la
realidad: la violencia de Quevedo parece más bien fundada en un odio personal.
Después de analizar y valorar las acusaciones proferidas por Quevedo, no es posible afirmar
de manera rotunda que estamos frente a un documento fiable o, al contrario, que no hay ni el
menor punto de contacto con la realidad. Si admitimos que algunos aspectos son una muestra
indiscutible de la sátira más tradicional,46 por otra parte, afirmamos que otros, bastante
numerosos, no carecen en absoluto de la componente crítico social indispensable en determinados
escritos destinados a despertar la opinión, si no general, por lo menos de cierto grupo.47
Lo que
si reconocemos es que la misma violencia resta fuerza al intento de Quevedo, pero no el hecho
de que esté encerrada la crítica en un juego literario brillante. En cuanto al argumento
encaminado a dividir las obras de nuestro escritor entre tempranas, carentes de crítica social, y
tardías o de madurez, que unirían juego literario y denuncia en conexión con la realidad, lo
rechazamos, para el tema que nos ocupa aquí, ya que, como lo demuestran los ejemplos citados,
la presencia o la carencia del elemento «punto
[p. 63] de contacto con la realidad» no depende de
la edad del escritor, sino del «vicio» que desea poner de relieve y de sus propias motivaciones.
Es éste el factor más importante: lo que antecede no sirve de nada si no intentamos adivinar por
qué llega Quevedo a tales extremos, por qué pone tal empeño en humillar a los que parece odiar.
[II]
DE LAS MOTIVACIONES DEL ODIO DE QUEVEDO
Tenemos que volver a subrayar la violencia de Quevedo cuando habla de los médicos: su tono
deja transparentar un odio tan feroz que es imposible dejar de lado el aspecto «ajuste de cuentas»
o venganza personal.48
Por su parte, los historiadores y sociólogos pensarán en una motivación racial o racista ya que,
como lo ponen de relieve diferentes estudios, se sabe que muchos médicos pertenecían al grupo
de los descendientes de los judíos.49 Sobre este particular, la actitud de Quevedo es la misma que
la de los demás escritores del Siglo de Oro, si nos atenemos a lo que declara Glaser;50 no se
permite ni un solo ataque claro de tipo racista, lo cual no significa nada puesto que, como dice
Domínguez Ortiz, la opinión pública «conservó largo tiempo su prevención».51 ¿Qué duda cabe
de que en ese contexto cualquier alusión, por muy leve que fuera, se interpretaba así? No se
puede rechazar la hipótesis de la motivación racial o racista, ya que muchas veces aparece
Quevedo bajo los rasgos de un antijudío o de un antimoro.
Existe sin embargo otra explicación posible: la de su desconfianza frente a cualquier ciencia
o técnica. Son campos que le inquietan y, en el caso de la medicina, se añade un
[p. 64] elemento
más, el asco que le inspiran esos hombres que van husmeando excrementos y orines y que tienen
«la vista asquerosa de puro pasear los ojos por orinales y servicios».52
¿No sería posible que la condena tuviera sus raíces en una concepción filosófico religiosa de
la enfermedad? Si pensamos en la definición, perfectamente admitida entonces, de los males que
aquejan a los hombres, tenemos que reconocer que estar enfermo participa del orden natural así
que Quevedo, enemigo de cualquier transgresión, difícilmente podía aceptar que nadie intentara
oponerse a tal realidad, lo que no le impedía, eterna contradicción del hombre, sentir un miedo
pánico por la muerte.53
¿Por qué no seguir en esta dirección? Orden natural y divino son indisociables en la filosofía
de la época: la enfermedad, mal natural, es también un castigo divino, y luchar contra ella es
levantarse contra Dios, lo que implica motivaciones dudosas de parte de quien se atreve a tanto.
Por otro lado, el combate entre Dios y los hombres es tan desigual e inútil que la gente sensata
debe sospechar de los medios empleados por los médicos que se ven rápidamente asimilados al
grupo de los estafadores.
Estas y otras muchas explicaciones parecen plausibles y nadie puede privilegiar una dejando
de lado las demás. Se abre sin embargo otra dirección posible.
Sabemos perfectamente, y varios estudios lo demuestran, que ya en la época de su formación
en el Colegio Imperial de Madrid, Quevedo recibió la influencia de los jesuitas,54 y luego la de
Justo Lipsio55 que, unida a la de Séneca,56 explica el enfoque sorprendente de algunas páginas.57
El estoicismo cristiano de Quevedo puede ser otra de las soluciones, pero entonces el punto de
partida no sería la acción discutible de los médicos, sino la visión y la percepción de la situación
de los enfermos.
En primer lugar, es de notar su posición particular entre las demás víctimas de la sociedad
despiadada descrita por Quevedo. En la mayoría de los casos el origen de las exacciones
cometidas por los que salen ganando se halla en la codicia o en el vicio de las víctimas que son
tan culpables como sus verdugos. En esa lucha de ingenios malos vence el más listo y sale
perdiendo no el inocente, sino el más torpe: vencedor y vencido no son más que las dos caras de
la misma moneda.
El caso es diferente cuando se trata del enfermo, doble víctima, del médico y de la
enfermedad.
[p. 65] Bien es verdad que, para Quevedo, el paciente carga con parte de la culpa.
Como lo dice, después de enumerar los excesos cometidos por el hombre desde niño:
no
hay pecado en el alma que no sea también enfermedad
en el cuerpo... Después que la enfermedad enfermó
la naturaleza, mi naturaleza es enferma, y yo soy una enfermedad
viva...58
Bien es sabido que a partir de esta consideración los estoicos querían que los hombres se
fortalecieran moralmente: la enfermedad no es más que uno de los accidentes que pueden abatirse
sobre los humanos y el individuo tiene que prepararse para aguantarlos con ánimo firme. Si bien
es verdad que encontramos un eco en Quevedo de la lección de Séneca,59 el mero hecho de que
se trate de algo inevitable hace más odiosa la actitud de los que desean sacar provecho de la mala
suerte ajena. La defensa de la víctima, sometida a las exacciones de un grupo, puede ser
otra motivación, cristiana en este caso, de Quevedo, y nadie puede, lógicamente, apartar la
posible influencia estoico cristiana. Entre los que se mueven en el gran cuadro social pintado por Quevedo, los médicos ocupan
un sitio señalado. Por cierto, nuestro censor se aleja muchas veces de la verdad en su deseo de
lograr una crítica mordaz. Si bien es verdad, por una parte, como lo apunta Granjel, que el
Quevedo estoico reprocha a sus contemporáneos su poca serenidad frente al dolor y a la
desgracia,60 y si, por otra parte, como la declara David Peyre, denuncia la actitud de diferentes
grupos que desean aprovecharse de su situación, poco importa que los médicos no sean los
únicos61 si, en la visión que nos ofrece, son los que más le preocupan. Para zanjar la cuestión que
nos ocupa, pensamos que podemos aplicar al tema que nos interesa lo que dice Pelorson62 de los
letrados: en vez de buscar en las páginas de los escritores del Siglo de Oro una verdad inmediata
y definitiva, y en lugar de fiarse del reflejo, o de los reflejos, que del mundo de los médicos nos
ofrecen, más vale volver a esos escritos después de conocida, gracias a otras fuentes, la realidad
histórica del grupo incriminado, no para negar cualquier valor al «testimonio», sino para saborear
su posible fineza o actualidad. Añadiremos que si se trata de saborear, el placer es doble cuando
el lector está frente a una forma que no es sino un tópico literario y a un contenido en conexión
directa con la realidad o que traduce motivaciones personales indiscutibles, o sea, cuando el
molde tradicional le abre la puerta de un universo reconocible históricamente o le obliga a pasar
del [p. 66] campo de lo objetivo al de lo subjetivo, del de la historia y de la sociología al de la
psicología. Si el lector acepta los escritos de Quevedo o los rechaza, sin más averiguaciones,
comete una doble equivocación; si se acerca antes, a través de ciertos estudios, a la realidad de
la época, tendrá la sorpresa agradable de descorrer el velo que cubre, debido al tiempo
transcurrido, la vida de la sociedad de aquella época, y el que esconde algunos aspectos de la
personalidad fascinadora de Quevedo.
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NOTAS: |
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- A menudo se confunden sátira
y crítica ya que Quevedo pasa fácilmente
de una a otra y mezcla la reflexión amarga
o desengañada y el deseo de ridiculizar o de
herir con el fin de moralizar.

- Véase Chevalier, M:
Lectura y lectores en la España del siglo
XVI y XVII
(Madrid, Turner, 1976; cap. «La ética
culta», por ejemplo).

- Lázaro Carreter: Originalidad
del Buscón: (en Homenaje a Dámaso
Alonso, Madrid 1961; págs. 319 y sgs.).

- Mérimée, E: Essai
sur la vie et les oeuvres de Francisco de Quevedo
(París, Picard, 1886; pág. 166).

- Ilse Nolting-Hauff: Visión,
sátira y agudeza en los «Sueños» de
Quevedo (Madrid, Gredos, 1974; pág. 159).

- Herrero García demuestra
en Oficios populares en la sociedad de Lope de
Vega (Madrid, Castalia, 1977) que muchos de los
tipos que aparecen en las comedias de Lope y que se
clasifican tradicionalmente como tópicos literarios
son el reflejo de grupos que, en la realidad preocuparon
a las autoridades. Por su parte Berumen, en «La
sociedad española según Quevedo y las
Cortes de Castilla» (Abside, XVI, México,
1952; págs. 321343) pone de relieve el hecho
de que los tipos denunciados por Quevedo están
en conexión directa con los que aparecen en
las Actas del organismo oficial. En cuanto a Mas (Las
zahurdas de Plutón, ed. critique et synoptique,
Poitiers, 1955; Apéndice II, pág. 93 y sgs.),
propone otros ejemplos para completar el artículo
publicado por Berumen.

- Cebe: La caricatura et
la parodia dans le monde romain antique des origenes
à Juvénal (Paris, Boccard, 1966;
cap, III, § 1).

- Papell: Quevedo (su tiempo,
su vida, su obra); Barcelona, Ed. Barna, 1947;
§ «Los Sueños».

- Véase Morreale, M.: «Luciano y Quevedo: la humanidad condenada»
(Revista de Literatura, VIII; Madrid, 1955). Por su
parte Bataillon, si bien admite la influencia de Luciano
rechaza la de Erasmo véase su obra Erasmo
y España (México, Fondo de Cultura
Económica, 1950, pág. 773).

- Ilse Nolting-Hauff (op.
cit.; pág. 122).

- Asensio, E.: Itinerario
del entremés desde Lope de Rueda a Quiñones
de Benavente (Madrid, 1965; págs. 223-225).

- Ilse Nolting-Hauff (op.
cit.; pág. 122).

- David Peyre, Y. Le personnage
da médecin et la relation médecinmalade
dans la littérature ibérique (XVI
et XVII, siècle); París, Ed. HispanoAmericanas,
1971; pág. 12 y sgs.

- Ilse Nolting-Hauff (op.
cit.; pág. 123).

- Libro de todas las cosas,
Obras Completas, Aguilar, 1961; t. I, pág.
115a.

- Ilse Nolting-Hauff (op.
cit.; pág. 125).

- Libro de todas las cosas,
Obras Completas, Aguilar, 1961; t. 1, pág.
115.

- Granjel: Médicos
españoles (Universidad de Salamanca, 1967;
cap. «Retrato de un médico renacentista»).

- Granjel: El ejercicio
de la medicina en la sociedad española del
siglo XVII (Universidad de Salamanca, 1971; pág.
39).

- Ilse Nolting-Hauff afirma
que Quevedo «presupone la incompetencia profesional»
(op. cit.; pág. 125).

- El sueño de la Muerte, O. C.; t. 1, págs. 175b176a.

- La Hora de todos; ep. I; O.
C.; t. 1, pág. 231b.

- Id.; ep. XXV, O.
C; t. 1; pág. 246a.

- El sueño de la Muerte, O. C.; t. 1, pág. 176b.

- David Peyre, Y. (op. cit.;
pág. 403).

- Granjel, (El ejercicio..,
op. cit. pág. 4).

- Granjel, Capítulo
de la medicina española (Universidad de
Salamanca, 1971; cap. «Cirugía española
del barroco»).

- El sueño de la Muerte, O. C.; t. 1, pág. 176a.

- Id., O. C.; t. 1,
pág, 176b.

- Véase Menéndez De La Puente,
Notas históricas sobre el
ejercicio de las profesiones sanitarias; Zaragoza,
1968; pág, 16: «En 1652 hubo en
Huata una epidemia de peste que causó verdaderos
estragos llegando a morir contagiados tres maestros
cirujanos...».
- Véase David Peyre (op.
cit.; pág. 399).

- Id.; pág.
49.

- Menéndez De La Puente
(op. cit.; pág. 14).

- Véase el Diálogo
del comendador Griego (§ «De los boticarios»):
«Gracioso es el alboroto
que traben en hazer el Mitridato, y la Theriaca de
Andromaco, y otras composiciones, a que en verdad más de dos partes de los simples faltan como el verdadero
bálsamo, la mirra y ponen unas cosas en lugar de otras,
disculpándose con licencia del médico. Y qualquiera
cosa que falte a una composición, que consiste en
proporción haze falta y varia en el compuesto».
- Goyanes y Capdevilla: La
sátira contra los médicos y la medicina
en los libros de Quevedo (Madrid, 1934; pág.
11).

- Véase, entre otros,
el cuadro que presenta Domínguez Ortiz en La
sociedad española en el Siglo XVII (Madrid,
SCIC, 1963-70).

- Bennassar, B. Recherche
sur les grandes épidémies dans le Nord
de l'Espagne à la fin du XVIe siècle
(Paris, SPEN, 1969).

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- Véase Granjel (Capítulos...,
op. cit.; cap. «Epidemia de peste del siglo XVII»).

- Virtud militante;
cap. «Enfermedad», O. C., t. 1, pág. 1308a.

- El sueño del Infierno,
O. C.; t. 1, pág. 152a.

- Es lo que declara el reo en
el episodio XXV de La Hora de todos.

- Granjel (El ejercicio...,
op. cit.; págs. 28 y 31).

- Basta leer el capítulo
«La medicina como noticia en el Madrid de Felipe IV»
(Granjel Capítulos..., op. cit.) para
convencerse de la realidad de esas supercherías.

- Si nos atenemos a las conclusiones
del capítulo «Servidores de la muerte» (Granjel
El ejercicio.., op. cit.), esos médicos,
que no son sino una caricatura de la profesión,
tienen la culpa de esa opinión negativa.

- Menéndez de la Puente
presenta un caso curioso (op. cit.; pág.
27) un médico se comprometió a curar
a un enfermo, fraile agustino por más señas,
a cambio de honorarios elevados pero, si el mal reaparecía
en un plazo de ocho meses, debía devolverle
la cantidad percibida y además curarle otra
vez ¡gratis!

- David Peyre recuerda que,
en su sátira, Quevedo emplea tópicos
literarios que ya se encuentran en Juvenal y Marcial
(op. cit.; págs. 404-405). Ilse Nolting-Hauff declara que si todos los elementos son tradicionales,
sin embargo «surge una descripción impresionante
y sugestiva» (op. cit.; § «Médicos
y boticarios»). Si nos atenemos a lo que declara Cèbe
(op. cit.; cap. V, § IV), ese «material»
ya existía en Plauto.

- Véase supra
nota 4.

- Goyanes y Capdevilla (op.
cit.), Astrana Marín (La vida turbulenta
de Quevedo; Madrid 1945) y el duque de Maura (Conferencias sobre Quevedo; Madrid, 1945),
entre otros; hablan de episodios que pudieron motivar
su actitud frente a los médicos: su duelo con
el médico de Lerma, Pedro Martín de
Andueza y su enfermedad en 1612, cuando estuvo a punto
de perder la vida por culpa de «una sangría
que le propinó un barbero en Villanueva de
los Infantes» (Goyanes, pág. 13) y debido a
«la alevosa complicidad del facultativo que decía
asistirle, pero no bien a morir» (Maura, pág. 36). Dicho sea de paso, recordemos que el destino
iba a obligarle a cambiar de opinión en los
últimos días de su vida como lo demuestran
las cartas que escribió en enero y agosto de
1645 a don F.co de Oviedo (Cartas 251 a
273; y Obras completas; t. II, Agudo, ed. de Felicidad
Buendía). Que Quevedo se fiara de un representante
de esa profesión en circunstancias tan particulares,
no significa que estuviera dispuesto a olvidar los
reproches que, durante tantos años, lanzó
contra los facultativos.

- Domínguez Ortiz (Los
judeoconversos en España y América;
Madrid, Istmo, 1971) señala que los conversos
conservaron, hasta después de cambiar de apellido
y de patria, las ocupaciones características
de los judíos (pág. 230) Salomon, N.
(Recherches sur le thème du paysan dans
la «comedia» au temps de Lope de Vega; Bordeaux,
Institut d’études ibériques, 1965; págs.
115116) da las cifras que saca del examen de las
actas de los juicios por judaísmo. Entre las
profesiones elegidas por los descendientes de los
judíos, el ejercicio de la medicina es un hecho
indiscutible. No olvidemos que, si las pruebas de
limpieza de sangre son indispensables, en Aragón
por ejemplo, para los que ejercen una de las profesiones
sanitarias (véase Menéndez De La Puente op.
cit.; págs. 17-18), como lo señala Domínguez
Ortiz (Los judeoconversos...,
pág. 232), se trata de medidas poco eficaces
y la reputación profesional de los descendientes
de los judíos es un hecho innegable.

- Glasser, E: «Referencias
antisemitas en la literatura peninsular de la Edad
de Oro» (Nueva Revista de Filología Hispánica,
1954).

- Domínguez Ortiz (Los
judeoconversos..., pág. 232).

- El sueño de la Muerte, O. C.; t. 1, pág. 175b.

- David Peyre explica la ferocidad
de Quevedo por «la obsesión que siente por
la muerte» y por «el odio que le inspiran los que
desean cambiar, en beneficio propio, el orden social
y natural» (op. cit.; pág. 407). Mas
(La caricature de la femme, du mariage et de l’amour
dans l’ouvre de Quevedo; París, Ed. HispanoAmericanas,
1957; pág. 329) ve en ese respeto del orden
social y natural el origen de otra violencia de Quevedo:
la que aparece cuando emprende con las «novedades».

- Véase lo que declara Gendreau (Héritage et création recherches
sur l’humanisme de Quevedo; Paris, Université
de Lille, 1977; pág. 16). Véase también Rothe (Quevedo und Seneca.
Genêve, 1965; págs.
18-20).

- Bataillon declara que:
Quevedo asoció
al humanismo devoto de San Francisco de Sales, el
estoicismo cristiano de Justo Lipsio (Erasmo...,
op. cit.; pág. 774).
- Gendreau (op. cit.;
págs. 124 y 150) prefiere ver la huella de
Séneca en la formación de lo que califica
«estoicismo original» de Quevedo.

- Delacroix, P. afirma que aparecen
ciertos rasgos senequistas hasta en los Sueños
(Quevedo et Sénèque; Bulletin
Hispanique, 1954; pág. 305).

- De los remedios de cualquier
fortuna; «Estoy enfermo», O. C.; t. 1, pág.
961b y a.

- Escribe Quevedo respecto a
las enfermedades: «son bienes —son medicinas» (De
los remedios de cualquier fortuna; «Estoy enfermo»)
y añade, hablando del dolor:
Si por tu culpa
lo padeces, toléralo como rango de tu
culpa, si le padeces sin ella, súfrele,
por no culparte con no sufrirle
(id.; «Del dolor», O. C.; t. 1, pág.
963b).
Detrás de esta
fórmula surge la de Séneca en su carta
a Lucillo (carta 61): Itaque sic animus
componemus ut quicquid res exiget
id velimus...
- Granjel: Humanismo y medicina
(Universidad de Salamanca, 1968; pág. 295).

- David Peyre (op. cit.;
pág. 405).

- Pelorson: Les «letrados»,
juristes castillans sous Philippe III (Université
de Poitiers, 1980; pág. 149).

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