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Los
dos primeros actos nos han ofrecido un duelo de dos personajes:
Diana y Teodoro, llevados por la pasión y la ambición. Y ambos han
librado una dura lucha con ellos mismos. Diana, entre su amor y
su honor. Teodoro entre atreverse o no a subir tan alto, volando
y no renunciando a sus bienes en el suelo. Pero todo ha sido posible
mientras las palabras les han dado un territorio para la ambigüedad.
Después del bofetón, de tal acción pública de la condesa, indecorosa
para ella («que tan gran señora / se pierda tanto el respeto / a
sí misma, es vil acción» vv. 2286-2288
dirá Tristán), no hay claroscuro. Como dice Teodoro: «Mátame o dame
la vida» (v. 2336). Pero Diana no puede actuar contra su honor:
no hay salida para el conflicto. Y ahí es cuando Lope deja las riendas
de la acción a un tracista, al gracioso Tristán. Y la comedia, palatina,
deja de ser psicológica para ser totalmente de enredo. Empiezan
los disfraces, las trazas.
Teodoro está en peligro. La vil acción
de la condesa hace reaccionar a los de su clase, uno de los cuales
la ha presenciado: hay que matar al competidor («sea o no sea verdad»,
v. 2401), que además les lleva al desdoro; [10]
pero a escondidas, claro está. La deshonra la causa el acto público,
reconocible (no la confabulación oculta). Y el marqués y el conde
encuentran al rufián que les parece adecuado para el encargo: Tristán,
que lleva traje nuevo acorde con la favorecida privanza de su amo.
Y él hará el papel de bravo magníficamente. Los convencerá de su
eficacia, les sacará dinero y... protegerá a su amo. Pero no acaba
aquí su fuerza teatral, su capacidad de representar papeles, porque
va a idear además una traza al ver el estado en que su amo está.
Ya no es la ambición la que guía a
Teodoro: se ha enamorado de Diana. Ni le asusta el anuncio del peligro
en que está: «¡Pluguiera a Dios que alguno me quitase / la vida
y me sacase desta muerte!» (vv. 2535-2536) le dice a su criado,
y es entonces cuando él le ofrece la posibilidad de encontrar una
salida: «Si te diese / remedio ¿qué dirás?» (vv. 2542-2543). Lo
que se le ocurre es la solución de tantas situaciones novelescas,
una anagnórisis:
Si fuese
tan ingenioso que a tu misma casa
un generoso padre te trajese,
con que fueses igual a la condesa,
¿no saldrías, señor, con esta empresa?
(vv. 2544-2548)
Ya
ha imaginado cuál: «El conde Ludovico, / caballero ya viejo, habrá
veinte años / que enviaba a Malta un hijo de su nombre [...] Éste
ha de ser tu padre, y tú su hijo, / y yo lo he de trazar» (vv. 2549-2556).
Ahí está el tracista que crea, como tal, peripecias, que son la
esencia de la traza; y, en cambio, la traza de Tristán es una anagnórisis,
que es el otro elemento que caracteriza la fábula, según Aristóteles.
Lope hubiera podido hacer que la anagnórisis fuese parte de la fábula
y no traza, que fuera verdad y no invención del criado; pero la
originalidad de la obra es que sea así. En lo único en que interviene
el dramaturgo es en hacer coincidir los nombres de los «hijos»,
y es además en ese nombre fiel a su fuente boccacciana.
Tristán se disfrazará de armenio e
inventará una compleja historia llena de peripecias que contará
al conde Ludovico, ansioso de tener un hijo a quien dejar sus bienes.
Felizmente éste sólo aprovechará lo que le interesa: la identidad
de su hijo recobrado. La mujer, el hijo que añade el tracista Tristán
a la historia no le interesan nada, y nadie vuelve a mencionarlos.
Sólo el público se ha reído viendo la compleja historia que inventa
innecesariamente Tristán en su doble papel, de gracioso y de salvador
de su amo.
El padre «recobrado» evita la marcha
a España de Teodoro. Él y Diana habían renunciado a su amor por
imposible y habían aceptado como inevitable la separación. Pero,
cuando todo parece resuelto con la anagnórisis, queda un último
gesto de Teodoro: confesará a la condesa que es traza de su criado
y no verdad la nobleza adquirida; su «nobleza natural» le impide
seguir con el engaño y así decide renunciar a todo e irse, como
antes habían ya decidido. Bello discurso el que Lope, secretario
del duque de Sessa, [11]
pone en boca de Teodoro:
soy hijo de la tierra,
y no he conocido padre
más que mi ingenio, mis letras
y mi pluma. El conde cree
que lo soy, y aunque pudiera
ser tu marido y tener
tanta dicha y tal grandeza,
mi nobleza natural
que te engañe no me deja,
porque soy naturalmente
hombre que verdad profesa.
Con esto, para ir a España
vuelvo a pedirte licencia,
que no quiero yo engañar
tu amor, tu sangre y tus prendas.
(vv. 3287-3301)
Y
cuando se esperaría discurso semejante de la condesa, una nueva
transgresión surge. A ella, noble de sangre, le importa muy poco
la nobleza; le gusta el hombre y no está dispuesta ya a renunciar
a él: «el gusto no está en grandezas, / sino en ajustarse al alma
/ aquello que se desea» (vv. 3309-3311). ¡Qué importa si es engaño
o realidad! Si hay que matar al autor del laberinto, se hace. [12]
Pero Tristán está en el lugar que debe en el momento oportuno: lo
oye todo. Llegarán a un acuerdo: el silencio cómplice, el mismo
que Teodoro va a pedir al público como final de comedia. [13]
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Lope ha querido también dar un
margen a la ambigüedad. ¿Ese comportamiento de Teodoro por su «nobleza
natural» indica realmente un origen noble? Tristán y su cómplice Furio
se asombran ante el éxito de su propia empresa y se preguntan: «¿Cosa
que esto verdad sea, / y que éste fuese Teodoro?», y Furio: «¿Mas
si en mentira como ésta / hubiese alguna verdad?» (vv. 2901-2904).
La nobleza se refleja en el rostro, así destaca la belleza de la gitanilla
cervantina. ¿Será Teodoro un ejemplo más? «¡Qué gallardía! [...] ¡Qué
real presencia! / ¡Qué bien que te escribió naturaleza / en la cara,
Teodoro, la nobleza!» (vv. 3113-3116) dirá el entusiasmado conde Ludovico,
que ve la imagen de su mocedad en Teodoro. ¿Está Lope ridiculizando
al conde o introduce la duda en el público? ¿No será realmente intuición
de padre? [14]
Lope pudo hacer que así fuera, no cerró la puerta para que pudiera
ser; pero él, como Sancho, sabía muy bien que cada uno es hijo de
sus obras.
Antes
del desenlace, oiremos aún una conversación llena de intensidad
y de deseo entre Teodoro y Diana nada más descubrirse el supuesto
origen noble del secretario. Quedan, frente a frente, los dos personajes,
y sus palabras desvelan la fuerza que Lope les ha dado a ambos,
es un diálogo de tú a tú. Dice Teodoro:
Creo
que estás con menos deseo;
pena el ser tu igual te da.
Quisiérasme tu crïado,
porque es costumbre de amor
querer que sea inferior
lo amado.
(vv. 3168-3174)
Y la réplica de Diana es la sentencia
definitiva: ella, dueña ya de su destino, se casa a gusto: [15]
Estás engañado,
porque agora serás mío,
y esta noche he de casarme
contigo.
(vv.
3174-3177)
Y Teodoro, recobrando el leit-motiv
de la obra, dirá: «No hay más que darme; / fortuna, tente» (vv.
3177-3178). Él se dio cuenta de cuál era su ventura, se alzó para
obtenerla, la consiguió gracias al ingenio de Tristán,
no hay más que rogar que pare ya la rueda. Como un eco repetirá
Diana: «No hay más que desear; tente, fortuna, / como dijo Teodoro,
tente, tente» (vv. 3199-3200). Y el conde Ludovico, supuesta víctima
del engaño, ha conseguido también lo que quería y dice lo mismo:
«¡Detenga / la fortuna, en tanto bien, / con clavo de oro la rueda!»
(vv. 3349-3351).
El fin de la comedia recompone, como
suele, lo que de otro modo resulta inevitablemente descompuesto
en ese girar la rueda: Marcela casará con Fabio. A la doncella le
dio Lope dos sonetos para lamentarse y un lenguaje de dama, no de
criada (tenía «no poco parentesco» con Diana, v. 318). Inventó la
traza tan común de querer dar celos a Teodoro con Fabio, a la vez
que se vengaba de Anarda, que, supuestamente enamorada de éste,
la había delatado a Diana. Sufrió vanamente los embates de la tormenta
amorosa de Teodoro y Diana. Sabiamente le dirá al voluble Teodoro
que «unos pensamientos de oro / te hicieron enloquecer» (vv. 1831-1832),
y le advertirá de que «entre el honor y el amor / hay muchos montes
de nieve» (vv. 3004-3005). Por eso perdona una y otra vez, porque
espera que el orden se restablezca; pero está en la comedia equivocada,
en donde el mundo al revés es posible. La rueda de la fortuna se
detiene cuando Fabio ya no tiene motivo para quejarse.
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