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El perro del hortelano

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Tristán. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1624Los dos primeros actos nos han ofrecido un duelo de dos personajes: Diana y Teodoro, llevados por la pasión y la ambición. Y ambos han librado una dura lucha con ellos mismos. Diana, entre su amor y su honor. Teodoro entre atreverse o no a subir tan alto, volando y no renunciando a sus bienes en el suelo. Pero todo ha sido posible mientras las palabras les han dado un territorio para la ambigüedad. Después del bofetón, de tal acción pública de la condesa, indecorosa para ella («que tan gran señora / se pierda tanto el respeto / a sí misma, es vil acción» —vv. 2286-2288—
dirá Tristán), no hay claroscuro. Como dice Teodoro: «Mátame o dame la vida» (v. 2336). Pero Diana no puede actuar contra su honor: no hay salida para el conflicto. Y ahí es cuando Lope deja las riendas de la acción a un tracista, al gracioso Tristán. Y la comedia, palatina, deja de ser psicológica para ser totalmente de enredo. Empiezan los disfraces, las trazas.

Teodoro está en peligro. La vil acción de la condesa hace reaccionar a los de su clase, uno de los cuales la ha presenciado: hay que matar al competidor («sea o no sea verdad», v. 2401), que además les lleva al desdoro; [10] pero a escondidas, claro está. La deshonra la causa el acto público, reconocible (no la confabulación oculta). Y el marqués y el conde encuentran al rufián que les parece adecuado para el encargo: Tristán, que lleva traje nuevo acorde con la favorecida privanza de su amo. Y él hará el papel de bravo magníficamente. Los convencerá de su eficacia, les sacará dinero y... protegerá a su amo. Pero no acaba aquí su fuerza teatral, su capacidad de representar papeles, porque va a idear además una traza al ver el estado en que su amo está.

Ya no es la ambición la que guía a Teodoro: se ha enamorado de Diana. Ni le asusta el anuncio del peligro en que está: «¡Pluguiera a Dios que alguno me quitase / la vida y me sacase desta muerte!» (vv. 2535-2536) le dice a su criado, y es entonces cuando él le ofrece la posibilidad de encontrar una salida: «Si te diese / remedio ¿qué dirás?» (vv. 2542-2543). Lo que se le ocurre es la solución de tantas situaciones novelescas, una anagnórisis:

                                               Si fuese
tan ingenioso que a tu misma casa
un generoso padre te trajese,
con que fueses igual a la condesa,
¿no saldrías, señor, con esta empresa?
                                                (vv. 2544-2548)

Dorotea. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1354Ya ha imaginado cuál: «El conde Ludovico, / caballero ya viejo, habrá veinte años / que enviaba a Malta un hijo de su nombre [...] Éste ha de ser tu padre, y tú su hijo, / y yo lo he de trazar» (vv. 2549-2556). Ahí está el tracista que crea, como tal, peripecias, que son la esencia de la traza; y, en cambio, la traza de Tristán es una anagnórisis, que es el otro elemento que caracteriza la fábula, según Aristóteles. Lope hubiera podido hacer que la anagnórisis fuese parte de la fábula y no traza, que fuera verdad y no invención del criado; pero la originalidad de la obra es que sea así. En lo único en que interviene el dramaturgo es en hacer coincidir los nombres de los «hijos», y es además en ese nombre fiel a su fuente boccacciana.

Tristán se disfrazará de armenio e inventará una compleja historia llena de peripecias que contará al conde Ludovico, ansioso de tener un hijo a quien dejar sus bienes. Felizmente éste sólo aprovechará lo que le interesa: la identidad de su hijo recobrado. La mujer, el hijo que añade el tracista Tristán a la historia no le interesan nada, y nadie vuelve a mencionarlos. Sólo el público se ha reído viendo la compleja historia que inventa innecesariamente Tristán en su doble papel, de gracioso y de salvador de su amo.

El padre «recobrado» evita la marcha a España de Teodoro. Él y Diana habían renunciado a su amor por imposible y habían aceptado como inevitable la separación. Pero, cuando todo parece resuelto con la anagnórisis, queda un último gesto de Teodoro: confesará a la condesa que es traza de su criado y no verdad la nobleza adquirida; su «nobleza natural» le impide seguir con el engaño y así decide renunciar a todo e irse, como antes habían ya decidido. Bello discurso el que Lope, secretario del duque de Sessa, [11] pone en boca de Teodoro:

           soy hijo de la tierra,
y no he conocido padre
más que mi ingenio, mis letras
y mi pluma. El conde cree
que lo soy, y aunque pudiera
ser tu marido y tener
tanta dicha y tal grandeza,
mi nobleza natural
que te engañe no me deja,
porque soy naturalmente
hombre que verdad profesa.
Con esto, para ir a España
vuelvo a pedirte licencia,
que no quiero yo engañar
tu amor, tu sangre y tus prendas.
                                                (vv. 3287-3301)

Camilo. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1620Y cuando se esperaría discurso semejante de la condesa, una nueva transgresión surge. A ella, noble de sangre, le importa muy poco la nobleza; le gusta el hombre y no está dispuesta ya a renunciar a él: «el gusto no está en grandezas, / sino en ajustarse al alma / aquello que se desea» (vv. 3309-3311). ¡Qué importa si es engaño o realidad! Si hay que matar al autor del laberinto, se hace. [12] Pero Tristán está en el lugar que debe en el momento oportuno: lo oye todo. Llegarán a un acuerdo: el silencio cómplice, el mismo que Teodoro va a pedir al público como final de comedia. [13]


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Lope ha querido también dar un margen a la ambigüedad. ¿Ese comportamiento de Teodoro por su «nobleza natural» indica realmente un origen noble? Tristán y su cómplice Furio se asombran ante el éxito de su propia empresa y se preguntan: «¿Cosa que esto verdad sea, / y que éste fuese Teodoro?», y Furio: «¿Mas si en mentira como ésta / hubiese alguna verdad?» (vv. 2901-2904). La nobleza se refleja en el rostro, así destaca la belleza de la gitanilla cervantina. ¿Será Teodoro un ejemplo más? «¡Qué gallardía! [...] ¡Qué real presencia! / ¡Qué bien que te escribió naturaleza / en la cara, Teodoro, la nobleza!» (vv. 3113-3116) dirá el entusiasmado conde Ludovico, que ve la imagen de su mocedad en Teodoro. ¿Está Lope ridiculizando al conde o introduce la duda en el público? ¿No será realmente intuición de padre? [14] Lope pudo hacer que así fuera, no cerró la puerta para que pudiera ser; pero él, como Sancho, sabía muy bien que cada uno es hijo de sus obras.

Celio. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1622Antes del desenlace, oiremos aún una conversación llena de intensidad y de deseo entre Teodoro y Diana nada más descubrirse el supuesto origen noble del secretario. Quedan, frente a frente, los dos personajes, y sus palabras desvelan la fuerza que Lope les ha dado a ambos, es un diálogo de tú a tú. Dice Teodoro:

                              Creo
que estás con menos deseo;
pena el ser tu igual te da.
    Quisiérasme tu crïado,
porque es costumbre de amor
querer que sea inferior
lo amado.
                              (vv. 3168-3174)

Y la réplica de Diana es la sentencia definitiva: ella, dueña ya de su destino, se casa a gusto: [15]

                 Estás engañado,
porque agora serás mío,
y esta noche he de casarme
contigo.
                             (vv. 3174-3177)

Y Teodoro, recobrando el leit-motiv de la obra, dirá: «No hay más que darme; / fortuna, tente» (vv. 3177-3178). Él se dio cuenta de cuál era su ventura, se alzó para obtenerla, la consiguió —gracias al ingenio de Tristán—, no hay más que rogar que pare ya la rueda. Como un eco repetirá Diana: «No hay más que desear; tente, fortuna, / como dijo Teodoro, tente, tente» (vv. 3199-3200). Y el conde Ludovico, supuesta víctima del engaño, ha conseguido también lo que quería y dice lo mismo: «¡Detenga / la fortuna, en tanto bien, / con clavo de oro la rueda!» (vv. 3349-3351).

El fin de la comedia recompone, como suele, lo que de otro modo resulta inevitablemente descompuesto en ese girar la rueda: Marcela casará con Fabio. A la doncella le dio Lope dos sonetos para lamentarse y un lenguaje de dama, no de criada (tenía «no poco parentesco» con Diana, v. 318). Inventó la traza tan común de querer dar celos a Teodoro con Fabio, a la vez que se vengaba de Anarda, que, supuestamente enamorada de éste, la había delatado a Diana. Sufrió vanamente los embates de la tormenta amorosa de Teodoro y Diana. Sabiamente le dirá al voluble Teodoro que «unos pensamientos de oro / te hicieron enloquecer» (vv. 1831-1832), y le advertirá de que «entre el honor y el amor / hay muchos montes de nieve» (vv. 3004-3005). Por eso perdona una y otra vez, porque espera que el orden se restablezca; pero está en la comedia equivocada, en donde el mundo al revés es posible. La rueda de la fortuna se detiene cuando Fabio ya no tiene motivo para quejarse.

 


Teodoro y su arriesgado vuelo

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«El perro del hortelano»: comedia de enredo

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