|
|
Dos hombres que huyen: el comienzo
de la comedia no puede ser más intenso. [1]
¿Por qué lo hacen? ¿Qué temen? ¿Quién puede haberlos reconocido? La
aparición de Diana llamando a los criados, el inmediato «¿Llama vuestra
señoría?» de Fabio la sitúa ya en el centro del espacio teatral, de
la acción; no los va a abandonar. La bellísima condesa de Belflor
es dueña y señora de su casa y de su destino. No tiene ni padre ni
hermanos, habituales guardianes del honor. La pretenden nobles: un
primo suyo, el conde Federico, y el engolado marqués Ricardo, y muchos
más; como le dice Octavio: «¿No hay mil señores que están, / para
casarse contigo, / ciegos de amor?» (vv. 69-71). Pero ella, haciendo
honor a su nombre, [2]
es esquiva, como la diosa; no les hace ningún caso.
Su destino teatral no va
a ser quedar vencida a la postre por el amor de uno de sus nobles pretendientes. Su
antagonista es otro. La lucha la librará consigo misma. El genio de Lope dejará a solas
a la hermosa condesa con su descubrimiento: el amor por su secretario. Llegará a él
invirtiendo, también, el orden de los sentimientos: [3] siente celos al ver que es el enamorado de su doncella Marcela, y así
se da cuenta de su amor. Impedir esa relación y manifestar a Teodoro sus sentimientos sin
desdoro suyo va a ser su inmediata y difícil empresa.
Su situación privilegiada le permite intervenir
en esos amores que quiere romper; su belleza y su poder la convierten en sol hacia el que
en seguida querrá remontarse su secretario. Los obstáculos se desvanecen, pues, para ese
amor que se ha desvelado en la condesa; pero entonces Diana ve su propia imagen y no puede
seguir: se va a convertir en el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. No
soportará ver cómo se reanuda una y otra vez, después de sus desplantes, el idilio
entre Marcela y Teodoro, pero al mismo tiempo no puede oír las palabras amorosas de su
criado. Le gustaría tenerlo siempre a sus pies adorándola sin esperanza, sin ojos para
nadie más que ella. Pero los personajes de esta comedia tienen alma y tienen cuerpo, son
seres apasionados, y la fuerza de su deseo se deja sentir en los versos.
|

|
Diana, cuando descubre quiénes son los que huyen al sorprenderlos
de noche en su casa y se entera de la historia amorosa entre su
secretario y una de sus doncellas, se siente arrastrada por una
curiosidad malsana, y como una voyeuse de palabras, primero
le pregunta a Marcela: «¿Y qué te dice?» (v. 262); y luego a Teodoro:
«¿Qué le has dicho, por mi vida?» (v. 1049). Lo que oye es lo que
podría decirle a ella cualquiera de sus nobles pretendientes: «Yo
pierdo / el alma por esos ojos» (vv. 264-265), porque esta comedia
no diferencia a Marcela o a Teodoro de la condesa de Belflor por
el lenguaje. Hay dos categorías de criados, y sólo la última, a
la que pertenece Tristán, hablará y se comportará como tal. Marcela
dirá a solas dos sonetos que bien pudiera haber dicho su señora
o un galán despreciado. Por otra parte, cuando el marqués Ricardo
quiera elevarse en engolados endecasílabos, caerá en el afectamiento
ridículo.
Diana se quedará sola después de aceptar y
proteger el matrimonio de sus subordinados. Su monólogo un soneto apunta
sólo una cierta inquietud. Se confiesa la envidia por ese «bien» ajeno, pero su
concepto del honor nos la ofrece muy convencida de su lugar:
Es el amor
común naturaleza,
mas yo tengo mi honor por más tesoro;
que los respetos de quien soy adoro
y aun el pensarlo tengo por bajeza.
(vv.
329-332)
No parece que la confesión
de igualarse con la condición de Teodoro sea más que un deseo oculto
de una dama muy consciente de su condición social: «quisiera yo
que, por lo menos, / Teodoro fuera más para igualarme, / o yo, para
igualarle, fuera menos» (vv. 336-338).
Pero en seguida veremos que no
es así, que su pasión la domina. Intentará decirle a Teodoro lo
que siente con la traza de una supuesta carta de una amiga enamorada
[4]
y, al sorprender el abrazo de Marcela y Teodoro, vendrá su primera
reacción violenta por los celos: encierra a Marcela en su aposento.
Aplicará luego la técnica que Tristán recomendaba a Teodoro para
que olvidara a Marcela, le dirá a su secretario: «sé yo que en Marcela
/ hay más defetos que gracias» (vv.1068-1069), y unos los apunta
y otros no los dice. Y además vuelve al tema de su supuesta amiga
«que ha días que no sosiega / de amores de un hombre humilde» (vv.
1084-1085) y le pide consejo a él. Lope nos ofrece una escena intensísima
llevando a sus personajes al límite de las palabras. ¿No había dicho
Teodoro «las palabras poco cuestan»? Pues Teodoro aconsejará que
la dama «haga que con un engaño, / sin que la conozca, pueda / gozarle»
(vv. 1125-1127). Pero Diana va más allá, su «¿No será mejor matarle?»
(v. 1129) señala a Teodoro lo vulnerable que es en su incursión
teórica aún en ese terreno. Otras voces de muerte amenazando
a Teodoro resonarán en la obra. ¡Menos mal que es comedia!
 |
 |
|

|
Ya en el acto segundo, la oiremos confesar su
amor imposible a Anarda, la criada que le sirve de confidente (ella fue la que le desveló
los amores que a tal estado la han llevado). No puede aceptar a sus pretendientes porque
no los quiere y sí ama a otra persona: «No los quiero, porque quiero, / y quiero porque
no espero / remedio» (vv. 1613-1615), como le dice en críptico lenguaje heredado de la
poesía cancioneril. No se atreverá, avergonzada, a confesar quién es, pero sí la
humildad de su condición. Y al mismo tiempo, hace un alarde de voluntad y decide no
querer: «Quien quiere, puede, si quiere, / como quiso, aborrecer. / Esto es lo mejor: yo
quiero / no querer» (vv. 1634-1637). En vano, se le avisa la canción, el
coro de lo imposible de su empresa, ella confía en sus fuerzas: «yo sé mi
condición, / y sé que estará en mi mano, / como amar, aborrecer» (vv. 1651-1653). Pero
el escepticismo de Anarda es el del público: «Quien tiene tanto poder / pasa del límite
humano» (vv. 1654-1655).
Tomará la
resolución que zanjaría ese loco amor: elegir a uno de sus pretendientes, al marqués
Ricardo, pero lo hará mala señal hablando con Teodoro. Es un desafío vano
al amor y a su fuerza: «Las palabras poco cuestan». Será otra vez espía ya no de
palabras, sino de acciones. Oculta escena esencialmente teatral, asistirá a
la reconciliación entre Teodoro y Marcela y no soportará ni el abrazo ni oír lo que de
ella dicen. Y se desbordará la furia y la pasión de Diana: hará escribir al secretario
la carta de su propia confesión «Cuando una mujer principal se ha
declarado...», convertirá su elección de marido en confusión de criado, se
confesará en un bello monólogo «¿Qué me quieres, amor?...» la fuerza de
su amor, el poder de los celos; pero cuando Teodoro se atreva a confesarle su amor, le
frenará, le recordará su lugar. Teodoro no se acobarda y expone con toda claridad la
situación: ella es el perro del hortelano:
Mas viénele bien el cuento
del perro del hortelano.
No quiere, abrasada en celos,
que me case con Marcela;
y en viendo que no la quiero,
vuelve a quitarme el jüicio,
y a despertarme si duermo;
pues coma o deje comer,
porque yo no me sustento
de esperanzas tan cansadas,
que si no, desde aquí vuelvo
a querer donde me quieren.
(vv. 2193-2204)
Y Teodoro seguirá hasta la
confesión que Diana no puede soportar: «Yo adoro a Marcela, y ella
/ me adora, y es muy honesto / este amor» (vv. 2216-2218). La condesa
pierde los nervios y lo abofetea: es una confesión pública de su
pasión. Teodoro lo sabe ya muy bien: ella es el perro del hortelano,
y lo es porque su amor ha elegido un sujeto que no conviene a su
honor. Y no hay guardián que burlar, no puede ser dama tracista
de comedia. Ella misma es el guardián de su honra, ella, que no
puede no querer a quien no debe. La hermosa Diana no tiene más elección
que la desdicha, y no parece muy dispuesta.
|
|
|
|

| Introducción |
| Portada del CVC |
| Obras de referencia | Actos culturales | Foros | Aula de lengua | Oteador |
| Rinconete | El trujamán |
| Enviar comentarios |
Centro
Virtual Cervantes
© Instituto Cervantes (España), . Reservados todos los derechos.
|
|