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Obras de referenciaQuevedo y la crítica

Las sátiras de Quevedo

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      Por René Quérillacq

 

 

      [p. 55] Al hablar de la crítica o de la sátira en la obra de Quevedo,1 los actuales estudiosos del ilustre escritor parecen únicamente preocupados por el problema de las fuentes literarias. Desde luego, nadie pone en duda la importancia de ese tipo de investigación ya que permite tener una visión mucho más precisa y clara del ambiente cultural en que vivía el autor estudiado.

     Es exacto que, en aquella época, los literatos empleaban verdaderos tópicos arrastrados, obra tras obra, a través de los siglos, pero la originalidad de cada uno y de todos no se limita a la formulación nueva de algo muy antiguo. En el caso que nos ocupa, el de Quevedo, nadie puede asombrarse al encontrar temas y, acaso, fórmulas tantas y tantas veces repetidas a lo largo de las épocas anteriores: es normal y lógica la recuperación de críticas y temas ya conocidos por los lectores cultos que, al leer un episodio, saborean el contenido y la forma.2

     A partir de tal comprobación se ha llegado a veces a conclusiones del tipo de las de Lázaro Carreter3 —que no quiere ver en las obras tempranas de Quevedo sino ambición de fama literaria—, de Mérimée E. —que las analiza como un mero juego conceptista—4, o de Ilse Nolting-Hauff que declara:

la tesis de que la sátira de Quevedo carece de la componente social ha de considerarse como confirmada...5

     Sin embargo, frente a la actitud tajante de los que hacen hincapié en semejante noción, no se debe desechar la aportación de los que como Berumen, Mas o Herrero García demuestran de manera indiscutible que los tipos que aparecen bajo la pluma de los escritores del Siglo de Oro en general y de Quevedo en particular no son meros tópicos literarios, sino el reflejo de una realidad difícil de silenciar.6 Por otra parte, hay que reconocer que la tendencia actual resta importancia a tales estudios [p. 56].

     Cuando se trata de enjuiciar las obras de Quevedo, parece como si se diera por admitido, de una vez para siempre, lo que afirma Cèbe al hablar de Séneca:

Caricaturas corrientes y vulgares en cuanto al tema, sacado de fuentes estoicas de cualquier época o del repertorio de los declamadores, pero originales sin embargo por el vigor del rasgo...7

     De aquí las declaraciones de Papell que habla de rasgos erasmistas8 o de Bataillon y de Morreale, que prefieren ver en Luciano al inspirador de Quevedo.9

     No vayamos a creer que la división de opiniones es consecuencia de una crítica aplicada a la obra de Quevedo en su conjunto, lo cual sería perfectamente lógico, teniendo en cuenta la variedad de los escritos del ilustre polígrafo que forman un campo abierto y demasiado amplio. Ocurre exactamente lo mismo cuando se estudia un punto determinado, perfectamente delimitado, y hasta podría ser divertido oponer ciertas páginas de las obras arriba mencionadas de Ilse Nolting-Hauff y de Herrero García: aquél deja sentado que estamos en un nivel únicamente literario, mientras para éste la sátira arranca directamente de lo observado en la vida diaria.

     Ya que una parte importante de la investigación actual no admite lo que anteriormente parecía indiscutible y rechaza, indignada, la posibilidad de que haya tal asomo de realidad en las páginas de los escritores del Siglo de Oro, el lector, sometido al tiro convergente de tantas afirmaciones brillantes y seductoras, tiene la impresión de una literatura que recupera tópicos muy antiguos y se ingenia únicamente para reproducirlos de manera original. Frente a esa tendencia actual, parece difícil afirmar lo contrario pero, por eso mismo, hace falta replantear el problema sector por sector y preguntarse en qué medida las páginas escritas por Quevedo están en contacto con la realidad o faltas de esa conexión. Examinemos entonces un caso muy concreto, el de los médicos, del que el mismo Ilse Nolting-Hauff confiesa que:

parece como si Quevedo retrocediera hasta los modelos más rudimentarios de la Baja Edad Media...10

     Otros, como Asensio, reconocen que para nuestro autor el tema es una verdadera obsesión.11

     Ya que actualmente el mundo de los médicos de los siglos anteriores interesa a muchos investigadores procedentes de disciplinas tan diferentes como sociología, historia, medicina, etc., nos parece importante proyectar sobre los escritos de Quevedo el resultado de sus trabajos.

     Dicho sea de paso, pensamos que es la única vía posible para el investigador de formación literaria, si no quiere cometer equivocaciones a la hora de afirmar que tal o tal episodio [p. 57] es el testimonio de una realidad vivida o, al contrario, que no es más que la recuperación de un tópico únicamente literario y por eso mismo carente de cualquier credibilidad. Examinemos, pues, en un primer momento lo que Quevedo reprocha a los médicos.

[I]

DE LAS ACUSACIONES DE QUEVEDO

     1. De los «atributos» de los médicos

     Hablando del aspecto del médico, puesto de relieve por Quevedo, declara Ilse Nolting-Hauff, de acuerdo con la mayoría de los críticos, que se trata de «atributos profesionales ya legendarios» y además «casi totalmente desarrollados en sus antecesores».12 Digamos que, aunque se lee muchas veces lo contrario, los médicos, como lo demuestra David Peyre, ya no llevaban, en aquella época, un uniforme o un traje particular, pero sí ciertas prendas que los diferenciaban de los demás.13 Claro, se puede ver en las palabras de nuestro censor un ataque contra el demasiado lujo ostentado por esa profesión, pero, aun con todo, no podemos estar de acuerdo con Ilse Nolting-Hauff cuando escribe que:

Quevedo no ha añadido prácticamente nada...14

     Bajo la pluma de nuestro autor, el aspecto del médico desempeña un papel importantísimo, ya que la gente confunde y asimila parecer y ser. He aquí su denuncia:

Si quieres ser famoso médico, lo primero linda muda, sortijón de esmeralda en el pulgar, guantes doblados, ropilla larga y en verano sombrerito de tafetán. Y en teniendo esto, aunque no hayas visto libro, arras y eres doctor, y si andas a pie aunque seas Galeno, eres platicante. Oficio docto que su rienda consiste en una mula...15

     Que tengamos aquí una denuncia contra el demasiado lujo, como ya dijimos, lo admitimos. Lo que sí queremos subrayar es que Quevedo no culpa a los médicos, sino a la opinión pública que niega su consideración a quien no corresponde con los cánones comúnmente admitidos. Del ser y del parecer, éste es lo más importante: si un médico quiere triunfar, tiene que cuidar de su aspecto. Claro que éste puede esconder una realidad no muy lucida: las exigencias de la opinión pública abren la puerta a cualquier abuso y en primer lugar a la ignorancia. De aquí el tono feroz y la ironía amarga de nuestro censor que, si bien acusa a los médicos, ensancha de manera indiscutible el campo de la sátira tradicional.

     2. De la ignorancia e incompetencia de los médicos

     Si nos atenemos a lo que dicen los diferentes críticos, y Nolting-Hauff es buena muestra de ello, todos los escritores que satirizaron a los médicos se burlan de su manía de emplear [p. 58] fórmulas que parecen encerrar todo su saber. Declara el investigador arriba mencionado que lo que otros dijeron antes que él «es repetido y variado ininterrumpidamente» por Quevedo.16 Es exacto y ejemplos como el que vamos a dar abundan. Escribe nuestro autor:

La ciencia es ésta: dos refranes para entrar en casa: el ¿qué tenemos? ordinario venga el pulso...17

     Que el «vehículo» sea un tema literario antiquísimo no significa que el contenido de la sátira no tenga ni el menor punto de contacto con la realidad observada por Quevedo. Sobre este particular pensamos que Granjel L. S, cuando reproduce el testimonio de un médico de aquel entonces, Enrique Jorge Enríquez, aporta un documento molesto para quienes quieren eliminar la posible relación entre sátira y realidad. He aquí el documento:

De lo mucho que yo me burlo es que los miserables a los cantones y calles y en las boticas dan vozes, claman trayendo luego aquellas autoridades, que saben de memoria, para que el vulgo las tenga por sabios, tomando el pulso al enfermo, luego dizen opilatio...18

     ¿Por qué no admitir que esos «miserables» sirvieron de modelo, con sus fórmulas, verdaderos comodines con colores científicos, para la sátira de Quevedo? Acaso, ¿no esconden su ignorancia bajo ese barniz? Claro, por otra parte, tenemos que reconocer que, como lo dice Granjel:

La consulta se ha prestado a deformación caricaturesca...19

     Deformación, de acuerdo, pero no caricatura abstracta si nos atenemos a lo que afirmaba Jorge Enríquez. Con todo, no podemos tachar a todos los médicos de ignorantes e incompetentes, aunque es de suponer que unos cuantos permitieron, con un comportamiento criticable, la siempre actualizada sátira.

     Lo malo es que se pasa fácilmente de la noción de ignorancia a la de incompetencia.20 De aquí lo que se califica a menudo de juego tremendista y que permite materializar una acusación terrible: los médicos, según Quevedo, son unos asesinos, con la complicidad de los boticarios, que venden y preparan los medicamentos recetados, y con la de los barberos que sangran a los pacientes. Dice nuestro censor:

el clamor del que muere empieza en el almirez del boticario, va al pasacalles del barbero, paséase por el tableteado de los guantes del dotor, y acábase en las campanas de la iglesia...21

     Muchas de las páginas escritas por Quevedo participan del mismo deseo. La exageración y el juego son indiscutibles: estamos frente a un trío infernal, a las tres Parcas reencarnadas. No existe ni la menor diferencia con la presentación del «médico verdugo»22 o con la de su mula asimilada a «las escaleras de la horca».23 En los tres casos, y se pueden [p. 59] multiplicar los ejemplos, la finalidad y el soporte son iguales: una agudeza que encierra al humor más negro. Es indiscutible la parte de ficción mal intencionada, destinada a poner de relieve el ingenio del escritor; pero vacía de toda componente crítico social. Lo que no se puede admitir es una generalización abusiva, porque en otras páginas surgen otros auxiliares de los médicos, los cirujanos, representados así:

cargados de pinzas, tientas, cauterios, tijeras, navajas, sierras, limas, tenazas y lancetones. Entre ellos se oía una voz dolorosa a mis oídos que decía: —Corta, arranca, abre, cierra, despedaza, pica, punza, ajigota, rebana, descarna y abrasa.24

     ¿Quién se atrevería a negar que bajo el juego tremendista aparece algo real: el dolor? Lo dice con toda razón David Peyre:

Parece como si tuviéramos delante de los ojos las láminas de un libro de cirugía de Guy de Chauliac o de Daza Chacón... No se trata de una sátira abstracta... Cada alusión estira un dolor...25

     Cuando, por otra parte, se sabe que muchos de los colaboradores de los médicos titulados y de los cirujanos latinos carecían de «formación académica»26 y que, entre ellos, abundaban cada vez más los «algebristas», encargados de todo lo referente a traumatología,27 las líneas escritas por Quevedo cobran un impacto increíble. Ya no se trata de un simple juego literario, innegable por cierto pero vacío, sino de una denuncia envuelta en una forma brillante pero cargada de una fuerza particular, ya que encierra una acusación que se puede resumir así:

     a) Los médicos matan; son asesinos legales: lo dice claramente el condenado a la horca en el episodio XXV de La Hora de todos.

     b) Emplean una jerga que nadie puede entender para hablar de las cosas más sencillas y así impresionan al enfermo que se deja engañar.

Y luego ensatan nombres de simples que parecen de demonios: Buphlalmus opoponax, leontopelatum..., y sabido que quiere decir tan espantosa buraunda de voces tan repletas de letrones, son zanahorias, rábanos y perejil... disfrazan las legumbres porque no sean conocidas y las compren los enfermos.28

     c) Se hacen cómplices de los boticarios que integran ingredientes asquerosos en sus preparados, y Quevedo habla de «porquerías y hediondeces».29

     Frente a la imagen de los médicos asesinos, estafadores y culpables de un abuso de confianza, podemos pensar que se trata de una serie de acusaciones destinadas a desenmascarar la hipocresía del grupo y a denunciar su responsabilidad o afirmar que no hay que fiarse de lo que no pasa de una crítica vacía de todo punto de conexión con la realidad. Antes de privilegiar una de las dos posiciones adoptadas muchas veces conviene examinar otras fuentes.

     Por lo visto, Quevedo olvida que existían médicos que luchaban contra las epidemias [p. 60] con riesgo de la vida30 o que ejercían entre los pobres. La noción de servicio no aparece nunca bajo su pluma y se puede hablar de una sátira sistemática que rechaza cualquier alabanza, cualquier punto o alusión favorable para la profesión incriminada.31 También hay que reconocer que algunos de sus argumentos rayan en la mala fe más evidente.

     Pensamos en la jerga que les echa en cara. David Peyre, al analizar el tema, llega a la conclusión de que se trataba de una precaución, ya que los únicos en poder manipular algunas de las sustancias tóxicas eran los boticarios que dominaban el latín.32

     En cuanto a las «suciedades» que entraban en la composición de los preparados, hay mucho que decir. Por una parte, no olvidemos que las boticas debían ser visitadas por lo menos una vez al año por una comisión que inspeccionaba los medicamentos y retiraba los que estaban en malas condiciones.33 Por otra parte, si nos atenemos a lo que declaran algunos coetáneos, cuando faltaban algunos productos esenciales, sea por demasiado caros o por agotados, los boticarios no vacilaban en sustituirlos por otros mucho más baratos y corrientes, cambiando así las proporciones y la composición.34 Además, si bien es verdad que muchas veces entraban en las recetas ingredientes que podrían extrañar y que provocaban las risas de los escépticos, si bien es verdad que nadie podía explicar por qué se obtenían ciertos efectos, hay que recordar que el empirismo, en el sentido actual de la palabra, pese a sus contradictores y detractores, acierta a veces donde fracasa la ciencia académica: Galeno y Paré empleaban bálsamos a base de hígado de animales para las afecciones de la piel, de los ojos o para las heridas, sin saber que el elemento básico era la vitamina A que, efectivamente, permite combatirlas.

     Por lo visto, Quevedo prefiere casi siempre la sátira mordaz a un estudio detenido. Cuando habla de la técnica de los médicos, conserva únicamente el aspecto más repugnante. La verdad es que en aquel entonces se disponía de pocos medios y que atreverse a afirmar que era posible luchar contra algunas enfermedades como la peste cuando el diagnóstico se fundaba en el examen de orines y excrementos o del pulso, era demostrar un optimismo peligroso cuando no criminal.35 Sin embargo, conviene tener presentes unos cuantos [p. 61] datos puestos de relieve por algunos estudios recientes. Las epidemias eran una realidad tremenda,36 pero Bennassar B. demuestra perfectamente que, en el caso de la peste de 1596–1602, el mayor número de muertos se registra en los pueblos que no pudieron contar con la presencia de un médico,37 lo cual se explica si se tiene en cuenta que los métodos de lucha no eran tan ridículos como se viene repitiendo a menudo.38 Por cierto, sólo los verdaderos médicos podían obtener resultados nada discutibles, y si no aparecen bajo la pluma de Quevedo es porque cada vez más abundaban los falsos facultativos o los que no eran sino una caricatura de su profesión.

     Si después de leer las conclusiones que los investigadores sacan del estudio de los archivos, la presentación tradicional en la literatura parece exagerada, tenemos que señalar que el mismo Quevedo no siempre empleó ese tono sarcástico, sino que, por lo menos en una página, enfocó el problema desde un ángulo diferente cuando escribió:

Muy excelentes médicos ha habido y hay en el mundo pero todos curan lo que saben, por lo que conjeturan de lo que ignoran y no ven... Empero necesita el físico de la sospecha para rastrear las causas que pueden ser infinitamente diferentes: por donde sin culpa de la ciencia se ocasionan los errores en las curas más judiciosas...39

     La única conclusión que podemos sacar es que nuestro censor muestra la mayor desconfianza frente a unos hombres que se presentan como poseedores de una ciencia infalible, cuando sólo disponen de una técnica rudimentaria que abre la puerta a cualquier error o equivocación. No se trata entonces de una sátira vacía de todo contenido real, sino motivada por la percepción clara de cierto relativismo que le obliga a poner en dudas las posibilidades de la medicina y, por consiguiente, a atacar con violencia a los médicos. Se explica ésta entonces por el recelo frente a la técnica y por el enfado frente a la actuación de los que se ven reprochar otros móviles.

     3. De la codicia de los médicos

     Bajo la pluma de Quevedo, los médicos tienen a menudo un comportamiento particular, como el que sale al escenario del episodio 1 de La Hora de todos y que va «a ojeo de calenturas». ¿Qué significa la expresión? ¿Se trata del hecho de mirar detenidamente algo y, en el caso presente, sería una alusión a la técnica de que hablamos ya, o de seguir las huellas de quien terminará siendo presa del buen cazador? Si relacionamos el episodio con otros, tenemos que confesar que ésta parece la solución más verosímil.

     Estamos frente a una denuncia superficial y sumamente insidiosa: Quevedo no profundiza, no aporta ni el menor argumento concreto. Todo indica que se deja llevar por el doble deseo de brillar y de herir. La sátira se resume en un juego conceptista que le permite dejar estallar su violencia en una serie de acusaciones que van crescendo desde la simple codicia [p. 62] hasta algo más grave, como cuando asimila ésta con el mercantilismo, al equiparar a los médicos con los boticarios que:

oro hacen de las moscas, del estiércol, oro hacen de las arañas, de los alacranes y sapos...40

     Es de notar que lo más importante es el deseo de encontrar una fuerza y un impacto tremendos con la casi materialización del delito, palabra que empleamos adrede ya que Quevedo llega al extremo de declarar que los médicos presionan a sus enfermos para que éstos los apunten en su testamento,41 lo cual es pura difamación. Digamos claramente que la exageración obtiene un efecto contraproducente y que ese deseo de humillar obliga a pensar en motivaciones personales y hace dudar de la realidad de lo que se lee.

     ¿Qué parte de verdad encierra esa queja? Granjel habla de «sonados beneficios» obtenidos «en ocasiones», pero señala que son «ganancias extraordinarias»;42 además recuerda las supercherías43 de los que tienen la culpa de la opinión negativa que mucha gente tenía del grupo en su conjunto.44 No olvidemos por otra parte que también existen ejemplos de médicos que trabajaban entre los pobres y de otros que perdieron dinero al aceptar contratos individuales en condiciones durísimas.45

     Ya lo vemos, nada permite decir que la sátira sobre este particular está en conexión con la realidad: la violencia de Quevedo parece más bien fundada en un odio personal.

     Después de analizar y valorar las acusaciones proferidas por Quevedo, no es posible afirmar de manera rotunda que estamos frente a un documento fiable o, al contrario, que no hay ni el menor punto de contacto con la realidad. Si admitimos que algunos aspectos son una muestra indiscutible de la sátira más tradicional,46 por otra parte, afirmamos que otros, bastante numerosos, no carecen en absoluto de la componente crítico social indispensable en determinados escritos destinados a despertar la opinión, si no general, por lo menos de cierto grupo.47 Lo que si reconocemos es que la misma violencia resta fuerza al intento de Quevedo, pero no el hecho de que esté encerrada la crítica en un juego literario brillante. En cuanto al argumento encaminado a dividir las obras de nuestro escritor entre tempranas, carentes de crítica social, y tardías o de madurez, que unirían juego literario y denuncia en conexión con la realidad, lo rechazamos, para el tema que nos ocupa aquí, ya que, como lo demuestran los ejemplos citados, la presencia o la carencia del elemento «punto [p. 63] de contacto con la realidad» no depende de la edad del escritor, sino del «vicio» que desea poner de relieve y de sus propias motivaciones. Es éste el factor más importante: lo que antecede no sirve de nada si no intentamos adivinar por qué llega Quevedo a tales extremos, por qué pone tal empeño en humillar a los que parece odiar.

[II] 

DE LAS MOTIVACIONES DEL ODIO DE QUEVEDO

     Tenemos que volver a subrayar la violencia de Quevedo cuando habla de los médicos: su tono deja transparentar un odio tan feroz que es imposible dejar de lado el aspecto «ajuste de cuentas» o venganza personal.48

     Por su parte, los historiadores y sociólogos pensarán en una motivación racial o racista ya que, como lo ponen de relieve diferentes estudios, se sabe que muchos médicos pertenecían al grupo de los descendientes de los judíos.49 Sobre este particular, la actitud de Quevedo es la misma que la de los demás escritores del Siglo de Oro, si nos atenemos a lo que declara Glaser;50 no se permite ni un solo ataque claro de tipo racista, lo cual no significa nada puesto que, como dice Domínguez Ortiz, la opinión pública «conservó largo tiempo su prevención».51 ¿Qué duda cabe de que en ese contexto cualquier alusión, por muy leve que fuera, se interpretaba así? No se puede rechazar la hipótesis de la motivación racial o racista, ya que muchas veces aparece Quevedo bajo los rasgos de un antijudío o de un antimoro.

     Existe sin embargo otra explicación posible: la de su desconfianza frente a cualquier ciencia o técnica. Son campos que le inquietan y, en el caso de la medicina, se añade un [p. 64] elemento más, el asco que le inspiran esos hombres que van husmeando excrementos y orines y que tienen «la vista asquerosa de puro pasear los ojos por orinales y servicios».52

     ¿No sería posible que la condena tuviera sus raíces en una concepción filosófico religiosa de la enfermedad? Si pensamos en la definición, perfectamente admitida entonces, de los males que aquejan a los hombres, tenemos que reconocer que estar enfermo participa del orden natural así que Quevedo, enemigo de cualquier transgresión, difícilmente podía aceptar que nadie intentara oponerse a tal realidad, lo que no le impedía, eterna contradicción del hombre, sentir un miedo pánico por la muerte.53

     ¿Por qué no seguir en esta dirección? Orden natural y divino son indisociables en la filosofía de la época: la enfermedad, mal natural, es también un castigo divino, y luchar contra ella es levantarse contra Dios, lo que implica motivaciones dudosas de parte de quien se atreve a tanto. Por otro lado, el combate entre Dios y los hombres es tan desigual e inútil que la gente sensata debe sospechar de los medios empleados por los médicos que se ven rápidamente asimilados al grupo de los estafadores.

     Estas y otras muchas explicaciones parecen plausibles y nadie puede privilegiar una dejando de lado las demás. Se abre sin embargo otra dirección posible.

     Sabemos perfectamente, y varios estudios lo demuestran, que ya en la época de su formación en el Colegio Imperial de Madrid, Quevedo recibió la influencia de los jesuitas,54 y luego la de Justo Lipsio55 que, unida a la de Séneca,56 explica el enfoque sorprendente de algunas páginas.57 El estoicismo cristiano de Quevedo puede ser otra de las soluciones, pero entonces el punto de partida no sería la acción discutible de los médicos, sino la visión y la percepción de la situación de los enfermos.

     En primer lugar, es de notar su posición particular entre las demás víctimas de la sociedad despiadada descrita por Quevedo. En la mayoría de los casos el origen de las exacciones cometidas por los que salen ganando se halla en la codicia o en el vicio de las víctimas que son tan culpables como sus verdugos. En esa lucha de ingenios malos vence el más listo y sale perdiendo no el inocente, sino el más torpe: vencedor y vencido no son más que las dos caras de la misma moneda.

     El caso es diferente cuando se trata del enfermo, doble víctima, del médico y de la enfermedad. [p. 65] Bien es verdad que, para Quevedo, el paciente carga con parte de la culpa. Como lo dice, después de enumerar los excesos cometidos por el hombre desde niño:

no hay pecado en el alma que no sea también enfermedad en el cuerpo... Después que la enfermedad enfermó la naturaleza, mi naturaleza es enferma, y yo soy una enfermedad viva...58

     Bien es sabido que a partir de esta consideración los estoicos querían que los hombres se fortalecieran moralmente: la enfermedad no es más que uno de los accidentes que pueden abatirse sobre los humanos y el individuo tiene que prepararse para aguantarlos con ánimo firme. Si bien es verdad que encontramos un eco en Quevedo de la lección de Séneca,59 el mero hecho de que se trate de algo inevitable hace más odiosa la actitud de los que desean sacar provecho de la mala suerte ajena. La defensa de la víctima, sometida a las exacciones de un grupo, puede ser otra motivación, cristiana en este caso, de Quevedo, y nadie puede, lógicamente, apartar la posible influencia estoico cristiana.

     Entre los que se mueven en el gran cuadro social pintado por Quevedo, los médicos ocupan un sitio señalado. Por cierto, nuestro censor se aleja muchas veces de la verdad en su deseo de lograr una crítica mordaz. Si bien es verdad, por una parte, como lo apunta Granjel, que el Quevedo estoico reprocha a sus contemporáneos su poca serenidad frente al dolor y a la desgracia,60 y si, por otra parte, como la declara David Peyre, denuncia la actitud de diferentes grupos que desean aprovecharse de su situación, poco importa que los médicos no sean los únicos61 si, en la visión que nos ofrece, son los que más le preocupan. Para zanjar la cuestión que nos ocupa, pensamos que podemos aplicar al tema que nos interesa lo que dice Pelorson62 de los letrados: en vez de buscar en las páginas de los escritores del Siglo de Oro una verdad inmediata y definitiva, y en lugar de fiarse del reflejo, o de los reflejos, que del mundo de los médicos nos ofrecen, más vale volver a esos escritos después de conocida, gracias a otras fuentes, la realidad histórica del grupo incriminado, no para negar cualquier valor al «testimonio», sino para saborear su posible fineza o actualidad. Añadiremos que si se trata de saborear, el placer es doble cuando el lector está frente a una forma que no es sino un tópico literario y a un contenido en conexión directa con la realidad o que traduce motivaciones personales indiscutibles, o sea, cuando el molde tradicional le abre la puerta de un universo reconocible históricamente o le obliga a pasar del [p. 66] campo de lo objetivo al de lo subjetivo, del de la historia y de la sociología al de la psicología. Si el lector acepta los escritos de Quevedo o los rechaza, sin más averiguaciones, comete una doble equivocación; si se acerca antes, a través de ciertos estudios, a la realidad de la época, tendrá la sorpresa agradable de descorrer el velo que cubre, debido al tiempo transcurrido, la vida de la sociedad de aquella época, y el que esconde algunos aspectos de la personalidad fascinadora de Quevedo.

 

NOTAS:
  1. A menudo se confunden sátira y crítica ya que Quevedo pasa fácilmente de una a otra y mezcla la reflexión amarga o desengañada y el deseo de ridiculizar o de herir con el fin de moralizar.
  2. Véase Chevalier, M: Lectura y lectores en la España del siglo XVI y XVII (Madrid, Turner, 1976; cap. «La ética culta», por ejemplo).
  3. Lázaro Carreter: Originalidad del Buscón: (en Homenaje a Dámaso Alonso, Madrid 1961; págs. 319 y sgs.).
  4. Mérimée, E: Essai sur la vie et les oeuvres de Francisco de Quevedo (París, Picard, 1886; pág. 166).
  5. Ilse Nolting-Hauff: Visión, sátira y agudeza en los «Sueños» de Quevedo (Madrid, Gredos, 1974; pág. 159).
  6. Herrero García demuestra en Oficios populares en la sociedad de Lope de Vega (Madrid, Castalia, 1977) que muchos de los tipos que aparecen en las comedias de Lope y que se clasifican tradicionalmente como tópicos literarios son el reflejo de grupos que, en la realidad preocuparon a las autoridades. Por su parte Berumen, en «La sociedad española según Quevedo y las Cortes de Castilla» (Abside, XVI, México, 1952; págs. 321–343) pone de relieve el hecho de que los tipos denunciados por Quevedo están en conexión directa con los que aparecen en las Actas del organismo oficial. En cuanto a Mas (Las zahurdas de Plutón, ed. critique et synoptique, Poitiers, 1955; Apéndice II, pág. 93 y sgs.), propone otros ejemplos para completar el artículo publicado por Berumen.
  7. Cebe: La caricatura et la parodia dans le monde romain antique des origenes à Juvénal (Paris, Boccard, 1966; cap, III, § 1).
  8. Papell: Quevedo (su tiempo, su vida, su obra); Barcelona, Ed. Barna, 1947; § «Los Sueños».
  9. Véase Morreale, M.: «Luciano y Quevedo: la humanidad condenada» (Revista de Literatura, VIII; Madrid, 1955). Por su parte Bataillon, si bien admite la influencia de Luciano rechaza la de Erasmo véase su obra Erasmo y España (México, Fondo de Cultura Económica, 1950, pág. 773).
  10. Ilse Nolting-Hauff (op. cit.; pág. 122).
  11. Asensio, E.: Itinerario del entremés desde Lope de Rueda a Quiñones de Benavente (Madrid, 1965; págs. 223-225).
  12. Ilse Nolting-Hauff (op. cit.; pág. 122).
  13. David Peyre, Y. Le personnage da médecin et la relation médecin–malade dans la littérature ibérique (XVI et XVII, siècle); París, Ed. Hispano–Americanas, 1971; pág. 12 y sgs.
  14. Ilse Nolting-Hauff (op. cit.; pág. 123).
  15. Libro de todas las cosas, Obras Completas, Aguilar, 1961; t. I, pág. 115a.
  16. Ilse Nolting-Hauff  (op. cit.; pág. 125).
  17. Libro de todas las cosas, Obras Completas, Aguilar, 1961; t. 1, pág. 115.
  18. Granjel: Médicos españoles (Universidad de Salamanca, 1967; cap. «Retrato de un médico renacentista»).
  19. Granjel: El ejercicio de la medicina en la sociedad española del siglo XVII (Universidad de Salamanca, 1971; pág. 39).
  20. Ilse Nolting-Hauff afirma que Quevedo «presupone la incompetencia profesional» (op. cit.; pág. 125).
  21. El sueño de la Muerte, O. C.; t. 1, págs. 175b–176a.
  22. La Hora de todos; ep. I; O. C.; t. 1, pág. 231b.
  23. Id.; ep. XXV, O. C; t. 1; pág. 246a.
  24. El sueño de la Muerte, O. C.; t. 1, pág. 176b.
  25. David Peyre, Y. (op. cit.; pág. 403).
  26. Granjel, (El ejercicio.., op. cit. pág. 4).
  27. Granjel, Capítulo de la medicina española (Universidad de Salamanca, 1971; cap. «Cirugía española del barroco»).
  28. El sueño de la Muerte, O. C.; t. 1, pág. 176a.
  29. Id., O. C.; t. 1, pág, 176b.
  30. Véase Menéndez De La Puente, Notas históricas sobre el ejercicio de las profesiones sanitarias; Zaragoza, 1968; pág, 16: «En 1652 hubo en Huata una epidemia de peste que causó verdaderos estragos llegando a morir contagiados tres maestros cirujanos...».
  31. Véase David Peyre (op. cit.; pág. 399).
  32. Id.; pág. 49.
  33. Menéndez De La Puente (op. cit.; pág. 14).
  34. Véase el Diálogo del comendador Griego (§ «De los boticarios»): «Gracioso es el alboroto que traben en hazer el Mitridato, y la Theriaca de Andromaco, y otras composiciones, a que en verdad más de dos partes de los simples faltan como el verdadero bálsamo, la mirra y ponen unas cosas en lugar de otras, disculpándose con licencia del médico. Y qualquiera cosa que falte a una composición, que consiste en proporción haze falta y varia en el compuesto».
  35. Goyanes  y Capdevilla: La sátira contra los médicos y la medicina en los libros de Quevedo (Madrid, 1934; pág. 11).
  36. Véase, entre otros, el cuadro que presenta Domínguez Ortiz en La sociedad española en el Siglo XVII (Madrid, SCIC, 1963-70).
  37. Bennassar, B. Recherche sur les grandes épidémies dans le Nord de l'Espagne à la fin du XVIe siècle (Paris, SPEN, 1969).
  1. Véase Granjel (Capítulos..., op. cit.; cap. «Epidemia de peste del siglo XVII»).
  2. Virtud militante; cap. «Enfermedad», O. C., t. 1, pág. 1308a.
  3. El sueño del Infierno, O. C.; t. 1, pág. 152a.
  4. Es lo que declara el reo en el episodio XXV de La Hora de todos.
  5. Granjel (El ejercicio..., op. cit.; págs. 28 y 31).
  6. Basta leer el capítulo «La medicina como noticia en el Madrid de Felipe IV» (Granjel Capítulos..., op. cit.) para convencerse de la realidad de esas supercherías.
  7. Si nos atenemos a las conclusiones del capítulo «Servidores de la muerte» (Granjel El ejercicio.., op. cit.), esos médicos, que no son sino una caricatura de la profesión, tienen la culpa de esa opinión negativa.
  8. Menéndez de la Puente presenta un caso curioso (op. cit.; pág. 27) un médico se comprometió a curar a un enfermo, fraile agustino por más señas, a cambio de honorarios elevados pero, si el mal reaparecía en un plazo de ocho meses, debía devolverle la cantidad percibida y además curarle otra vez ¡gratis!
  9. David Peyre recuerda que, en su sátira, Quevedo emplea tópicos literarios que ya se encuentran en Juvenal y Marcial (op. cit.; págs. 404-405). Ilse Nolting-Hauff declara que si todos los elementos son tradicionales, sin embargo «surge una descripción impresionante y sugestiva» (op. cit.; § «Médicos y boticarios»). Si nos atenemos a lo que declara Cèbe (op. cit.; cap. V, § IV), ese «material» ya existía en Plauto.
  10. Véase supra nota 4.
  11. Goyanes y Capdevilla (op. cit.), Astrana Marín (La vida turbulenta de Quevedo; Madrid 1945) y el duque de Maura (Conferencias sobre Quevedo; Madrid, 1945), entre otros; hablan de episodios que pudieron motivar su actitud frente a los médicos: su duelo con el médico de Lerma, Pedro Martín de Andueza y su enfermedad en 1612, cuando estuvo a punto de perder la vida por culpa de «una sangría que le propinó un barbero en Villanueva de los Infantes» (Goyanes, pág. 13) y debido a «la alevosa complicidad del facultativo que decía asistirle, pero no bien a morir» (Maura, pág. 36). Dicho sea de paso, recordemos que el destino iba a obligarle a cambiar de opinión en los últimos días de su vida como lo demuestran las cartas que escribió en enero y agosto de 1645 a don F.co de Oviedo (Cartas 251 a 273; y Obras completas; t. II, Agudo, ed. de Felicidad Buendía). Que Quevedo se fiara de un representante de esa profesión en circunstancias tan particulares, no significa que estuviera dispuesto a olvidar los reproches que, durante tantos años, lanzó contra los facultativos.
  12. Domínguez Ortiz (Los judeoconversos en España y América; Madrid, Istmo, 1971) señala que los conversos conservaron, hasta después de cambiar de apellido y de patria, las ocupaciones características de los judíos (pág. 230) Salomon, N. (Recherches sur le thème du paysan dans la «comedia» au temps de Lope de Vega; Bordeaux, Institut d’études ibériques, 1965; págs. 115–116) da las cifras que saca del examen de las actas de los juicios por judaísmo. Entre las profesiones elegidas por los descendientes de los judíos, el ejercicio de la medicina es un hecho indiscutible. No olvidemos que, si las pruebas de limpieza de sangre son indispensables, en Aragón por ejemplo, para los que ejercen una de las profesiones sanitarias (véase Menéndez De La Puente op. cit.; págs. 17-18), como lo señala Domínguez Ortiz (Los judeoconversos..., pág. 232), se trata de medidas poco eficaces y la reputación profesional de los descendientes de los judíos es un hecho innegable.
  13. Glasser, E: «Referencias antisemitas en la literatura peninsular de la Edad de Oro» (Nueva Revista de Filología Hispánica, 1954).
  14. Domínguez Ortiz (Los judeoconversos..., pág. 232).
  15. El sueño de la Muerte, O. C.; t. 1, pág. 175b.
  16. David Peyre explica la ferocidad de Quevedo por «la obsesión que siente por la muerte» y por «el odio que le inspiran los que desean cambiar, en beneficio propio, el orden social y natural» (op. cit.; pág. 407). Mas (La caricature de la femme, du mariage et de l’amour dans l’ouvre de Quevedo; París, Ed. Hispano–Americanas, 1957; pág. 329) ve en ese respeto del orden social y natural el origen de otra violencia de Quevedo: la que aparece cuando emprende con las «novedades».
  17. Véase lo que declara Gendreau (Héritage et création recherches sur l’humanisme de Quevedo; Paris, Université de Lille, 1977; pág. 16). Véase también Rothe (Quevedo und Seneca. Genêve, 1965; págs. 18-20).
  18. Bataillon declara que:
     Quevedo asoció al humanismo devoto de San Francisco de Sales, el estoicismo cristiano de Justo Lipsio (Erasmo..., op. cit.; pág. 774).
  19. Gendreau (op. cit.; págs. 124 y 150) prefiere ver la huella de Séneca en la formación de lo que califica «estoicismo original» de Quevedo.
  20. Delacroix, P. afirma que aparecen ciertos rasgos senequistas hasta en los Sueños (Quevedo et Sénèque; Bulletin Hispanique, 1954; pág. 305).
  21. De los remedios de cualquier fortuna; «Estoy enfermo», O. C.; t. 1, pág. 961b y a.
  22. Escribe Quevedo respecto a las enfermedades: «son bienes —son medicinas» (De los remedios de cualquier fortuna; «Estoy enfermo») y añade, hablando del dolor:
         Si por tu culpa lo padeces, toléralo
         como rango de tu culpa, si le padeces
         sin ella, súfrele, por no culparte
         con no sufrirle (id.; «Del dolor», O. C.; t. 1, pág. 963b).

         Detrás de esta fórmula surge la de Séneca en su carta a Lucillo (carta 61):
         Itaque sic animus componemus ut
         quicquid res exiget id velimus...

  23. Granjel: Humanismo y medicina (Universidad de Salamanca, 1968; pág. 295).
  24. David Peyre (op. cit.; pág. 405).
  25. Pelorson: Les «letrados», juristes castillans sous Philippe III (Université de Poitiers, 1980; pág. 149).
 
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