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El perro del hortelano

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El secretario, que teme haber sido descubierto por la condesa en su cortejo nocturno a Marcela, habla con su fiel criado Tristán. El consejo de éste es rotundo: «dejar de amar a Marcela» (v. 371), y le aconsejará un camino eficaz (y ovidiano) para hacerlo: imaginarle defectos. Teodoro, muy seguro de sí mismo y de su amor, le contestará de forma tan tajante como él: «En las gracias de Marcela / no hay defetos que pensar. / Yo no la pienso olvidar» (vv. 503-505). Tristán le advertirá del riesgo que corre: «Pues a tu desgracia apela / y sigue tan loca empresa» (vv. 506-507). Ambos se equivocan: Teodoro estará dispuesto a olvidar a Marcela en seguida porque a cambio tiene nada menos que una condesa, y la loca empresa no será la que le dice Tristán, sino otra mucho más audaz: Teodoro va a atreverse a volar con su pensamiento no hasta el sol, como Ícaro, pero sí hasta Diana, la luna. [5]

Como galán de comedia —no como criado—, verá cómo su señora le da a entender su amor, [6] o creerá verlo, porque hasta el final del segundo acto las palabras de la condesa quieren situar a Teodoro en tierra de nadie. Y éste no está dispuesto a aceptar ese lugar; «pues coma o deje comer» (v. 2200) le dirá a Diana, una vez que le ha desvelado el juego y su condición.

Pero antes tendrá que moverse por el espacio de la ambigüedad. Cree interpretar adecuadamente y emprende el vuelo, pero tendrá que abortarlo porque llega el desengaño: no es lo que él creía, o lo parece; Diana es inalcanzable, y él, por tanto, no puede aspirar a ser conde. En ese juego de avanzar y retroceder no es el amor el que le guía, sino la ambición.

No es raro que la dama lleve la iniciativa en la comedia de enredo —basta pensar en la deliciosa Finea del tercer acto de La dama boba de Lope, comedia de 1613—, pero en este caso se trata de dar y amagar: no es posible la réplica por parte del galán. No puede ofrecerle amparo y el lugar social del honor con su compromiso y sus palabras, sino todo lo contrario. Desde el comienzo ambos sabrán que pisan terreno prohibido, pero ninguno de los dos renunciará al juego.

Teodoro. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1625 Teodoro. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1625

Una traza conocida le sirve a Diana para dar el primer paso: los amores de una supuesta amiga por un hombre humilde. Como Teodoro es su secretario, Diana elige con tino el camino de la escritura: soneto frente a soneto, es su primer enfrentamiento:

    Hame dicho cierta amiga,
que desconfía de sí,
que el papel que traigo aquí
le escriba; a hacerlo me obliga
    la amistad, aunque yo ignoro,
Teodoro, cosas de amor;
y que le escribas mejor
vengo a decirte, Teodoro.
 
    Toma y lee.
                               (vv. 515-523)

Teodoro se resiste a competir, miente: «Aprender espero / estilo que yo no sé; / que jamás traté de amor» (vv. 530-532). Y la pregunta de Diana —«¿Jamás, jamás?»— viene cargada de sorna y provocación. Leerá, obedeciendo el mandato de su señora, la supuesta carta, el soneto «Amar por ver amar envidia ha sido», y ambos discutirán sobre su contenido. La explicación de Diana introduce ya una palabra esencial en la obra: el deseo:

Porque esta dama sospecho
que se agradaba de ver
este galán, sin deseo,
y viéndole ya empleado
en otro amor, con los celos
vino a amar y a desear.
                                (vv. 572-577)

Diana, condesa de Belflor. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1356 Diana, condesa de Belflor. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1357

La respuesta de Teodoro tardará porque, antes de oírla, veremos y oíremos al engolado marqués Ricardo en sus afectadas octavas reales, que lo ridiculizan. El público sabe ya que no es competidor, y está esperando no esas plumas verbales de pavo real vacuo, sino el duelo apasionado de sonetos que enfrenta deseo a ambición. Soneto de dama —¿cuándo habló en un soneto un yo poético femenino? ¡Lope siempre abriendo horizontes!— leído por caballero y a la inversa. Tiene mucha más intensidad el de ella, que lleva las riendas del envite: «De los celos mi amor ha procedido / por pesarme que, siendo más hermosa, / no fuese en ser amada tan dichosa / que hubiese lo que envidio merecido» (vv. 555-558). Segura de su hermosura, se está además declarando: «darme quiero a entender sin decir nada» (v. 563). Ahí está la belleza de esta obra: se dicen las cosas sin decirse, es el más sutil juego que permite el lenguaje. La respuesta con un yo poético masculino («Del ser dichoso me defiendo»), porque Teodoro entiende y acepta el juego, es cauta; debe serlo: «No digo más, porque lo más ofendo / desde lo menos» (vv. 765-766). Lope ingeniosamente trueca el reparto de papeles, porque no hay diálogo posible dentro de las convenciones sociales; pero los sentimientos no siempre se ciñen a ellas. Como le dice Diana:

    Desde lo menos aquí
dices que ofendes lo más,
y amando, engañado estás,
porque en amor no es ansí;
    que no ofende un desigual
amando, pues sólo entiendo
que se ofende aborreciendo.
                                 (vv. 811-817)

Teodoro, prudente aún, le recuerda los dos ejemplos poéticos de castigo de la ambición y vanagloria: Ícaro y Faetón. Pero la condesa le anima a seguir:

    Si alguna cosa sirvieres
alta, sírvela y confía;
que amor no es más que porfía;
no son piedras las mujeres.
                                (vv. 827-830)

Teodoro a solas dirá su primer monólogo, y el público oirá sus dudas: ¿es o no verdad lo que a él le parece entender?:

    ¿Quién pensó jamás
de mujer tan noble y cuerda
    este arrojarse tan presto
a dar su amor a entender?
Pero también puede ser
que yo me engañase en esto.
                                 (vv. 841-846)

Marcela. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1353Si sus palabras son ambiguas, su mirada, su rostro sonrojado no lo eran... El pensamiento de Teodoro se va ya «tras la grandeza», aunque además reconoce «que es bellísima Diana» (v. 887).

Laurencio, en La dama boba, decide pasar del cortejo de la inteligente Nise a la tonta Finea porque, aunque es boba, tiene una sustanciosa dote, y clara y desvergonzadamente se lo manifiesta a su criado Pedro después de un monólogo —un soneto— a su propio pensamiento, «Hermoso sois, sin duda, pensamiento», en donde ya expone su decisión: «Pensamiento, mudemos de sujeto». [7] Teodoro acepta en seguida el cambio de una criada por una condesa. Es el trueque de la mariposa por el sol, que él no busca, pero que sabe rápidamente aprovechar. No lo vemos dividido entre dos amores, sino entre una certeza a su medida y una hipótesis en la que no se hubiera atrevido a pensar.


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Al principio su combate lo libra con las dudas. Y no quiere renunciar a Marcela por palabras dudosas, por nada, en suma; y esa actitud conservadora paradójicamente le llevará al triunfo. Es muy consciente de su lugar, y de la distancia que le separa de su señora, la condesa: «Nunca tan alto azor / se humilla a tan baja presa» (vv. 949-950) dice cuando se disuelve su primer espejismo. Pero el público sabe que en este caso así es, y no es un hombre enamorado de una bellísima gitanilla o de una ilustre fregona —el lector confía plenamente entonces en que la anagnórisis resuelva el conflicto—, es una condesa enloquecida por su secretario; realmente un alto azor que se humilla a una baja presa, pero es ella el azor, y él la baja presa. Lope juega muy fuerte, casi tanto como sus personajes, porque el público sabe que, debajo del disfraz —de secretario, de condesa— están el hombre, la mujer, y el deseo.

El conde Ludovico. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1619 El conde Ludovico. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1619

Cuando Teodoro ve que la condesa encierra a Marcela tras sorprenderlos abrazados, empieza a saber que no imagina, que es cierto lo que casi no se atreve a pensar. El acto primero acabará después de la intensa conversación entre Diana y Teodoro emboscados tras las palabras, con un nuevo soliloquio del secretario, un soneto esta vez. La ha visto sonrojarse, la ha sentido temblar, sabe ya que la mujer que es la condesa le quiere, y sin dudar elige el camino de los audaces, vuela, pero con el viento a favor: «¿Qué haré? Seguir mi suerte venturosa» (v. 1178). Y aparece el leit-motiv de la obra. Un poco más adelante la hará explícita a Tristán:

    Tristán, cuantos han nacido
su ventura han de tener;
no saberla conocer
es el no haberla tenido.
                                 (vv. 1412-1415)

Lo que a él le está ofreciendo la fortuna en ese momento no es sólo el amor de Diana, sino la posibilidad de ser conde; por eso concluye: «O morir en la porfía, / o ser conde de Belflor» (vv. 1416-1417). [8]

Fotografía de Ros Ribas, correspondiente al montaje de «El perro del hortelano» que realizó la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en 1989, sobre la versión de Antonio y Manuel Machado. Fotografía cedida por la Compañía Nacional de Teatro ClásicoYa en el acto segundo, seguirá hablando a solas, sólo su pensamiento puede ser su interlocutor; en bellas décimas le dará alas para que siga volando: «Id en buen hora, aunque os den / mil muertes por atrevido; / que no se llama perdido / el que se pierde tan bien» (vv. 1318-1321). Una vez la fortuna le ha mostrado lo que puede conseguir, irá a por ello. Pero va a tener que dar de nuevo marcha atrás. Diana le va a consultar sobre su elección de marido, y será el primero en saber que el marqués Ricardo es el favorecido. En un nuevo monólogo se confesará su error —o el de Diana—, ha imaginado disparates: «No más; despedíos de ser, / oh pensamiento arrogante, / conde de Belflor» (vv. 1712-1714). Y volverá a su lugar, «Queramos nuestra Marcela; / para vos Marcela baste» (vv. 1716-1717). Recobra su sensatez, proclama lo razonable: «Señoras busquen señores; / que amor se engendra de iguales» (vv. 1718-1719). Pero no es precisamente lo que va a confirmar la comedia, no es ésta su tesis, porque la obra se cimenta en continuas transgresiones.

Volverá Teodoro a su Marcela. Le cuesta un poco más convencerla, pero no mucho; Tristán le ayuda. Pero la escena será contemplada por la condesa y ésta, en ataque de celos, le hará escribir su propia confesión amorosa y le recordará lo que él sabe muy bien: «quien no estima su fortuna quédese para necio». Es el impulso que necesitaba su vuelo. Hecho Ícaro, [9] se alza hasta el sol, le confiesa su amor a Diana: «y así a decir me resuelvo / que te quiero, y que es disculpa / que con respeto te quiero» (vv. 2155-2157).

Se estrellará otra vez, pero ya no cejará: «viénele bien el cuento / del perro del hortelano» (vv. 2193-2194). Y la desafía: «pues coma o deje comer [...] que si no, desde aquí vuelvo / a querer donde me quieren» (vv. 2200-2204). Y culmina su provocación con la confesión que más puede dañar a la condesa: «Yo adoro a Marcela, y ella / me adora, y es muy honesto / este amor» (vv. 2216-2218). ¡Touchée! Ha dado en el blanco: los bofetones son la prueba. No queda duda alguna. Como le dice a Tristán: «está loca /de un amoroso deseo» (vv. 2268-2269). No le queda más que recordarle a Diana que ella es quien decide: «Mátame o dame la vida». Se atreve a mirar cara a cara a su sol, a hablar con palabras sin ambigüedad a Diana, la condesa de Belflor.

 


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