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DE LOS SUEÑOS A
LA HORA DE TODOS
[p. 155]
Como advierte Ignacio Arellano en la introducción de su edición,1 «los escritos que componen
los Sueños se inician en 1605 cuando Quevedo tiene veinticinco años y se terminan en 1622, a
los cuarenta y dos. Aún podría añadirse al ciclo [...] una coda (posterior a 1628) formada por el
Discurso de todos los diablos y La Hora de todos. En este proceso de unos veinticinco años hay
sin duda evolución y diferencias apreciables de estilo y estructuras». R. M. Price,2 M. L. Rovatti,3
F. W. Müller4 han dedicado reflexiones al cielo de los Sueños y a los matices diferenciales de las
obras que lo componen. Ilse NoltingHauff5 consagra un capítulo de su libro a la «evolución» de
los Sueños. Me propongo poner énfasis en las características distintivas de los dos libros más
tardíos. Aunque la evolución de un escritor es un proceso de inabarcable complejidad, trataré de
mostrar el importante papel desempeñado por
[p. 156]
la probable influencia de Trajano Boccalini.
La lectura conjunta de los dos grandes satíricos, italiano y español, tan opuestos en opiniones y
hábitos estilísticos, nos hará medir una vez más la singularidad de Quevedo.
Se ha observado que las obras de esta serie exhiben una escritura de creciente refinamiento.
Escasean en el Discurso de todos los diablos y aún más en La Hora de todos los chistes
elementales como el de los despenseros que sienten «pesadumbre» al oír «Sí son»,6 o como el de
que «desastre» viene de «sastre»;7 los juegos verbales, dilogías y equívocos son menos constantes
y sistemáticos. En cambio, se desarrollan las virtudes miméticas de la narración, su capacidad
de sugerir figuras y movimientos, el arte de la caricatura y de la estampa grotesca;8 el diálogo
cobra amplitud y variedad, las metáforas y los neologismos son más inventivos y frecuentes.
La representación satírica del mundo se vuelve en las obras más tardías más política y
personal, y menos cortesana y popular, menos anecdótica y más corrosiva. Probablemente, tales
cambios puedan hacerse extensivos a otros géneros practicados por Quevedo, pero resulta más
fácil observarlos en el ámbito de unas prosas que guardan, pese a todas las diferencias internas,
una patente continuidad.
Siete sátiras menipeas
Y es que los «cambios de estilo y de estructuras» que van surgiendo en esta familia de textos
se aprecian sobre un fondo común, un diseño genérico que todas comparten. Como se apuntó
desde hace tiempo, y como ha establecido con meticulosa precisión Ramón Valdés,9 estas siete
ficciones pertenecen al género de la sátira menipea, que se caracteriza por la transposición al
registro ficcional cómico de un género serio en prosa, filosófico, oratorio o bien científico, relato
de viajes, descripción de países o costumbres. Los comienzos del género se atribuyen al cínico
Menipo, y las sátiras que proceden de esta tradición censuran a menudo la conducta de las elites
políticas, literarias, filosóficas
[p. 157]
y religiosas. Valdés atribuye a Vives, en su opúsculo titulado
Somnium Vivis (1520), la idea de utilizar el género medieval de la alegoría visionaria y onírica
como punto de partida de una reescritura burlesca con fines satíricos, de una sátira menipea. Justo
Lipsio la acoge en su propio Somnium10 (1581), de donde la toma Quevedo en su primer texto
de esta familia, el Sueño del Juicio.11
En el Olimpo de Luciano, tejido de reminiscencias homéricas,12 Júpiter lleva la vida algo
tediosa de un magistrado que cumple día a día con los menesteres de su cargo: informarse de los
asuntos corrientes destapando las calderas por donde ascienden el humo de los sacrificios y el
rumor de las sórdidas plegarias humanas, e ir despachando los negocios de su competencia,
verbigracia, decretar el tiempo que hará en los días sucesivos. Por la inverosimilitud irónica de
un relato donde el narrador adopta hacia los dioses la actitud de un etnógrafo observador de
costumbres, este Olimpo y este Júpiter pierden consistencia, y revelan su naturaleza de toscas
invenciones humanas. Pero también se convierten en artificios de escritura: desde el Olimpo,
puede mirarse hacia una tierra empequeñecida y representarse una «humanidad condenada» en
sus miembros más brillantes, en aquellos que pretenden alzarse por encima de lo humano,
espiritual o materialmente, filósofos o monarcas.13
El mismo Menipo que emprende viajes intersiderales, y que, por su cínica sabiduría, su
sincero desprendimiento, ya se tiene por muerto antes de morir y nada tiene que ganar o perder
al atravesar la fatal laguna, interviene como interlocutor principal en los macabros diálogos de
los muertos. Desde el Hades, igual que desde el Olimpo, se estiman en su bajísimo valor las
cosas por las que nos afanamos en esta vida y se vuelve cómicamente patente la necedad del
discurso ordinario y la infatuación de la filosofía. Nada mejor que ser dios o ser muerto para
reírse de los vivos. Tanto si ascendemos al Cielo como si bajamos al Infierno, descubrimos que
Cielo e Infierno no son más que la cara oculta de este mundo, y que, al situarnos imaginariamente
en el otro mundo, vemos la sociedad humana como un objeto, en su totalidad, y por lo tanto en
su deplorable y risible verdad
[p. 158].
Quevedo construye la perspectiva satírica en los Sueños, en el Discurso de todos los diablos
y en La Hora de todos sin dejar nunca de basarse en este principio: situarse fuera del mundo para
convertirlo en espectáculo grotesco y dar cuenta de su supuesta verdad oculta. Sigue, pues, los
pasos de Luciano y de la tradición renacentista por él inspirada, desde Alberti y Pontano a Justo
Lipsio pasando por los erasmistas españoles.14 Las tumbas abiertas y los cuerpos despedazados
del Juicio, las mazmorras del Infierno, la sima y el «grandísimo llano» subterráneo de la muerte,
el cuerpo del alguacil en el que habla la voz del demonio, merecen llamarse mundos descifrados,
retablos del Desengaño, aunque esta calidad alegórica aparezca explícitamente sólo en El mundo
por de dentro. Los diablos moralistas y burlones del Sueño del Juicio, del Alguacil endemoniado,
del Sueño del Infierno, del Discurso de todos los diablos no son muy distintos de Diógenes y
Menipo, los cínicos legendarios que acrecientan el dolor de los muertos en el Hades riéndose de
lo poco que les queda, una sombra de vanagloria o de nostalgia.15
La crítica, en los últimos treinta años, se ha ocupado mucho de La Hora de todos, obra
literariamente espléndida e históricamente apasionante por su denso tejido de referencias a la
actualidad.16 En los Sueños, Quevedo se apoya en una erudición escolar, pero también en un
manejo reflexivo de la lengua oral, de los giros coloquiales, de las creaciones del
folclore,
cuentecillos, proverbios y «chistes». En cambio, en La Hora de todos, aunque se siguen usando
estos materiales, cobra preeminencia la cultura del «intelectual». Entiendo por ello que Quevedo
se apoya en su fama de gran ingenio, en su celebridad de
[p. 159]
«rarísimo sujeto, universal en
todo género de letras y lenguas»17 para presentarse como un experto en asuntos políticos y para
tomar partido sobre cuestiones candentes. Los Sueños y la Hora cuentan con excelentes ediciones
y comentarios recientes.18 En cambio, el Discurso de todos los diablos e
Infierno enmendado,
atrapado entre los Sueños, en cuyo conjunto no suele incluirse, y La Hora de todos, que lo eclipsa
en extensión y atractivo, ha gozado de menor fortuna crítica y editorial.19 Sin embargo, pocas
veces Quevedo habrá sido tan despiadado y tan ingenioso como en algunas de las páginas de esta
obra enigmática y heterogénea, que irritaron en grado sumo a los redactores del Tribunal de la
justa venganza.20
En el Sueño de la Muerte, el narrador vivo se convierte en gacetista burlesco de su propio
tiempo para satisfacer la curiosidad del nigromántico en redoma, Enrique de Villena, que aparece
en la sima donde bullen los «difuntos». La celebridad de esta página se debe a su condición de
esbozo de sátira política, aislado en el conjunto de los Sueños. Pero esta sátira política no hace
más que asomar, disipándose para ceder paso a una reverente adhesión al nuevo reinado, que
comienza bajo los auspicios de una esperanzadora voluntad de reforma. Es palpable en este
cómico diálogo el deseo de ganarse el favor del nuevo gobierno, finalidad común a todos los
escritos del Quevedo de 1621 y 1622, cuando, desde su confinamiento en la Torre, multiplica los
gestos de homenaje al monarca y al valido21[p.
160].
El narrador en los Sueños funciona como testigo, autor de preguntas y comentarios, pero
carece de la capacidad de modificar lo que ve. Rara vez parece estar materialmente incluido en
el espacio que representa o ser a su vez objeto de atención para los personajes que va
introduciendo. La vaguedad de la topografía del Infierno y de los demás espacios visitados
contribuye a debilitar la cohesión del relato. Sin embargo, en el Sueño de la
Muerte, el que las
locuciones comunes, los «chistes», se animen para rebelarse contra su propio uso, increpando al
narradorvisionario, contribuye a dotar al texto de unidad dramática.
La estructura renovada del Discurso de todos los diablos y La Hora de
todos
La continuidad con los Sueños resulta obvia en el Discurso, que, como varios de los Sueños,
trata de condenados y diablos. La novedad formal consiste en la ausencia de narradorpersonaje,
como sujeto de una visión. Ya no se trata de seguir el movimiento de una mirada, lo que permite
disponer en serie un conjunto de unidades descritas, sino de ir contando una serie de
intervenciones, unificadas por un programa explícito. El programa es ni más ni menos que
«enmendar» el Infierno, recorrer sus distintas partes con intención de reformarlas. Ilse
NoltingHauff observó que la supresión del procedimiento de la visión (con sus variantes
posibles, sueño, como en el Juicio, o en la Muerte; viaje al otro mundo o a otra cara de este
mundo propiciado por un guía, como en El mundo por de dentro o el Infierno; interrogatorio de
un viajero venido del más allá como en El alguacil endemoniado) nos priva en el Discurso de
todos los diablos de un narrador pasivo. En cambio, no vio al parecer que esta supresión permite
la urdimbre de una fábula en sentido aristotélico, de una acción «una y entera». Resumiendo el
argumento de esta fábula, un trío de individuos, el entremetido, la dueña y el soplón,
quintaesencia del enredo, el chisme y el embuste y «chilindrón legítimo del enfado», incitan a
Lucifer, en su papel de monarca de los «reinos dañados», a atender a la restauración de su
infierno, donde reina el máximo desorden por obra de los mismos que lo delatan. El libro
contará, pues, una «visita» o inspección del Infierno por Lucifer en persona, asistido de sus tres
enfadosos, que termina con una revista y examen de demonios, y con los decretos de Lucifer, que
reparte beneplácitos, publica consignas y da a cada uno el cargo que le
corresponde
[p. 161].
La Hora de todos obedece a un argumento no tan distinto. Recordemos que, en el prólogo de
esta obra, un Júpiter arrufianado ordena una reforma universal: «... para satisfacción de las gentes
está decretado que en el mundo, en un día y en una propia hora, se hallen de repente todos los
hombres con lo que cada uno merece».22 A partir de este decreto arbitrario de Júpiter, se establece
la regla de construcción de los cuadros que forman el cuerpo de la obra. Cada cuadro se compone
de dos momentos; uno, anterior a la Hora, a la todopoderosa intervención de la reforma justiciera,
presenta un aspecto del mundo en su estado ordinario y actual; el segundo momento, posterior
a la Hora, describe un mundo reformado, donde cada uno se halla con lo que merece. Poco a
poco van apareciendo escenas emblemáticas de la situación política europea y mundial: en
«cuadros» cada vez más complejos y extensos, en escenarios cada vez más vastos, vemos
intervenir a príncipes y repúblicas, gobiernos y naciones. No por ello la obra carece de unidad,
ya que un examen atento descubre en muchas de las viñetas satíricas del comienzo una inflexión
política. El peso relativo de las diferentes categorías ha variado y ha perdido importancia la sátira
de los oficios, con su sabor arcaizante y popular, de modo que la caricatura satírica del mundo
resulta más incisiva y más moderna.
En el epílogo de la obra, el mismo Júpiter emite un segundo decreto que, aboliendo el
anterior, restaura el inevitable desorden ordinario:
La Fortuna encamine su rueda y su
bola por las rodadas antiguas y ocasione méritos
en los cuerdos y castigo en los desatinados, a que asistirá
nuestra providencia infalible y nuestra presencia soberana.23
Las consideraciones que apoyan este decreto poco tienen que ver con lo que se había ido
viendo en los «cuadros» pero apuntan a la misma tesis: nada puede esperarse de una reforma del
mundo. Nada que no sea una total anarquía, una inútil lucidez, o una restauración de los mismos
desórdenes en forma invertida localmente pero globalmente idéntica. Sólo a un dios «de mala
muerte», a un dios rufián y mentecato como Júpiter, puede ocurrírsele emprender tal reforma, por
mucho que luego la anule majestuosamente, en nombre de su «providencia infalible» y su
«presencia soberana».
Observemos lo que tienen en común los esquemas que enmarcan la ficción en los dos libros
que forman la «coda» de los Sueños. En ambos, un soberano dotado de poderes omnímodos va
pasando revista a su universo;
[p. 162]
en ambos, se propone remediar lo que no tiene remedio,
ordenar lo que es por naturaleza confuso, enmendar lo que no tiene enmienda, premiar y castigar
a quienes lo merecen, entre gentes que no son capaces de mérito ni de premio. Lo hace incitado
por revoltosos y chismosos, gente que se mete en lo que no le importa, enredadores y soplones
en el Discurso, «mortales» descontentos con su suerte y metidos a «juzgamundos»24 en La Hora
de todos. En el Infierno, la tentativa se resuelve en la paradoja de un «Infierno enmendado»,
monstruosidad teológica que indignó a los redactores del Tribunal de la justa venganza; en la
tierra, se concluye con una retractación del soberano reformador, que se resigna alegremente a
dejar ir las cosas como siempre han ido. En ambos libros alternan largos diálogos políticos con
escenas donde se vuelve a la sátira de «figuras» típica de los Sueños, aunque con modificaciones
que la vuelven menos tradicional y más corrosiva. La censura de la justicia es en ambos libros
igualmente universal y toca menos a las corrupciones ocasionales que al sistema en general, tanto
en el ejercicio de las causas civiles como en el de las causas criminales.25
Las moralejas finales de ambas obras coinciden: nada hay peor para los hombres que la
felicidad mundana, pues esta felicidad los hace peores, los hace demonios. Sólo desde el
infortunio caben los medios de la salvación, conocer la propia flaqueza y recurrir a la gracia
divina, como lo ilustra el caso de los ladrones, que, precisamente por ser perseguidos, enviados
a galeras, quemados o ahorcados, se salvan.26 He aquí la doctrina en boca de Lucifer, dirigiéndose
a sus huestes:
Mando que todos vosotros tengáis
a la Prosperidad por diabla máxima, superior y superlativa,
pues todos vosotros juntos no traéis la tercera parte
de gentes al infierno que ella sola trae. [...] ¡Cuantos
ánimos tuvo la miseria y el apocamiento canonizados
que en poder de la prosperidad fueron insolentes y formidables!
¡Ah ministros!, reverenciadla e introducidla; y las almas
que se mantuvieren humildes a prueba de prosperidad, no
perder tiempo con ellas.27
Veamos la misma doctrina en boca de Júpiter:
[p. 163]
...
su flaqueza [de los mortales] es tal, que el que hace mal
cuando puede, le deja de hacer cuando no puede, y esto no
es arrepentimiento sino dejar de ser malos a más
no poder. El abatimiento y la miseria los encoge, no los
enmienda; la honra y la prosperidad los hace hacer lo que
si las hubieran alcanzado siempre hubieran hecho.28
Lucifer juzga además que no sólo la prosperidad, sino la misma paz, es un arma del diablo,
cómplice de todos los vicios; sólo en guerra se mantienen las virtudes morales que los demonios
tratan de desterrar.
Esta simple y demoledora doctrina, que podríamos juzgar descalificada por ponerse en boca
de un demonio y de un dios pagano, no difiere de la que sostiene Quevedo en la más elocuente
de sus obras morales, Virtud militante. No deja de ser paradójico que se proclame tal doctrina en
obras como el Discurso y la Hora, en las que cobra amplitud la vena política que asomaba en el
Sueño de la Muerte. Los exégetas de La Hora de todos han visto en el libro un examen
sistemático de la situación de la monarquía española hacia 1630, aunque disienten acerca de la
amplitud y coherencia del panfleto antiOlivares que encierra. El Discurso de todos los diablos
tiene conexiones patentes con la Política de Dios y con el Marco Bruto, como ya apuntaba
Aureliano FernándezGuerra.
En estas dos últimas sátiras menipeas de Quevedo, más fieles que las anteriores a los grandes
modelos antiguos, la sátira ya no apunta prioritariamente a los tipos plebeyos caricaturales que
alimentan conversaciones y chistes, sino que se ocupa de las elites del poder y del saber, literatos
y filósofos, monarcas y ministros. Entre las obras juveniles de Quevedo y las últimas, se ha
reducido el espacio que separaba las veras de las burlas, la gravedad del cortesano humanista y
su contrapartida, los motes y donaires. Las últimas sátiras tocan los mismos temas que las obras
doctrinales: el efecto patológico que el valido tiene en las monarquías, la razón de Estado y el
ateísmo, la corrupción de la justicia, la nocividad de letrados y burócratas.
Pero de esta sátira lastrada de seriedad no se desprende ningún principio constructivo: todo
incita a sospechar la complicidad inevitable del bien político y el mal moral. Si paz y
prosperidad, los fines más legítimos y encomiables de un gobierno, no son sino aliados del
demonio y cómplices del ocio y del vicio, ¿cómo dotar de rectitud una conducta política? Si la
paz es detestable, un buen monarca debe llevar a cabo una política de expansión lo más agresiva
posible, como hizo Alejandro,
[p. 164]
al que sin embargo el Discurso condena duramente como
un tirano enloquecido por la soberbia. Si la prosperidad es viciosa, ¿qué sentido tiene censurar
a los monarcas que agobian a sus súbditos con impuestos, y que secan, por exceso de codicia, la
fuente de su propia prosperidad, como lo hace Quevedo en tantos lugares y en la misma Hora
de todos?
ESCEPTICISMO POLÍTICO Y CINISMO
Los principios ascéticos sostenidos por Quevedo en Virtud militante, fundamento doctrinal
de las moralejas del Discurso y de La Hora, son tan radicales y furibundos que más que al
estoicismo se remontan al pensamiento de los cínicos, o a su leyenda. No parece posible
establecer una doctrina política viable a partir de premisas como la superioridad de la enfermedad
sobre la salud, de la oscuridad sobre la gloria, de la pobreza sobre la riqueza, de la muerte sobre
la vida. Quien mantenga seriamente tales premisas debe exilarse del mundo y no tomar partido
en sus conflictos. No sólo los juicios contradictorios29 de Quevedo sino también sus versátiles
adhesiones30 autorizan a sospechar que no posee una doctrina política coherente, aunque no
dudemos de la constancia de su afecto patriótico y católico
[p. 165].
En trabajos recientes se ha sostenido que las contradicciones de Quevedo son ilusiones ópticas
debidas a una lectura ingenua que no tiene en cuenta las diferencias de actitud y estilo impuestas
por los distintos géneros que practicó.31 Ciertamente, los enunciados poéticos se eximen de
responsabilidad, o de una parte de ella, gracias al ejercicio de reescritura y al libre juego de
ingenio, y participan de la «polifonía» que Bajtín nos ha enseñado a ver en la ficción moderna.
Los enunciados doctrinales de Quevedo son tributarios de las circunstancias y abundan en figuras
donde el rigor del enunciado se sacrifica a la eficacia polémica y patética. No creo, sin embargo,
que con estas consideraciones queden eliminadas las continuas contradicciones del escritor, sobre
todo en materia política.
Sin duda Quevedo deseaba unificar su doctrina y tal vez por ello trató en la Política de Dios
de escapar al vértigo de su propio pensamiento acogiéndose a la certeza infalible del Evangelio,
buscando en la Verdad encarnada un hilo de Ariadna en el mentiroso laberinto de los negocios
de este mundo, y regulando por ella sola los actos de un monarca ideal. Pero este gesto, tan
ambiguo como todos los suyos, procede a la vez de un fervor candoroso y de cálculos tácticos:
deseo de distinguirse de la masa de los escritores políticos, dejando a Aristóteles, Juvenal y
Tácito por los Evangelistas, de lavarse de la fama de maldiciente y satírico, apareciendo como
el más rigurosamente piadoso de los escritores sobre asuntos mundanos. A fin de cuentas, no
pudo hacer otra cosa que aplicar al texto sagrado una exégesis ingeniosa que encerraba su
reflexión en los mismos círculos y la abocaba a las mismas o parecidas contradicciones.
Parece contradictorio que el Discurso de todos los diablos escenifique una serie de debates
políticos muy generales y concluya con una diatriba contra la prosperidad y la paz, valores que
ninguna doctrina seria del buen gobierno puede despreciar. Parece contradictorio que La Hora
de todos se presente como la refutación de todo programa de reforma del mundo, e insinúe sin
embargo un programa fiscal o diplomático opuesto al seguido por Olivares.
Estos actos de discurso, que creo difíciles de conciliar en cuanto implican aserciones teóricas,
tal vez sean coherentes como directivas propagandísticas. El Discurso de todos los diablos está
escrito en un momento en que Quevedo forma parte del equipo de Olivares; en tales
circunstancias, vituperar la paz y la prosperidad, encomendando su defensa al mismo diablo,
puede ser una fisga destinada a quienes miraban
[p. 166]
con pesimismo la política belicosa del
ministro en Italia y los Países Bajos, buscaban la paz con Holanda a cualquier precio, incluyendo
la pérdida de la reputación, o a quienes achacaban la pobreza de los españoles a la creciente
presión fiscal.
La personalidad de Olivares y la imagen que cultiva de político celoso y providente, que busca
(aunque con poco éxito) desembarazarse de la urgencia de los conflictos diarios para atender a
reformas de largo alcance32, para transformar en profundidad las costumbres y las instituciones,
explica que en La Hora de todos la idea misma de reforma general, de intervención ubicua en
todos los escenarios sociales y diplomáticos, pudiera referirse específicamente a su persona. En
estas condiciones, crear un Júpiter prepotente y fatuo, ridículamente tonante y vanamente
convencido de poder arreglar el mundo, podía ser un medio indirecto de burlarse del ministro,
y del estilo megalómano y despótico que le achacaban sus adversarios. El último cuadro, que
presenta una asamblea mundial de «pueblos y súbditos de príncipes y repúblicas» donde se juntan
a «tratar sus conveniencias» todos los «opresos en el temor de la soberanía», redondea la lección
de la obra: si es inútil tratar de arreglar el mundo por decreto, desde las alturas en las que un
Júpiter estadista gobierna y planifica, no lo es menos reformarlo reuniendo en asamblea a los que
están abajo, e intentando que decisiones justas se desprendan de un debate democrático. La
ficción funciona como experiencia mental destinada a demostrar palpablemente el carácter falaz
de las ideologías políticas. Ciertamente, la demostración no tiene nada de riguroso; y además está
envuelta en la nebulosa ambigüedad del chiste y de la burla, pero no puede negársele enorme
fuerza sugestiva.
La Hora de todos tal vez sea uno de los escritos más consistentes de Quevedo; pero su
coherencia es puramente negativa, y la única tesis firme, en el ámbito de las generalidades
doctrinales, es que «nada se sabe» de cómo debería estar organizada la sociedad, nada se puede
hacer para enmendarla. La obra debe tal vez parte de su brillo a la adecuación entre el género de
la sátira menipea y la crítica escéptica de toda alianza entre filosofía y poder, que hallamos en
su núcleo doctrinal. Ello no impide que tome posición sobre puntos concretos, sosteniendo que
es más acertado tratar de reconciliarse con el Papa que cortejar al duque de Saboya; que es
preferible que el rey en persona salga a la cabeza de sus ejércitos; que el monarca debe arrojar
de sí a todos los autores de arbitrios fiscales; que es contraproducente dar
[p. 167]
apoyo financiero
a la oposición francesa a Richelieu.33 Es posible buscar una estrategia óptima una vez entablado
un juego, en este caso el combate de la monarquía hispánica por defender su hegemonía europea,
pero vano pretender reformar a los jugadores, justificar sus actos en nombre de unos ideales de
gobierno, o establecer nuevas reglas. La estrategia puede ser una práctica racional, no así la
política entendida como búsqueda del bien y la justicia para «todos». El escepticismo doctrinal
libera el terreno para una acción eficaz. Quevedo sólo podía adoptar esta postura, que se exponía
a la acusación de maquiavelismo, de modo indirecto, en el registro de la ficción y en la
modalidad ambigua de lo burlesco. A ello no se opone el que muchos de los cuadros, y
especialmente la famosa junta de judíos y Monopantos, contengan violentos alegatos contra el
maquiavelismo. Denunciar el maquiavelismo de los adversarios (Olivares y su equipo, en
presunta connivencia con financieros judíos y marranos) era en el siglo XVII pieza clave de
cualquier propaganda política y se podía perfectamente hacer aunque uno estuviese secretamente
convencido de que la política funciona siempre de modo maquiavélico. Aunque no pudiera
justificar la defensa de la monarquía austríaca en nombre de una moral política racional, es
probable que ésta tuviese a ojos de Quevedo una justificación trascendente, de tipo fideísta, a
condición de que, desprendiéndose de gobernantes impíos y manchados de judaísmo como
Olivares, salvaguardara su alianza incondicional con la pureza de la fe católica.
Cuando se lee el Discurso de todos los diablos a la luz de La Hora de todos parece aflorar en
la obra más temprana un complejo de pensamientos semejante. Ya hemos recordado su esquema
argumental: Lucifer «viendo el alboroto forastero de su imperio, y advertido destos peligros [...]
empezó la visita de todas sus mazmorras para reconocer prisiones, presos y ministros». En este
enunciado del programa narrativo del libro se hace patente que Lucifer es la caricatura de un
estadista, puesto que la «visita» es un acto de control administrativo de los funcionarios por el
Estado. Lo confirman varios detalles descriptivos como el acompañamiento de «tudescos y
alemanes» que recuerda la guarda alemana de los Habsburgo, o el hecho de que «Lucifer daba
gritos y andaba por todas partes pidiendo minutas y juntando cartapeles», alusión burlesca al
aparato burocrático, al creciente papeleo que caracteriza el Estado moderno. En cuanto al soplón,
la dueña y el entremetido, causantes y delatores del alboroto, parecen ser la transposición jocosa
de esos cortesanos sembradores de cizaña, chismosos e intrigantes, que, envenenando con sus
calumnias y lisonjas los oídos
[p. 168]
y el entendimiento del monarca, le impiden irradiar su
carisma como representante de Dios y figura de Cristo. En la Política de Dios, el rey no tiene
tarea más urgente y más difícil que deshacerse de estas alimañas. En el Discurso de todos los
diablos, veremos a Lucifer cumplir con esa obligación del monarca; pero el que su campo de
aplicación se haya desplazado al Infierno hace dudar de la seriedad del precepto. De la semejanza
entre el buen celo de Lucifer que va por sí mismo, a enterarse de lo que pasa en sus reinos, y
examina y castiga a entremetidos, dueñas y soplones, y la benemérita actividad de un rey que
comprueba en persona los informes de sus consejeros, se desprende una peligrosa impertinencia,
que con mucha buena voluntad puede disculparse como anodina bufonada.
Muchas escenas del libro giran en torno a dos polos: una irrisión de la institución familiar, que
juzga obscenos o feroces los vínculos entre hombres y mujeres, niños y madres, padres e hijos,34
y una crítica de los gobiernos y las leyes, tachados de criminales e incapaces, sin discriminación
clara entre la república y la monarquía, entre monarcas y validos, entre el poder de la fuerza
militar y el poder de las formas jurídicas. Las posturas adoptadas recuerdan el repudio cínico de
las instituciones fundamentales de la vida civil.35 No parece exagerado hablar de humor negro
a propósito de estos textos. Verlos como meras variaciones sobre el antiguo tema del contemptus
mundi es ignorar una diferencia esencial. Las representaciones de la miseria humana, cuando se
utilizan con fines edificantes y apologéticos, no carecen de inflexiones quejumbrosas: la
predicación pinta la miseria con colores patéticos para incitar a buscar refugio en un mensaje
liberatorio, en una promesa de salvación. No así en Quevedo, donde la única vía de escape
practicable parece consistir en la risa; risa que podemos aligerar pensando que la maledicencia
de su locutor satírico es tan extravagante y extremosa que no resulta posible tomarla en serio. Sin
embargo, las coincidencias con obras de tono grave y la larga cita de un texto bíblico36 vedan
considerar el conjunto como puro desahogo burlesco
[p. 169].
Creo posible concluir que tanto la Hora como el Discurso acusan un neocinismo en pugna
con el neoestoicismo que profesa Quevedo en muchas de las obras cuya doctrina asume sin velos
ficcionales. Este neocinismo puede ser una prolongación del estoicismo. Consiste en una
radicalización de la vertiente crítica del estoicismo, en cuanto éste considera indiferentes los
bienes de la Naturaleza y la Fortuna, y por lo tanto rebaja los valores que vertebran la sociedad.
Un paso más y estos bienes, dejando de ser indiferentes, se convierten en males embozados, tesis
incompatible con toda filosofía política y con toda ética social. El venerado Séneca aparece en
el Discurso como un huésped más del Infierno y participa en el debate sobre los validos por
medio de una apología de sí mismo y una invectiva contra Nerón, que no lo distinguen
fundamentalmente de un maldito como Seyano. Sin embargo, por las mismas fechas en que
escribía el Discurso, Quevedo trabajaba en la Doctrina moral del conocimiento propio y
desengaño de las cosas ajenas, de inspiración correctamente estoica.
QUEVEDO Y BOCCALINI
La nueva orientación que aparece en estas ficciones satíricas tardías de Quevedo podría deber
bastante a los escritos satíricos de Trajano Boccalini. Es un hecho conocido que Quevedo fue
lector de los Ragguagli di Parnaso de Boccalini mucho antes de que se publicara su primera
traducción al castellano.37 Sabemos que figuraban en su biblioteca38 y él mismo se refiere a esta
obra en el Lince de Italia, escrito hacia 1628, en La Hora de todos, y en la «Noticia, juicio y
recomendación de la Utopía de Tomás Moro»39
[p.
170].
Es probable que leyera la primera y la segunda centuria de los Ragguagli di Parnaso poco
después de su primera salida de las prensas venecianas, en 1612 y 1613, puesto que tuvieron de
inmediato un éxito clamoroso en Italia, en donde Quevedo se estableció precisamente a finales
de 1613. No hay duda de que leyó el libro póstumo Pietra del parangone, aparecido en 1614, de
éxito aún mayor. En el Lince de Italia lo comenta largamente como libelo antiespañol,
advirtiendo a Felipe IV del peligro que revestían estas ingeniosas ficciones para la seguridad de
la monarquía en Italia. Se atribuyó a Quevedo un ragguaglio escrito en 1618 con ásperas críticas
contra Venecia, en diametral oposición a las opiniones del modelo.40 Si Quevedo no lo escribió,
como afirma en el Lince de Italia, es probable que conociera a su autor, ya que se trata de un
panfleto de circunstancias comprometido en la defensa de la política de Osuna.41 En cambio, no
hay indicios de que conociera la obra magna de Boccalini, los Comentarios a Cornelio Tácito,
tan admirados por Friedrich Meinecke, que no llegaron a publicarse hasta mucho más tarde.
Quevedo y Boccalini hicieron estudios jurídicos y en sus vidas, transcurridas en círculos
cercanos al poder, abundan los pleitos, las persecuciones y los escándalos. Pero las diferencias
entre los dos personajes son más notables que las semejanzas. Boccalini, que no es de estirpe
noble, ejerce durante casi toda su vida magistraturas y cargos administrativos en los Estados
pontificios, en pugna áspera y frecuente con sus
[p. 171]
administrados, explicable por su carácter
activo e íntegro. Es un hombre sin gran fortuna, con protectores fieles, que cree hallar en sus
últimos días un refugio acogedor en la libertad veneciana. Boccalini dirige al sistema de la
justicia, a la muchedumbre de leyes y pragmáticas, a la autoridad excesiva de la multitud de
glosadores e intérpretes, críticas no menos incisivas pero menos ásperas que Quevedo; en
conjunto, venera las letras y respeta a los letrados, ama la paz y la tolerancia, y aborrece la
brutalidad militar y la arrogancia nobiliaria. Como Maquiavelo, juzga superior el régimen
republicano,42 aunque duda de su estabilidad, y las palabras libertà y patria libera significan
mucho para él. Quevedo, que tiene la orgullosa conciencia de pertenecer a una antigua estirpe
de hidalguía solariega y militar, no ocupa cargos estables jurídicos ni políticos, pleitea largamente
contra sus propios vasallos, proclama la creencia de que los monarcas representan a Dios en la
tierra, profesa una despectiva hostilidad a los letrados y barbudos de toda laya, celebra las
virtudes militares y la profesión de las armas que no ha ejercido nunca. Pero estas personalidades
tan distintas revelan en sus escritos una actitud a la vez polémica y sinuosa, apasionada y burlona.
Estos rasgos, muy comunes entre los «intelectuales» de época barroca, no bastarían para explicar
la huella dejada por Boccalini en las sátiras de Quevedo.
Boccalini se convirtió de inmediato en el gran satírico italiano de su tiempo, y el esquema
global que había inventado, junto con sus felices hallazgos alegóricos parciales, fue imitado o
plagiado por muchos. El libro de Robert H. Williams Boccalini en España, escrito hace más de
cincuenta años, estudia las obras españolas que revelan la impronta de los Ragguagli. Este
concienzudo trabajo, por su mismo, carácter pionero y por el gran número de textos que examina,
necesitaría una revisión que lo completase, y que interpretase las coincidencias temáticas que
señala. De carácter panorámico y descriptivo, el estudio de Williams pone de manifiesto la
importancia histórica de Boccalini y el prestigio que tuvo para sus lectores españoles durante
todo el siglo XVII, y hasta en parte del XVIII. El placer y la admiración que provocaron los
Ragguagli prueban que Boccalini había dado con una solución elegante para muchos de los
problemas de estructura y de estilo que preocupaban entonces, y había encontrado unas fórmulas
gratas y eficaces para decir lo que se juzgaba importante decir
[p.
172].
Entre los émulos de Boccalini en Europa y en España, pocos lo fueron con tanta intensidad
como Quevedo, que aspiraba a la gloria de máximo satírico de su tiempo, y por lo tanto al mismo
tipo de fama que obtuvo Boccalini, y pretendía obviamente no serle inferior en ingenio. Además,
el encuentro de Quevedo con el satírico italiano se produjo cuando la obra de Boccalini tenía,
además de sus encantos intrínsecos, los atractivos de la novedad y de la actualidad; la muerte
súbita y sospechosa de su autor, ocurrida en 1613, dotaba de un aura de gloria definitiva a la
popularidad del libro. Quevedo, todavía joven, veía abrirse ante él la perspectiva de una carrera
política como hombre de confianza de Osuna, y necesitaba afianzar su fama de docto e ingenioso
en el ambiente literario del sur de Italia. Estas circunstancias hacen imaginable que Boccalini se
convirtiera para Quevedo en una fuente duradera de irritación e inspiración. Boccalini, hostil a
los españoles, manifestaba simpatía por Francia, veneración por Enrique IV, admiración por
Venecia, y celebraba al duque de Saboya como «máximo guerrero italiano». Posturas todas
odiosas a Quevedo, ardiente patriota como lo había probado en España defendida, y colaborador
de la política de Osuna, agresiva hacia Venecia y Francia. Como todo gran polemista, Quevedo
estudiaba con atención las armas y tácticas del adversario. En una interesante serie de estudios,
Josette Riandière La Roche43 ha establecido la deuda del panfleto de Quevedo, Visita y anatomía
de la cabeza del Eminentísimo Cardenal Richelieu (hacia 1635), no sólo con los libelos
hispanófilos de la Liga y del Parti Dévot, sino con la literatura panfletaria antiespañola. Quevedo
había leído con atención la Satyre Ménippée, escrita en 1593 por burgueses parisinos partidarios
de Enrique de Navarra y favorables a una solución «política» del conflicto de confesiones. Por
razones análogas, debió de demorarse en la lectura de Boccalini y aprender de él cuanto fuera
posible.
Quevedo en ningún momento traslada exactamente los esquemas narrativos o las
construcciones alegóricas de Boccalini. Tampoco reproduce su argumentación ni sus
conclusiones. Lo interesante a mi juicio es que no necesita seguirlo paso a paso, no sólo porque
le sobran ideas e imaginación, no sólo porque, en este caso como en los demás, prefiere combinar
materiales de procedencia diversa, reelaborados
[p. 173]
por él, sino porque ha asimilado en
profundidad lo que podía interesarle de la escritura de Boccalini, porque su relación con él no se
agota en préstamos ocasionales y literales. Trataré de indicar que el Discurso y la Hora son, entre
otras cosas, una respuesta diferida y meditada a la lectura de los Ragguagli.
Entre las razones que podrían explicar el interés de Quevedo por esta obra, señalemos que
pertenece al mismo género que los Sueños, escritos antes de conocer la obra del italiano.
Boccalini inventa un tipo original de sátira menipea, que combina la parodia de un género serio
no ficcional, la gaceta o aviso, con una ficción alegórica de carácter cómico. Esta invención
entronca con una larga tradición italiana.44 Como escribe Luigi Firpo,
en
los Ragguagli, el motivo central, que no pasa de
ser mero esquema, es el del Parnaso, es decir el de un mundo
fuera de la historia, gobernado por un Apolo humanizado
y sonriente, en el que reviven y actúan personajes
insignes de todas las épocas, ora haciendo renacer
ideas y pasiones de su propio tiempo, ora personificando
en animadas alegorías, principios, valores, ideales
del autor. Este se mantiene en un rinconcillo, en hábito
de menante o gacetista, que relata fielmente lo que ocurre
sin tomar parte en ello, pero en realidad, bajo el ropaje
de Apolo es también Boccalini quien se entroniza,
omnisciente y omnipotente, y desenmascara las hipocresías,
fustiga las costumbres, recompensa, castiga, sentencia,
por fin liberado de los vínculos de los respetos
mundanos.45
No estamos ante un universo utópico, aunque Quevedo pretenda, no sabemos por qué, que
Boccalini debe a la Utopía de Thomas More sus «raguallos más repúblicos»: los ciudadanos del
Parnaso, designados como los «literatos» o los «virtuosos», no forman una sociedad ejemplar ni
los distinguen las virtudes morales; en cambio, sí son hombres dotados de virtù, en una acepción
paganomaquiavélica, ilustres por sus escritos o acciones, y, por ello, identificables con los
«héroes» y los «discretos» de Gracián. Viven mezclados con personajes alegóricos como las
Musas, las Monarquías y las Repúblicas, que dan figura y voz a los objetos de los que han de
ocuparse las letras y el gobierno.
La república parnasiana, con sus tribunales, sus tiendas, sus edificios, sus leyes, sus
provincias, está poblada por la elite del mundo histórico, una vez borradas las fronteras del
tiempo y de la muerte; en ella pueden coincidir y entrar en contienda Aristóteles y Torcuato
Tasso, Tácito y Justo Lipsio, Julio César y Andrea Doria, el Gran duque de Alba y Enrique IV,
Carlos Enmanuel de Saboya y Tiberio,
[p. 174]
Dante y Ronsard, los inmortales que pueblan el
pensamiento y los libros de un literato europeo del Seiscientos. Los acontecimientos del pasado
lejano, del pasado cercano, del inmediato presente, sucesos reales, como el noviazgo de las
princesas saboyanas con los príncipes de Mantua y Módena,46 o sucesos imaginarios con
transparente significado alegórico, como la captura de una nave de arcigogolanti (inventores de
arbitrios fiscales, de nuevos impuestos)47 son materia de ragguagli, de «avisos» según la
traducción castellana, y en todos interviene Apolo con sentencias y decretos. Este esquema
ficcional permite ir montando una obra abierta que prefigura un periodismo intelectual, una
tribuna crítica, cuya localización alegórica en el Parnaso indica que el discurso excluye de sus
destinatarios a quienes no pertenezcan a la elite pensante.
El esquema permite movilizar diversos recursos para estimular el interés del lector; poco a
poco, éste va familiarizándose con los personajes del Parnaso, va siguiendo las vicisitudes de
«virtuosos» que aparecen en varios avisos, como Tácito, Justo Lipsio, Torcuato Tasso, no como
seres distantes y monumentales, sino como conciudadanos a quienes pasan cosas, con frecuencia
pequeños infortunios y contrariedades. Este efecto de familiaridad insólita con los grandes
hombres se combina agradablemente con los de la variedad y la sorpresa; nunca se sabe, al
comenzar un ragguaglio, de qué va a tratar en realidad, a qué aspecto del mundo va a aludir, si
se va hablar del mundillo de las academias y de la erudición italiana, del gran mundo de las
relaciones entre potencias europeas, de las modas intelectuales europeas, el neoestoicismo, o la
Poética de Aristóteles, o de los grandes o pequeños valores de la poesía italiana. Estos asuntos
del día alternan con cuestiones doctrinales, que forman el núcleo intelectual y emocional del
libro, y que suelen abordarse a través de fábulas (la condena por Apolo de las hormigas y las
tortugas) o de apólogos (la reforma del mundo es confiada por Apolo a un areópago formado por
los siete sabios de Grecia). Las ficciones morales giran en torno a unas pocas ideas
profundamente sentidas: la condición humillante del literato en su papel de cortesano, en un
mundo dominado por el dinero y el linaje, las relaciones irracionales de fuerza y opresión que
en vano pretenden disimularse bajo las razones de los discursos políticos. El Parnaso es, pues,
el nombre de un [p.
175]
espacio de libertad para los hombres de ingenio y de doctrina, desde donde
les es dado mirar y juzgar, con tal de que sepan que la actitud razonable consiste en inclinarse
irónicamente ante el privilegio de la fuerza, y resignarse a la enfermedad incurable del siglo.
En el Parnaso, todo es al mismo tiempo verosímil y fabuloso, actual e intemporal, real y
ficticio, todo está cifrado y resulta fácilmente descifrable. Para Dante, si su infierno no es el
mismo Infierno, por lo menos es un infierno posible y tal como él desearía que fuera; desde
luego, el Olimpo del incrédulo Luciano no es un espacio real, pero sí es una caricatura del
Olimpo de Homero y, como tal, tiene cierta consistencia objetiva; no así en el Parnaso de
Boccalini, donde siempre resulta inequívoco el carácter artificial, arbitrario e ingenioso de los
símbolos. A veces, los Ragguagli están construidos sobre un concepto por correspondencia,
desvelado al final como en un chiste enigmático. Gracián, gran admirador de Boccalini,
clasificaría este tipo de agudeza como «ponderación misteriosa»: así, en un aviso de la Pietra del
parangone, los franceses desean con fiebre obtener el secreto de la técnica usada por los
españoles para perfumar los guantes y lo solicitan de Apolo, quien responde que la naturaleza
siempre ponía los remedios al lado de los males y que había otorgado el don de perfumar los
guantes a la nación a quien en grado sumo hedían las manos. El enlace que se opera aquí entre
una proposición literalmente exacta —los españoles fabrican pieles perfumadas que se exportan
a Francia—, y una proposición con sentido figurado —a los españoles les huelen mal las manos—,
necesita la mediación de un presupuesto tácito que, por ello mismo, impone su verdad como
indiscutible: los españoles tienen las manos manchadas de crímenes o infamias. La comicidad
de estos avisos es de tipo epigramático: una historia que puede ser larga y complicada concluye
con un quiebro inesperado, y se desploma como un decorado de cartón. Así sucede con el
humorístico desenlace del vasto debate sobre la reforma del mundo: después de haber debatido
las propuestas más ambiciosas y drásticas, los sabios deciden limitar la reforma, proclamada con
pomposo aparato de solemnes ceremonias, a poner un justo precio a las coles y las sardinas.48
Como observa Firpo, identificar al autor con Apolo es más satisfactorio que identificarlo con
el narrador en figura de menante, redactor de avisos o gacetas. Este menante se reduce a un
artificio que permite revestir de una actualidad periodística, del encanto de lo contemporáneo,
a un mundo paradójico que está «fuera de la historia», y desde donde se contempla el presente
histórico. Boccalini consagra al asesinato de Enrique IV un Ragguaglio probablemente escrito
en los días en [p.
176]
que corrió la sensacional noticia, pero lo que el gacetista cuenta no es el
asesinato mismo, sino el dolor y la indignación del Parnaso, y la decisión de Apolo de enviar una
expedición en socorro de Francia. El artificio «parnasiano» permite escribir un editorial avant
la lettre, que enuncia un juicio sobre las perspectivas de Francia después del regicidio, asumido
por Boccalini bajo la transparente máscara de Apolo. Pero lo mismo puede aparecer en los
Ragguagli una noticia imaginaria sobre Tácito, a quien Apolo ha confiado el principado de Lesbo,
y que desempeña su cometido del modo más insensato.49 Es fácil colegir la moraleja de este
apólogo: no basta ser un experto teórico en asuntos de Estado, como lo es por excelencia Tácito
en opinión del Barroco europeo, para desempeñar adecuadamente tareas políticas. La ficción es
aquí de tipo ensayístico más que meramente periodístico, si se me permite utilizar categorías
modernas que no creo inadecuadas, puesto que el anacronismo terminológico no me parece en
este caso anacronismo conceptual.
La lección de los Ragguagli
El Discurso y la Hora como los cinco Sueños construyen un universo de fantasía, cuya
representación total es la suma de una serie de vistas fragmentarias. El problema técnico reside
en hallar un esquema narrativo que permita eslabonarlas, motivando el recorrido de las
representaciones parciales. Hemos visto que las dos últimas ficciones, no incluidas en el «ciclo»
de los cinco Sueños, sustituían el argumento de la visión y la figura pasiva del narradorvisionario
por un argumento dinámico. En vez de una serie de descripciones, leemos el relato de una
intervención múltiple efectuada por un agente único. Se trata de un soberano con plenos poderes,
que «visita», se informa, y luego decide, decreta. La elección de ese esquema no es ajena al
modelo de Boccalini, porque la unidad de la serie heterogénea de los Ragguagli reposa sobre la
intervención de Apolo, en su papel de soberano del Parnaso.
Un indicio de esta filiación es la forma concreta que adopta la intervención del soberano; en
el Discurso, la visita de sus «mazmorras» por Lucifer constituye el argumento; ahora bien, uno
de los Ragguagli más interesantes de la primera centuria se titula «Visita delle carceri fatta da
Apollo, nella quale spedisce le cause di molti letterati inquisiti di vari delitti o carcerati per
debiti».50 Parece probable que Quevedo se interesara por este aviso puesto que uno de los
encarcelados es un
[p. 177]
arcigogolante, es decir, un arbitrista, personaje que forma parte del
repertorio quevediano ya desde la redacción del Buscón, y que recibe un tratamiento grandioso
en un cuadro de La Hora de todos.51 El motivo de la visita de las cárceles, que en este
Ragguaglio
sirve para enlazar varios temas satíricos, se transforma en argumento general del Discurso, y
vuelve a elaborarse en el cuadro XIII de La Hora de todos, que comienza «Un gran señor fue a
visitar la cárcel de su corte». Observemos, sin embargo, una importante diferencia de estructura;
como el Parnaso, el infierno del Discurso es un mundo míticoalegórico, «fuera de la historia»,
y por eso pueden dialogar en él personajes de varias épocas, como Séneca y Belisario, Aristóteles
y Juliano el Apóstata; en cambio no es posible incluir en él a personajes vivos y difícilmente, por
razones de prudencia, a personajes recientemente fallecidos. No tenemos por lo tanto en él esa
sabrosa mezcla de la actualidad y el mundo clásico que permite el Parnaso. La solución de la
Hora es mucho más radical y original, puesto que su diseño implica que todos los personajes son
rigurosamente contemporáneos y actuales.
La fórmula de engarce narrativo aplicada en el Discurso y la Hora, afín a la utilizada en
Boccalini, presenta ventajas con respecto a las de la visión y el viaje al otro mundo que
prevalecían en los Sueños. La intervención múltiple de un agente único en una serie de
situaciones permite desarrollar dramáticamente y variar libremente su representación. Las
situaciones dejan de ser arquetípicas e intemporales y pueden coincidir con momentos críticos
que corresponden a unas circunstancias históricas concretas.52 Por lo tanto, estos esquemas
narrativos favorecen la inyección masiva de materia de actualidad. La presencia en dosis
equilibradas de sátira de costumbres y sátira política, y
[p. 178]
la sutil interacción de ambas
constituyen uno de los probables secretos del éxito de los Ragguagli. Ausentes de los cuatro
primeros Sueños, estos rasgos aparecen en las sátiras quevedianas posteriores a la lectura de
Boccalini, de modo incipiente en el Sueño de la Muerte, de manera sistemática en el Discurso
y con mayor eficacia en la Hora. Los avisos son de longitud desigual y los más extensos y más
dialogados corresponden por lo general a la materia política; lo mismo sucede con los episodios
o cuadros en las dos obras quevedianas. Boccalini suele desdeñar tipos, estados, oficios, y
prefiere hablar de individuos históricos o de naciones, aunque sea como pretexto para tratar de
generalidades. Quevedo hará lo mismo a partir del Discurso de todos los diablos, de modo menos
exclusivo.
Observemos que la invención de un monarca omnipresente y omnisciente vuelve significativa
la sátira en su conjunto, y ya no sólo en sus pormenores. Como toda sátira menipea, las de
Quevedo y Boccalini despliegan el mapa total de un mundo fantástico que se proclama como la
verdad del nuestro,53 pero este mapa se fracciona en caricaturas, en viñetas y en chistes, en
miniaturas. Al situar estos detalles contra un fondo común, Boccalini dota su sátira de una
perspectiva unificada y una idea central. A través de Apolo, el locutor satírico puede ejercer un
papel crítico, no en calidad de individuo, sino como órgano presuntamente fiel de la república
literaria. Sus juicios se revisten de la autoridad de esta república, como si emanaran de la ideal
asamblea de cuantos poseen los recursos del saber y la elocuencia. Las intervenciones del
monarca en quien se encarna su soberanía se reducen sin embargo a fábula o chiste: cuando, a
raíz del asesinato de Enrique IV, Apolo decide enviar a Francia el socorro del conmovido
Parnaso, lo que hace es mandar «sesenta mil asnos de Arcadia». Según él, Francia no necesita
en ese momento los hermosos caballos de la nobleza en armas, sino la unión de los franceses.
Para conseguir la unión, éstos deben recordar las recientes calamidades de la guerra civil. Ahora
bien, los asnos, que nunca pasan de nuevo por un camino en el que estuvieron a punto de
romperse la crisma, resultan en este aspecto altamente ejemplares54
[p. 179].
Es como si en manos del literato, del intelectual, no hubiera otro medio eficaz de intervención
que la breve sutileza del apólogo, la traducción sentenciosa o metafórica del sentido común. En
cambio, el libro invita a descreer de los ambiciosos sistemas filosóficos, de las vastas doctrinas
del buen gobierno, de todo cuanto suponga la ambición, por parte del hombre de letras, de guiar
los pasos del soberano, de definir abstractamente sus fines y sus medios, de volver a fundar el
mundo basándolo en principios éticos. El examen crítico de las sociedades y los Estados se
asocia a una autocrítica irónica del intelectual, en nombre de la supremacía de los hechos y los
actos sobre las ideas y las palabras, como sucede en el modelo originario de la sátira menipea,
en el mismo Luciano. Ni los filósofos que se refugian en las opacidades de su latín escolástico
para disimular que hablan de los nombres y no de las cosas,55 ni Aristóteles definiendo a los
tiranos como «príncipes que atienden más a la propia utilidad que a la de los súbditos»,56 ni
Tácito como suma autoridad en doctrina política, 57ni los siete sabios de Grecia proponiéndose
la reforma del mundo,58 ni Botero definiendo la razón de Estado59 consiguen, por diversos
motivos, otra cosa que ponerse en ridículo, mostrándose serviles y zalameros o inútilmente
rebeldes. Sólo los historiadores tienen acceso a la verdad, y además la obligación de decirla;60
hay, pues, una verdad histórica a posteriori, pero no una verdad filosófica, si la filosofía pretende
hablar de las cosas y no de los nombres. Tanto como las doctrinas políticas frente al ejercicio
concreto del poder, se rebajan las doctrinas poéticas de Aristóteles o de Castelvetro frente a la
práctica de un gran poeta como Torcuato Tasso.61 Los «literatos» son libres de pensar cuanto les
apetezca, con tal de que no [p.
180] pretendan dictar normas generales al arte práctico del político
o incluso al ejercicio inspirado de la poesía.
En el Discurso de todos los diablos, el programa de «enmendar el
Infierno» es de antemano
absurdo; en la Hora, la vanidad de querer corregir la Fortuna se prueba por los resultados de la
reforma. La postura que hemos calificado de neocínica y escéptica en materia de generalidades
políticas que se desprende de estos textos no es muy diferente de la de los Ragguagli. Frente a
vastos problemas representados con un mínimo de simplificación caricaturesca, Apolo proponía
como solución que los franceses aprendieran de los asnos. En plena sesión del Senado de la
serenísima, prudentísima República veneciana, la Hora propone, por boca de uno de los
senadores, que Venecia reconozca haber aprendido su razón de Estado de Poncio Pilatos.62 Son
ideas completamente diversas pero que coinciden por su cariz epigramático; con ambas se cierra,
de manera sorprendente, un cuadro político; sus agudas metáforas no exigen para ser
comprendidas conceptos intrincados ni arduas doctrinas; no aspiran a convencer racionalmente
pero sí a hacer mella al modo de un eslogan. La seducción del sofisma y de la fábula aparece en
ambos escritores como la verdadera arma eficaz en manos del hombre de letras que intenta
intervenir en el mundo.
Príncipes contra filósofos
Ciertos pasajes concretos muestran que no se trata de semejanzas casuales. En la primera parte
de Política de Dios, publicada en 1626 y escrita años antes, leemos lo siguiente:
Toda
su vida y su persona fatigó [Jesucristo] por el bien
de los otros; punto en que todos han tropezado, y que conforme
a la definición de Aristóteles, sólo
es rey el que lo hace; y, según Bocalino, nadie lo
hizo de todos los reyes que ha habido.63
Indudablemente, Quevedo hace alusión aquí al Ragguaglio I, 76: «Aristotile, da molti prencipi
essendo assediato nella sua villa, da essi è violentato a rivocar la sua diffinizione che egli ha data
al tiranno». En el breve relato, los príncipes, después de haber maltratado de obra y palabra a
Aristóteles, presentan querella contra él porque en su Política había dado una definición tan
maligna del tirano que ésta incluía a todos los príncipes respetables (ogni prencipe dabbene):
... y
con gran escándalo dijeron que si, como Aristóteles
había osado decir, se debía llamar tiranos
a los príncipes que atendían más a
su utilidad que a la de
[p. 181]
sus súbditos, no sabían ver qué potentado
podía encontrarse, por antiguo, por hereditario y
por excelente que fuese, que no fuera salpicado por el agua
de una definición tan universal;64
como si el fin de todo pastor fuera, no la ganancia de ordeñar
y tundir a sus ovejas, sino el enamorarse de ellas, hasta
no cuidarse de morirse de hambre por engordarlas. Y que
Aristóteles se mostraba demasiado zafio ignorantón,
si no sabía que el fin de todas las mercancías
era la ganancia y todo el mundo una tienda grande y pública.
Y en esta ocasión añadieron los príncipes
que la petulancia de los literatos, en muchos puntos de
suma importancia, había traspasado tanto los límites
de la honestidad, que, cegados por una soberbia presunción,
no habían vacilado en poner la boca hasta en los
intereses mayores de los príncipes, y en publicar
incluso las reglas de la razón de Estado [...]. [Aristóteles]
se retractó enseguida y dijo que los tiranos fueron
ciertos hombres de tiempos remotos, de los cuales hoy en
día la raza había desaparecido completamente
[...]. Aristóteles, medio muerto de miedo, volvió
al Parnaso, dando fe a todos los virtuosos, que los preceptos
de su filosofía de poco le habían servido
contra el miedo a la muerte, y dijo públicamente
que los literatos atendiesen a sus estudios y dejaran estar
la razón de Estado, de la que no era posible tratar
sin correr evidente peligro de entrar a ojos de los príncipes
en el número de los criminales.65
La postura adoptada en este aviso no es ocasional, y otros muchos presentan variaciones de
la misma tesis, como los dedicados a Maquiavelo (I, 89) y a Tácito (I, 29, II, 71), aunque con
matices interesantes: mientras el filósofo Aristóteles es simplemente ridiculizado (con ese desdén
del tecnicismo lógico y de la abstracción metafísica común en los moralistas barrocos), el realista
Maquiavelo es condenado —no sin ambigüedad— como peligroso revolucionario. Al historiador
Tácito, fabricante de «anteojos políticos», se le juzga incapaz de guiar la acción de los
gobernantes, pero en cambio muy capaz de corregir peligrosamente la miopía de los gobernados,
a menos que se limite sabiamente su lectura a unos pocos secretarios y consejeros.
De todo ello hay huellas en las sátiras tardías de Quevedo, que no voy a seguir en detalle. Me
limitaré a observar que el Ragguaglio acerca de Aristóteles, aludido por Quevedo en Política de
Dios, es el origen del episodio político más desarrollado del Discurso de todos los diablos.
Lucifer y su séquito se topan con una «tabaola», una «batalla desigual» donde unos «herían con
puñales desnudos»; los otros, «viejos y caídos», se adargaban «con libros y cuadernos». Por el
lado de los puñales están Nino y Yugurta, Pirro y Darío, «y siendo infinitos, todos eran
majestades y altezas». En el campo de los «viejos y caídos» hombres de letras aparecen Solón,
los Siete Sabios, Anaxarco, Sócrates, Aristóteles («el que detrás de todos saca la cabeza con
temor»), Platón, y otros muchos que «han escrito políticas y advertimientos, diciendo en
[p. 182]
libros cómo han de gobernar». La reyerta entre «muchos príncipes» y Aristóteles se ha convertido
(siguiendo la sugestión final del mismo Boccalini) en descomunal batalla entre la muchedumbre
de los filósofos e infinitos «príncipes», operación que eleva la anécdota a dimensiones de
pesadilla. Juliano el Apóstata toma la palabra en nombre de las «majestades y altezas», en un
largo discurso del que cito algún fragmento:
¿Puede todo el infierno dar mayor
cuartana al poder, ni más asquerosa mortificación
a la grandeza del mundo, que rascándose uno de estos
bribones, con una cara emboscada en la barba y unos ojos
reculados hacia el cogote, con habla mal mantenida, diga:
«quien mira por sí es tirano, quien mira por los
otros es rey»? Pues, ladrón, si el rey mira por los
otros y no por sí, ¿quién ha de mirar por
él? [... ] Perros, decid la verdad y escribid de
día y de noche; no escribáis lo que había
de ser, que esa es doctrina del deseo; no lo que debía
ser, que esa es lición de la prudencia; sino lo que
puede ser. ¿Y es posible, respondedme, podrá uno
ser monarca y tenerlo todo sin quitárselo a muchos?
¿Podrá ser superior y soberano y subordinarse a consejo?
[...] ¿Sería buena doctrina si uno dijese que el
buen carnicero engorda las ovejas, y que el desollador le
pone pellejo, y que el buen barbero cuando sangra cierra
las venas?66
Estas líneas, si las sumamos a la cita de Boccalini en Política de Dios, determinan fuera de
toda duda la filiación de este episodio. Por supuesto, la identidad de diseño acusa las diferencias
de ejecución. La simbolización concreta del conflicto entre príncipes y filósofos (puñales contra
libros y cuadernos), el chaparrón de soeces injurias que el tirano arroja contra los literatos,
perros, soplones, bellaconazos, ladrones, bribones, mendigos, vagamundos, desvergonzados, y
el tono imprecatorio despojan a los personajes de la dignidad exterior que Boccalini preserva.
A la irónica ambigüedad boccaliniana, que da la razón a los príncipes sin justificarlos por
máximas más elevadas que «il mondo tutto è una pubblica e gran bottega», se opone el
pensamiento escindido de Quevedo. Si se desprende alguna tesis de su texto, es la de que los
monarcas, por el hecho de serlo, no pueden ser otra cosa que tiranos; y la de que los filósofos
(asimilados a los pícaros, y por lo tanto confundidos en masa con los asociales cínicos) incurren
en ignorante insolencia cuando imponen a los reyes deberes irrealizables.
Sin embargo, quedan en este episodio del Discurso de todos los diablos numerosas huellas
de un pensamiento contrario. La opinión que Boccalini atribuía a muchos príncipes anónimos (y
que en Política de Dios el mismo Quevedo transfiere sin más precauciones a Boccalini mismo)
es en su texto descalificada por ponerse en boca de un tirano por antonomasia, un famoso impío.
Con ello se insinúa que la identidad
[p. 183] entre tiranos y monarcas es un sofisma tiránico que
debe rechazarse, aunque en ningún momento sea refutado. Un pensamiento algo distinto, a su
vez contradictorio con el propósito declarado del libro, es expuesto en el pasaje citado de Política
de Dios: sólo Jesucristo se conformó con el desinterés que Aristóteles exigía del monarca; él
sólo, por lo tanto, es el verdadero rey, y el modelo que se debe proponer a los reyes. Pero si
Cristo fue el único verdadero rey, lo que implica que los demás monarcas fueron tiranos, ¿tiene
sentido pedir al rey que no sea un tirano? Sólo a condición de no tomar al pie de la letra la
premisa, punto sobre el cual Quevedo no se pronuncia de modo claro. De hecho, atribuye a
Boccalini la creencia de que ningún príncipe imitó el desinterés de Jesucristo sin aceptarla ni
desecharla explícitamente. Que el tirano merezca la muerte (aunque no esté justificada su
ejecución por los vasallos) y el monarca deba aceptar morir en la cruz por amor a los suyos, ¿no
es acaso una teoría exorbitante y capaz de desmoralizar a cualquier rey, «por muy antiguo,
hereditario y excelente» que se le suponga? Estos excesos e inconsistencias de la Política de Dios
fueron observados por los autores de libelos en su contra.67 El discurso escéptico de las sátiras
menipeas últimas, a pesar de las tensiones y oscuridades que lo envuelven, tiene mayor
templanza y coherencia que la Política de Dios, donde Quevedo se jacta de su fervor de cristiano,
sus títulos de teólogo y su cultura de exégeta, argumentos todos que aseguran de la sinceridad
y la transparencia de sus aserciones. Una estructura más flexible que en los primeros Sueños
funciona en el Discurso y sobre todo en la Hora como vehículo de un pensamiento crítico no
muy apartado de los Ragguagli.
No pretendemos con ello que la postura del locutor satírico sea idéntica en Quevedo y en
Boccalini; el soberano imaginario (Lucifer, Júpiter, la Hora) que impone en el mundo un
espejismo de orden no es identificable con un representante del Parnaso, de la república literaria,
que pretendiera ilusoriamente acomodar los hechos a la teoría. La sátira de Quevedo no emana
del mundo de los literatos, de los discretos, ni tampoco se revuelve contra ellos. La maliciosa
burla de los «poetas de los discretos» en el Discurso (que tiene algún lejano paralelo en los
Ragguagli, por ejemplo en II, 18) puede interpretarse como autocrítica jocosa del Quevedo autor
de entremeses, de sonetos o romances amorosos, pero no del Quevedo autor de tratados o
memoriales. Sentimientos ambivalentes sobre las letras se desprenden de muchas
[p. 184] páginas
suyas, por ejemplo del cuadro de La Hora de todos en que se discute ante el Gran Turco la
oportunidad de implantar en su imperio el cultivo de las letras y del derecho romano, de la
ciencia jurídica68. No está claro que Quevedo se experimente como ciudadano de un «Parnaso»,
de una «república literaria», objeto imaginario que simboliza la aspiración de los literatos a
regirse por leyes propias, a formar un Estado autónomo en el que serían solidarios e iguales
cuantos pueden leer un libro y sostener una pluma, hasta que no se diferencien por lo que
escriben y por cómo lo escriben. Es posible que Quevedo prefiriera a su prestigio literario su
notoria y antigua hidalguía, sus títulos de servidor del rey y descendiente de otros servidores, de
íntimo amigo del duque de Osuna o del duque de Medinaceli, de caballero de Santiago y de
«teólogo complutense». Por ello, cuando ridiculiza a poetas o a filósofos, puede hacerlo con la
frialdad de quien sólo parcialmente forma parte de esa calaña.
Otra diferencia, relacionada con la primera, reside en el carácter mucho más cerrado de las
sátiras de Quevedo. Muchos literatos vieron en los Ragguagli una tribuna abierta a su propia
intervención. De ahí la forma de «aviso» adoptada por libelos y ensayos, como lo hemos visto
en el aviso contra Venecia atribuido a Quevedo y en su respuesta. De ahí la ficción de una
«república literaria» adoptada por Saavedra Fajardo para establecer un mapa enciclopédico de
la cultura y formular una autocrítica escéptica de los literatos y escritores políticos como grupo.69
En cambio, nadie, que sepamos, prolongó el esquema del Infierno enmendado o añadió cuadros
a La Hora de todos. Son libros que, por el dogmatismo de sus conclusiones, y por la inaudita
ferocidad de sus ataques, parecen excluir todo debate ulterior
[p. 185].
Hermanos enemigos
La huella de Boccalini en Quevedo es oblicua y borrosa, no sólo en estos aspectos generales,
sino en los muchos detalles donde podemos entreverla. Es la relación con un hombre del partido
opuesto, al que uno no puede impedirse juzgar admirable y del que uno disiente ruidosamente,
aunque no sin disimuladas vacilaciones. Boccalini es uno de los difusores del mito de Venecia
como república ideal. Quevedo aborrece ostentosamente a Venecia. Con todo su aborrecimiento,
Quevedo deja adivinar en alguna ocasión su admiración por la Serenísima República. En el Lince
de Italia, defiende ante Felipe IV la idea de limpiar el puerto de Brindis para transformarlo en
una gran metrópolis mercantil que compita con Venecia.70 En el acento entusiasta y visionario
del proyecto se entrevé el inmenso atractivo de la riqueza veneciana,71 de su colorido oriental,
de su cosmopolitismo. En cuanto a las instituciones y los hábitos políticos de Venecia, tal vez
no haya en toda la propaganda veneciana un pasaje más impregnado de la convicción de su
grandeza y sapiencia, más pomposamente elegante en la exaltación de una orgullosa y
disciplinada soberanía, que estas líneas de La Hora de todos:
La
Serenísima República de Venecia, que por su
grande seso y prudencia, en el cuerpo de Europa hace oficio
de celebro, miembro donde reside la corte del juicio, se
juntó en la grande sala a consejo pleno. Estaba aquel
consistorio encordado de diferentes voces, graves y leves,
en viejos y en mozos, unos doctos por las noticias, otros
por las experiencias: instrumento tan bien templado y de
tan rara armonía que, al son suyo, hacen mudanzas
todos los señores del mundo. [...] El silencio desparecía
a los ojos tan grande concurso, excediendo en tal manera
[p. 186] el de un lugar desierto, que se persuadían
los ojos era auditorio de escultura, tan sin voz estaban
los achaques en los ancianos y el orgullo en los mancebos.72
Boccalini, que suele personificar a Venecia en una soberbia matrona, como Veronés o
Tintoretto en los frescos del Palazzo Ducale, no compuso, que sepamos, ninguna escena de este
tipo, representación a la vez concreta y sublimada por la hipérbole, la metáfora ingeniosa, la
antítesis y la prosodia. Los motivos que intervienen en esta página pueden proceder de numerosas
fuentes. Sin embargo, el Ragguaglio más elaborado de todos los que tratan de Venecia privilegia
temas idénticos a los que afloran aquí, la admirable disciplina de la nobleza veneciana y, sobre
todo, el increíble secreto de las deliberaciones de su Senado,73 transformado por Quevedo en ese
prodigioso silencio de un auditorio de escultura.
Leyendo desde Boccalini La Hora de todos, uno se encuentra con múltiples ecos, a veces muy
desdibujados y dudosos. Con frecuencia, no sólo la anécdota o el motivo simbólico recuerdan
algún aviso, sino que en el fondo de la cuestión debatida puede percibirse una réplica, una glosa,
una confirmación o una refutación de la opinión sostenida o insinuada en los Ragguagli. Como
he dicho, no se trata nunca de calcos sino de reelaboraciones sofisticadas, de modo que lo que
era pormenor en Boccalini puede volverse en Quevedo la base de toda una escena, o al revés, la
escena sólo se recuerda a través de un detalle. Sería fatigoso y quizá vano seguir los hilos de esta
maraña y me contentaré con un par de ejemplos.
En uno de los Ragguagli74 Boccalini convierte el «caballo de Nápoles», icono heráldico del
Seggio di Cnido y antiguo símbolo de la ciudad, en fundamento de una alegoría política alusiva
al pasado y al presente, y dirigida tanto contra los españoles como contra los napolitanos75
[p. 187].
Probablemente inspirándose en este texto, Quevedo elabora veinte o treinta años después una
alegoría aún más brillante, destinada a glorificar a Osuna, criticar a Monterrey y Olivares, y
desenmascarar la política francesa. No insistiré en ello, porque el episodio fue magistralmente
analizado por los editores de La Hora de todos76 y ha vuelto recientemente sobre el tema un
artículo de JeanPierre Étienvre.77 Observemos que de un texto a otro las cosas se han vuelto del
revés; el caballo alegórico de Nápoles, rocín martirizado y hambriento en manos de los españoles
del aviso de Boccalini, se convierte, por obra del virrey Osuna, en corcel glorioso, «primogénito
de Neptuno», que, enjaezado y cubierto de trofeos, recorre los pastos del Mediterráneo oriental;
la francofilia se ha invertido en francofobia y la hispanofobia en orgullo hispánico. Pero notemos
también la continuidad en la táctica retórica; de modo sutil y retorcido, junto a la caricatura del
enemigo (los crueles y torvos españoles para Boccalini, los furtivos franceses para Quevedo) y
dominándola, se formula una crítica del mal amigo: para Boccalini, los sediciosos napolitanos,
al fin y al cabo italianos; los virreyes españoles pacíficos y negligentes, para Quevedo. Más
agudo que su antecesor, Quevedo, no contento con apuntar a enemigos y malos amigos, se
propone, tras la vana apariencia de imaginarios enemigos, Roma y el Papado, desenmascarar a
los verdaderos, los «monsiures que se visten de manteo y sotana».
Posiblemente un recuerdo apagado y una réplica rencorosa pueda discernirse en la relación
entre un aviso titulado «Le monarchie tutte dell’universo, spaventate della soverchia potenza e
del felicissimo incremento delle repubbliche alemanne, in una generale Dieta consultano il
rimedio per assicurarsi di non essere nel tempo oppresse da esse»,78 y un cuadro de La Hora de
todos que concluye: «Los alemanes no tienen en su enfermedad remedio, porque sus dolencias
y achaques solamente se curan con la Dieta, y en tanto que estuvieran abiertas las tabernas de
Lutero y Calvino, y ellos tuvieran gaznates y sed y no se abstuvieren de los bodegones y burdeles
de Francia, no tendrán la dieta que necesitan».79 No tienen estos textos otra cosa en común que
el uso del término «dieta», con el significado que tiene en el ámbito germánico
[p. 188] de
«asamblea, reunión», la idea de que algo va mal en Alemania o por culpa de Alemania, y de que
su «remedio» reside en una Dieta. Todo ello, que puede ser mera coincidencia, acusa el contraste
entre las dos representaciones, que es también el foso entre dos épocas: una época de esplendor
para los protestantes germánicos, a la que asistió Boccalini, y una época en que Alemania yace
postrada después de sostener la guerra en su propio territorio durante casi veinte años, con
enfermedad que Quevedo cruelmente metaforiza como «mal francés». Al asombro dichoso de
Boccalini por los éxitos de las repúblicas alemanas80 que le reconfortan en sus acariciados sueños
republicanos, responde en Quevedo una maligna satisfacción por el abatimiento presente de los
alemanes, «en quienes son tantas las herejías como los hombres».
El caso de los arcigogolantiarbitristas es muy distinto, porque ambos satíricos comparten en
este caso una intensa aversión por la misma categoría de personajes. No me propongo desarrollar
aquí una comparación ya esbozada por Jean Vilar, y que necesitaría bastante espacio. En el
cuadro de La Hora de todos «Arbitristas en Dinamarca» hay ecos probables de varios
Ragguagli
donde aparece la figura del arcigogolante. Pero es posible que haya también un recuerdo
indirecto de uno de los «avisos» de la Pietra del parangone, que no trata en modo alguno de
arbitristas, sino de un incendio que prendió en el palacio de la monarquía francesa. Se descubre
que los mismos españoles que fingían acudir en auxilio de sus vecinos con agua, en realidad
vertían pez, aceite o trementina, «propria carità spagnola».81 Quevedo, con sus arbitristas que
pretenden atajar el incendio del palacio real de Dinamarca destrozando su mobiliario y sus
techos, tal vez recupere aquí la injuria sufrida por los españoles para orientarla en otra dirección
completamente neutral.
Los dos últimos cuadros de la Hora, que son los más extensos, tratan respectivamente de
«Judíos y Monopantos» y de «Pueblos y súbditos de príncipes y repúblicas». Algunos de sus
componentes, como el virulento antisemitismo, son perfectamente ajenos a Boccalini. Sin
embargo, el planteamiento general de estos cuadros recuerda ciertos Ragguagli, como el que trata
de la reforma general del mundo82 y el que cuenta
[p. 189] la dieta de las monarquías del universo
para poner freno al progreso de las repúblicas alemanas, ya citado.83 En los dos avisos y en los
dos cuadros se narra una conferencia o junta cuyos miembros representan al universo y tratan de
cuestiones que tocan a la política mundial. En todos los casos, el texto es un tejido de suasorias
y refutaciones, de aspecto brillante y sofístico, y concluye de modo sorprendente e irónico.
El aviso II, 6 contiene una lección política destinada a las repúblicas, y una disertación sobre
la restauración de las presuntamente amenazadas monarquías. Ambas tienen ecos en el programa
político presentado por el «letrado bermejo» en el cuadro XL de La Hora de todos, dominado por
la idea de una legítima defensa de los «sujetos» frente a los poderosos, de una solución negociada
y moderada al conflicto que opone los gobiernos a los súbditos. Pero la argumentación de
Boccalini tiene una trabazón sólida; el discurso del «letrado bermejo» es, en cambio, revuelto y
caótico, aunque racional en cada una de sus partes.
La conclusión irónica de los dos avisos y de los dos cuadros invita a desconfiar de la utilidad
de las juntas, asambleas y conferencias; la montaña de la reforma discutida por los sabios, en el
aviso I, 77 de Boccalini, acaba pariendo el ratón de una ridícula pragmática sobre el comercio
de verduras; en el aviso II, 6, los monarcas concluyen que deben, para frenar el progreso de las
Repúblicas, abstenerse de sostener a los holandeses frente a España. Todos convienen en ello,
pero se separan secretamente decididos a hacer lo contrario. En la Hora, la asamblea mundial de
los revolucionarios desemboca en una discordia tal que la «del campo de Agramante en su
comparación, era un convento de vírgenes vestales»;84 la conferencia de «Judíos y Monopantos»,
grupos con programas casi idénticos, se dispersa sin decisión alguna; la verdadera decisión se
tomará a espaldas de la junta oficial, en los conciliábulos en que «unos y otros» entre sí tratan de
«juntarse, como pedernal y eslabón, a combatirse y aporrearse y hacerse pedazos hasta echar
chispas contra todo el mundo, para fundar la nueva secta del dinerismo, mudando el nombre de
ateístas en dineranos o dineristas».85
En el Discurso de todos los diablos, donde Quevedo ensaya la nueva fórmula, con menos
destreza y menos fortuna que en La Hora de todos, los efectos de la lectura de los
Ragguagli
están menos integrados en el conjunto, y son por lo tanto más palpables. Lo hemos visto en el
caso del episodio de los príncipes frente a los filósofos y literatos, tercera de las tres grandes
escenas políticas que contiene el libro. Creo
[p. 190] que es verdad también del primer episodio,
el que opone a César, a Marco Bruto y a un grupo de senadores. Uno de los Ragguagli de
Boccalini86 discute la cuestión de por qué Lucio Bruto, matador de Tarquino, logró su empresa
y fue glorificado por la tradición romana, mientras Marco Bruto, asesino de César, fracasó. Sobre
ese cotejo de ambos tiranicidas gira la reflexión de Quevedo en la Vida de Marco Bruto, y la tesis
es en parte la misma.87 Según Quevedo, Marco Bruto fracasó porque era un «mal leal» y porque
César era un «buen tirano». Según Boccalini, menos profundo y lacónico pero más claro, Marco
Bruto fracasó porque César era un buen militar y un buen demagogo, lo que no era Tarquino.
En la escena del Discurso de todos los diablos, Quevedo recuerda probablemente no este
Ragguaglio, sino más bien otro en que también interviene Julio César: «Apollo per inanimire i
Senatori delle patrie libere a coltivar la libertà senza affettar la Tirannide delle Republiche,
nell’amphitheatro di Melpomene fa rappresentare un sopra modo lacrimevole spettacolo».88 El
relato, más didáctico y palabrero de lo habitual, contrapone por un lado el sangriento asesinato
de Julio César y el destino trágico de su familia; por otro lado, la gloria y felicidad de Andrea
Doria y de sus descendientes. Ambos destinos son merecidos porque Andrea Doria supo usar el
poder ganado con sus triunfos militares en beneficio de las instituciones republicanas de su
patria, respetó al Senado y fundó en Génova una «perfecta aristocracia». César, en cambio, alentó
la confusa democracia de la plebe ignorante para abatir la autoridad del Senado y establecer la
tiranía. La figura de César en el Ragguaglio es un pretexto para celebrar los méritos del régimen
ideal, la república aristocrática al modo de Venecia o Génova, y para adular a los Doria. El gran
militar es enaltecido si somete a la disciplina republicana y defiende la autoridad de leyes y
senadores; condenado, en el caso contrario. En el pasaje del Discurso de todos los diablos que
evocábamos, las figuras de César, de Bruto y de los senadores soportan de modo análogo un
debate sobre los deméritos respectivos de la república aristocrática y la tiranía; también aquí se
barajan tres cartas, el gran militar ambicioso encarnado en César, el republicano leal encarnado
en Bruto, los senadores como miembros de una aristocracia de leguleyos (tanto si son senadores
propiamente dichos
[p. 191] como consejeros de una monarquía). A la inversa de lo que ocurría en
Boccalini, no se defiende ningún gobierno ideal. Queda claro, en cambio, que son aborrecibles
el poder de los letrados y la pseudolibertad de la república aristocrática, tesis que contradicen
directamente a Boccalini:
¿Libertad es obedecer la discordia
de muchos, y servidumbre atender el dominio de uno? ¿A muchas
cudicias y ambiciones juntas llamáis padres y al
valor de uno tiranía?89
Y en boca de Bruto dirigiéndose a los senadores:
Si en las repúblicas, multiplicando
dominios, ejercéis la soberanía, la cudicia
de repetir la primer dignidad os hace negociar y no regir,
o la consideración de la suerte alternativa os amedrenta,
para disgustar al que puede tener alguno capaz del mismo
puesto por pariente y amigo.90
Invectivas contra la aristocracia republicana argumentadas de modo idéntico reaparecerán en
el cuadro final de La Hora de todos, pero esta vez en boca de un genovés y dirigidas contra la
república de Génova, lo que confirma la probable procedencia boccaliniana de esta problemática,
o de su tratamiento por Quevedo.
Política y concepto metafórico
Con este puñado de ejemplos he intentado dar una idea del parentesco y el antagonismo de
las opiniones de los dos satíricos. Ambos desacreditan los grandes sistemas políticos y sin
embargo rumian obsesivamente conceptos abstractos como libertad y tiranía, armas y leyes,
república y monarquía, plebe y nobleza, impuestos legítimos o ilegítimos. Ambos piensan que
las cosas no tienen remedio, o por lo menos no tienen un remedio global y racional, y buscan
incansablemente remedios particulares. No es tanto este escepticismo combativo y atormentado
lo que los une, como su costumbre de encarnar sus conceptos en un juego de personajes antiguos
o modernos (ya sean personas o Estados), que en parte coinciden, César, Bruto, España, Francia,
Génova, Venecia, Nerón, Séneca, Maquiavelo, el caballo de Nápoles, los arbitristas, Turquía o
Moscovia como paradigma de imperios bárbaros. Por supuesto, esta coincidencia es sólo parcial.
Para Boccalini, son capitales las referencias a Enrique IV o al duque de Alba, personajes de
segunda fila en Quevedo, que en cambio eleva a la condición de mitos al héroe Osuna y al villano
Richelieu. Estas y otras diferencias se explican
[p. 192] obviamente por las circunstancias distintas
de ambas vidas, y el tiempo transcurrido. Lo mismo podría decirse de la obsesión quevediana por
el tema del valido. En cambio, el que formen parte de la mitología política de Quevedo el
«execrable estadista» Pilatos o el despensero Judas, figuras inconcebibles en el satírico italiano,
se explica por la gravitación teológica y bíblica de su pensamiento, ajena a Boccalini. Tal vez esa
diferencia esté relacionada con la de sus estilos: Boccalini nunca abandona el registro agudo,
sutil, urbanamente irónico del estilo ático. En el Discurso de todos los diablos y en La Hora de
todos, Quevedo usa el léxico de las jácaras,91 el insulto soez y el diálogo entremesil92 pero
también frecuenta el estilo grande, una vehemencia borrascosa y sublime cuyo modelo hay que
buscar en los profetas y los Salmos. Boccalini habla para los amigos, en voz baja; Quevedo puede
vociferar como un orador callejero,93 imitar la vibración bélica de las trompetas94 y la solemnidad
del órgano,95 aunque también sabe usar de un templado sarcasmo revestido de formas corteses.96
Su interés por la política a veces parece pasatiempo cortesano, a veces vocación profética, como
si en el horizonte de los conflictos de España con sus adversarios se perfilasen la sombra
abominable del Anticristo y las llamas del Apocalipsis. Boccalini tiene bellas cualidades
literarias; además de una prosa siempre fluida y límpida, un sentido agudo del pequeño detalle
cómico, y una ironía que se desprende no tanto de los comentarios del narrador cuanto de las
situaciones que cuenta, un poco al modo de Cervantes. Quevedo no se distingue por estas
cualidades aunque su versatilidad y destreza son tan grandes que puede manifestarlas a veces.
[p. 193] Pero el colorido prodigiosamente intenso y variado de su escritura hace que resulte hoy de
lectura más amena y que veamos en él uno de los mayores artífices de las letras hispánicas.
Quevedo pudo aprender en los Ragguagli una manera ingeniosa de configurar la sátira
menipea mediante argumentos que se prestaban a engastar cuestiones más variadas y más
actuales; el tratamiento sutilmente cómico de los conflictos más graves y complejos; la
posibilidad de presentar cuestiones políticas candentes a través de breves ficciones alegóricas o
verosímiles pero siempre dotadas de la sutileza del apólogo; y un manejo conceptuoso de la
metáfora política, que permitía a Boccalini transformar los guantes perfumados de España en
alusión a sus crímenes políticos, y permitirá a Quevedo transformar el telescopio holandés en
emblema de sus ambiciones planetarias, los vidrieros de Venecia en símbolo de su razón de
Estado que «con el soplo da las formas y hechuras a las cosas», y los alfileres, peines y muelas
de aguzar de los pequeños emigrantes transpirenaicos en símbolos del parasitismo traicionero de
los aristocráticos «malcontentos» franceses.97 En estas creaciones, un atributo concreto y
axiológicamente neutro de una entidad política genera, por obra de la metáfora, un concepto por
correspondencia de valor emblemático que revela la supuesta verdad de la gran Historia. Más que
ciertas inconfesadas afinidades entre el pensamiento político de ambos satíricos, importa a mi
entender lo que el Quevedo escritor pudo aprender de Boccalini. Esta lección, integrada en una
escritura de inmensos recursos como fue siempre la de Quevedo, contribuyó a producir unas
obras de fuerza no superada en la literatura del Siglo de Oro.
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NOTAS: |
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- «Introducción»
a Francisco de Quevedo, Los Sueños,
Madrid, Cátedra, 1996, p. 22.

- Los Sueños,
Londres, Grant and CutlerTamesis, 1983.

- «Struttura e stile nei
Sueños de Quevedo», Studi Mediolatini
e Volgari, XVXVI, 1968, pp. 12167.

- «Allegorie und Realismus
in den Sueños von Quevedo», Archiv
für das Studium der neuerem Sprachen un Literaturen,
CCII, 1966, pp. 32146.

- Visión, sátira
y agudeza en los «Sueños» de Quevedo,
Madrid, Gredos, 1974, pp. 1666.

- Los Sueños,
ed. cit., p. 114.

- Ibid., p. 335.
Véase la nota de Ignacio Arellano, que indica,
basándose en Maxime Chevalier, el carácter
tradicional del sencillo chiste.

- Véase James Iffland,
Quevedo and the Grotesque, Londres, Tamesis,
I, 1978; II, 1983.

- Ramón Valdés,
Los «Sueños y discursos» de Quevedo. El
modelo del sueño humanista y el género
de la sátira menipea, Barcelona, Universidad
Autónoma de Barcelona, 1990. Véase también
Antonio Vives Coll, La influencia de Luciano de
Samosata en el Siglo de Oro, La Laguna, Universidad
de la Laguna, 1950, y Michael O. Zappala, Lucian
of Samosata in the two Hesperias. An Essay in Literary
and Cultural Translation, Potomac, Scripta Humanistica,
1990.

- Para una edición
reciente de este texto véase Justo Lipsio y
Petrus Cunaeus, Two Neo Latin Menippean Satires,
«Somnium», «Sardi Venales», edited with introduction
and notes by C. Matheeusen and C. L. Heeseikker, Leiden,
Brill, 1981.

- Lía Schwartz,
«Golden Age Satire: Transformations of Genre», Modern
Language Notes, CV, 1990, pp. 26082.

- En el diálogo
titulado «Icaromenipo».

- Margarita Morreale, «Luciano
y Quevedo. La humanidad condenada», Revista de
Literatura, 8, 1955, pp. 21327.

- Sobre esta última
relación, véase Lía Schwartz,
«En torno a la enunciación de la sátira:
los casos de El Crotalón y los Sueños
de Quevedo», Lexis, IX, 2, 1985, pp. 20927.

- Luciano, Diálogos
de los muertos en Obras, ed. de José
Alsina, Barcelona, Alma Mater, 1966, pp. 1683.

- Véanse las ediciones
de Luisa López Grigera (Madrid, Castalia, 1975)
y de Jean Bourg, Pierre Dupont y Pierre Geneste (Paris,
Aubier, 1980, reproducida, sin la traducción
francesa, en Madrid, Cátedra, 1987), los artículos
de Conrad Kent, «Politics in La Hora de Todos»,
Journal of Hispanic Philology, I, 1977, pp.
99119; John H. Elliott, «Quevedo and the CountDuke
of Olivares», Quevedo in perspective, ed.
by James Iffland, Newark, Delaware, Juan de la Cuesta,
1982, pp. 22750; Josette Riandière La Roche,
«La satire du monde à l’envers et ses implications
politiques dans La Hora de todos», en Jean
Lafond y Augustín Redondo (eds.), Limage du monde
renversé, Paris, Vrin, 1979; William H.
Clamurro, «La Hora de todos y la geografía
política de Quevedo», en Actas del X Congreso
de la Asociación Internacional de Hispanistas,
Barcelona, PPU, 1992, pp. 84147. Además, muchos
de los trabajos sobre el pensamiento político
de Quevedo, como los de José Antonio Maravall,
Victoriano Roncero, Walter Ghia insisten sobre esta
obra.

- Prefacio de Lorenzo van
der Hammen y León a la edición del Sueño
del Juicio, Sueño del Infierno, Sueño
de la Muerte, bajo el título Desvelos soñolientos en Zaragoza, Pedro Vergés,
1627. Véase la edición citada de Ignacio
Arellano, p. 556.

- La edición de
Arellano citada, muy útil por su anotación
y por presentar integralmente las versiones de la
princeps y de Juguetes, además
de las variantes de Desvelos soñolientos;
la monumental edición crítica y anotada
de James O. Crosby (Madrid, Castalia, 1993, dos vols.);
las ediciones de Felipe Maldonado (Madrid, Castalia,
1973), de Henry Ettinghausen (Barcelona, Planeta,
1984), de Mercedes Etreros (Barcelona, Plaza y Janés,
1984).

- He consultado las ediciones
de Aureliano FernándezGuerra (Obras,
BAE, vol. 23, Madrid, Rivadeneyra, 1852), de Felicidad
Buendía, por la que citaré el texto,
de Salaverría (Obras satíricas y
festivas, Madrid, Espasa, 1965), de Celsa Carmen
García Valdés (Quevedo esencial,
Taurus, 1990). Ninguna de ellas resulta plenamente
satisfactoria. La de Aureliano FernándezGuerra
es con mucha diferencia la que aporta más información.
Siento no haber podido procurarme la edición
crítica y comentada de Jürgen Wahl (Rühr
Universiteit / Bochum, 1975).

- Francisco de Quevedo,
Obras en verso, ed. de Astrana Marín,
Madrid, Aguilar, 1932. Están dedicadas al Discurso
las páginas 112844.

- Sobre los escritos de
este período, véase el estudio reciente
de Henry Ettinghausen, «Quevedo ante dos hitos de
la historia de su tiempo: el cambio de régimen
de 1621 y las rebeliones de catalanes y portugueses
de 1640», en Lía Schwartz y Antonio Carreira
(coords.), Quevedo a nueva luz: Escritura y política,
Málaga, Universidad de Málaga, 1997,
pp. 83110.

- La Hora de todos,
ed. de Jean Bourg, Pierre Dupont y Pierre Geneste,
Paris, Aubier, 1980, p. 186.

- Ibid., p. 351.

- El juzgamundos es una
de las figuras ridículas que aparecen en el
Discurso de todos los diablos.

- Compárese el cuadro
XIII de La Hora de todos con el episodio
del diablo de los ladrones en el Discurso de todos
los diablos (Obras Completas. Prosa,
ed. de F. Buendía, Madrid, Aguilar, pp. 249
y 26263).

- De ahí las acusaciones
de incompetencia al «diablo de los ladrones», Obras
Completas. Prosa, ed. cit., pp. 24849.

- Obras Completas.
Prosa, ed. cit., pp. 25152.

- La Hora de todos,
ed. cit., p. 351.

- Aunque José Antonio
Maravall, en esta como en otras aportaciones, tiene
la particularidad de trabajar sobre citas aisladas
sin tener para nada en cuenta el contexto, lo que
puede debilitar considerablemente sus conclusiones,
su artículo sobre el pensamiento político
de Quevedo, uno de los trabajos más completos
al respecto, muestra sin duda alguna las vacilaciones
de Quevedo sobre puntos esenciales: «Sobre el pensamiento
moral y político de Quevedo (una revisión)»,
en Academia literaria renacentista. Homenaje a
Quevedo, vol. II, Salamanca, Universidad de Salamanca,
1982, pp. 69131. Las contradicciones de Quevedo son
tan manifiestas que se han convertido en un lugar
común de la crítica, que periódicamente
se trata de rebatir. En un brillante artículo,
Domingo Ynduráin sostuvo la tesis de que no
había tales contradicciones, sino un pensamiento
fundado en la coincidentia oppositorum, en
la complementariedad de los contrarios («Las contradicciones
de Quevedo», ibid., pp. 47581). Creo que
hay confusión entre dos proposiciones que son
ambas verdaderas pero que no significan lo mismo;
Quevedo es complejo y se complace en la paradoja y
Quevedo adoptó a lo largo de su vida sobre
muchas cuestiones posturas incompatibles.

- Desde que John H. Elliott
publicara su conocido artículo «Quevedo and
the CountDuke of Olivares», cit., se ha vuelto en
varias ocasiones sobre la cuestión de las relaciones
de Quevedo con Olivares. Las opiniones de Quevedo
acerca del ministro oscilan entre la adulación
zalamera y el anatema, pasando por el elogio templado
y digno, la prudente reserva, la crítica velada.
No cabe duda de que ciertas razones pueden explicar
estos cambios, algunas fáciles de conjeturar,
como las que aduce por ejemplo H. Ettinghausen en
su artículo citado, pero el hecho es que el
mismo Quevedo no se explica acerca de sus cambios
de opinión, no sólo no cree necesario
justificarlos sino ni siquiera reconocerlos, lo que
me parece corroborar el carácter pasional y
sofístico de sus cavilaciones políticas.

- Véase Santiago
Fernández Mosquera, «Ideología y literatura:
perturbaciones literarias en la exégesis ideológica
de Francisco de Quevedo», La Perinola, 1,
1997, pp.15172.

- Aspecto del personaje
bien conocido y bien analizado en la magnífica
biografía de John H. Elliott.

- Todos estos puntos quedan
bastante claros tras la lectura del escrito, pero
además han sido minuciosamente analizados en
la edición bilingüe de Jean Bourg, Pierre
Dupont y Pierre Geneste.

- Véanse los episodios
de los «padres sin hijos», del hombre que no quiere
volver a nacer, del casamentero, del testador (ed.
cit., pp. 22427 y 23637).

- No me es posible aquí
comparar los dos estados del texto a los que he tenido
acceso, la edición de Gerona, 1628, que reproducen
casi todas las ediciones citadas, y la de Juguetes
de la niñez, que reproduce Fernández–Guerra.
Los efectos de la censura que se observan en el paso
de una a otra son considerables y corroboran el carácter
mordaz y malintencionado de muchos pasajes del texto.

- Uno de los episodios
políticos del Discurso de todos los diablos,
en el que famosos monarcas y validos se arrojan mutuas
acusaciones, concluye con una larga cita del profeta
Habacuc, I, 4.

- La de Fernando Pérez
de Sousa, que aparece en Madrid en 1634, bajo el título
Discursos políticos y avisos del Parnaso,
y contiene una selección de avisos tomados
de ambas centurias, con supresión de los más
ofensivos para los españoles. Véase
Robert Haden Williams, Boccalini in Spain. A Study
of his Influence on Prose Fiction of the Seventeenth
Century, Menasha, Wisconsin, 1946.

- Felipe C. R. Maldonado,
«Algunos datos sobre la composición de la biblioteca
de Quevedo», en Homenaje a Rodríguez Moñino,
Madrid, Castalia, 1975, pp. 40528.

- También aparecen
referencias a Boccalini en la Política
de Dios y en el Epistolario, por ejemplo
en la carta a Sancho de Sandoval de 1637. No se repiten
los pasajes aludidos ni el comentario que se les dedica,
lo que es indicativo a mi juicio de una lectura detenida
y de primera mano y de un recuerdo frecuente, tal
vez reavivado en 1634 a raíz de la publicación
de los Avisos del Parnaso, la traducción
de Fernando Pérez de Sousa. Los comentarios
tienen a menudo matices elogiosos: «tan grande autor»
llama Quevedo a Boccalini en el prólogo de
la Utopía y, en el Lince de Italia,
en medio de alardes de virtuosa indignación
por la «insufrible desvergüenza» de sus ataques
a la monarquía hispánica, habla de «las
sutilezas del Bocalino», de su «agudeza mentirosa»
y de su «sutileza y elegancia» que «hacen padecer
la verdad, cuando no la contrastan» (Obras Completas.
Prosa, ed. de F. Buendía, Madrid, Aguilar,
1966, pp. 88386).

- El texto, que reproduce
la fórmula narrativa de los Ragguagli,
se titula «La República de Venecia llega al
Parnaso y refiere a Apolo el estado en que se halla
y él la manda llevar al hospital de los príncipes
y repúblicas que se dan por falidos». Puede
leerse en la edición de Astrana Marín
de las Obras Completas. Verso, Madrid, Aguilar,
1932, pp. 83134. El opúsculo, que circuló
anónimamente y en forma manuscrita, fue atribuido
a Quevedo en una respuesta titulada «Castigo essemplare
dei calunniatori» firmada con el seudónimo
de Valerio Fulvio Savoiano, y que también adoptaba
la forma de un ragguaglio (ibid.,
pp. 1101 y ss.) particularmente venenoso e insultante.
Quevedo en el Lince de Italia niega ser autor
del panfleto. Astrana Marín dictamina que el
estilo lo delata como suyo, y Williams se inclina
también por la autoría de Quevedo. Tanto
el texto como la respuesta son literariamente muy
inferiores a los ragguagli originales, y
el primero no recuerda ni remotamente el vigor y la
gracia de cuadros análogos de La Hora de
todos. Reconociendo el valor limitado de estos
argumentos, yo me inclinaría a no retener su
atribución a Quevedo.

- No conozco ningún
estudio dedicado a este texto; Henry Ettinghausen
no lo menciona en su trabajo reciente sobre la «obra
circunstancial» de Quevedo. Véase Henry Ettinghausen,
«Ideología intergenérica: la obra circunstancial
de Quevedo», en Estudios sobre Quevedo desde Santiago
entre dos aniversarios, Santiago de Compostela,
Universidad, 1995, pp. 22559.

- Muchos lugares lo muestran
pero el que no deja sobre ello la menor duda es el
largo ragguaglio II, 6, uno de los pocos que
puede
pasar por un fragmento de tratado
político, titulado «Le monarchie tutte dell’universo,
spaventate della soverchia potenza e del felicissimo
incremento delle repubbliche alemanne, in una general
Dieta consultano il rimedio per assicurarsi di non
essere nel tempo oppresse da esse».

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- Francisco de Quevedo, «Visita y anatomía de la
cabeza del Eminentísimo Cardenal Armando Richeleu»,
introducción, edición y notas por Josette Riandière La Roche, Criticón, 25, 1984, pp. 19113. J. Riandière La
Roche, «Quevedo y la Satyre Ménippée francesa de 1593. De la Ligue al Parti dévot, algunos elementos de una
continuidad», en Homenaje a José Antonio Maravall, Madrid, Universidad Complutense, 1985, tomo III, pp.
25969; «Aspectos de la personalidad de Quevedo: de los orígenes cantábricos a la lucha contra los franceses», en
L. Schwartz y A. Carreira (coords.), Quevedo a nueva luz: Escritura y política, Málaga, Universidad de Málaga,
1997, pp. 1544.
 - Véase Luigi Firpo, «Allegoria e satira in Parnaso», Belfagor, 1, 1946, pp. 67399.
 - Luigi Firpo, «Boccalini», en Dizionario biografico degli Italiani, vol. XI, Roma, 1969. La traducción es mía.
 - Ragguagli, I, 78. Me baso para las citas de Boccalini en la edición de Luigi Firpo, Ragguagli di Parnaso e altri
scritti minori, Bari, Laterza, 1948. El primer volumen contiene la primera centuria publicada en 1612 por Boccalini;
el segundo volumen la segunda centuria, publicada en 1613; el tercero, los 29 Ragguagli de la Pietra del parangone,
publicados póstumamente y una serie larga de otros Ragguagli dispersos en varios impresos y en manuscritos.
 - Ragguagli, II, 57.
 - Ragguagli, I, 77.
 - Ragguagli, I, 29. Quevedo, en la carta a Sancho de Sandoval ya citada, habla, aludiendo a este texto, de «los
disparates y locuras de Tácito».
 - Ragguagli, I, 90.

- Algunos paralelismos entre el tratamiento del tema del arbitrista en Quevedo y en Boccalini han sido trazados
por Jean Vilar en Literatura y economía. La figura satírica del arbitrista en el Siglo de Oro, Madrid, Selecta de
Revista de Occidente, 1973, pp. 9395 y 156 y ss. Vilar parece apoyarse únicamente en la traducción de Fernando
Pérez de Sousa; tiene en cuenta el Ragguaglio II, 57 («Per fortuna di mare nella spiaggia di Lepanto una barca carica
di arcigogolanti avendo fatto naufragio...»), pero no el Ragguaglio I, 90 («Visita delle carceri...») en que Apolo
escucha la confesión de un arbitrista y lo castiga severamente, ni tampoco otros más en que interviene el mismo
personaje.
 - Por supuesto, el esquema de la visión y del viaje puede tener ventajas parecidas si se administra como lo hace
Dante, haciendo narrar su propia historia a los personajes con quienes se encuentra. Algo así hace Quevedo con el
Sueño de la Muerte. Pero es difícil hacer compatible este sistema con el registro satírico. Carlos Vaíllo ha mostrado
convincentemente que se puede leer el Buscón como una sátira donde el relato autobiográfico es mero artificio sin
consistencia novelística. Pero no creo que fuera posible hacer lo mismo con «autobiografías» ficcionales de
personajes históricos (véase «El Buscón, la novela picaresca y la sátira: una introducción», en Quevedo en Santiago
entre dos aniversarios, ed. cit., pp. 26180).
 - Como indica el título de las primeras versiones impresas, Sueños y discursos de verdades descubridoras de
abusos, vicios y engaños, y también el título que corresponde al segundo estado del texto impreso, Desvelos
soñolientos y verdades soñadas.
 - Ragguagli, I, 3: «Avendo Apollo avuto linfelice avviso dello sceleratissimo assassinamento commesso nella
persona del potentissimo re di Francia Enrico quarto, per l’indennità dei suoi dilettissimi franzesi, comanda che
dall’Arcadia sia mandato potente soccorso in Francia».
 - Ragguagli, I, 26.
 - Ragguagli, I, 76.
 - Ragguagli, II, 71.
 - Ragguagli, I, 77.
 - Ragguagli, II, 87, «Alcuni prencipi di questo Stato ad Apollo avendo presentato un libro della Ragion di Stato,
i virtuosi di Parnaso, che non approvarono la diffinizione che in esso si dava della ragion di Stato, ne pubblicano
una nuova, a quei principi sopramodo odiosa». Este aviso hace alusión a la copiosa polémica que se produjo en
Italia en torno a La ragion di Stato (1589) de Giovanni Botero, y que se concentró en una crítica de la definición
demasiado general y vaga que Botero había dado de este concepto: «Ragione di stato si è notizia
de’mezzi atti a
fondare e ampliare un dominio». Véase el estudio de esta controversia en Rodolfo De Mattei, Il pensiero politico
italiano nell’età della Controriforma, MilanoNapoli, Ricciardi, 1982.
 - Ragguagli, I, 54.
 - Ragguagli, I, 28: «Torquato Tasso presenta ad Apollo il suo poema della Gerusalemme liberata, per lo quale
Lodovico Castelvetro e Aristotile da sua Maestà rigorosamente vengono ripresi».
 - Cuadro XXXII, La
Hora de todos, ed. cit., p. 268.
 - Quevedo, Obras Completas. Prosa, ed. cit., p. 603.
 - Destaco en cursiva la parte del texto a la que se refiere Quevedo en las líneas citadas de Política de Dios.
 - Ragguagli, I, 76. La traducción es mía.
 - Obras completas. Prosa, ed. cit., p. 241.
 - Una refutación de Política de Dios, al parecer más pormenorizada que las ya conocidas, ha sido hallada
recientemente por Aureliano Valladares Reguero. Véase su artículo «Peregrinos discursos y tardes bien empleadas,
una obra desconocida de Pacheco de Narváez contra la Política de Dios de Quevedo», La Perinola, 1, 1997, pp.
23756.
 - La ambigüedad de este cuadro, como sucede muchas veces en Quevedo, deriva de una disputa entre dos
opiniones contrarias que predominan por razones distintas: la opinión favorable a las letras tiene mayor peso por
ser filialmente adoptada por el narrador y por los personajes positivos, los cristianos. La opinión desfavorable tiene
mayor peso por ser la única argumentada, y con argumentos impresionantes que tienen paralelos en otras obras del
autor. Por supuesto, la personalidad y la obra de Quevedo no permiten dudar de que él vivía para el estudio y que
las letras eran su vocación y su pasión; sin embargo, hay indicios de que algo en él protestaba contra este destino.
 - El segundo objetivo predomina en la primera redacción de esta obra; el primero, en la segunda, pero no los creo
incompatibles, como opina Alberto Blecua en su importante artículo en el que parece inclinarse por la hipótesis de
dos autores distintos («Las Repúblicas literarias y Saavedra Fajardo», El Crotalón, 1, 1984, pp. 6797). La
República literaria no imita de modo evidente a los Ragguagli y su diseño general puede proceder de una tradición
humanista más antigua y más amplia. Ciertos detalles, indicados por Williams en su libro Boccalini in Spain, hacen
sin embargo muy probable que su redacción haya sido al menos estimulada por la lectura de Boccalini.
 - «Señor, Brindis es la frente del mejor mundo y el regazo de todas las riquezas del Oriente: yo sé que si Brindis
se navega, que Venecia se ahoga. No trato en si a vuestra majestad le es a propósito hacer paces con el Turco (como
el rey de Francia que las tiene y se queda cristianísimo); sólo digo que si no obsta la ley, que lo hallo para
confederación más dispuesto que a los herejes, porque él es de otra ley, y esotros son de la nuestra y contra ella.
Si es por el trato, de Inglaterra se trae peltre y cuchillos, y azófar y polvos, y pellejos y medias; y de Holanda estaño,
y lienzos, y tejidos viles; y de Turquía perlas, oro, plata, ámbar, medicinas y drogas, y todo cuanto precioso saben
producir el sol y el cielo; y por lo menos se enflaquecía Venecia por el lado que tiene más poderoso; y podía
desasosegarla vuestra majestad con imitarla en algo» (Obras Completas, ed. cit., pp. 89798).
 - Riqueza que negaba ruidosamente el panfleto en forma de ragguaglio al que nos hemos referido antes. La idea
central de este libelo es que la Serenísima República está arruinada y tiene que mendigar de Génova y Saboya los
medios de proseguir con sus infames manejos y locas ambiciones. La intención manifiesta del panfleto es mostrar
la posibilidad de vencer a Venecia y el poco interés de pactar con ella. Para ello, es indispensable rebatir el
postulado de su inagotable riqueza.
 - La Hora de todos, ed. cit., p. 264.
 - Ragguagli, I, 5: «La contesa nata tra molti letterati, quale nella floridissima Republica di Vinegia fia la più
preclara legge Politica, quale il più prestante costume degno di legge straordinaria, della stessa Serenissima libertà
Venetiana dai medesimi letterati concordemente eletta arbitra, è decisa e terminata». Famosos humanistas y
escritores proponen su solución, pero es Ermolao Barbaro quien formula la mejor respuesta, afirmando que la mejor
ley de Venecia es la que impone la comunicación de los secretos de Estado a todos los senadores, lo que impide la
tiranía; y que el hábito político más admirable es que esta multitud de senadores sepa guardar silencio sobre estos
secretos: «che cosa gli pareva cosa degna di stupor grande, che la Repubblica Venetiana in cosi gran numero di
Senatori trovasse quella segretezza, che con tante diligenze, e con tanti buoni trattamenti di liberalissimi doni, i
Principi molte volte indarno cercavano in un solo Segretario, in un paio di Conseglieri».
 - Pietra del parangone, I.
 - Vuelve Boccalini al mismo tema de la miseria de Nápoles bajo el gobierno hispánico en varios avisos de la
Pietra del parangone, y en el XI con la misma metáfora del caballo heráldico.
 - La Hora de todos, ed. cit., pp. 6474 y 44445.
 - Véase JeanPierre Étienvre, «Quevedo, les cavaliers de
l’Apocalypse et le coursier de Naples», Il potere delle
imagini. La metafora politica in prospettiva storica, BolognaBerlin, Il MulinoDuncker Humbolt, 1991, pp.
18394.
 - Ragguagli, II, 6.
 - La Hora de todos, cuadro XXXIV, ed. cit., p. 276.
 - La retorsión, si es que la hay, es muy tosca y aproximativa; para Boccalini, como para los italianos en general,
Holanda forma parte de Alemania (del ámbito germánico), y es una de las repúblicas que considera en su texto; para
Quevedo, Alemania coincide con el Imperio, y su cuadro deja completamente de lado el caso de Holanda.
 - Pietra del parangone, IV, «Essendosi attacato fuoco nel palazzo della Maestà francese e scopertasi la causa del
incendio, Apollo punisce i malfattori».
 - Ragguagli, I, 77.
 - Ragguagli, II, 6.
 - La Hora de todos, ed. cit., p. 348.
 - La Hora de todos, ed. cit., p. 326.
 - II, 30: «Marco Bruto chiede a Luzio Bruto che voglia mostrargli le perfezioni chebbe la congiura chegli
felicemente consumo contro i Tarquini e le imperfezioni della sua, che tanto miseramente eseguì contro Cesare».
 - Podría explicarse por fuentes comunes, puesto que la comparación se esboza ya en Plutarco, pero es
significativo que ambos satíricos retengan esta antítesis entre los dos tiranicidas como especialmente importante.
 - Ragguagli, I, 2l.
 - Obras completas. Prosa, ed. cit., p. 223.
 - Ibid., p. 224.
 - Especialmente en el prólogo y el epílogo de La Hora de todos.
 - En muchos cuadros de La Hora de todos pero notablemente en el XVIII, «Alcahuetas y chillonas», en el XXX,
«Alquimistas», en el XXII, «Embestidores que piden prestado»; en el Discurso de todos los diablos, en los
episodios de la «mujer tapada que dice todas las cosas» y el poeta de los pícaros y sobre todo en el examen de varios
demonios que cierra la obra.
 - Por ejemplo en La Hora de todos, en el discurso del español contra los franceses del cuadro XXI, o en la
invectiva contra los tiranos del cuadro XL, o en el discurso de Juliano el Apóstata contra los filósofos del Discurso
de todos los diablos.
 - Por ejemplo, en La Hora de todos, en el elogio del coraje de los españoles en boca del renegado Sinan Bey en
el cuadro XXXV, o en los elogios de Osuna en el cuadro XXIV y en el cuadro XXV.
 - En la descripción de las maravillas hechas por Dios en favor de los judíos y de su ingratitud (La Hora de todos,
ed. cit., p. 313); en el elogio por el capitán holandés de las luchas a favor de la libertad de holandeses y araucanos
(ibid. p. 293); en el pasaje del discurso del renegado en que niega el valor de la inmortalidad lograda por las letras
(ibid. p. 284).
 - En La Hora de todos, en el discurso del Dux al embajador francés en el cuadro XXXIII, el discurso del
tramposo en el cuadro XXVII, el de los litigantes en el cuadro XIX.
 - La Hora de todos, cuadros XXXVI, XXXII, XXI.

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