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El maravilloso arte de la imprenta, que como ninguna
otra invención influyó en el desarrollo del hombre moderno, se introdujo en España casi
siempre de mano de extranjeros, principalmente alemanes y, en menor número, de franceses
e italianos. Entre otras razones les atrajo, sin duda, la inicial política liberal de los
Reyes Católicos en materia de imprenta. Pronto se verá, sin embargo, que las
tipografías hispanas, situadas en la periferia de Europa, carecían del empuje y
competitividad de las otras europeas. Con medios económicos más bien escasos, falta de
mano de obra adecuada y otros inconvenientes materiales, como la frecuente escasez de
papel, se vieron reducidas a trabajar casi exclusivamente para mercados locales. El libro
internacional se producía fuera de España, en Alemania, Francia, Países Bajos e Italia.
Por diversas razones como las aludidas, a las que con el tiempo se sumaron las crecientes
trabas administrativas de las autoridades civiles y eclesiásticas y la intolerancia en
materia religiosa, censura incluida, muchos autores editaron sus obras directamente fuera
de la Península Ibérica.No olvidemos, sin embargo, que en los siglos XVI
y XVII España representaba la potencia militar y política más
poderosa del momento, cuyas contribuciones a la cultura europea son realmente notables, si
pensamos en la literatura, pintura, derecho y otros campos del hacer y saber humanos. Se
comprende, pues, que muchas obras de autores hispanos se publicaran en su lengua original
o traducidas. Con creces devolverá España a Europa el beneficio recibido de la imprenta.
Sin aspirar a ser exhaustivos trataremos las Letras españolas de los Siglos de Oro
en imprentas europeas, teniendo en cuenta que por letras entendemos more
antiquo, como así lo define el Diccionario de Autoridades, «ciencia, artes y
erudición». Y para contribuir a que el concierto cultural europeo sea lo más completo y
todas las voces españolas resuenen en la general polifonía, incluiremos al lado de las
obras impresas en castellano las traducidas a las lenguas cultas europeas y las publicadas
en latín: todas forman parte del mensaje intelectual de España.
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No todo fueron luces en el Siglo de Oro español, en
el que, como en toda Europa, imperaban la intolerancia a causa del credo de las diferentes
confesiones cristianas y la razón de Estado de los gobernantes, lo que comportaba
tremendas represiones de tipo religioso, cuyos efectos en las letras veremos seguidamente.Las
primeras víctimas de la intolerancia en los comienzos de la época moderna de nuestra
historia fueron los judíos. Expulsados en 1492, emigraron a varios países, la vecina
Portugal, Italia, Norte de África, Grecia, Imperio Otomano y Países Bajos, llevándose
consigo su lengua, cultura y tradiciones.
Desde tiempos atrás muchos de ellos ya no sabían el hebreo, lo que explica su afán
por verter los textos bíblicos propios al castellano. El ejemplo más destacado es la
llamada Biblia de Ferrara (Ferrara, 1553). El alcance de la misma se hace presente
poco después en otra traducción de la Biblia, la
llamada del Oso (Basilea, 1569), realizada por el protestante Casiodoro de
Reina, cuando escribe en la «Amonestación del interprete [...] al Lector»:
De la vieja Translación Española del Viejo Testamento, impressa en Ferrara, nos
auemos ayudado en semejantes necessidades más que de ninguna otra que hasta ahora ayamos
visto, no tanto por auer ella siempre acertado más que las otras en casos semejantes,
quanto por darnos la natural y primera significación de los vocablos Hebreos.
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Más adelante volveremos sobre Casiodoro de Reina y
otros disidentes que se vieron constreñidos a abandonar la patria, para refugiarse en los
países de confesión protestante.Ahora, en el solo ámbito de los autores judíos,
cabe destacar los Dialoghi damore (Roma: A. Blado, 1535) de León Hebreo,
obra capital para la difusión de la estética neoplatónica en el Renacimiento europeo
que, reimpresa en repetidas ocasiones en Venecia, a lo largo del siglo XVI,
en su versión primitiva en italiano, conoció una traducción al latín (Venecia, 1564),
al francés (Lyon, 1595), y al español (Venecia, 1568), ésta última superada luego por
la más lograda del Inca Garcilaso (Madrid, 1590).
Al lado de varias imprentas en Italia y de Rouen, donde entre otros impresos apareció
el Poema de la reyna Ester: Lamentaciones del Propheta Ieremias: Historia de Rut y
varias Poesias de Juan Pinto Delgado (1627), fueron las tipografías de Amsterdam,
donde se estableció una numerosa e importante comunidad judía, las que más obras en
castellano de autores sefardíes lanzaron al mercado del libro, impresas no sólo en esta
ciudad sino también en Amberes, Bruselas y otras de los Países Bajos. |
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Los siglos XVI y XVII son «tiempos recios», por utilizar una frase de Santa Teresa de
Ávila, debido a los enfrentamientos cada vez más enconados en el terreno de la
religión. Hasta personas nada sospechosas de su religiosidad ortodoxa se vieron
involucradas; piénsese en Erasmo y Juan Luis Vives. El humanista valenciano, por razones
de su ascendencia judía, prefirió el exilio. Sus obras, sobre todo en su versión
original latina, se publican en varias imprentas europeas, en París, Lyon, Colonia,
Lovaina, Amberes, Selestat, Basilea, Brujas, si bien se tradujeron algunas de las menores
a las lenguas europeas, además de al español. Así se editaron en Amberes la Introduction
a la sabiduria y otras obras en la traducción de D. de Astudillo; en Francia Les
dialogues y Linstitution de la femme chrestienne; en Italia De ufficio
del marito... Delinstitutione de la femina christiana y en Alemania Anlaitung
zu der rechten uñ waren Weysheit y Zwayhundert und dreyzehen ausserlesner
Trabanten. Más difícil lo tuvieron los auténticos disidentes, desde Miguel
Servet hasta el ya mencionado Casiodoro de Reina, Cipriano de Valera, Antonio del Corro (The Spanish Grammer), Alfonso de Valdés (The Sacke of Roome) y otros, compelidos a
llevar en muchos casos una vida errabunda, lo que explica la diversidad de los lugares en
que publican sus obras.
Juan de Valdés (Comentario, 1556, Comentario, 1557) se fue a Italia, donde se
imprimió póstumamente y en traducción italiana su Alphabeto Christiano (Venecia,
1546), en tanto que las Ciento diez consideraciones divinas vieron la luz en
Basilea, 1550, igualmente vertidas al italiano. Sin embargo, sus Comentarios a
los Romanos y a los Corintios se imprimieron en español (Venecia
[Ginebra], 1556 y 1557 respectivamente). |
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El caso más llamativo es el de Miguel Servet. «Maximus haereticus», odiado por
católicos y protestantes, trató de ocultar su identidad con el nombre de Michael
Villanovanus o Michele de Villeneuve (era oriundo de Villanueva de Sijena). Aunque
publicara todas sus obras en latín, merece ser mencionado por la curiosa descripción que
en su edición de la Geographia de Tolomeo (Lyon, 1535 y 1541) ofrece de España y
de los españoles, en comparación con Francia y sus habitantes, en su conjunto acertada
aunque no siempre benévola. Igual destino incierto esperaba a los frailes que se
fugaron del monasterio sevillano de San Isidoro del Campo y a otros disidentes españoles;
aunque su fin, en la mayoría de los casos, no fuera tan sangriento como el de Servet:
como recordamos, murió en la hoguera condenado por las autoridades de Ginebra manipuladas
por Juan Calvino. En su vivir inestable se movieron de Ginebra a Inglaterra, de Inglaterra
a Alemania, a Estrasburgo, la más liberal de la ciudades, a las no menos acogedoras
Basilea y Francfort y otros lugares, siempre temiendo que los esbirros del Santo Oficio o,
en algún caso, incluso miembros ofendidos de la propia familia pudieran dar con ellos,
como así sucedió con Juan Díaz, asesinado por su propio hermano. El vil crimen fue
ampliamente comentado y divulgado por algunos libelos. No es de extrañar que, a raíz de
tales hechos, unidos a la creciente prepotencia española en Europa, se originase en la
segunda mitad del siglo XVI una feroz corriente antiespañola en
Alemania y no digamos en los Países Bajos. Entre 1580 y 1635 aparecieron en Alemania unas
cincuenta publicaciones de este tipo; en ello emplearon su pluma entre otros Johann
Fischart y Martin Opitz. En Francia A. Arnauld dio a la imprenta Lanti-espagnol.
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En la Alemania católica, como en otras partes del orbe católico, en cambio, se imprimía
y se leía a los escolásticos salmantinos, como Francisco Suárez, cuyas Disputationes
metaphysicae se editaron ocho veces; a los teólogos españoles, que habían tenido un
papel importante en el Concilio de Trento, y a los místicos que alcanzaban hasta el
espiritualismo místico del pietismo protestante. Entre todos los escritores religiosos,
Fray Luis de Granada es uno de los más divulgados, ya con sus obras latinas, ya
traducidas al alemán, francés, inglés e italiano. Su Guía de pecadores (Lisboa,
1556-57) circulaba incluso en los países protestantes.En la España de los Siglos de
Oro se produjo, como en ningún otro momento, una vasta literatura
religiosa (Biblia; Biblia del Oso; Comentario, 1556, Comentario, 1557; Horas, 1507; Horas, 1560; Comentarios).
Más de la tercera parte de los impresos realizados en la Península Ibérica son libros
de devoción y de espiritualidad, en su gran mayoría escritos en lengua vernácula. No
tiene nada de particular que este raudal de literatura mística y ascética fuese
aprovechado por las imprentas francesas, flamencas y sobre todo por las alemanas de
Munich, Ingolstadt, Dillingen, Würzburg, Maguncia y sobre todo de Colonia, que lanzaron
al mercado más de doscientas ediciones latinas o en traducción alemana de las obras de
Diego de Estella, Alonso de Orozco, Santa de Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, San
Juan de Ávila, y otros. Un autor particularmente popular es sin duda Fray Luis de
Granada. |
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Nos hemos adelantado; tras este inciso, volvamos a los disidentes. Sobre la base de la Biblia traducida por el ya mencionado Casiodoro
de Reina, Cipriano de Valera publicó la suya en Amberes (1602) que, en una versión
modernizada, es la que divulgan hoy las Sociedades Bíblicas. Ya con anterioridad, en 1543
y también en Amberes, el burgalés Francisco de Enzinas (que se llamará helenizado
Dryander y también François du Chesne) seguidor de Lutero y de Melanchthon, había
publicado su traducción del Nuevo Testamento de Nuestro Redemptor. También
tradujo y publicó las obras de Livio, Luciano y Plutarco. A Enzinas se debe probablemente
también la edición de la Historia imperial de Pedro Mejía, Basilea, 1547.
Se comprende que las publicaciones en castellano de los heterodoxos españoles
estuviesen menos pensadas para el público europeo que para los compatriotas que en la
Península seguían en las tinieblas. A modo de ejemplo valgan algunas obras de Cipriano
de Valera: Dos Tratados. El primero es del Papa y de su autoridad colegido de su vida y
dotrina, y de lo que los Dotores y Concilios antiguos y la misma sagrada Escritura
enseñan. El segvndo es de la Missa... (Londres, 1588 y 1599); Tratado para
confirmar los pobres cativos de Berueria en la católica y antigua fe y religión
cristiana y para consolar con la palabra de Dios en las afliciones que padecen por el
Evangelio de Jesu-Christo, (s.l., 1594); también tradujo la Institución de la
religión christiana de Juan Calvino (Londres, 1597). Por razones obvias son imprentas
londinenses, especialmente la de Richard Field (o Ricardo del Campo, como también firma)
las que mayor número de literatura calvinista y antiespañola publicaron.
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Uno de los méritos que se les atribuía a los españoles era su destreza como navegantes y descubridores de nuevas tierras.La primera
noticia que da a conocer a los españoles y a las demás gentes de Europa el maravilloso
descubrimiento de tierras desconocidas, les será facilitada por el no menos mirífico
invento de la imprenta. La célebre carta-relación que Cristóbal Colón dirigió a su
regreso a su amigo y valedor Luis de Santángel se difundió rápidamente por toda Europa.
A la primera edición que apareció en Barcelona en abril de 1493 siguió poco después
una segunda estampada en Valladolid. En el mismo año de 1493 se publican en Roma tres
ediciones de una traducción al latín, realizada por Leandro di Cosco, reimpresa dos
veces en Basilea, tres en París, una en Amberes, a las que hay que añadir una
traducción al alemán (Basilea, 1497), una versión en ottavarima de Giuliano Dati
impresa dos veces en Roma (1493) y en Florencia (dos en 1493 y otras dos en 1495). |
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Con idéntico interés fueron recibidas en Europa las diferentes
cartas-relaciones de Hernán Cortés sobre la
conquista de México, como puede verse por las trece ediciones realizadas hasta 1556,
entre ellas tres en lengua italiana, dos en alemán, dos en latín y sendas en francés y
flamenco. En adelante autores como Francisco López de Gómara, Pedro de Cieza de León
y otros, ofrecerán puntual información acerca del hecho americano con sus obras impresas
en Europa, ya en su versión original castellana, ya traducidas al italiano, francés e
inglés. Particular mención merece fray Bartolomé de las Casas y su Breuissima
relación de la destruyción de la Indias que, vertida al italiano, latín (Heidelberg, 1664), francés (Amsterdam, 1698 y Rouen, 1630) e inglés, fue aprovechada para
fomentar la leyenda negra que se iba formando sobre España en toda Europa. El título
sensacionalista de la versión francesa que se publicó en París, en 1630, Tyrannies
et cruautez des espagnols commises es [sic] Indes Occidentales quon dit le
Nouveau Monde no precisa de ningún comentario.
Entre las obras que pudieron familiarizar a los europeos con las condiciones y
particularidades del Nuevo Mundo figuran la Historia natural y moral de las Indias
del padre jesuita José de Acosta, el Tractado de las drogas y medicinas de las Indias
Orientales de Cristóbal de Acosta, y las obras de botánica y medicina del médico
sevillano Nicolás Monardes; todas fueron también traducidas casi de inmediato a varias
lenguas europeas.
En las naciones que competían en Europa con España, interesaban naturalmente las
obras dedicadas a las artes de navegación, como las de Pedro de Medina, Arte de
navegar (Sevilla, 1545); traducida al italiano (Venecia,
1554), inglés, flamenco y francés (Lyon, 1554),
y de Martín Cortés, Breve compendio de la sphera y de la arte de navegar
(Sevilla, 1551 y 1556) que, si bien no fue reimpresa fuera de la Península Ibérica,
conoció en lo que quedó de siglo siete ediciones en inglés.
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Uno de los libros más sorprendentes de la literatura
española, la Celestina, se imprimió repetidas veces y en español en Venecia, Milán, Amberes, Lisboa y Rouen. La primera traducción a
un idioma extranjero es la italiana, impresa en Venecia en 1506, a la que siguen otras
siete hasta 1545. Las versiones alemanas de 1520
y 1533 se basan en la italiana. Entre 1527 y 1599, la obra de Fernando de Rojas conoció
nueve impresiones en francés publicadas en Lyon (una), Rouen (dos) y sobre todo en París (seis). Bastante más tardías fueron las
traducciones al holandés (Amberes, 1574, 1580 y 1616) y al inglés (Londres, 1631).Entre
los frutos tardíos (Ramón Menéndez Pidal) de literatura medieval española, cuyas obras
remozadas y con nueva savia se exportan a Europa, se encuentra el Amadís (París, 1577; París,
1555; Venecia, 1553), que gozó de
una aceptación extraordinaria en todas partes mientras duró la afición a las fantasías
caballerescas. El Index Aureliensis registra más de doscientas setenta ediciones
de los diferentes libros del Amadís realizadas fuera de España: diez en
castellano (Lisboa, cuatro; Roma, dos; Évora, dos; Venecia y Lovaina, una). Desde que
Francisco I, rey de Francia, que compartía con el emperador Carlos V, Santa Teresa de
Ávila y San Ignacio el gusto por esta clase de lectura, mandara a Nicolas dHerberay
traducirlo, se multiplicaron las ediciones y reediciones en francés de varios
traductores, entre ellas unas sesenta publicadas en París, más de cuarenta en Lyon y
cerca de cuarenta en Amberes (!). En Venecia vieron la luz sesenta y ocho impresiones
diferentes, cuarenta y seis en Alemania, de las cuales treinta y ocho se sacaron en
Francfort relativamente tardías (entre 1561 y 1569), así como tres traducciones al
inglés (libros 1-4, 5 y 6). Como muchas otras obras de la literatura española las
traducciones al alemán (al igual que sucede con las inglesas) no suelen ser directas,
sino basadas generalmente en versiones francesas. El Amadís fue sin duda uno de
los éxitos editoriales más notables de la Europa de la segunda mitad del siglo XVI. Una amplia representación de ediciones del Amadís salidas de
las prensas europeas puede verse en el presente catálogo. Con las novelas sentimentales,
como la Cárcel de Amor de Diego de San
Pedro, que hacía las delicias de las damitas, el Amadís, además de libro de
cabecera, se convirtió en Francia, Alemania y otras partes en manual de urbanidad y
cortesía, un breviario de amor de la sociedad europea del Renacimiento. |
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Otro libro que impresionó también a esta sociedad fue La Diana de Jorge de
Montemayor (Amberes, 1554; Venecia, 1568).
Impresa repetidas veces en su lengua original en Lisboa, Venecia y Amberes, conoció
numerosas traducciones al francés, incluida una bilingüe (París, 1603) y una al inglés
con la de Gil Polo. En Alemania, donde llega tardíamente y se imprime ocho veces, cabe
destacar las traducciones realizadas por Georg Philipp Harsdörfer y H. L. von Kuffstein,
dos importantes intermediarios literarios.Las novedades estéticas y literarias
inherentes en el Lazarillo de Tormes, en las cuatro ediciones simultáneas de 1554
(Alcalá de Henares, Burgos, Medina del Campo y Amberes),
no sólo hicieron que se tradujera casi de inmediato y con más o menos fortuna al
francés (1560), al inglés (1576), en los Países Bajos (1579), Alemania (1617) e Italia
(1622), sino que generó también imitaciones y continuaciones, siendo la más importante
la Segunda parte de la vida de Lazarillo de Tormes de Juan de Luna (París, 1620).
Mientras era «castigado» en España, el Lazarillo se publicó repetidas veces en
Europa (Amberes, Lisboa, París, Milán, Roma)
en su versión original castellana, a veces conjuntamente con la segunda parte de Luna. La
buena acogida que el relato de las fortunas y adversidades de Lázaro tuvo en Italia,
queda patente en las palabras que Antonio
degli Antoni dirige a D. Juan Rodríguez de Salamanca, Potestad de Milán, en la
dedicatoria de su edición milanesa de 1597: «Ha sido tan bien recibido el Libro de
Lazarillo de Tormes en Italia de los que se deleitan en leer Libros Hespañoles, que
hauiendose acauado los de la primiera [sic] impressión, las instancias de algunos
amigos me ha hecho boluer a imprimir...».
El éxito que obtuvo Don Quijote de la Mancha (Dordrecht; Amsterdam;
Lisboa; Bruselas; Londres) produjo pronto una serie de
traducciones a las lenguas cultas europeas: así al alemán en 1621, al francés en 1614 (primera parte) y 1618 (segunda
parte), al inglés en 1612 (primera parte) y 1620 (segunda parte), al italiano (1622-25). Las Novelas Ejemplares,
publicadas en 1613 se tradujeron al francés, en 1626 al italiano, en 1640 al inglés y
muy tardíamente, en 1753, al alemán a partir de una mala traducción francesa (Milán; Bruselas). |
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Con la excepción de los Países Bajos, de la vecina Portugal, Italia y Francia, raras
veces se imprimen obras en lengua castellana. Sin embargo, las obras de los principales
autores españoles a los ya citados pueden agregarse Mateo Alemán, Baltasar
Gracián, Fray Luis de Granada, Fray Antonio de Guevara, Pedro Mejía, Francisco de
Quevedo, Santa Teresa de Jesús y otros menores se dan a conocer a través de
numerosas traducciones, adaptaciones o refundiciones, en ocasiones de manera indirecta a
partir de traducciones previas a otro idioma.A veces en esta u otra versión se acusan
los cambios socioculturales y estéticos que se han producido entre la aparición del
original y la publicación de aquellas. Un ejemplo especialmente ilustrativo es la
«traducción» al alemán del Lazarillo de Tormes (Amberes; Milán),
impreso por primera vez en Augsburgo en 1617: el traductor anónimo no sólo se basa
en el Lazarillo castigado de 1573, toma el primer capítulo de la segunda parte
apócrifa de Amberes, 1555, y transforma independientemente el final, sino que traslada la
crítica social del clero a la nobleza e introduce las enseñanzas de la justificación
establecidas por el Concilio de Trento, para mostrarnos a un protagonista cuya vida sigue
un curso ascendente (Hoffmeister).
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La geografía de las letras españolas en Europa se
extiende principalmente por varias ciudades de los Países Bajos, Italia, Francia y
Alemania, que en su momento reunieron grandes e importantes centros de la imprenta y del
comercio del libro en Europa y que intervienen grandemente en la difusión de obras
españolas.Los Países Bajos (Bélgica) con Amberes en cabeza, seguida de Lovaina,
Bruselas, Brujas, Gante, Lieja y Leiden contribuyen decisivamente a la divulgación de
obras españolas, y no solo en estos territorios entonces de soberanía hispana, sino en
el resto de Europa. Jean Peeters-Fontainas, en su Bibliographie des impressions
espagnoles des Pays Bas Méridionaux, cuenta mil cuatrocientas trece
impresiones diferentes realizadas entre 1520 y 1785, con casi todos los grandes autores y
obras españoles: Boscán con Garcilaso, Mateo Alemán, Antonio
de Guevara, la Celestina,
Cervantes (Quijote; Novelas; Persiles) Amadís, sin
olvidar que una de las cuatro primeras ediciones conocidas del Lazarillo de 1554 salió de los tórculos
de Martin Nucio. A este impresor
antuerpiense, benemérito de las letras hispanas, se debe entre numerosas publicaciones de
autores españoles, uno de los primeros Cancioneros de romances. Los Países Bajos
asumen, sin duda, un papel importante de mediadores entre la literatura española y las
otras europeas.
Aun cuando resulta más difícil concretar el número de obras hispanas que vieron la
luz en Italia, puede afirmarse que la producción de las imprentas italianas fue inmensa,
particularmente la de las venecianas. Conocida es la importante labor de intermediaria
entre las letras españolas e italianas, desarrollada en la ciudad de las lagunas por
Alfonso de Ulloa (Aviso; Vita, 1563; Vita, 1606) durante la segunda mitad
del siglo XVI: sus ediciones en las lenguas originales y las
traducciones, tanto del castellano a la lengua de Dante como de ésta a la castellana,
incluyen obras como la Celestina de
Fernando de Rojas, el Libro aureo del emperador
Marco Aurelio y otras obras de Fray Antonio de Guevara, la Silva de varia
lección y los Diálogos de Pedro Mejía,
Diálogo de la dignidad del hombre de Hernán Pérez de Oliva, La Diana de Jorge de Montemayor y
otras. |
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En la Alemania de los siglos XVI y XVII, la
recepción de la gran literatura española se produce
tardíamente y, casi siempre, por mediación de traducciones al francés o al italiano.
Una de las primeras obras importantes de la literatura española, que en fecha temprana se
da a conocer en Alemania, la Celestina,
se tradujo al alemán (Ain Hipsche Tragedia von zwaien liebhabenden Mentschen ainem
Ritter Calixstus und ainer Edeln junckfrawen Melibia genant, Augsburgo, 1520) a partir
de una de las primeras versiones italianas. Para lectores cultos muchas obras en español
se vierten frecuentemente al latín. Así el humanista Kaspar von Barth publicó en 1624
su Pornoboscodidascalus, para Marcelino Menéndez Pelayo la mejor de las
traducciones de la genial obra de Fernando de Rojas. El Reloj de Príncipes de Fray Antonio de Guevara se publicó en
1601, traducido al latín y comentado por Johannes Wanckel. En 1622 Joachim Caesar tradujo
la obra de Juan Huarte de San Juan con el título Scrutinium ingeniorum. A
Caspar Ens no solo se debe una guía turística de España, sino las traducciones al
latín de las Epístolas familiares del obispo de Mondoñedo, que ya en 1598 fueron
traducidas al alemán por Aegidius Albertinus, del Guzmán de Alfarache y del Lazarillo
de Tormes (1623), estas últimas igualmente traducidas al alemán por el mismo
Albertinus, y Niklas Uhlenhart, respectivamente. Der Landtstörtzer Gusman von
Alfarache oder Picaro genannt (Múnich, 1615) obtuvo diez ediciones. Phantasio-Cratuminus
sive homo vitreus (1631) es el título latino de El licenciado Vidriera de
Miguel de Cervantes, cuya obra capital Don
Quijote de la Mancha, fue traducida al alemán y publicada parcialmente por Pash
Bastel con der Sohle, que no es otro sino el mencionado Joachim Caesar, en 1648; hasta
1682 no aparecerá la edición completa.Por otro lado, algunas imprentas de varias
ciudades alemanas como Estrasburgo, se dedicaban a lanzar al mercado ediciones en
castellano, entre ellas particularmente las de obras de los clásicos latinos. Un editor
especialmente activo fue Arnold Birckmann
de Colonia, que no solo publicó obras de estas características en su ciudad sino
también en París y Amberes.
El mundo del libro inglés se concentra sobre todo en Londres (Quijote, 1687; Quijote, 1738; Corro; Percyvall;
Valdés). Allí publican sus traducciones los
aficionados a las letras españolas. Lord Berners, que al servicio del omnipotente
Cardenal Wolsey había cumplido en 1518 una misión diplomática en España, tradujo a
partir de una versión francesa de René Bertaut (París, 1531) el Libro aureo de Marco
Aurelio de Fray Antonio de Guevara. Su traducción publicada en 1534, conoció hasta
el final del siglo por lo menos una docena de reediciones. |
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James Mabbe, que firma, con obvio juego de palabras, «Don Diego Puede-Ser», es el más
celebrado de los traductores que haya dado a conocer obras literarias españolas de los
Siglos de Oro a los lectores ingleses. Son realmente soberbias sus versiones del Guzmán
de Alfarache (Londres, 1622) que tuvo 6 ediciones, de la Celestina (1631) y las
Novelas Ejemplares (1640). La primera traducción (literal) del Quijote se debe a Thomas Shelton, quien la
publicó en 1620, a la que sigue otra en 1652. Según Dale B. J. Randall, hasta 1657 se
tradujeron de manera selectiva unos 25 autores españoles de obras de ficción, entre
ellos, además de los ya mencionados, figuras tan señaladas como Jorge de Montemayor,
Francisco de Quevedo (Cartas del Caballero de la Tenaza, el Buscón, Infierno
enmendado, Sueños), Diego de San Pedro, Melchor de Santa Cruz, Antonio de
Torquemada y María de Zayas y Sotomayor. A estas obras habría que añadir los libros de
caballerías vertidos al inglés como varias partes del Amadís, Don Belianís
de Grecia, Espejo de príncipes y caballeros, El caballero del Febo, Don Florando de
Inglaterra, Palmerín de Oliva, Primaleón y Palmerín de Inglaterra. El conocimiento
del español entre los ingleses de la época que contemplamos era más bien escaso,
excepción hecha de algunas pocas personas, como Ben Jonson que leyó la segunda parte del
Guzmán de Alfarache en su original.En Francia son sobre todo París (Amadís, 1555; Amadís, 1577; Celestina; Quijote; Medrano; Bourgoing;
Charpentier; Oudin; Salazar;
Solís; Gracián;
Guevara; Horas; Sagredo) y Lyon (Casa; Ferrus;
Guevara; Horas; Medina; Sobrino;
Caramuel) los grandes centros de la
imprenta y del comercio del libro. De menor importancia fueron las imprentas de Rouen (Las Casas); Toulouse (Navarra; Torre),
Caen y Douai. En Lyon, uno de los puntos capitales de las rutas del comercio europeo,
potentes industrias tipográficas trabajaban a menudo para libreros y hasta impresores
españoles, que desviaban a las mismas sus encargos; como el librero barcelonés Juan
Trinxer, que en 1512 hace imprimir allí, en primera edición, el Arte de la
Arismética de Juan de Ortega. Los impresores lioneses incluso sacaban por propia
iniciativa libros de tema español o en lengua castellana, como el Orlando de
Ariosto, o las innumerables Horas en romance temidas y perseguidas por el Santo
Oficio de la Inquisición; todo a la vista de la limitada capacidad de las prensas en la
Península Ibérica. |
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Después de los Países Bajos, es Francia junto con Italia el país donde, ya desde
finales del siglo XV, más obras de tema hispano se imprimen, sobre
todo en numerosas traducciones. Y así seguirá de forma creciente. Si bien no se conoce ninguna edición francesa del Amadís
en su lengua original española, fue, como ya se dijo, la obra más traducida y
editada en Francia, más de doscientas veces en el siglo XVI, a las
que habría que añadir unas decenas hasta en el XVII, así como una
serie de imitaciones y adaptaciones (Losada Goya). A
mediados del siglo apareció incluso una versión abreviada con el título de Le
Trésor des livres dAmadis, que conoció veinte ediciones hasta el final de la
centuria (París, 1577; París, 1555). Se traducen y se imprimen el ya
mencionado Lazarillo de Tormes, el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán
(dos traducciones diferentes editadas una veintena de veces antes de 1700), a Miguel de
Cervantes (Quijote, parte de las Novelas
ejemplares, Persiles y Sigismunda), a Baltasar
Gracián, gran número de las obras de Fray Luis de Granada, a Fray Antonio de
Guevara, Jorge de Montemayor y algunas obras de Francisco de Quevedo y Santa Teresa de
Jesús, para nombrar a las más insignes plumas hispanas.
A Francia llegan también los viejos temas épicos desaparecidos en Europa a finales de
la Edad Media, gracias a que en España pervivieron en el romancero, en los libros de
caballerías, en el teatro: así, el del héroe nacional Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid
Campeador, tratado por el dramaturgo Guillén de Castro, indujo a Pierre Corneille a
escribir su tragedia Le Cid estrenada en París a fines de 1636.
Uno de los temas hispanos que más fortuna tiene en las artes universales es, sin duda,
el de Don Juan, que en la época que contemplamos se manifiesta en Francia en el Don
Juan ou le festin de Pierre, comedia en prosa y en cinco actos estrenada en París en
1665, de Molière, que lo había conocido a través de la Commedia dellArte italiana.
Refundido a su vez en verso en otra pieza del mismo título por Thomas Corneille (1677),
gozó de gran éxito en las escenas parisinas.
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Un factor poderoso para la difusión de la lengua y literatura española fueron, además
de los imperativos políticos, las relaciones dinásticas de los Austrias. En las cortes
italianas se hablaba y se leía español, lo mismo que en Viena, donde vivían escritores
y poetas españoles como Cristóbal de Castillejo y Alfonso
de Valdés, y se representaban algunas obras del teatro clásico español. A este
respecto son muy instructivos los fondos bibliográficos españoles de varias bibliotecas
italianas, la Nacional de Viena o la Bayerische Staatsbibliothek de Múnich, entre otras.
Hasta algunos embajadores de potencias extranjeras destinados en la Corte de Madrid se
aficionaron a las letras españolas, convirtiéndose en coleccionistas, si no en
bibliófilos, que a su regreso se volvían en potenciales propagadores de la cultura
hispana. Este es el caso del obispo polaco Piotr Dunin Wolski, que durante su estancia en
España de 1561 a 1573 se dedicó a formar una colección de cerca de 500 libros, la cual
actualmente se encuentra en la Biblioteca Jagellonica de Cracovia.* * * |
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Como puede verse por el elevado número de obras
impresas en lengua española fuera de la Península Ibérica, ésta se había convertido
en un idioma si no universal, sí en una lengua usual para muchos europeos, sobre todo de
las clases cultas, que además fueron incluyendo en las suyas propias gran número de
hispanismos. Juan de Valdés en su Diálogo de la lengua refiere que en Italia
«assí entre damas como entre cavalleros se tiene por gentileza y galanía saber hablar
castellano». La presencia de España en el mundo es, según Cristóbal de Castillejo, la
razón por la que «tan anchamente se platica y enseña ya la lengua española según
antes la latina».Y no les faltaban medios a los que estaban dispuestos a aprender,
como numerosos diccionarios bilingües, trilingües y hasta de ocho y más idiomas (Franciosini; Percyval;
Oudin, Le thresor...; Oudin, Refranes...; Tesoro; Victor; Vocabulario):
al lado del clásico Dictionarium latinohispanicum et vice versa del maestro
Antonio de Nebrija; el tantas veces editado Vocabulario de las dos lenguas toscana y
castellana de Cristóbal de las Casas; el Diccionario muy copioso de la lengua
Española y Francesa de Jean Pallet; A Particulare Vocabulary in English, Italian,
French and Spanish (el título se repite en cada uno de los idiomas enunciados) de
James Howell; o el delicioso Tesoro de las dos lenguas francesa y española
de César Oudin (Colonia, 1617; Colonia, 1671; París, 1607), que teniendo como
referente principal el Tesoro de la lengua Castellana o Española de Sebastián de
Covarrubias, y basado en textos literarios, como éste, se convirtió en una obra
modélica a seguir, hasta comienzos del siglo XIX, por otros
lexicógrafos, como Lorenzo Franciosini: Vocabulario italiano e spagnolo, Roma,
1620 (Diálogos
y Vocabulario); y John Misheu: Vocabularium
hispanico-latinum et anglicum, Londres, [1617?]. En 1675 se publicaron los deliciosos Dialogos
familiares: en los qvales se contienen los discursos, modos de hablar, proveruios y
palabras Españolas mas comunes: Muy vtiles y prouechosos para los que quieren aprender la
lengua Castellana... de Juan de Luna (París, 1619). |
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Tampoco faltan gramáticas del español para italianos,
franceses, ingleses, alemanes, flamencos, a veces para individuos de dos y más
comunidades lingüísticas (Alessandri; Fabre; Franciosini;
Bourgoing; Charpentier;
Cordero; Casa;
Ferrus; Oudin;
Rodomontades; Sobrino; Támara;
Villalón; Corro;
Gramática; Vtil y breve...; Miranda; Salazar).
A mediados del siglo XVI y en un espacio breve de tiempo,
salieron a la luz gramáticas españolas publicadas en los Países Bajos. A la de autor
anónimo Vtil y breve institution para aprender los principios y fundamentos de la
lengua Hespañola (Lovaina, 1555), sigue la Gramatica Castellana del licenciado
Cristóbal de Villalón (Amberes, 1558) que se ve inducido a redactarla por los motivos ya
señalados por Juan de Valdés y Cristóbal de Castillejo. En el «Prohemio al lector»
escribe:
[...] forçome por el consiguiente a esta empresa ver el comun de todas las gentes
inclinadas a esta dichosa lengua; y que les aplaze mucho y se preçian de hablar en ella.
El Flamenco, el Italiano, Ingles, Frances. Y avn en Alemania se huelgan dela hablar:
avnque se presume que sea alguna parte de causa ver que el nuestro Emperador Carlos se
preçia de Español natural.
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Al año salió en Lovaina la Gramatica de la Lengua Vulgar de España de
autor desconocido. Entre las numerosas gramáticas que se publicaron a lo largo de los
siglos XVI y XVII, nos limitaremos a señalar
algunas de las que pueden verse en la presente exposición: la del mencionado C. Oudin, Grammaire et obseruations de la langue
espagnolle, Paris, 1597; la de Antoine Fabre, Grammaire
pour apprendre les langues italienne, francoise et espagnole [...]; auec lauthoritè
& grand nombre de frases tirees des meilleurs autheurs & professeurs
dicelles, con el texto paralelo en francés, italiano y español; los Dialogos apazibles en castellano y traduzidos en
toscano y la Grammatica spagnola e italiana de Lorenzo Franciosini (Venecia,
1624), al que se debe también un Vocabulario
italiano e Spagnolo (Roma, 1620). Resulta particularmente divertido ver que en la
edición de la Celestina, preparada y publicada por Alfonso de Ulloa «hasele a añalido [sic]
nueuamente una grammatica y un vocabulario en Hespañol y en Italiano».Por último,
conviene no olvidar las ediciones bilingües y hasta plurilingües de algunas obras
literarias que, incluso en versiones más o menos fieles, cumplían con la función de
servir de libros de textos para la enseñanza autodidacta.
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Al comienzo del siglo XVII cuando la erudición española se
incorpora realmente a los trabajos bibliográficos, que desde años atrás se venían
realizando en casi todos los países europeos. El jesuita flamenco Andreas Schott, pero
súbdito del Imperio Español al fin y al cabo, publicó la primera bibliografía
nacional, la Hispaniae Bibliotheca (Francfort, 1608), seguida luego por la magna Bibliotheca Hispana Vetus y Nova
(Roma, 1696 y 1672) del eminente bibliógrafo Nicolás Antonio. Que esta obra capital
y modélica para la época, con una reedición ampliada en el siglo XVIII
(Madrid, 1783-88) que es también una forma de dar cumplida respuesta a la infamante
pregunta lanzada por Masson de Morvillier en la Enciclopédie Méthodique (1782):
«¿Qué se debe a España?» nos sirva de corolario a nuestras consideraciones. |
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Bibliografía selecta:Cioranescu, Alejandro
(1977). Den
Boer, Harm (1987). Den Boer, Harm (1996).
Foulché-Delbosc,
Raymond (1962). Gilly,
Carlos (1985). Hoffmeister, Gerhahrt
(1976). IACLA.
Kinder, Gordon A.
(1983). Laferl,
Christopher F. (2000). Losada Goya, José Manuel
(1999). Peeters-Fontainas,
J.(1965). Randall,
Dale B.J. (1963). Rumeu de Armas, Antonio
(1973). BLH
(1950). Tiemann,
Hermann (1936). |
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