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La difusión del libro español en Francia y particularmente en París durante el siglo XVII (aspectos históricos y bibliométricos)
Por Christian Péligry
Director de la Biblioteca Mazarina, París

Los catálogos parisinos: origen de los libros

No cabe duda de que los libreros de la capital francesa difundían libros españoles, por eso nos parece interesante saber de dónde provenían dichas obras y cómo llegaban hasta las oficinas, y significativo aprehender el libro en su movilidad.Representación de Europa como reina. Grabado en la «Cosmographia» (1588), de Sebastián Münster

Los inventarios post mortem de los mercaderes alientan grandes esperanzas en el investigador pero los notarios, desgraciadamente, mucho más preocupados por la calidad formal o el valor mercantil de los libros que por su contenido, no perdían tiempo en redactar noticias bibliográficas impecables: apellidos deformados, títulos incompletos, fechas y lugares de impresión ausentes son vicios o lagunas bastante frecuentes en este tipo de documentos.

En cambio, los catálogos, cuya importancia alcanzaba de vez en cuando proporciones considerables, reflejaban con gran fidelidad los fondos de librerías: así el catálogo de Siméon Piget [1], publicado en 1646; el de Charles Chastellain, que apareció el mismo año [2]; o el repertorio de Louis de Villac, que pasaba de cien paginas [3].



Su contenido, que oscila entre ochocientos y cuatro mil volúmenes, generalmente bien descritos, puede ser analizado de una manera estadística, permitiendo observar en qué medida las obras publicadas en provincia o en el extranjero, y en concreto los libros españoles, llegaban hasta el público parisino. Lamentamos que estos elencos no aparezcan, en la capital de Francia, antes de los años 1639-1640.

Alemania, Abraham Ortelius, «Theatro de la Tierra Universal», Anveres, Christoval Plantino, 1588, lám. 29Después de examinar los treinta catálogos que salieron a la luz entre 1639 y 1663, constatamos que los libros impresos en la Península Ibérica representaban una pequeña minoría respecto a los que aparecieron en los Países Bajos, en Alemania, en Italia o en Lyon. Entre los dos mil cincuenta y seis lugares de impresión que hemos identificado en el repertorio de la viuda Pelé, en 1643, sólo cinco corresponden a ciudades españolas; por el contrario setecientas diez obras fueron impresas en una ciudad germánica (Colonia, Francfort, Basilea…), doscientas cuarenta y seis en Amsterdam, ciento cincuenta y una en Amberes, doscientas treinta y siete en Lyon etc. [4]. El importante catálogo de Siméon Piget, a pesar de sus cuatro mil volúmenes, no revela más de treinta y dos libros editados en España (dieciocho en Madrid); en él mismo, setecientos veinte libros tienen un pie de imprenta parisino, cuatrocientos setenta y uno vienen de Venecia, cuatrocientos cincuenta y uno de Lyon, doscientos treinta y seis de Francfort, ciento noventa y seis de Colonia, ciento ochenta y cinco de Amsterdam, ciento cincuenta y ocho de Amberes, ciento cuarenta y uno de Leyden, ochenta y nueve de Rouen, etc.



Afinemos ahora nuestra investigación, estudiando solo los libros de autores españoles que contienen los repertorios bibliográficos: esta categoría de obras se sitúa entre el uno y el cinco por ciento de las listas examinadas. El catálogo realizado por Du Buisson en 1650 nos parece verdaderamente excepcional con su diez por ciento de libros hispánicos [5]. De todas maneras, constatamos de nuevo la preeminencia en Europa de ciertas áreas o centros tipográficos.

Vista de Colonia, «Civitates Orbis Terrarum», Colonia, Petrus a Bachel, 1612El catálogo de la viuda Pelé (en 1643) contenía noventa y dos libros de autores hispánicos, de los cuales treinta y cinco provenían de Alemania, veinticinco de Lyon, diez de los Países Bajos, nueve de Italia, cinco de España, cuatro de Ginebra, dos de Rouen, los dos últimos sin identidad precisa.

En 1646, el catálogo de Siméon Piget ofrecía al público doscientas diecisiete obras hispánicas: sesenta eran de Lyon, cuarenta provenían de los Países Bajos, treinta y dos de España, veintisiete de París, veinticinco de Alemania, quince de Italia, cinco de Rouen, cuatro de Ginebra, dos de Lisboa, una de Toulouse, siendo los últimos de origen desconocido. Así pues, los comerciantes parisinos se dirigían espontáneamente hacia sus colegas del Norte o del Nordeste y, en segundo lugar, hacia las regiones transalpinas para abastecer sus fondos. Lyon, verdadera encrucijada, en contacto con Alemania, Italia, el Mediterráneo y Flandes —a través de París y su comarca— constituía un mercado de primer orden que los libreros parisinos aprovechaban regularmente. En cambio no parecían mantener relaciones privilegiadas con la Península Ibérica.

Hace falta ahora recorrer el camino que seguía el libro viajero desde su punto de partida hasta el centro de Francia, pasando por los numerosos itinerarios de la red comercial cuyo núcleo era París. Fijémonos un momento en el lugar de producción: España.


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Fragilidad de la imprenta española

El arte tipográfico fue probablemente introducido en España por Juan Parix, de Heidelberg, que llevó a cabo en 1472, en Segovia, la impresión del Sinodal de Aguilafuente. Este discípulo de Gutenberg tuvo al poco tiempo émulos en Zaragoza, Valencia, Sevilla y otras ciudades de la Península [6]. La imprenta conoció un desarrollo notable durante el siglo XVI, atraída por los polos de la actividad económica (Sevilla, Medina del Campo), por los focos más brillantes de la enseñanza universitaria (Alcalá de Henares, Salamanca, Valladolid) y, sobre todo, por la joven capital, Madrid, a partir de los años 1560-1580. La lista sería larga si tuviéramos que enumerar las grandes figuras del arte tipográfico en España; muchas de ellas venían del extranjero, como los alemanes Cromberger, instalados en Sevilla, o la familia italiana de los Giunti que encontramos en Burgos, Salamanca, Zaragoza y Madrid, donde Julio volvió a ser el primer director de la Imprenta Real. Al mismo tiempo florecía el comercio de libros: el caso de Benito Boyer, muerto en 1592 en Medina del Campo, dejando bienes considerables, constituye un buen testimonio de la prosperidad que sonreía en aquel entonces a los hombres atrevidos [7].

Vista de Amberes, «Civitates Orbis Terrarum», Colonia, Petrus a Bachel, 1612Sin embargo conviene subrayar el carácter efímero de un desarrollo industrial y comercial cuyos límites son evidentes para el historiador. Poco perceptible antes del reinado de Felipe III, la astenia de la Península se confirmó a principios del siglo XVII, provocando la inquietud legítima de los arbitristas. Las profesiones del libro —como muchos otros sectores— fueron duramente afectadas por el marasmo general que la política exterior de los Habsburgo no podía más que agravar. Pero a estas causas conjeturales se añadían causas específicas, analizadas con clarividencia por Blas González de Ribero en 1636. Este abogado del rey, a quien los libreros castellanos se habían dirigido para conseguir la supresión de una tasa recién creada, redactó en favor de sus clientes un memorable discurso cuya sinceridad y valor documental son incontestables [8].

Podemos afirmar que, bajo el reinado de Felipe IV, la actividad de los profesionales del libro —tipógrafos y libreros— cayó en un profundo letargo que se prolongaría hasta mediados del siglo siguiente. Factores políticos, religiosos o económicos, obstaculizaban la edición castellana, ahogando la producción y la venta de libros, que no conseguían alcanzar su pleno desarrollo. La censura preventiva administrada por las autoridades religiosas y civiles (en particular por el Consejo de Castilla, que exigía además varios ejemplares del libro impreso) y las intervenciones de la Inquisición, multiplicadas localmente por agentes demasiado escrupulosos y tal vez incompetentes, debieron desanimar, más de una vez, al pequeño mundo de los impresores y de los libreros.



Pero existían también privilegios que, concedidos y mantenidos por la voluntad real, causaron un grave perjuicio a la edición peninsular. El monopolio de venta de las cartillas regalado a la catedral de Valladolid, el de las gramáticas latinas que disfrutaba el Hospital general de Madrid, y más aún el exorbitante privilegio que regía el comercio de los libros litúrgicos en España, privaron a los impresores y a los libreros de un trabajo que era verdaderamente suyo. Estas anomalías, que infundían un gran resentimiento en los talleres y en las tiendas, privaban a unos y a otros de ganancias considerables, debilitaban de una manera irreversible su dinamismo y su espíritu de iniciativa. Por otra parte no olvidemos nunca la escasez de papel español que obligaba a los impresores a importar de Francia y de Italia sobre todo, una materia tan indispensable como costosa. La utilización sistemática del papel extranjero para imprimir libros de buena calidad ocasionaba un incremento en el coste de fabricación, que repercutía en el precio de venta; de hecho, el libro español resultaba menos competitivo en el mercado internacional, favoreciendo las ediciones más baratas realizadas por los competidores europeos. Al fin y al cabo el peso creciente de la fiscalidad, en el siglo XVII, desalentó profundamente una corporación esquelética, cada vez menos capaz de cumplir sus objetivos. En Madrid, por ejemplo, localizamos, en 1640, solo diez imprentas en las que trabajaban unos cincuenta maestros y oficiales mientras que los libreros de la capital española formaban un grupo de cuarenta y cinco personas [9].

Francia, Abraham Ortelius, «Theatro de la Tierra Universal», Anveres, Christoval Plantino, 1588, lám. 20Más que la relativa escasez de los profesionales, dos aspectos llaman nuestra atención en esta pintura sombría: por una parte, la falta de medios técnicos y de artesanos cualificados en los talleres tipográficos cuyos trabajos, a menudo, parecen groseros; por otra, la prudencia excesiva de los editores que no se atrevían, por falta de dinero, a emprender obras de cierto vuelo. Conscientes de la endeblez de sus compatriotas, juristas y teólogos, cuyas obras se dirigían naturalmente a un público europeo, se acostumbraron a frecuentar comerciantes extranjeros, de Amberes o de Lyon preferentemente, a pesar de las interdicciones reiteradas por el gobierno, como la pragmática de 1610. Por todo esto, en la España de Felipe IV, la imprenta no estuvo a la altura de su misión y se contentó con entregar a la cultura del Siglo de Oro «un vehículo de mediocre calidad: el libro de su tiempo» [10].


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Prosperidad del arte tipográfico en los Países Bajos (Bélgica)

El profesor H.-J. Martin constata que la superioridad tipográfica de los Países Bajos se afirmó a partir de los años 1620-1635, coincidiendo con la ruina de la edición italiana y el debilitamiento de los principales centros germánicos [11]. Además, las ferias de Alemania —donde nuevos mercaderes recién venidos de Amberes, de Douai, de Lovaina o de Bruselas sustituyeron a los de antaño— dan un buen testimonio de esta irresistible ascensión que simboliza de una manera emblemática la Oficina plantiniana.



La prosperidad de la edición antuerpiense se remontaba al siglo precedente, cuando Cristóbal Plantino se marchó de Francia, su país de origen, para instalarse a orillas del Escalda, primero como encuadernador, luego como impresor. En 1570 Felipe II otorgó al maestro de la Biblia políglota el título de «architipógrafo de Rey» y le concedió un monopolio muy lucrativo para la impresión de ciertos libros litúrgicos. Ya quedaba asegurada la fortuna de Plantino. Cuando murió, en 1589, su yerno Morentorf tomó las riendas de la casa que ostentaba orgullosamente la marca del Compás de oro. En adelante, el apellido latinizado de Moretus fue asociado al desarrollo de la edición antuerpiense, pues si existían en esta ciudad otras firmas prósperas —las de Nutius, de Bellère, de Van Meurs, de Verdussen—, ninguna manifestaba una actividad tan intensa como la Oficina plantiniana, ninguna desplegaba tan lejos las ramificaciones de su red comercial. El archivo del Museo Plantino ofrece un interés excepcional: permitió a Léon Voet reconstruir la historia de una casa editorial, estudiar en detalle su organización y su funcionamiento, evocar el día a día, a través de la correspondencia y de los libros de cuentas que están conservados, las esperanzas, las inquietudes, los fracasos y los éxitos de una gran familia de impresores y libreros [12].

Vista de París, «Civitates Orbis Terrarum», Colonia, Petrus a Bachel, 1612Baltasar Moretus dirigió la empresa de 1610 a 1641: hombre inteligente y erudito, frecuentaba a escritores y a artistas, en particular a Rubens, que realizó para su taller gran número de ilustraciones y frontispicios. Gracias a dicha amistad, el libro alcanzó un grado de perfección insuperable. Al mismo tiempo el volumen del negocio iba aumentando: en 1609, los trabajos tipográficos de Juan Moretus representaban ochenta y cinco mil florines [13]; Baltasar mejoró todavía más los resultados de la firma que, en 1637, llegaron hasta ciento quince mil florines. Evidentemente, la difusión de los libros litúrgicos en España por medio de los Jerónimos de El Escorial constituía una renta muy apreciable. Este comercio provechoso conoció una grave crisis hacia 1675-1680 [14], pero tomó nuevo aliento para prolongarse hasta mediados del siglo XVIII. Después de la muerte de Baltasar I, en 1641, su sobrino Baltasar II (1641-1674) y luego el hijo de este último, Baltasar III (1676-1696), dirigieron la Oficina del Compás de oro. Los Moretus, que anhelaban acceder algún día a la nobleza, vivían como grandes señores. La educación selecta del joven Baltasar II, retratado por Ruysbroeck, atestigua el desahogo y la promoción social que coronaban la labor inteligente de las tres generaciones precedentes. Poniendo sus prensas al servicio de la Contrarreforma, tejiendo lazos duraderos con España, haciendo de su oficina una de las mejores empresas editoriales de su tiempo, Cristóbal Plantino y sus herederos han proporcionado a los autores españoles una audiencia internacional. Además, Flandes, gracias a su situación política y geográfica, formaba una zona de contactos y de influencias a partir de la cual la cultura hispánica iba a propagarse hacia el reino de Francia [15].


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Las vías de penetración del libro español:
Rouen, Nantes, Montpellier, Lyon

¿Qué vías de penetración seguía el libro español? Desde Rouen que, ya en el siglo XVI, mantenía relaciones continuas con los puertos de la costa cantábrica o de Andalucía, una corriente comercial animaba el río Sena hasta París. Las vías fluviales favorecían también las comunicaciones entre la capital y el Este del país. Las carreteras que conducían desde España hacia Lyon, y más allá de esta ciudad hasta París, formaban una red compleja en la cual distinguimos, sin embargo, varios itinerarios. Los mercaderes que pasaban la frontera en Irún atravesaban Bayona y Burdeos para tomar después la dirección de Limoges, Clermont, Thiers y alcanzar, por fin, la gran ciudad del Ródano. Por este camino de mulas, escribe Richard Gascon, se efectuaba la mayor parte del tráfico entre Lyon y los reinos de Castilla y de Aragón [16].

Existía otra madeja de carreteras cuyos hilos, diseminados a través de Gascuña y Languedoc, se reunían en los territorios del Velay y del Forez antes de alcanzar Lyon y su comarca. Por fin, desde la costa catalana y el Levante español, las mercancías podían dirigirse hacia Marsella, donde cambiaban de embarcación para navegar por el Ródano; las que no terminaban su viaje en Lyon continuaban su trayecto por Tarare y Roanne y descendían el río Loire hasta Orléans. Llevados otra vez a lomo de mulas o transportados con carros, las cajas o fardos cruzaban los campos de la Beauce y del Hurepoix para llegar rápidamente a la capital. ¿Sería posible colegir, a lo largo de los itinerarios que hemos enumerado, los puertos y ciudades que marcaban las etapas del paso de libros en aquella inmensa telaraña?


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Rouen

Rouen, donde existía un gremio de impresores y de libreros muy activo, reclama nuestra primera atención. La colonia hispano-portuguesa [17], establecida desde hacía mucho tiempo a orillas del Sena (parroquia Saint-Etienne-des-Tonneliers y Saint-Martin-du-Pont), se componía de negociantes (como los Chalon y los Quintanadoine) y de judíos recién convertidos que habían huido de la Inquisición; esta comunidad, daba a la ciudad una fisonomía particular, desempeñando un papel cultural cuya importancia parece innegable.

Vista de Rouen, «Civitates Orbis Terrarum», Colonia, Petrus a Bachel, 1612Ambrosio de Salazar enseñó su lengua materna en Rouen, el autor del Cid pasó allí su juventud [18], Jean de Brétigny, que pertenecía a una familia española, tuvo la iniciativa de introducir en Francia la orden del Carmelo reformado por Teresa de Ávila y Juan de La Cruz. En 1624, el librero Charles Osmont se carteaba, desde Madrid, con su padre, que seguía trabajando en la ciudad normanda [19]. Pierre Mallard, por su parte, era amigo de Quevedo. Además, muchos libros hispánicos fueron impresos en dicha ciudad como lo atestigua el Catalogue du fonds espagnol et portugais de la Bibliothèque municipale de Rouen [20]: así, las obras de João Pinto Delgado, de Manuel Fernández Villareal, de Diego Enríquez Basurto, de Antonio Enríquez Gómez o la traducción de las Visiones de Quevedo, que gozó del favor del público hasta principios del siglo XVIII.

Sin embargo, hay que matizar: el catálogo del gran librero Jean Berthelin, publicado en 1647, no menciona, a pesar de las mil setecientas diecinueve ediciones que registra, más de dieciséis títulos en castellano (o sea 0,9 por ciento del conjunto). Sí existe, como lo observa atinadamente Jean-Dominique Mellot, una doble corriente comercial entre Rouen y los puertos de Bilbao o de San Sebastián [21], aunque es difícil determinar los libros que llegaban del extranjero, y en particular de España. Los «rapports de mer» de 1614 no consignan ningún flete de este tipo [22]; los documentos de archivos exhumados por Gosselin, en el siglo pasado, y luego por Pierre Dardel o Ivan Cloulas, no revelan impresos entre otras mercancías que los comerciantes de la capital normanda hacían venir de la Península [23]. Sin duda los Moretus expedían regularmente hacia el antepuerto de París las obras que salían de sus prensas, pero dichos libros, a menudo, eran descargados por los encomenderos de la firma antuerpiense para embarcar, de nuevo, hacia una ciudad cantábrica, portuguesa o andaluza. Las relaciones comerciales entre libreros de Rouen y libreros españoles han existido, indudablemente, pero la opacidad de las fuentes explotables dificulta todo ensayo de interpretación estadística y nos impide precisar el volumen, la naturaleza y el origen de los libros importados de España.


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Nantes

En Nantes también se había formado una colonia española que se desarrolló, durante el siglo XVI, en el barrio de la Fosse, alrededor de la parroquia de San Nicolás [24]. Los ciudadanos ibéricos conseguían fácilmente cartas de naturaleza, hasta tal punto que los nativos denunciaron en 1576 la liberalidad abusiva con que se entregaban dichos documentos. Ricos mercaderes —como la familia Ruiz, que constituye un ejemplo bastante conocido— participaban en la vida de la ciudad, tenían cargos oficiales, multiplicaban regalos en favor de la Iglesia, incluso poseían una capilla en el convento de los Franciscanos: «la capilla de los Españoles». En el siglo XVII se acabó la inmigración; solo quedaron las grandes familias instaladas desde hacía mucho tiempo y que se fundieron, a lo largo de los años, con la población local. Gracias a la asociación marítima de la Contratación, el comercio entre Nantes y las ciudades españolas —particularmente Bilbao— tuvo una prosperidad duradera.

Italia, Abraham Ortelius, «Theatro de la Tierra Universal», Anveres, Christoval Plantino, 1588, lám. 64Nantes se comunicaba, sobre todo, con el centro de Francia, cuyas mercancías eran transportadas por barcas sobre el río Loire; el puerto bretón representaba para Lyon su salida al mar; así es como la familia Ruiz —que Henri Lapeyre estudió detenidamente hace medio siglo [25]— envió con destino a España cantidades ingentes de papel procedente de Thiers e innumerables balas de libros mandadas por los libreros lioneses. Los comerciantes parisinos correspondían con sus colegas de Nantes, pero con menos intensidad y, la mayor parte de las veces, para cumplir un encargo lionés. Sospechamos que el libro español habrá podido aprovecharse de cierto tráfico en sentido inverso, desde el puerto bretón hacia la capital: el inventario de Toussaint Quinet, redactado en mayo de 1652, revela, en efecto, la presencia de un librero de Nantes [26]; pero este flujo comercial no debía de ser intenso; solo una investigación sistemática en los archivos permitiría determinar su volumen.


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Montpellier

Si Bordeaux y Toulouse, a pesar de su situación geográfica, no fueron centros de difusión privilegiados del libro hispánico, en cambio Montpellier parece haber desempeñado, en la primera mitad del siglo XVII, un papel interesante de intermedio cultural gracias al librero Pierre Du Buisson [27]. Éste último, proveniente de Toussaint Quinet —instalado en París— debía crear su fondo buscando libros en los alrededores de Montpellier, mientras que su padre se ocupaba del negocio familiar. Los catálogos publicados a su costa en 1639, 1640, 1642, 1644 y 1650, revelan que en cinco ocasiones Du Buisson llevó su mercancía a París: cuatro veces abrió una tienda en la feria de Saint-Germain; en 1650 vendía sus libros «au Collège royal, près Sainct-Benoist» [28].

Es indudable que los libros italianos son más numerosos que los españoles, aunque estos últimos crecen de forma significativa entre 1639 y 1650. Por otra parte, si nos fijamos en los pies de imprenta mencionados por los catálogos, observamos de nuevo un aumento espectacular de las obras impresas en España: nueve, siete, veinte, treinta y dos y ochenta y un volúmenes de origen peninsular aparecen sucesivamente. El aumento es muy perceptible entre 1644 y 1650. Este año, entre los ochenta y un libros impresos en España, sesenta y tres provienen del Nordeste del país (Aragón, Cataluña, Valencia). Todo parece demostrar que los acontecimientos que ocurrían entonces en aquella zona favorecían el comercio de Du Buisson. La independencia efímera de Cataluña, apoyada por Luis XIII, pudo estimular, en efecto, la actividad de los comerciantes franceses, como cabe deducir de los contratos firmados en Barcelona desde 1642 hasta 1649 [29]. Sea como fuere, Pierre Du Buisson, al llevar sus libros desde Montpellier a la capital francesa, hacia mediados del siglo XVII, abrió también camino a la cultura hispánica.


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Lyon

El dinamismo que manifestaron los libreros lioneses a lo largo de los siglos XVI y XVII ha sido decisivo, pues solo ellos —aparte de los de la capital— poseían el caudal y los medios técnicos suficientes para dar cierta amplitud a la difusión del libro español [30]. Varios factores contribuyeron a su brillante ascensión: el fin de la Guerra de los Cien años, el arranque económico de Francia a partir de los años 1460-1470, el desarrollo de las ferias internacionales de Lyon, facilitado en gran parte por la logística de los mercaderes y banqueros italianos. El comercio del libro fue aquí, más que en ninguna otra parte, tributario del capitalismo. Pero en esta ciudad no había ni Parlamento ni Universidad. De hecho los libreros que al empezar su carrera disfrutaban a menudo de sumas considerables, salieron del circuito local, que consideraban limitado, para buscar fuera otros mercados capaces de absorber la producción siempre creciente de los impresores. Eligieron los países meridionales —Italia y España— que, en unos decenios, volvieron a ser un sector esencial de su geografía comercial.

Suiza, Abraham Ortelius, «Theatro de la Tierra Universal», Anveres, Christoval Plantino, 1588, lám. 62El primer eslabón de esta larga cadena de libreros que mantuvieron relaciones con la Península Ibérica se llamaba probablemente Barthélémy Buyer. Más tarde encontramos a Jean Senneton, hijo de un pañero, a Pierre Landry, que dirigió durante veinte años una sucursal en Medina del Campo, a la familia de los Giunta cuyos miembros se asentaron en Zaragoza, Burgos, Salamanca y Madrid y, sobre todo, a Guillaume Rouillé, el príncipe de la edición lionesa, que desarrolló de tal manera sus negocios en España que logró formar «un réseau de dépôts à lui reliés par cent fils» [31]. Los disturbios de carácter religioso que agitaron la ciudad a partir de 1562 provocaron la huida de muchos impresores y libreros convertidos al calvinismo y ocasionaron, dentro de este grupo socio-profesional, cambios de fortuna espectaculares. Sin embargo, la crisis que afectó a los tipógrafos más que a los comerciantes de libros —mejor preparados para adaptarse al nuevo contexto— no significó un fracaso irremediable sobrevenido en plena prosperidad, porque, al final del siglo XVI, los lioneses mantenían todavía una buena posición en el mercado librero internacional. Incluso podemos afirmar que, al especializarse en la publicación de los teólogos españoles, iban a forjar la historia cultural y religiosa de la ciudad que, evidentemente, se transformó en un foco muy vivo de la Contrarreforma en Francia.



Los hermanos Cardon, por ejemplo, editaron entre 1599 y 1634 unos ciento treinta libros de autores hispánicos [32]. A la familia Ravaud y a la familia Prost las sucedieron pronto nuevas firmas cuyos protagonistas, con gran frecuencia, estaban asociados: Boissat y Remeus, Caffin y Plaignard, Laurent Arnaud, Philippe Borde y Claude Rigaud; unos y otros participaron igualmente en este amplio movimiento de reforma católica al financiar la impresión de los pesados infolios compuestos en latín por los jesuitas y los dominicos de la Península. Según Asensio Gutiérrez, a lo largo de la primera mitad del siglo XVII unos cincuenta autores españoles habrían sido editados en Lyon en vida [33]. Y no olvidemos que el Padre Escobar, a quien François Bertaut encontró en Valladolid en 1659, afirma con franqueza el prestigio de que gozaban los editores lioneses entre sus compatriotas [34].

Por otra parte los fondos de librerías, descritos, a veces, con gran precisión en los catálogos impresos, revelan la omnipresencia de libros hispánicos que los lioneses hacían entrar de forma sistemática en sus oficinas para satisfacer tanto los encargos de la clientela local como los más lejanos provenientes de París o de Amberes: los herederos de Rouillé publicaron en 1604 un grueso repertorio de trescientas doce páginas, donde hemos contado sesenta y nueve libros de autores españoles impresos en Lyon, y unos sesenta volúmenes escritos en la lengua de Cervantes, sin mención de procedencia [35]. El catálogo que Prost sacó en 1621 ofrecía a la curiosidad de su público ochocientas cuarenta y ocho obras con pie de imprenta italiano o español, ochocientos veintiocho impresos en Lyon, ochocientos noventa y siete en París y mil quinientos cuarenta procedentes del Imperio, de las Provincias Unidas o de los Países Bajos. Además, entre los cuatro mil ciento trece títulos de dicho repertorio, encontramos seiscientos setenta y ocho libros franceses, doscientos noventa y seis italianos, doscientos cincuenta y tres españoles y dieciséis alemanes [36]. En 1652, el librero Laurent Anisson ponía a la venta setenta y cuatro volúmenes que venían de España, a los cuales hay que añadir un buen número de ediciones en lengua española, y ciento cuarenta volúmenes de autores hispánicos impresos a orillas del Ródano [37]. A partir del decenio 1660-1670, la situación empezó a deteriorarse: el coste de fabricación del libro no cesó de aumentar en el siglo XVII —a causa de los salarios cada vez más elevados y del precio creciente del papel, cargado de tasas— de manera que la competencia extranjera se hizo insostenible y comprometió inexorablemente la prosperidad de la edición lionesa, fundada en las relaciones tradicionales con la Península Ibérica. La quiebra de la compañía Boissat-Remeus, en 1669, no fue, sin duda, un caso aislado [38]. La memoria redactada por el intendente d’Herbigny en 1697 marcaba el punto final de una gloriosa aventura que había durado casi dos siglos [39].


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El libro español en París durante el siglo XVII

Después de efectuar este largo viaje en compañía de arrieros, capitanes de navío y mercaderes, nos queda por precisar algunos aspectos sobre la difusión del libro español en la capital, volviendo primero a los catálogos de los libreros parisinos, y estudiando a continuación la actividad editorial de estos últimos.

«Biblia Sacra Hebraice...», Antuerpiae, Christoph. Plantinus, 1568-1573A través de los repertorios publicados de 1639 a 1661, creímos percibir una evolución: hasta 1646, en efecto, la mayoría de las obras hispánicas utilizan el latín: sobreabundan los tratados teológicos y jurídicos, las disertaciones filosóficas o las sumas científicas destinadas a un público erudito.

El libro religioso es dominante en esta producción en la que vemos desfilar los mismos autores: desde el jesuita Sánchez y el dominico Luis de Granada hasta Martín de Azpilcueta, Ramón Lull y Ramón Sabunde, sin olvidar a los innumerables exegetas de la Biblia (como Pineda, Estella, Toledo, Castro, Montano, Soto, Luis de León...) y a los mejores representantes de la oratoria sagrada (Lanuza, Diez, La Vega, Osorio, Murillo). A la literatura médica pertenecen las obras de Carranza, Fonseca, La Serna, García y de Castro, apellidos que aparecen con frecuencia. El Derecho conseguía una posición destacada, con juristas importantes como Gutiérrez, Covarrubias, Selva y García, cuyo De beneficiis parecía entonces hacer ley.



Después de 1646 —fecha del catálogo de Siméon Piget— los libros en lengua vernácula y las traducciones francesas, sin destronar los precedentes, son más frecuentes y contribuyen a ensanchar la selección propuesta por los libreros a su clientela. En adelante encontramos los trabajos de los historiadores famosos (Mariana, Garibay, Zurita, Sandoval) y una literatura de divertimiento que, día a día, encantaba más al público hispanófilo de la capital. De hecho, el ciclo de los Amadís (París, 1577; París, 1555) gozaba todavía de un éxito durable, la Diana de Montemayor se convertía en un auténtico best-seller, mientras que las novelas picarescas proliferaban en los escaparates, desde el Lazarillo de Tormes hasta la Garduña de Sevilla. De Cervantes los aficionados podían procurarse no solo el Quijote, sino también la Galatea, las Novelas ejemplares y los Trabajos de Persiles y Sigismunda; amén de las novelas de Cervantes, descubrían en las tiendas parisinas las de Ágreda y Vargas, las de María de Zayas y Sotomayor o las de Pérez de Montalbán. En cuanto a Lope de Vega ¿se podía hablar del Fénix con conocimiento de causa, o su fama se cimentaba en rumores sin fundamento? Los catálogos ofrecían a la curiosidad de los hispanófilos el Peregrino en su patria y los Pastores de Belén del ilustre autor, tres poemas suyos: la Filomena, la Jerusalén conquistada y San Isidro (Du Buisson, 1642 y 1650), así como una recopilación de Comedias (repertorio del mismo librero, 1642). Pero la poesía, sin embargo, se reducía a pocos títulos: la Araucana de Ercilla y las obras —reunidas o separadas— de Boscán y de Garcilaso de la Vega, que aparecen varias veces, las obras de Castillejo, que encontramos por lo menos una vez, en 1644, o de los hermanos Argensola, en 1650. Después de citar los poemas de Juan de Jáuregui y dos ediciones de Góngora que se esconden entre los libros llevados por Du Buisson en 1644 y 1650, no podemos profundizar ni detallar, más que a grandes rasgos, en qué medida los parisinos conocían o tenían la posibilidad de conocer la poesía escrita por nuestros vecinos. Los autores dramáticos, tan fecundos en la España del Siglo de Oro, deben contentarse con muestras escasísimas de su ingenio: la Tragicomedia de Calixto y Melibea, más conocida bajo el nombre de Celestina, unos ejemplares de Lope de Vega y de Tirso de Molina, pocas piezas del teatro calderoniano y unos ramilletes de comedias que descubrimos en la feria de Saint-Germain.

La difusión del libro español en París no puede limitarse, en modo alguno, a los escasos volúmenes que los libreros conseguían a distancia, en casa de sus corresponsales franceses o extranjeros: más significativa es la difusión que las prensas de la capital garantizaban a las obras hispánicas, lanzando de golpe en el mercado centenares de ejemplares de cada una. Desde principios del siglo pasado los bibliógrafos han intentado medir, a través de listas más o menos selectivas, el impacto de la cultura española en Francia, y aun en Europa, durante los siglos XVI y XVII. Solo mencionaremos aquí el trabajo de explorador que llevó a cabo en 1912 Foulché-Delbosc, la Bibliographie hispanique extra-péninsulaire de Vaganay y, sobre todo, la última encuesta realizada por Cioranescu [40]. Por nuestra parte, hemos buscado y descrito las impresiones de autores españoles que salieron en París entre 1598 y 1661 [41], enumerando quinientas quince noticias (o sea, mil ejemplares realmente consultados). Estas cifras, aunque no sean definitivas, dan buena idea de las tendencias hispanófilas de un público cuyas preocupaciones intelectuales han sido reveladas por H.-J. Martin [42]. Las traducciones francesas son, con mucho, las ediciones más numerosas (trescientas veinte, es decir 62 por ciento de nuestra bibliografía), pero hemos cosechado también un centenar de libros publicados en latín, y cerca de cincuenta ediciones en lengua española. Los libros de carácter religioso dominan tal producción (47 por ciento) y dejan atrás las obras propiamente literarias (25 por ciento), históricas (13,8 por ciento) y científicas (13 por ciento).


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«Le quatorziesme livre d’Amadis de Gaule...», Paris, Nicolas Bonfons, 1577En vez de analizar en detalle los resultados de esta reseña, veamos más bien si es posible sacar del anonimato, entre los ciento ochenta impresores y libreros que figuran en nuestra bibliografía, a alguno que otro especialista del libro español. En la masa de profesionales que surgen de una manera episódica, logramos aislar unos veinte mercaderes que, con toda certeza, consagraron gran parte de su actividad al servicio de la cultura hispánica. Sébastien Huré, por ejemplo, prospera con la edición de dominicos, mínimos, carmelitas descalzos y publicando, también, los escritos de los Oratorianos. «La concentration qu’il a réalisée dans le domaine du livre de spiritualité, afirma el profesor H.-J. Martin, ne peut se comparer qu’avec celle accomplie par Cramoisy dans d’autres secteurs» [43]. Si examinamos el catálogo de Sébastien Huré, que apareció en 1654, no vemos más que libros religiosos y observamos que, de las cuatrocientas ediciones realizadas por este librero, cuarenta se refieren a autores españoles [44]: mencionaremos las obras de santa Teresa (Château de l’âme, Chemin de perfection, Livre des fondations), las Homélies de Lanuza, la Somme de Villalobos, la Perfection chrétienne de La Puente, las Oeuvres de Granada, unos tratados de Arias, de Salazar o de San Ignacio.

El inventario de Robert Fouet, responsable de una docena de ediciones hispánicas fue redactado después de su muerte, en 1642, a petición de su viuda Gillette Chaudière [45]. En el fondo de la librería que constaba por lo menos de seis mil volúmenes, los grandes teólogos españoles de la Contrarreforma ocupaban la primera fila con los comentarios bíblicos de Soto, de Estella, de Toledo, de Salazar, el De matrimonio de Sánchez, las obras de Suárez y de Rodríguez, sin olvidar a los Mendoza, los Pérez, los Baeza, los La Puente. Señalamos, de pasada, una glosa de Vázquez sobre Santo Tomás (publicada en Lyon, en cinco volúmenes, y tasada en catorce libras torneses), las obras completas del mismo autor impresas en Amberes (tasadas en quince libras), unos diez ejemplares de Molina (Instructions des prêtres), quince Catéchismes de Granada, trece Sommes de Toledo. En definitiva, cinco ejemplares del Guzmán de Alfarache constituyen la única concesión del librero a la literatura de ficción.



Louis Boulanger fue también un editor importante de textos religiosos. Su inventario post mortem, que revela un fondo más rico aún que el de Robert Fouet, está fechado en septiembre de 1658 [46]. Entre los libros sin encuadernar que había almacenado en el «Collège de Maistre Servais», descubrimos trescientos sesenta y dos Catéchismes de Granada infolios, tasados en cincuenta sueldos: se trataba de una edición realizada cuatro años antes por dicho librero; Simon Martin se había encargado de traducir la obra del dominico español. Encontramos también setecientos cuarenta ejemplares del Marial del carmelita Avendaño, publicado en 1650: ¡se nota con qué lentitud los libreros despachaban su mercancía!

¿Queremos tener una idea más precisa de la tirada que alcanzaban publicaciones de esta naturaleza? Los protocolos nos ayudan a disipar el enigma: El contrato firmado el 13 de octubre de 1626 entre el impresor-librero Mathieu Leblanc y el papelero Jean Bourgeois obligaba a éste último a entregar seiscientas resmas de papel a Leblanc para la impresión de las obras de Luis de Granada [47]. La tirada prevista era de mil ejemplares. En 1640, François Piot y su mujer, Simone Souche, prometían devolver a Charles des Granges, consejero del rey, la suma de siete mil libras torneses que les había pasado en varias entregas para financiar la impresión de las Fleurs des vies des saints de Ribadeneira en una tirada de mil quinientos ejemplares [48].

Los libreros de Palacio, como muestran, por ejemplo, los inventarios de Toussaint Quinet o de Sommaville [49], eran especialistas de novedades literarias. En las galerías de Palacio, evocadas admirablemente por el buril de Abraham Bosse, uno podía encontrar libros españoles que estaban de moda en ese momento. La tienda de Rocolet [50], por ejemplo, ofrecía obras que no se encontraban en casa de Sébastien Huré o de Robert Fouet: junto a Granada y a Sánchez, vemos varios volúmenes de Amadís, los Anales de Aragón de Zurita, un Garibay, cinco o seis diccionarios de César Oudin. El librero disponía también, en su propia casa, de noventa gramáticas españolas, ciento noventa y ocho ejemplares del Lazarillo de Tormes, un centenar de Guerras de Granada y ciento treinta proverbios españoles-franceses.


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«Libro avreo de Marco Antonio...», Antonio de Guevara (O. F. M.), Paris, Galleot de Prado, 1529El fondo de Samuel Thiboust [51], inventariado en 1635, mostraba una selección muy interesante y variada: no solo obras de espiritualidad, entre las cuales destacan libros de Horas en español, sino también L’Histoire des chevaliers du soleil, de Orthuñez de Calahorra, el inevitable Amadís y las obras en español de Antonio Pérez. Thiboust guardaba en su desván, y en su reserva del Colegio de Montaigu, cincuenta Horas en español y un montón de novelas que había editado los años precedentes (Histoire des chevaliers du soleil): cincuenta ejemplares de la primera parte, ciento trece de la segunda, cuatrocientos cuarenta de la tercera, cuatrocientos cuarenta de la cuarta y quinientos cincuenta y cinco de la quinta, sexta y séptima partes.

Si, finalmente, consideramos los libros españoles impresos en París en su conjunto, comprenderemos quizás, en último término, en qué sectores de nuestra literatura ha sido más determinante la influencia de España [52].

No cabe duda que el renacimiento católico en Francia contrajo una deuda inmensa con España, pues la mitad de la bibliografía francesa se compone de textos religiosos: sumas teológicas, comentarios bíblicos, sermones, libros de espiritualidad y de edificación aptos para alimentar la piedad de los fieles. Hemos encontrado, por ejemplo, en las bibliotecas parisinas veintiocho ediciones de Santa Teresa y once de Ribadeneira.

¿Habría podido tomar la doctrina clásica lo mejor de sus principios fundamentales de la patria del Quijote? A decir verdad, los españoles escribieron pocos tratados teóricos y las obras que compusieron no podían suscitar la adhesión total de los autores franceses que defendían, por encima de todo, las reglas, el decoro y el buen gusto. Los traductores que trabajaron arduamente en el siglo XVII para divulgar la mayoría de las obras maestras de la literatura española pretendieron, lo hayan logrado o no, que sus versiones resultasen más delicadas y elegantes que los originales. Para conseguirlo, purgaron escrupulosamente sus digresiones excesivas, sus metáforas osadas, sus oscuridades e incongruencias. «Ce n’est pas en Espagne que le classicisme a pris sa source», afirma René Bray [53].



¿El ideal del cortesano que se formó a lo largo de la primera mitad del siglo XVII tomó d a España algunos de sus elementos? El Réveille-matin des courtisans de Guevara, traducido bajo este título por Sébastien Hardy, en 1622, y la Diana de Montemayor parecían estar llenos de preceptos cortesanos; pero Gracián, que debía de ser principal fuente de inspiración de los teóricos de «l’honnêteté», consiguió el honor de ser traducido más de una vez, en 1645, gracias a Gervaize. Maurice Magendie demostró, por su parte, que más valía orientarse hacia la patria de Castiglione y de Guazzo para remontarse a los orígenes de la cortesanía [54].

¿Qué podían conocer concretamente de la poesía y del teatro españoles los contemporáneos de Luis XIII y del joven Luis XIV, si solo tenemos en cuenta los libros impresos en la capital? No hemos encontrado ninguna edición parisina de Boscán, de Garcilaso o de Góngora. Los poetas no figuran en nuestra bibliografía y los autores dramáticos no tuvieron mejor fortuna: en vano se buscaría una edición o una traducción de Calderón de la Barca: la primera versión francesa de este autor salió en 1723 y hay que esperar la época romántica para ver, en español, algunos fragmentos del repertorio calderoniano [55]. Sin embargo nuestros autores clásicos no ignoraron, ni mucho menos, el filón inagotable de las comedias de donde sacaron un sinfín de temas, de personajes o de situaciones dramáticas.

Si la poesía y el teatro no tentaron a los editores parisinos, las novelas, por el contrario, alcanzan una importancia considerable en nuestra bibliografía (18,8 por ciento del conjunto) y los fondos de librerías que hemos examinado lo confirman: Mateo Alemán, Cervantes, Pérez de Hita, Quevedo, María de Zayas y Sotomayor, Castillo Solórzano, Lope de Vega y Montemayor, por citar modelos clásicos, han divertido a varias generaciones de lectores y nutrido su imaginación.


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NOTAS:

1. Catalogus librorum qui reperiuntur in officina Simeonis Piget bibliopolae parisiensis, Parisiis, ex officina Morelliana, M.DC.XLVI, 139 pp. (París: Biblioteca Nacional de Francia, Q 2531). Volver al texto

2. Catalogus librorum officinae Car. Chastellani [...] Lutetiae Parisiorum, in aedibus Caroli Chastellani [...] et in sua officina quae est in Foro Sancti Germani, à l’entrée de la Porte de la Treille, 1646, 95 pp. (París: B.N.F., Q 8638). Volver al texto

3. Catalogue des livres de Loys de Villac, Marchand libraire, demeurant en la Cour du Palais, au logis de la Thrésorerie de la Saincte Chapelle, Paris, vers 1653? (París: B.N.F., Q 2473). Volver al texto

4. Catalogue des livres arrivez chez Mme Pelé, rue S. Iacques, à la Croix d’Or, en l’année 1643, 137 pp. (París: Biblioteca Mazarine, 19 149, 1.° p.). Volver al texto

5. Bibliothèque Nationale de France: 8.° Q 8930. Cf. nota 28, para los otros catálogos de Pierre Du Buisson. Volver al texto

6. López-Vidriero, María Luisa y Pedro M. Cátedra: La Imprenta y su impacto en Castilla, Salamanca, 1998. Este ensayo contiene una bibliografía actualizada. Volver al texto

7. Archivo Histórico de Valladolid, legajo 6.741, ff. 478-568. Cristóbal Pérez Pastor publicó gran parte de este inventario en su Imprenta en Medina del Campo, Madrid, 1895. Bécares, Vicente y Alejandro Luis Iglesias: La librería de Benito Boyer, Valladolid, 1992. Volver al texto

8. Péligry, Christian: «Les difficultés de l’édition castillane au XVII.e siècle, à travers un document de l’époque», Mélanges de la Casa de Velázquez, 1997, XIII, pp. 257-284. Volver al texto

9. Ibidem, pp. 279-281. Volver al texto

10. Bohigas, Pedro: El libro español, Barcelona, 1962. Cf. también los Memoriales y discursos de Martínez de la Mata (edición y nota preliminar de Gonzalo Anes, Madrid, 1971, p. 106). Volver al texto

11. Martin, Henri-Jean: Livre, pouvoirs et société à Paris au XVII.e siècle, Paris, 1969, I, p. 306. Volver al texto

12. Voet, Léon: The Golden Compasses: a history and evaluation of the printing and publishing activities of the Officina Plantiniana at Antwerp, Amsterdam, 1972. Volver al texto

13. Sabbe, Maurice: L’œuvre de Christophe Plantin et de ses successeurs, Bruxelles, 1937, p. 62. Volver al texto

14. Ibidem, pp. 117-145. Volver al texto

15. Peeters-Fontainas (Bibliographie des impressions espagnoles des Pays-Bas méridionaux, Nieuwkoop, 1965) mostró de una manera convincente cómo esta provincia, que dependía todavía del reino de Castilla, amenazaba a Francia con una invasión pacífica de libros publicados en la lengua de Cervantes. Volver al texto

16. Gascon, Richard: Grand commerce et vie urbaine au XVI.e siècle, Lyon et ses marchands, Paris,1971, I, pp.162-165. Volver al texto

17. Cloulas, Ivan: «Les Ibériques dans la société rouennaise des XVI.e et XVII.e siècles», Sociétés savantes, Lettres et Sciences humaines, 1971, pp. 11-30. Cf. también los artículos de I.-S. Revah sobre la instalación de los marranos portugueses en Rouen. Volver al texto

18. Stegman, André: L’Héroïsme cornélien. Genèse et signification, Paris, 1968, I. Volver al texto

19. Mellot, Jean-Dominique: L’Edition rouennaise et ses marchés (vers 1600-1730): dynamisme provincial et centralisme parisien, Paris, École Nationale des Chartes (Mémoires et documents, 48), p. 203. Volver al texto

20. Doublet, Arlette: Catalogue du fonds espagnol [...] (1479-1700), Rouen, Publications de l’Université, 1970. Volver al texto

21. Mellot, op. cit., pp. 194 y sigs. Volver al texto

22. Archives départementales de la Seine Maritime, série B, Fonds de la Maréchaussée et Amirauté de Rouen, rapports de mer (26 de enero-11 de diciembre de 1614), 225 ff. Volver al texto

23. Gosselin, E.: Documents authentiques et inédits pour servir à l’histoire de la marine normande et du commerce rouennais pendant les XVI.e et XVII.e siècles, Rouen, 1876; Dardel, Pierre: Le Trafic maritime à Rouen aux XVII.e et XVIII.e siècles: essai statistique, Rouen, 1946; Cloulas, Ivan: Achat et importation de laines castillanes à Rouen par le marchand Alonce de Chalon (1620-1632), tirada aparte, s.n., s.d. (1972?), 14 pp. Volver al texto

24. Mathorez, Jules: «Notes sur les rapports de Nantes avec l’Espagne», Bulletin hispanique, (1913), pp. 68-92. Volver al texto

25. Lapeyre, Henri: Une famille de marchands, les Ruiz, Paris, 1955. Volver al texto

26. Archives nationales, Minutier central, estudio LXV, legajo 27 (14 de mayo de 1652). Volver al texto

27. Péligry, Christian: «Le rôle de la foire Saint-Germain dans la diffusion du livre espagnol (milieu XVII.e siècle)», Revue française d’histoire du livre, 3 trimestre, (1976), pp. 341-365. Volver al texto

28. Los catálogos de Pierre Du Buisson están conservados en la Biblioteca Nacional de Francia : 8.° Q 10A (años 1639, 1640, 1644) y 8.° Q 8930 (año 1650, véase la nota 5); en la Biblioteca Mazarine: 18.628 (años 1640, 1642, 1644); en la Biblioteca Sainte-Geneviève: Qb 4.° 175 INV. 302 rés. (año 1640). Volver al texto

29. Bonnassie, Pierre: «Contrats d’affrètement et commerce maritime à Barcelone au XVII.e siècle», Revue d’histoire économique et sociale, XXXV, (1957), pp. 255-265. Volver al texto

30. Péligry, Christian: «Les editeurs lyonnais et le marché espagnol aux XVI.e et XVII.e siècles, dans: Livre et lecture en Espagne et en France sous l’Ancien Régime», Coloquio de la Casa de Velázquez, 17, 18 y 19 de noviembre de 1980, París, 1981, pp.85-93. Volver al texto

31. Salomon, Noël: «Les Éditions en langue espagnole d’un libraire lyonnais du XVII.e siècle: Guillaume Rouille», Actes du 5.e Congrès national de littérature comparée, Lyon, 1962, p. 61. Volver al texto

32. Resultado de nuestras investigaciones en el fichero de la Biblioteca Municipal de Lyon. Volver al texto

33. Asensio Gutiérrez, Eugenio: La France et les Français dans la littérature espagnole; un aspect de la xénophobie en Espagne (1598-1665), Saint-Etienne, 1977. Volver al texto

34. Bertaut, François : Journal du voyage en Espagne, Paris, 1669, pp. 194-195. Volver al texto

35. Catalogus librorum in Gallia, Germania, Belgio, Italia et Hispania excusorum, qui Lugduni in officina Laurentii Anisson venales habentur, Lugduni, M.DC.LII, 208 p. (París, B.N.F.: Q 4472). Volver al texto

36. Martin, Henri-Jean: Livre, pouvoirs et société à Parisa au XVII.e siècle, Paris, I, p. 325. Volver al texto

37. Catalogus librorum Lugduni, Parisiis, Italiae, Germaniae et Flandriae excusorum, qui reperiuntur Lugduni in aedibus haeredum Gulielmi Rouillii, Lugduni, M DC IIII, 312 p. (París, Biblioteca Nacional de Francia: 8.° Q 4012-3). Volver al texto

38. Remilleux, Marie: «A propos d’une faillite de libraires», Nouvelles études lyonnaises, Paris, 1969, pp. 79-91. Cf. también: Roubert, Jacqueline: «La situation de l’imprimerie lyonnaise à la fin du XVII.e siècle», Cinq études lyonnaises, Paris, 1966, pp. 77-111. Volver al texto

39. Este documento ha sido publicado en la Revue d’histoire de Lyon (1902), I, pp. 342-343. Volver al texto

40. Foulché-Delbosc, R: Bibliographie hispano-française, Paris, 1912. Revue hispanique, XLII (1918), pp. 1-304. Cioranescu, Alejandro: Bibliografía hispanofrancesa (1600-1715), Madrid, 1977 (Anejo XXXVI del Boletín de la Real Academia Española). Volver al texto

41. Péligry, Christian: «La pénétration du livre espagnol en France pendant la première moitié du XVII.e siècle (1598-1661)», École nationale des chartes, Positions des thèses…, 1974. Volver al texto

42. Martin, op. cit. Volver al texto

43. Ibidem, I, p. 345. Volver al texto

44. Catalogue des livres imprimez par Sébastien Huré, au Cœur-bon, à Paris, 1654 (París, B.N.F., Q 9450). Volver al texto

45. Archives nationales, Minutier central, estudio XVI, legajo 85 (2 de septiembre de 1642). Volver al texto

46. Ibidem, estudio XCVII, legajo 10 (24 de septiembre de 1658). Volver al texto

47. Ibidem, estudio XI, legajo 111 (13 de octubre de 1626). Volver al texto

48. Ibidem, estudio XI, legajo 141 (15 de enero de 1640). Volver al texto

49. Ibidem, estudio LXV, legajo 27 (14 de mayo de 1652). Ibidem, estudio LVII, legajo 86 (9 de marzo de 1665). Volver al texto

50. Ibidem, estudio XXXIV, legajo 162 (13 de febrero de 1662). Volver al texto

51. Ibidem, estudio CX, legajo 83 (21 de mayo de 1635). Volver al texto

52. Cf. el trabajo sobresaliente de Cioranescu, Alejandro: Le Masque et le visage; du baroque espagnol au classicisme français, Genève, Droz, 1983. Volver al texto

53. Bray, René (1966): La Formation de la doctrine classique, Paris, 1966, p. 33. Volver al texto

54. Magendie, Maurice: la Politesse mondaine et les théories de l’honnêteté en France au XVII .e siècle, Paris, 1925.Volver al texto

55. Martín, Ana María: «Ensayo bibliográfico sobre las ediciones, traducciones y estudios de Calderón de La Barca en Francia», Revista de literatura, XVII (enero-junio, 1960), pp.53-100. Volver al texto


 

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