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El perro del hortelano

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Dos hombres que huyen: el comienzo de la comedia no puede ser más intenso. [1] ¿Por qué lo hacen? ¿Qué temen? ¿Quién puede haberlos reconocido? La aparición de Diana llamando a los criados, el inmediato «¿Llama vuestra señoría?» de Fabio la sitúa ya en el centro del espacio teatral, de la acción; no los va a abandonar. La bellísima condesa de Belflor es dueña y señora de su casa y de su destino. No tiene ni padre ni hermanos, habituales guardianes del honor. La pretenden nobles: un primo suyo, el conde Federico, y el engolado marqués Ricardo, y muchos más; como le dice Octavio: «¿No hay mil señores que están, / para casarse contigo, / ciegos de amor?» (vv. 69-71). Pero ella, haciendo honor a su nombre, [2] es esquiva, como la diosa; no les hace ningún caso.
Diana, condesa de Belflor. Figurín realizado por Pedro Moreno para la película «El perro del hortelano», dirigida por Pilar Miró (1995). Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 5562 Diana, condesa de Belflor. Figurín realizado por Pedro Moreno para la película «El perro del hortelano», dirigida por Pilar Miró (1995). Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 5564 Diana, condesa de Belflor. Figurín realizado por Pedro Moreno para la película «El perro del hortelano», dirigida por Pilar Miró (1995). Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 5565 Diana, condesa de Belflor. Figurín realizado por Pedro Moreno para la película «El perro del hortelano», dirigida por Pilar Miró (1995). Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 5563

Su destino teatral no va a ser quedar vencida a la postre por el amor de uno de sus nobles pretendientes. Su antagonista es otro. La lucha la librará consigo misma. El genio de Lope dejará a solas a la hermosa condesa con su descubrimiento: el amor por su secretario. Llegará a él invirtiendo, también, el orden de los sentimientos: [3] siente celos al ver que es el enamorado de su doncella Marcela, y así se da cuenta de su amor. Impedir esa relación y manifestar a Teodoro sus sentimientos sin desdoro suyo va a ser su inmediata y difícil empresa.

Su situación privilegiada le permite intervenir en esos amores que quiere romper; su belleza y su poder la convierten en sol hacia el que en seguida querrá remontarse su secretario. Los obstáculos se desvanecen, pues, para ese amor que se ha desvelado en la condesa; pero entonces Diana ve su propia imagen y no puede seguir: se va a convertir en el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. No soportará ver cómo se reanuda una y otra vez, después de sus desplantes, el idilio entre Marcela y Teodoro, pero al mismo tiempo no puede oír las palabras amorosas de su criado. Le gustaría tenerlo siempre a sus pies adorándola sin esperanza, sin ojos para nadie más que ella. Pero los personajes de esta comedia tienen alma y tienen cuerpo, son seres apasionados, y la fuerza de su deseo se deja sentir en los versos.

Teodoro. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1626 Diana, condesa de Belflor. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1355


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Diana, cuando descubre quiénes son los que huyen al sorprenderlos de noche en su casa y se entera de la historia amorosa entre su secretario y una de sus doncellas, se siente arrastrada por una curiosidad malsana, y como una voyeuse de palabras, primero le pregunta a Marcela: «¿Y qué te dice?» (v. 262); y luego a Teodoro: «¿Qué le has dicho, por mi vida?» (v. 1049). Lo que oye es lo que podría decirle a ella cualquiera de sus nobles pretendientes: «Yo pierdo / el alma por esos ojos» (vv. 264-265), porque esta comedia no diferencia a Marcela o a Teodoro de la condesa de Belflor por el lenguaje. Hay dos categorías de criados, y sólo la última, a la que pertenece Tristán, hablará y se comportará como tal. Marcela dirá a solas dos sonetos que bien pudiera haber dicho su señora o un galán despreciado. Por otra parte, cuando el marqués Ricardo quiera elevarse en engolados endecasílabos, caerá en el afectamiento ridículo.

Diana se quedará sola después de aceptar y proteger el matrimonio de sus subordinados. Su monólogo —un soneto— apunta sólo una cierta inquietud. Se confiesa la envidia por ese «bien» ajeno, pero su concepto del honor nos la ofrece muy convencida de su lugar:

    Es el amor común naturaleza,
mas yo tengo mi honor por más tesoro;
que los respetos de quien soy adoro
y aun el pensarlo tengo por bajeza.
                                                             (vv. 329-332)

No parece que la confesión de igualarse con la condición de Teodoro sea más que un deseo oculto de una dama muy consciente de su condición social: «quisiera yo que, por lo menos, / Teodoro fuera más para igualarme, / o yo, para igualarle, fuera menos» (vv. 336-338).

Pero en seguida veremos que no es así, que su pasión la domina. Intentará decirle a Teodoro lo que siente con la traza de una supuesta carta de una amiga enamorada [4] y, al sorprender el abrazo de Marcela y Teodoro, vendrá su primera reacción violenta por los celos: encierra a Marcela en su aposento. Aplicará luego la técnica que Tristán recomendaba a Teodoro para que olvidara a Marcela, le dirá a su secretario: «sé yo que en Marcela / hay más defetos que gracias» (vv.1068-1069), y unos los apunta y otros no los dice. Y además vuelve al tema de su supuesta amiga «que ha días que no sosiega / de amores de un hombre humilde» (vv. 1084-1085) y le pide consejo a él. Lope nos ofrece una escena intensísima llevando a sus personajes al límite de las palabras. ¿No había dicho Teodoro «las palabras poco cuestan»? Pues Teodoro aconsejará que la dama «haga que con un engaño, / sin que la conozca, pueda / gozarle» (vv. 1125-1127). Pero Diana va más allá, su «¿No será mejor matarle?» (v. 1129) señala a Teodoro lo vulnerable que es en su incursión —teórica aún— en ese terreno. Otras voces de muerte amenazando a Teodoro resonarán en la obra. ¡Menos mal que es comedia!
El conde Federico. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1621 El conde Federico. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1621


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Ya en el acto segundo, la oiremos confesar su amor imposible a Anarda, la criada que le sirve de confidente (ella fue la que le desveló los amores que a tal estado la han llevado). No puede aceptar a sus pretendientes porque no los quiere y sí ama a otra persona: «No los quiero, porque quiero, / y quiero porque no espero / remedio» (vv. 1613-1615), como le dice en críptico lenguaje heredado de la poesía cancioneril. No se atreverá, avergonzada, a confesar quién es, pero sí la humildad de su condición. Y al mismo tiempo, hace un alarde de voluntad y decide no querer: «Quien quiere, puede, si quiere, / como quiso, aborrecer. / Esto es lo mejor: yo quiero / no querer» (vv. 1634-1637). En vano, se le avisa —la canción, el coro— de lo imposible de su empresa, ella confía en sus fuerzas: «yo sé mi condición, / y sé que estará en mi mano, / como amar, aborrecer» (vv. 1651-1653). Pero el escepticismo de Anarda es el del público: «Quien tiene tanto poder / pasa del límite humano» (vv. 1654-1655).

Tomará la resolución que zanjaría ese loco amor: elegir a uno de sus pretendientes, al marqués Ricardo, pero lo hará —mala señal— hablando con Teodoro. Es un desafío vano al amor y a su fuerza: «Las palabras poco cuestan». Será otra vez espía ya no de palabras, sino de acciones. Oculta —escena esencialmente teatral—, asistirá a la reconciliación entre Teodoro y Marcela y no soportará ni el abrazo ni oír lo que de ella dicen. Y se desbordará la furia y la pasión de Diana: hará escribir al secretario la carta de su propia confesión —«Cuando una mujer principal se ha declarado...»—, convertirá su elección de marido en confusión de criado, se confesará en un bello monólogo —«¿Qué me quieres, amor?...»— la fuerza de su amor, el poder de los celos; pero cuando Teodoro se atreva a confesarle su amor, le frenará, le recordará su lugar. Teodoro no se acobarda y expone con toda claridad la situación: ella es el perro del hortelano:

Mas viénele bien el cuento
del perro del hortelano.
No quiere, abrasada en celos,
que me case con Marcela;
y en viendo que no la quiero,
vuelve a quitarme el jüicio,
y a despertarme si duermo;
pues coma o deje comer,
porque yo no me sustento
de esperanzas tan cansadas,
que si no, desde aquí vuelvo
a querer donde me quieren.
                            (vv. 2193-2204)

El marqués Ricardo. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1623 El marqués Ricardo. Figurín realizado por Emilio Burgos para el montaje de «El perro del hortelano», dirigido por Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español (1962), sobre la versión de Federico Carlos Sainz de Robles. Museo Nacional del Teatro (Almagro), signatura F. 1623

Y Teodoro seguirá hasta la confesión que Diana no puede soportar: «Yo adoro a Marcela, y ella / me adora, y es muy honesto / este amor» (vv. 2216-2218). La condesa pierde los nervios y lo abofetea: es una confesión pública de su pasión. Teodoro lo sabe ya muy bien: ella es el perro del hortelano, y lo es porque su amor ha elegido un sujeto que no conviene a su honor. Y no hay guardián que burlar, no puede ser dama tracista de comedia. Ella misma es el guardián de su honra, ella, que no puede no querer a quien no debe. La hermosa Diana no tiene más elección que la desdicha, y no parece muy dispuesta.

 
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