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Lope de Vega creó en El perro del hortelano una de sus comedias
más perfectas. Una hermosa condesa se descubre enamorada de su secretario,
Teodoro, y vive apasionadamente el conflicto irresoluble entre su
honor y su amor: «Yo quiero a un hombre bien, mas se me acuerda /
que yo soy mar y que es humilde barco» (vv. 2128-2129). Teodoro se
encuentra con este regalo de la suerte y no lo deja pasar. Pero las
normas sociales son una barrera infranqueable..., aunque el ingenio
lo puede todo. Lope dejará que resuelva el conflicto el gracioso,
el fiel criado Tristán, con el engaño, con una ingeniosa traza.
Nuestro aplauso final nos
exige callar lo que sabemos, la historia de una bella condesa, que
fue perro del hortelano como dice el refrán popular,
y casó, al dejar de serlo, con un apuesto joven que no tenía más
patrimonio que su ingenio, sus letras y su pluma; pero que se alzó
hasta el sol, hasta ella, como Ícaro, el personaje mitológico, y
el viento de la fortuna le sopló a favor. Su criado lo dignificó
con una mentira, que hizo feliz a casi todos. Lope puso los versos,
los eficaces y bellos versos.
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