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Letras españolas de los Siglos de Oro en imprentas europeas
Por Klaus Wagner
Universidad de Sevilla

«La Biblia que es los Sacros libros...», [por Casiodoro de la Reina, Basilea, Thomas Guarin], 1569El maravilloso arte de la imprenta, que como ninguna otra invención influyó en el desarrollo del hombre moderno, se introdujo en España casi siempre de mano de extranjeros, principalmente alemanes y, en menor número, de franceses e italianos. Entre otras razones les atrajo, sin duda, la inicial política liberal de los Reyes Católicos en materia de imprenta. Pronto se verá, sin embargo, que las tipografías hispanas, situadas en la periferia de Europa, carecían del empuje y competitividad de las otras europeas. Con medios económicos más bien escasos, falta de mano de obra adecuada y otros inconvenientes materiales, como la frecuente escasez de papel, se vieron reducidas a trabajar casi exclusivamente para mercados locales. El libro internacional se producía fuera de España, en Alemania, Francia, Países Bajos e Italia. Por diversas razones como las aludidas, a las que con el tiempo se sumaron las crecientes trabas administrativas de las autoridades civiles y eclesiásticas y la intolerancia en materia religiosa, censura incluida, muchos autores editaron sus obras directamente fuera de la Península Ibérica.

No olvidemos, sin embargo, que en los siglos XVI y XVII España representaba la potencia militar y política más poderosa del momento, cuyas contribuciones a la cultura europea son realmente notables, si pensamos en la literatura, pintura, derecho y otros campos del hacer y saber humanos. Se comprende, pues, que muchas obras de autores hispanos se publicaran en su lengua original o traducidas. Con creces devolverá España a Europa el beneficio recibido de la imprenta.

Sin aspirar a ser exhaustivos trataremos las Letras españolas de los Siglos de Oro en imprentas europeas, teniendo en cuenta que por letras entendemos more antiquo, como así lo define el Diccionario de Autoridades, «ciencia, artes y erudición». Y para contribuir a que el concierto cultural europeo sea lo más completo y todas las voces españolas resuenen en la general polifonía, incluiremos al lado de las obras impresas en castellano las traducidas a las lenguas cultas europeas y las publicadas en latín: todas forman parte del mensaje intelectual de España.

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Alfonso Valdés, «The Sacke of Roome...», London, Abell Jeffes, 1590No todo fueron luces en el Siglo de Oro español, en el que, como en toda Europa, imperaban la intolerancia a causa del credo de las diferentes confesiones cristianas y la razón de Estado de los gobernantes, lo que comportaba tremendas represiones de tipo religioso, cuyos efectos en las letras veremos seguidamente.

Las primeras víctimas de la intolerancia en los comienzos de la época moderna de nuestra historia fueron los judíos. Expulsados en 1492, emigraron a varios países, la vecina Portugal, Italia, Norte de África, Grecia, Imperio Otomano y Países Bajos, llevándose consigo su lengua, cultura y tradiciones.

Desde tiempos atrás muchos de ellos ya no sabían el hebreo, lo que explica su afán por verter los textos bíblicos propios al castellano. El ejemplo más destacado es la llamada Biblia de Ferrara (Ferrara, 1553). El alcance de la misma se hace presente poco después en otra traducción de la Biblia, la llamada del Oso (Basilea, 1569), realizada por el protestante Casiodoro de Reina, cuando escribe en la «Amonestación del interprete [...] al Lector»:

De la vieja Translación Española del Viejo Testamento, impressa en Ferrara, nos auemos ayudado en semejantes necessidades más que de ninguna otra que hasta ahora ayamos visto, no tanto por auer ella siempre acertado más que las otras en casos semejantes, quanto por darnos la natural y primera significación de los vocablos Hebreos.


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Hernán Cortés, «De insvlis nvper inventis...», Coloniae, Arnoldi Birckman, 1532Más adelante volveremos sobre Casiodoro de Reina y otros disidentes que se vieron constreñidos a abandonar la patria, para refugiarse en los países de confesión protestante.

Ahora, en el solo ámbito de los autores judíos, cabe destacar los Dialoghi d’amore (Roma: A. Blado, 1535) de León Hebreo, obra capital para la difusión de la estética neoplatónica en el Renacimiento europeo que, reimpresa en repetidas ocasiones en Venecia, a lo largo del siglo XVI, en su versión primitiva en italiano, conoció una traducción al latín (Venecia, 1564), al francés (Lyon, 1595), y al español (Venecia, 1568), ésta última superada luego por la más lograda del Inca Garcilaso (Madrid, 1590).

Al lado de varias imprentas en Italia y de Rouen, donde entre otros impresos apareció el Poema de la reyna Ester: Lamentaciones del Propheta Ieremias: Historia de Rut y varias Poesias de Juan Pinto Delgado (1627), fueron las tipografías de Amsterdam, donde se estableció una numerosa e importante comunidad judía, las que más obras en castellano de autores sefardíes lanzaron al mercado del libro, impresas no sólo en esta ciudad sino también en Amberes, Bruselas y otras de los Países Bajos.



Pedro de Medina, «L’Arte del navegar...», Vinetia, Gioanbattista Pedrezano, 1554Los siglos XVI y XVII son «tiempos recios», por utilizar una frase de Santa Teresa de Ávila, debido a los enfrentamientos cada vez más enconados en el terreno de la religión. Hasta personas nada sospechosas de su religiosidad ortodoxa se vieron involucradas; piénsese en Erasmo y Juan Luis Vives. El humanista valenciano, por razones de su ascendencia judía, prefirió el exilio. Sus obras, sobre todo en su versión original latina, se publican en varias imprentas europeas, en París, Lyon, Colonia, Lovaina, Amberes, Selestat, Basilea, Brujas, si bien se tradujeron algunas de las menores a las lenguas europeas, además de al español. Así se editaron en Amberes la Introduction a la sabiduria y otras obras en la traducción de D. de Astudillo; en Francia Les dialogues y L’institution de la femme chrestienne; en Italia De ufficio del marito... Del’institutione de la femina christiana y en Alemania Anlaitung zu der rechten uñ waren Weysheit y Zwayhundert und dreyzehen ausserlesner Trabanten.

Más difícil lo tuvieron los auténticos disidentes, desde Miguel Servet hasta el ya mencionado Casiodoro de Reina, Cipriano de Valera, Antonio del Corro (The Spanish Grammer), Alfonso de Valdés (The Sacke of Roome) y otros, compelidos a llevar en muchos casos una vida errabunda, lo que explica la diversidad de los lugares en que publican sus obras.

Juan de Valdés (Comentario, 1556, Comentario, 1557) se fue a Italia, donde se imprimió póstumamente y en traducción italiana su Alphabeto Christiano (Venecia, 1546), en tanto que las Ciento diez consideraciones divinas vieron la luz en Basilea, 1550, igualmente vertidas al italiano. Sin embargo, sus Comentarios a los Romanos y a los Corintios se imprimieron en español (Venecia [Ginebra], 1556 y 1557 respectivamente).


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El caso más llamativo es el de Miguel Servet. «Maximus haereticus», odiado por católicos y protestantes, trató de ocultar su identidad con el nombre de Michael Villanovanus o Michele de Villeneuve (era oriundo de Villanueva de Sijena). Aunque publicara todas sus obras en latín, merece ser mencionado por la curiosa descripción que en su edición de la Geographia de Tolomeo (Lyon, 1535 y 1541) ofrece de España y de los españoles, en comparación con Francia y sus habitantes, en su conjunto acertada aunque no siempre benévola.

«Amadís de Gaula», [Venecia, Juan Antonio de Gabia, 1533].Igual destino incierto esperaba a los frailes que se fugaron del monasterio sevillano de San Isidoro del Campo y a otros disidentes españoles; aunque su fin, en la mayoría de los casos, no fuera tan sangriento como el de Servet: como recordamos, murió en la hoguera condenado por las autoridades de Ginebra manipuladas por Juan Calvino. En su vivir inestable se movieron de Ginebra a Inglaterra, de Inglaterra a Alemania, a Estrasburgo, la más liberal de la ciudades, a las no menos acogedoras Basilea y Francfort y otros lugares, siempre temiendo que los esbirros del Santo Oficio o, en algún caso, incluso miembros ofendidos de la propia familia pudieran dar con ellos, como así sucedió con Juan Díaz, asesinado por su propio hermano. El vil crimen fue ampliamente comentado y divulgado por algunos libelos. No es de extrañar que, a raíz de tales hechos, unidos a la creciente prepotencia española en Europa, se originase en la segunda mitad del siglo XVI una feroz corriente antiespañola en Alemania y no digamos en los Países Bajos. Entre 1580 y 1635 aparecieron en Alemania unas cincuenta publicaciones de este tipo; en ello emplearon su pluma entre otros Johann Fischart y Martin Opitz. En Francia A. Arnauld dio a la imprenta L’anti-espagnol.


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En la Alemania católica, como en otras partes del orbe católico, en cambio, se imprimía y se leía a los escolásticos salmantinos, como Francisco Suárez, cuyas Disputationes metaphysicae se editaron ocho veces; a los teólogos españoles, que habían tenido un papel importante en el Concilio de Trento, y a los místicos que alcanzaban hasta el espiritualismo místico del pietismo protestante. Entre todos los escritores religiosos, Fray Luis de Granada es uno de los más divulgados, ya con sus obras latinas, ya traducidas al alemán, francés, inglés e italiano. Su Guía de pecadores (Lisboa, 1556-57) circulaba incluso en los países protestantes.

En la España de los Siglos de Oro se produjo, como en ningún otro momento, una vasta literatura religiosa (Biblia; Biblia del Oso; Comentario, 1556, Comentario, 1557; Horas, 1507; Horas, 1560; Comentarios). Más de la tercera parte de los impresos realizados en la Península Ibérica son libros de devoción y de espiritualidad, en su gran mayoría escritos en lengua vernácula. No tiene nada de particular que este raudal de literatura mística y ascética fuese aprovechado por las imprentas francesas, flamencas y sobre todo por las alemanas de Munich, Ingolstadt, Dillingen, Würzburg, Maguncia y sobre todo de Colonia, que lanzaron al mercado más de doscientas ediciones latinas o en traducción alemana de las obras de Diego de Estella, Alonso de Orozco, Santa de Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, San Juan de Ávila, y otros. Un autor particularmente popular es sin duda Fray Luis de Granada.


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Nos hemos adelantado; tras este inciso, volvamos a los disidentes.

[«Celestina». Alemán], Augspurg, Sigismund Grymm, 1520Sobre la base de la Biblia traducida por el ya mencionado Casiodoro de Reina, Cipriano de Valera publicó la suya en Amberes (1602) que, en una versión modernizada, es la que divulgan hoy las Sociedades Bíblicas. Ya con anterioridad, en 1543 y también en Amberes, el burgalés Francisco de Enzinas (que se llamará helenizado Dryander y también François du Chesne) seguidor de Lutero y de Melanchthon, había publicado su traducción del Nuevo Testamento de Nuestro Redemptor. También tradujo y publicó las obras de Livio, Luciano y Plutarco. A Enzinas se debe probablemente también la edición de la Historia imperial de Pedro Mejía, Basilea, 1547.

Se comprende que las publicaciones en castellano de los heterodoxos españoles estuviesen menos pensadas para el público europeo que para los compatriotas que en la Península seguían en las tinieblas. A modo de ejemplo valgan algunas obras de Cipriano de Valera: Dos Tratados. El primero es del Papa y de su autoridad colegido de su vida y dotrina, y de lo que los Dotores y Concilios antiguos y la misma sagrada Escritura enseñan. El segvndo es de la Missa... (Londres, 1588 y 1599); Tratado para confirmar los pobres cativos de Berueria en la católica y antigua fe y religión cristiana y para consolar con la palabra de Dios en las afliciones que padecen por el Evangelio de Jesu-Christo, (s.l., 1594); también tradujo la Institución de la religión christiana de Juan Calvino (Londres, 1597). Por razones obvias son imprentas londinenses, especialmente la de Richard Field (o Ricardo del Campo, como también firma) las que mayor número de literatura calvinista y antiespañola publicaron.

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Uno de los méritos que se les atribuía a los españoles era su destreza como navegantes y descubridores de nuevas tierras.

La primera noticia que da a conocer a los españoles y a las demás gentes de Europa el maravilloso descubrimiento de tierras desconocidas, les será facilitada por el no menos mirífico invento de la imprenta. La célebre carta-relación que Cristóbal Colón dirigió a su regreso a su amigo y valedor Luis de Santángel se difundió rápidamente por toda Europa. A la primera edición que apareció en Barcelona en abril de 1493 siguió poco después una segunda estampada en Valladolid. En el mismo año de 1493 se publican en Roma tres ediciones de una traducción al latín, realizada por Leandro di Cosco, reimpresa dos veces en Basilea, tres en París, una en Amberes, a las que hay que añadir una traducción al alemán (Basilea, 1497), una versión en ottavarima de Giuliano Dati impresa dos veces en Roma (1493) y en Florencia (dos en 1493 y otras dos en 1495).


«Vida y hechos del ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha», Londres, J. y R. Tonson, 1738Con idéntico interés fueron recibidas en Europa las diferentes cartas-relaciones de Hernán Cortés sobre la conquista de México, como puede verse por las trece ediciones realizadas hasta 1556, entre ellas tres en lengua italiana, dos en alemán, dos en latín y sendas en francés y flamenco.

En adelante autores como Francisco López de Gómara, Pedro de Cieza de León y otros, ofrecerán puntual información acerca del hecho americano con sus obras impresas en Europa, ya en su versión original castellana, ya traducidas al italiano, francés e inglés. Particular mención merece fray Bartolomé de las Casas y su Breuissima relación de la destruyción de la Indias que, vertida al italiano, latín (Heidelberg, 1664), francés (Amsterdam, 1698 y Rouen, 1630) e inglés, fue aprovechada para fomentar la leyenda negra que se iba formando sobre España en toda Europa. El título sensacionalista de la versión francesa que se publicó en París, en 1630, Tyrannies et cruautez des espagnols commises es [sic] Indes Occidentales qu’on dit le Nouveau Monde no precisa de ningún comentario.

Entre las obras que pudieron familiarizar a los europeos con las condiciones y particularidades del Nuevo Mundo figuran la Historia natural y moral de las Indias del padre jesuita José de Acosta, el Tractado de las drogas y medicinas de las Indias Orientales de Cristóbal de Acosta, y las obras de botánica y medicina del médico sevillano Nicolás Monardes; todas fueron también traducidas casi de inmediato a varias lenguas europeas.

En las naciones que competían en Europa con España, interesaban naturalmente las obras dedicadas a las artes de navegación, como las de Pedro de Medina, Arte de navegar (Sevilla, 1545); traducida al italiano (Venecia, 1554), inglés, flamenco y francés (Lyon, 1554), y de Martín Cortés, Breve compendio de la sphera y de la arte de navegar (Sevilla, 1551 y 1556) que, si bien no fue reimpresa fuera de la Península Ibérica, conoció en lo que quedó de siglo siete ediciones en inglés.

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Vista de Lyon, «Civitates Orbis Terrarum», Colonia, Petrus a Bachel, 1612Uno de los libros más sorprendentes de la literatura española, la Celestina, se imprimió repetidas veces y en español en Venecia, Milán, Amberes, Lisboa y Rouen. La primera traducción a un idioma extranjero es la italiana, impresa en Venecia en 1506, a la que siguen otras siete hasta 1545. Las versiones alemanas de 1520 y 1533 se basan en la italiana. Entre 1527 y 1599, la obra de Fernando de Rojas conoció nueve impresiones en francés publicadas en Lyon (una), Rouen (dos) y sobre todo en París (seis). Bastante más tardías fueron las traducciones al holandés (Amberes, 1574, 1580 y 1616) y al inglés (Londres, 1631).

Entre los frutos tardíos (Ramón Menéndez Pidal) de literatura medieval española, cuyas obras remozadas y con nueva savia se exportan a Europa, se encuentra el Amadís (París, 1577; París, 1555; Venecia, 1553), que gozó de una aceptación extraordinaria en todas partes mientras duró la afición a las fantasías caballerescas. El Index Aureliensis registra más de doscientas setenta ediciones de los diferentes libros del Amadís realizadas fuera de España: diez en castellano (Lisboa, cuatro; Roma, dos; Évora, dos; Venecia y Lovaina, una). Desde que Francisco I, rey de Francia, que compartía con el emperador Carlos V, Santa Teresa de Ávila y San Ignacio el gusto por esta clase de lectura, mandara a Nicolas d’Herberay traducirlo, se multiplicaron las ediciones y reediciones en francés de varios traductores, entre ellas unas sesenta publicadas en París, más de cuarenta en Lyon y cerca de cuarenta en Amberes (!). En Venecia vieron la luz sesenta y ocho impresiones diferentes, cuarenta y seis en Alemania, de las cuales treinta y ocho se sacaron en Francfort relativamente tardías (entre 1561 y 1569), así como tres traducciones al inglés (libros 1-4, 5 y 6). Como muchas otras obras de la literatura española las traducciones al alemán (al igual que sucede con las inglesas) no suelen ser directas, sino basadas generalmente en versiones francesas. El Amadís fue sin duda uno de los éxitos editoriales más notables de la Europa de la segunda mitad del siglo XVI. Una amplia representación de ediciones del Amadís salidas de las prensas europeas puede verse en el presente catálogo. Con las novelas sentimentales, como la Cárcel de Amor de Diego de San Pedro, que hacía las delicias de las damitas, el Amadís, además de libro de cabecera, se convirtió en Francia, Alemania y otras partes en manual de urbanidad y cortesía, un breviario de amor de la sociedad europea del Renacimiento.


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Otro libro que impresionó también a esta sociedad fue La Diana de Jorge de Montemayor (Amberes, 1554; Venecia, 1568). Impresa repetidas veces en su lengua original en Lisboa, Venecia y Amberes, conoció numerosas traducciones al francés, incluida una bilingüe (París, 1603) y una al inglés con la de Gil Polo. En Alemania, donde llega tardíamente y se imprime ocho veces, cabe destacar las traducciones realizadas por Georg Philipp Harsdörfer y H. L. von Kuffstein, dos importantes intermediarios literarios.

Las novedades estéticas y literarias inherentes en el Lazarillo de Tormes, en las cuatro ediciones simultáneas de 1554 (Alcalá de Henares, Burgos, Medina del Campo y Amberes), no sólo hicieron que se tradujera casi de inmediato y con más o menos fortuna al francés (1560), al inglés (1576), en los Países Bajos (1579), Alemania (1617) e Italia (1622), sino que generó también imitaciones y continuaciones, siendo la más importante la Segunda parte de la vida de Lazarillo de Tormes de Juan de Luna (París, 1620). Mientras era «castigado» en España, el Lazarillo se publicó repetidas veces en Europa (Amberes, Lisboa, París, Milán, Roma) en su versión original castellana, a veces conjuntamente con la segunda parte de Luna. La buena acogida que el relato de las fortunas y adversidades de Lázaro tuvo en Italia, queda patente en las palabras que Antonio degli Antoni dirige a D. Juan Rodríguez de Salamanca, Potestad de Milán, en la dedicatoria de su edición milanesa de 1597: «Ha sido tan bien recibido el Libro de Lazarillo de Tormes en Italia de los que se deleitan en leer Libros Hespañoles, que hauiendose acauado los de la primiera [sic] impressión, las instancias de algunos amigos me ha hecho boluer a imprimir...».

El éxito que obtuvo Don Quijote de la Mancha (Dordrecht; Amsterdam; Lisboa; Bruselas; Londres) produjo pronto una serie de traducciones a las lenguas cultas europeas: así al alemán en 1621, al francés en 1614 (primera parte) y 1618 (segunda parte), al inglés en 1612 (primera parte) y 1620 (segunda parte), al italiano (1622-25). Las Novelas Ejemplares, publicadas en 1613 se tradujeron al francés, en 1626 al italiano, en 1640 al inglés y muy tardíamente, en 1753, al alemán a partir de una mala traducción francesa (Milán; Bruselas).



Con la excepción de los Países Bajos, de la vecina Portugal, Italia y Francia, raras veces se imprimen obras en lengua castellana. Sin embargo, las obras de los principales autores españoles —a los ya citados pueden agregarse Mateo Alemán, Baltasar Gracián, Fray Luis de Granada, Fray Antonio de Guevara, Pedro Mejía, Francisco de Quevedo, Santa Teresa de Jesús y otros menores— se dan a conocer a través de numerosas traducciones, adaptaciones o refundiciones, en ocasiones de manera indirecta a partir de traducciones previas a otro idioma.

A veces en esta u otra versión se acusan los cambios socioculturales y estéticos que se han producido entre la aparición del original y la publicación de aquellas. Un ejemplo especialmente ilustrativo es la «traducción» al alemán del Lazarillo de Tormes (Amberes; Milán), impreso por primera vez en Augsburgo en 1617: el traductor anónimo no sólo se basa en el Lazarillo castigado de 1573, toma el primer capítulo de la segunda parte apócrifa de Amberes, 1555, y transforma independientemente el final, sino que traslada la crítica social del clero a la nobleza e introduce las enseñanzas de la justificación establecidas por el Concilio de Trento, para mostrarnos a un protagonista cuya vida sigue un curso ascendente (Hoffmeister).

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La geografía de las letras españolas en Europa se extiende principalmente por varias ciudades de los Países Bajos, Italia, Francia y Alemania, que en su momento reunieron grandes e importantes centros de la imprenta y del comercio del libro en Europa y que intervienen grandemente en la difusión de obras españolas.

Los Países Bajos (Bélgica) con Amberes en cabeza, seguida de Lovaina, Bruselas, Brujas, Gante, Lieja y Leiden contribuyen decisivamente a la divulgación de obras españolas, y no solo en estos territorios entonces de soberanía hispana, sino en el resto de Europa. Jean Peeters-Fontainas, en su Bibliographie des impressions espagnoles des Pays Bas Méridionaux, cuenta mil cuatrocientas trece impresiones diferentes realizadas entre 1520 y 1785, con casi todos los grandes autores y obras españoles: Boscán con Garcilaso, Mateo Alemán, Antonio de Guevara, la Celestina, Cervantes (Quijote; Novelas; Persiles) Amadís, sin olvidar que una de las cuatro primeras ediciones conocidas del Lazarillo de 1554 salió de los tórculos de Martin Nucio. A este impresor antuerpiense, benemérito de las letras hispanas, se debe entre numerosas publicaciones de autores españoles, uno de los primeros Cancioneros de romances. Los Países Bajos asumen, sin duda, un papel importante de mediadores entre la literatura española y las otras europeas.

Aun cuando resulta más difícil concretar el número de obras hispanas que vieron la luz en Italia, puede afirmarse que la producción de las imprentas italianas fue inmensa, particularmente la de las venecianas. Conocida es la importante labor de intermediaria entre las letras españolas e italianas, desarrollada en la ciudad de las lagunas por Alfonso de Ulloa (Aviso; Vita, 1563; Vita, 1606) durante la segunda mitad del siglo XVI: sus ediciones en las lenguas originales y las traducciones, tanto del castellano a la lengua de Dante como de ésta a la castellana, incluyen obras como la Celestina de Fernando de Rojas, el Libro aureo del emperador Marco Aurelio y otras obras de Fray Antonio de Guevara, la Silva de varia lección y los Diálogos de Pedro Mejía, Diálogo de la dignidad del hombre de Hernán Pérez de Oliva, La Diana de Jorge de Montemayor y otras.


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En la Alemania de los siglos XVI y XVII, la recepción de la gran literatura española se produce tardíamente y, casi siempre, por mediación de traducciones al francés o al italiano. Una de las primeras obras importantes de la literatura española, que en fecha temprana se da a conocer en Alemania, la Celestina, se tradujo al alemán (Ain Hipsche Tragedia von zwaien liebhabenden Mentschen ainem Ritter Calixstus und ainer Edeln junckfrawen Melibia genant, Augsburgo, 1520) a partir de una de las primeras versiones italianas. Para lectores cultos muchas obras en español se vierten frecuentemente al latín. Así el humanista Kaspar von Barth publicó en 1624 su Pornoboscodidascalus, para Marcelino Menéndez Pelayo la mejor de las traducciones de la genial obra de Fernando de Rojas. El Reloj de Príncipes de Fray Antonio de Guevara se publicó en 1601, traducido al latín y comentado por Johannes Wanckel. En 1622 Joachim Caesar tradujo la obra de Juan Huarte de San Juan con el título Scrutinium ingeniorum. A Caspar Ens no solo se debe una guía turística de España, sino las traducciones al latín de las Epístolas familiares del obispo de Mondoñedo, que ya en 1598 fueron traducidas al alemán por Aegidius Albertinus, del Guzmán de Alfarache y del Lazarillo de Tormes (1623), estas últimas igualmente traducidas al alemán por el mismo Albertinus, y Niklas Uhlenhart, respectivamente. Der Landtstörtzer Gusman von Alfarache oder Picaro genannt (Múnich, 1615) obtuvo diez ediciones. Phantasio-Cratuminus sive homo vitreus (1631) es el título latino de El licenciado Vidriera de Miguel de Cervantes, cuya obra capital Don Quijote de la Mancha, fue traducida al alemán y publicada parcialmente por Pash Bastel con der Sohle, que no es otro sino el mencionado Joachim Caesar, en 1648; hasta 1682 no aparecerá la edición completa.

Por otro lado, algunas imprentas de varias ciudades alemanas como Estrasburgo, se dedicaban a lanzar al mercado ediciones en castellano, entre ellas particularmente las de obras de los clásicos latinos. Un editor especialmente activo fue Arnold Birckmann de Colonia, que no solo publicó obras de estas características en su ciudad sino también en París y Amberes.Richard Percyvall, «Bibliotheca hispanica...», London, Iohn Iackson, 1591

El mundo del libro inglés se concentra sobre todo en Londres (Quijote, 1687; Quijote, 1738; Corro; Percyvall; Valdés). Allí publican sus traducciones los aficionados a las letras españolas. Lord Berners, que al servicio del omnipotente Cardenal Wolsey había cumplido en 1518 una misión diplomática en España, tradujo a partir de una versión francesa de René Bertaut (París, 1531) el Libro aureo de Marco Aurelio de Fray Antonio de Guevara. Su traducción publicada en 1534, conoció hasta el final del siglo por lo menos una docena de reediciones.


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James Mabbe, que firma, con obvio juego de palabras, «Don Diego Puede-Ser», es el más celebrado de los traductores que haya dado a conocer obras literarias españolas de los Siglos de Oro a los lectores ingleses. Son realmente soberbias sus versiones del Guzmán de Alfarache (Londres, 1622) que tuvo 6 ediciones, de la Celestina (1631) y las Novelas Ejemplares (1640). La primera traducción (literal) del Quijote se debe a Thomas Shelton, quien la publicó en 1620, a la que sigue otra en 1652. Según Dale B. J. Randall, hasta 1657 se tradujeron de manera selectiva unos 25 autores españoles de obras de ficción, entre ellos, además de los ya mencionados, figuras tan señaladas como Jorge de Montemayor, Francisco de Quevedo (Cartas del Caballero de la Tenaza, el Buscón, Infierno enmendado, Sueños), Diego de San Pedro, Melchor de Santa Cruz, Antonio de Torquemada y María de Zayas y Sotomayor. A estas obras habría que añadir los libros de caballerías vertidos al inglés como varias partes del Amadís, Don Belianís de Grecia, Espejo de príncipes y caballeros, El caballero del Febo, Don Florando de Inglaterra, Palmerín de Oliva, Primaleón y Palmerín de Inglaterra. El conocimiento del español entre los ingleses de la época que contemplamos era más bien escaso, excepción hecha de algunas pocas personas, como Ben Jonson que leyó la segunda parte del Guzmán de Alfarache en su original.

En Francia son sobre todo París (Amadís, 1555; Amadís, 1577; Celestina; Quijote; Medrano; Bourgoing; Charpentier; Oudin; Salazar; Solís; Gracián; Guevara; Horas; Sagredo) y Lyon (Casa; Ferrus; Guevara; Horas; Medina; Sobrino; Caramuel) los grandes centros de la imprenta y del comercio del libro. De menor importancia fueron las imprentas de Rouen (Las Casas); Toulouse (Navarra; Torre), Caen y Douai. En Lyon, uno de los puntos capitales de las rutas del comercio europeo, potentes industrias tipográficas trabajaban a menudo para libreros y hasta impresores españoles, que desviaban a las mismas sus encargos; como el librero barcelonés Juan Trinxer, que en 1512 hace imprimir allí, en primera edición, el Arte de la Arismética de Juan de Ortega. Los impresores lioneses incluso sacaban por propia iniciativa libros de tema español o en lengua castellana, como el Orlando de Ariosto, o las innumerables Horas en romance temidas y perseguidas por el Santo Oficio de la Inquisición; todo a la vista de la limitada capacidad de las prensas en la Península Ibérica.


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Después de los Países Bajos, es Francia junto con Italia el país donde, ya desde finales del siglo XV, más obras de tema hispano se imprimen, sobre todo en numerosas traducciones. Y así seguirá de forma creciente.

Nicolás Antonio, «Bibliotheca Hispana Vetus...», Romae: ex typographia Antonii de Rubeis, 1696Si bien no se conoce ninguna edición francesa del Amadís en su lengua original española, fue, como ya se dijo, la obra más traducida y editada en Francia, más de doscientas veces en el siglo XVI, a las que habría que añadir unas decenas hasta en el XVII, así como una serie de imitaciones y adaptaciones (Losada Goya). A mediados del siglo apareció incluso una versión abreviada con el título de Le Trésor des livres d’Amadis, que conoció veinte ediciones hasta el final de la centuria (París, 1577; París, 1555). Se traducen y se imprimen el ya mencionado Lazarillo de Tormes, el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán (dos traducciones diferentes editadas una veintena de veces antes de 1700), a Miguel de Cervantes (Quijote, parte de las Novelas ejemplares, Persiles y Sigismunda), a Baltasar Gracián, gran número de las obras de Fray Luis de Granada, a Fray Antonio de Guevara, Jorge de Montemayor y algunas obras de Francisco de Quevedo y Santa Teresa de Jesús, para nombrar a las más insignes plumas hispanas.

A Francia llegan también los viejos temas épicos desaparecidos en Europa a finales de la Edad Media, gracias a que en España pervivieron en el romancero, en los libros de caballerías, en el teatro: así, el del héroe nacional Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, tratado por el dramaturgo Guillén de Castro, indujo a Pierre Corneille a escribir su tragedia Le Cid estrenada en París a fines de 1636.

Uno de los temas hispanos que más fortuna tiene en las artes universales es, sin duda, el de Don Juan, que en la época que contemplamos se manifiesta en Francia en el Don Juan ou le festin de Pierre, comedia en prosa y en cinco actos estrenada en París en 1665, de Molière, que lo había conocido a través de la Commedia dell’Arte italiana. Refundido a su vez en verso en otra pieza del mismo título por Thomas Corneille (1677), gozó de gran éxito en las escenas parisinas.

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Un factor poderoso para la difusión de la lengua y literatura española fueron, además de los imperativos políticos, las relaciones dinásticas de los Austrias. En las cortes italianas se hablaba y se leía español, lo mismo que en Viena, donde vivían escritores y poetas españoles como Cristóbal de Castillejo y Alfonso de Valdés, y se representaban algunas obras del teatro clásico español. A este respecto son muy instructivos los fondos bibliográficos españoles de varias bibliotecas italianas, la Nacional de Viena o la Bayerische Staatsbibliothek de Múnich, entre otras. Hasta algunos embajadores de potencias extranjeras destinados en la Corte de Madrid se aficionaron a las letras españolas, convirtiéndose en coleccionistas, si no en bibliófilos, que a su regreso se volvían en potenciales propagadores de la cultura hispana. Este es el caso del obispo polaco Piotr Dunin Wolski, que durante su estancia en España de 1561 a 1573 se dedicó a formar una colección de cerca de 500 libros, la cual actualmente se encuentra en la Biblioteca Jagellonica de Cracovia.

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«Hore beate marie secundum usum Romanum...», Parisiis, Symonis Vostre, 1507Como puede verse por el elevado número de obras impresas en lengua española fuera de la Península Ibérica, ésta se había convertido en un idioma si no universal, sí en una lengua usual para muchos europeos, sobre todo de las clases cultas, que además fueron incluyendo en las suyas propias gran número de hispanismos. Juan de Valdés en su Diálogo de la lengua refiere que en Italia «assí entre damas como entre cavalleros se tiene por gentileza y galanía saber hablar castellano». La presencia de España en el mundo es, según Cristóbal de Castillejo, la razón por la que «tan anchamente se platica y enseña ya la lengua española según antes la latina».

Y no les faltaban medios a los que estaban dispuestos a aprender, como numerosos diccionarios bilingües, trilingües y hasta de ocho y más idiomas (Franciosini; Percyval; Oudin, Le thresor...; Oudin, Refranes...; Tesoro; Victor; Vocabulario): al lado del clásico Dictionarium latinohispanicum et vice versa del maestro Antonio de Nebrija; el tantas veces editado Vocabulario de las dos lenguas toscana y castellana de Cristóbal de las Casas; el Diccionario muy copioso de la lengua Española y Francesa de Jean Pallet; A Particulare Vocabulary in English, Italian, French and Spanish (el título se repite en cada uno de los idiomas enunciados) de James Howell; o el delicioso Tesoro de las dos lenguas francesa y española de César Oudin (Colonia, 1617; Colonia, 1671; París, 1607), que teniendo como referente principal el Tesoro de la lengua Castellana o Española de Sebastián de Covarrubias, y basado en textos literarios, como éste, se convirtió en una obra modélica a seguir, hasta comienzos del siglo XIX, por otros lexicógrafos, como Lorenzo Franciosini: Vocabulario italiano e spagnolo, Roma, 1620 (Diálogos y Vocabulario); y John Misheu: Vocabularium hispanico-latinum et anglicum, Londres, [1617?]. En 1675 se publicaron los deliciosos Dialogos familiares: en los qvales se contienen los discursos, modos de hablar, proveruios y palabras Españolas mas comunes: Muy vtiles y prouechosos para los que quieren aprender la lengua Castellana... de Juan de Luna (París, 1619).



Tampoco faltan gramáticas del español para italianos, franceses, ingleses, alemanes, flamencos, a veces para individuos de dos y más comunidades lingüísticas (Alessandri; Fabre; Franciosini; Bourgoing; Charpentier; Cordero; Casa; Ferrus; Oudin; Rodomontades; Sobrino; Támara; Villalón; Corro; Gramática; Vtil y breve...; Miranda; Salazar). A mediados del siglo XVI y en un espacio breve de tiempo, salieron a la luz gramáticas españolas publicadas en los Países Bajos. A la de autor anónimo Vtil y breve institution para aprender los principios y fundamentos de la lengua Hespañola (Lovaina, 1555), sigue la Gramatica Castellana del licenciado Cristóbal de Villalón (Amberes, 1558) que se ve inducido a redactarla por los motivos ya señalados por Juan de Valdés y Cristóbal de Castillejo. En el «Prohemio al lector» escribe:

[...] forçome por el consiguiente a esta empresa ver el comun de todas las gentes inclinadas a esta dichosa lengua; y que les aplaze mucho y se preçian de hablar en ella. El Flamenco, el Italiano, Ingles, Frances. Y avn en Alemania se huelgan dela hablar: avnque se presume que sea alguna parte de causa ver que el nuestro Emperador Carlos se preçia de Español natural.


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Jorge de Montemayor, «La Diana», Venecia, [Cosme de Trino e Monferrato], 1568Al año salió en Lovaina la Gramatica de la Lengua Vulgar de España de autor desconocido. Entre las numerosas gramáticas que se publicaron a lo largo de los siglos XVI y XVII, nos limitaremos a señalar algunas de las que pueden verse en la presente exposición: la del mencionado C. Oudin, Grammaire et obseruations de la langue espagnolle, Paris, 1597; la de Antoine Fabre, Grammaire pour apprendre les langues italienne, francoise et espagnole [...]; auec l’authoritè & grand nombre de frases tirees des meilleurs autheurs & professeurs d’icelles, con el texto paralelo en francés, italiano y español; los Dialogos apazibles en castellano y traduzidos en toscano y la Grammatica spagnola e italiana de Lorenzo Franciosini (Venecia, 1624), al que se debe también un Vocabulario italiano e Spagnolo (Roma, 1620). Resulta particularmente divertido ver que en la edición de la Celestina, preparada y publicada por Alfonso de Ulloa «hasele a añalido [sic] nueuamente una grammatica y un vocabulario en Hespañol y en Italiano».

Por último, conviene no olvidar las ediciones bilingües y hasta plurilingües de algunas obras literarias que, incluso en versiones más o menos fieles, cumplían con la función de servir de libros de textos para la enseñanza autodidacta.

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Al comienzo del siglo XVII cuando la erudición española se incorpora realmente a los trabajos bibliográficos, que desde años atrás se venían realizando en casi todos los países europeos. El jesuita flamenco Andreas Schott, pero súbdito del Imperio Español al fin y al cabo, publicó la primera bibliografía nacional, la Hispaniae Bibliotheca (Francfort, 1608), seguida luego por la magna Bibliotheca Hispana Vetus y Nova (Roma, 1696 y 1672) del eminente bibliógrafo Nicolás Antonio. Que esta obra capital y modélica para la época, con una reedición ampliada en el siglo XVIII (Madrid, 1783-88) —que es también una forma de dar cumplida respuesta a la infamante pregunta lanzada por Masson de Morvillier en la Enciclopédie Méthodique (1782): «¿Qué se debe a España?»— nos sirva de corolario a nuestras consideraciones.

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Bibliografía selecta:

Cioranescu, Alejandro (1977).— Den Boer, Harm (1987).— Den Boer, Harm (1996).— Foulché-Delbosc, Raymond (1962).— Gilly, Carlos (1985).— Hoffmeister, Gerhahrt (1976).— IACLA.— Kinder, Gordon A. (1983).— Laferl, Christopher F. (2000).— Losada Goya, José Manuel (1999).— Peeters-Fontainas, J.(1965).— Randall, Dale B.J. (1963).— Rumeu de Armas, Antonio (1973).— BLH (1950).— Tiemann, Hermann (1936).

 

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