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Del
mismo modo que en el terreno científico, los cambios y movimientos religiosos que se
manifiestan en el siglo XVI tienen su origen en las nuevas
perspectivas que abren los filólogos humanistas del siglo XV cuando
abordan el estudio de los textos sagrados y patrísticos. El conocimiento que adquieren
los estudiosos del XV de algunas lenguas como el hebreo y el arameo,
pero sobre todo del griego, lengua que hasta entonces desconocían, les permite comparar
con meticulosidad las antiguas fuentes y depurar los textos sagrados y patrísticos que se
habían transmitido muy contaminados.
Con las nuevas autoridades en la mano, los humanistas encuentran defectuosos los
comentarios existentes, cuestionan las interpretaciones tradicionales y ponen en peligro
la autoridad de la Iglesia Católica, que se basaba en mayor o menor medida en algunos de
estos errores transmitidos. Lorenzo Valla por ejemplo, demostró que la Donatio
Constantini, un documento según el cual el emperador Constantino (306-337) había
concedido la primacía temporal al papa Silvestre en los territorios del Occidente del
imperio, era una falsificación medieval, algo que hoy nadie cuestiona.Pero será la
aproximación científica a las Sagradas Escrituras la que resulte determinante en la
concreción teológica, ya que permitirá romper con algunas creencias erróneas que
habían sido consagradas por la tradición. Después de muchos acercamientos y logros
debidos a estudiosos como Petrarca, Traversari, Giannozzo Manetti y Valla, los principales
esfuerzos por establecer el texto bíblico se concentran a principios del siglo XVI. La Biblia de Alcalá, en cuya elaboración intervienen
filólogos españoles como Nebrija, Vergara y Hernán Núñez de Guzmán, es el primer
monumento bíblico construido con técnicas filológicas en toda Europa. Además de la
gran labor filológica que estos eruditos llevaron a cabo por eliminar los errores que se
habían introducido a lo largo de los siglos, tanto en los manuscritos latinos como en los
griegos, es también notable el cuidado que se puso en su impresión, en el que además de
los tipos griegos y latinos se emplearon por primera vez tipos hebreos y arameos.
Paralelamente a la edición de la Biblia políglota complutense otros estudiosos
centran su atención en los textos sagrados. Erasmo trabaja en la edición crítica del
Nuevo Testamento, que publica en Basilea en 1516 con abundantes comentarios, que serán la
base de disputas posteriores. Su labor crítica fue bastante arriesgada ya que, por encima
de la autoridad de los teólogos, se sirvió por vez primera de criterios lingüísticos y
de transmisión (propuso por primera vez el concepto de lectio dificilior) para
fijar el texto, llegando a cuestionar la autoridad de san Pablo para las Epístolas a los
hebreos, y de san Juan Evangelista para el Apocalipsis. Es más, tres años después, en
1519, propondrá una traducción latina propia basada en el texto griego con la que
pretenderá sustituir la tradición de la Vulgata. El espíritu crítico de Erasmo fue
determinante, porque propició un nuevo acercamiento a los textos sagrados en todos los
ambientes humanistas y cristianos. No cabe duda de que sin la imprenta, su labor no
habría tenido el impacto que tuvo. La metodología bíblica de Erasmo tiene una
importancia decisiva en su sistema teológico, ya que al igual que los teólogos
reformistas, con los que el propio Erasmo tuvo amplios contactos, basó la salvación del
hombre en el conocimiento de los textos sagrados, un conocimiento que ahora parece no
estar garantizado en la medida en que no hay seguridad siquiera acerca del tenor literal
de esos textos.
Entramos en una época en la que más que nunca será preciso orientar al lector acerca
del verdadero sentido del mensaje bíblico. Mientras la Iglesia católica prohíbe las
versiones en lengua vulgar y confía a los teólogos la interpretación del texto (muchas
veces heredera de la milenaria y arbitraria tradición alegórica), los protestantes
difunden versiones no anotadas en lenguas nacionales y practican una interpretación más
literal de la Biblia, que es a veces también más rigorista. El utillaje filológico va a
ponerse pues al servicio de la fe.
La ortodoxia católica frente a la protestante quedará definida y fijada durante las
sesiones del Concilio de Trento (1545-1563) en las que se adoptaron varias medidas
encaminadas a mantener y proteger la observancia de la verdadera doctrina. La formación
del clero, el fomento controlado de la predicación, la publicación de un catecismo
destinado al estamento eclesiástico con el que responder a los protestantes, la reforma
de los libros litúrgicos, son medidas que unidas a la correcta interpretación de los
textos sagrados, resultan una clara evidencia de la necesidad de imponer una homogeneidad
en el mensaje doctrinal que se veía amenazada por la labor de algunos humanistas y de la
Reforma.
El principal instrumento para luchar contra las posibles desviaciones fue el tribunal
de la Inquisición, que originalmente controlaba las acciones de los conversos judíos,
algunos de los cuales practicaban en privado su fe, los llamados «marranos», algo que
envenenó el panorama intelectual español, como lo prueba el famoso proceso de Fray Luis
de León, que fue denunciado a la Inquisición por criticar el texto de la Vulgata de
forma imprudente, sobre todo por su ascendencia conversa. Una de sus actuaciones más
brutales fue la que se produjo a comienzos del reinado de Felipe II en Sevilla y
Valladolid, donde se descubrieron algunos círculos integrados por personas de cierta
relevancia intelectual y social, considerados próximos a las ideas reformistas. La
Inquisición ejerció un férreo control intelectual con los Índices de libros
prohibidos. El Índice de Fernando Valdés, de 1559, fue solo el resultado de
una actitud hostil ante los libros y la lectura. En el edicto de 1559 ordenó retirar
«todos los libros en lengua vulgar que se refieran a la doctrina e impresos fuera de los
reinos después de 1550». En el Índice fueron incluidas obras de autores como
Fray Luis de Granada, Francisco de Borja, Juan de Ávila, Montemayor, etcétera, lo que
privará a la gente de cualquier libro de devoción impreso en castellano. Sin embargo, la
edición de obras de espiritualidad no quedó paralizada totalmente, sino solo por un
breve espacio de tiempo. |
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Este panorama
religioso que afecta de manera especial a la España de Felipe II, erigido en defensor de
la cristiandad, unido a la fragilidad de la imprenta española y a la censura que ejerce
el Santo Oficio, hace que muchas obras españolas de carácter religioso se impriman fuera
de nuestro país. Amberes se había convertido en una metrópoli comercial y económica,
donde se asientan numerosas colonias de extranjeros que escapan a la legislación local en
algunos temas como, por ejemplo, la cuestión religiosa. Gracias a la documentación
confiscada en el proceso de Carranza, o en el proceso de Julián Hernández, sabemos que
la producción editorial de carácter herético penetra en España a través de Francfort
y de Amberes. Algunos impresores activos en Amberes (Martin Nuyts y el francés Christophe Plantin entre los principales) se
dan cuenta pronto de la importancia del mercado español y editan muchas obras para
satisfacer la demanda de un público hispano residente en Flandes. De las prensas de Nuyts
sale la obra Comentarios [...] sobre el Catechismo de Carranza,
obra alentada desde el poder y las instancias religiosas para combatir el protestantismo
en Inglaterra y Flandes, que será la causa del proceso que se abre en España contra su
autor como sospechoso de herejía. Plantin por su parte, quiso evitar la quiebra de su
negocio por una acusación de complicidad con la herejía, para lo que logró, a través
de Gabriel Zayas, que Felipe II le concediera el privilegio de impresión de la Biblia Regia,
magna empresa de edición crítica de los textos bíblicos, dirigida por Benito Arias
Montano, que se convirtió en la edición autorizada de la Biblia. Asimismo la oficina plantiniana obtendrá el privilegio
de impresión de los libros litúrgicos del nuevo rezado, es decir, aquellos libros que
permitirán la unidad litúrgica. De ese modo, «poniendo sus prensas al servicio de la
contrarreforma y tejiendo lazos durables con España, Christophe Plantin y sus herederos
han proporcionado a los autores españoles una audiencia internacional» (Péligry).
París es otro importante centro de difusión del libro español en el siglo XVI. Como han puesto de manifiesto algunos estudios, en la producción del
«mercado librario parisino predominan los libros de carácter religioso» (Péligry). Pero, por lo general, las ediciones
parisinas, salvo las falsificadas o contrahechas, son siempre obras de libros de probada
ortodoxia. Sébastian Huré prospera con la edición de sumas teológicas, comentarios
bíblicos, sermones y libros de espiritualidad como las obras de Santa Teresa, Fray Luis
de Granada o Ignacio de Loyola. En el mercado librario parisino, domina la producción de
libros litúrgicos pretridentinos y de devoción como los Hore
beate marie secundum usum Romanum... en la primera mitad del siglo XVI.
Pese a los lazos de Lyon con Ginebra, y a los disturbios de carácter religioso que
agitaron la ciudad en 1562 (durante tres años permaneció tomada por los hugonotes), a
partir del último tercio del siglo XVI las prensas lionesas se
convierten en un foco de la «contrarreforma al especializarse en la producción de libros
religiosos españoles» (Péligry). Tras la paz de
Cateau-Cambresis en 1559, entre Francia y España, ambos países pueden centrar todos sus
esfuerzos en la expulsión de los herejes de su territorio. En virtud del edicto de 1562,
las autoridades de Francia toman una serie de medidas para controlar a los hugonotes. Una
de estas medidas afecta a la libertad del comercio librario, lo que provoca la huida
masiva de los impresores y libreros franceses a Alemania y, sobre todo, a Ginebra, donde
establecen sus talleres, que se especializan en la publicación de obras de carácter
reformista. La imprenta reformista consiguió difundir por toda Alemania las ideas
protestantes y tuvo en España uno de sus principales aliados para la propaganda
evangélica. Jean Crespin imprime bajo un falso pie de imprenta los textos esenciales de
la propaganda reformista: la traducción de Juan Pérez de Pineda del Nuevo Testamento y
los Psalmos y el Catecismo de Calvino traducido al castellano, que en 1551 fue
recibido en España por un gran número de aristócratas; a instancia de Pérez de Pineda Crespin publica en 1556 el Comentario... sobre la Epistola de S. Paulo Apostol a los Romanos,
y en 1557 el Comentario... sobre la primera Epistola de S.
Paulo Apostol a los Corinthios, ambas obras de Juan de Valdés, que hasta
entonces habían permanecido sin publicar; el Sumario breve de doctrina christiana
del mismo Pérez; y el opúsculo atrevidamente antirromano de la Imagen del Antecristo
de Ochino. Con estas obras Crespin gana reputación entre los españoles, que quieren
imprimir sus obras en el extranjero. Casiodoro de la Reina quiso también que Crespin
imprimiera su traducción de la Biblia, que finalmente imprime
en Basilea en la imprenta de Thomas Guarin,
impresor de origen francés que se había visto obligado a exiliarse en Basilea por
razones religiosas. Se puede decir, una vez más, que sin la imprenta no habría habido un
debate tan intenso en el terreno teológico como el que hubo en el humanismo.
De esta forma se produce la paradoja de que el debate que provoca la actividad
humanista nos va a llevar a la acendrada religiosidad del barroco, opuesta en tantos
aspectos al espíritu crítico de comienzos del XVI. Durante el
siglo XVII España cede su posición dominante. En Francia, que en
el siglo anterior había procurado la impresión y difusión de la literatura espiritual
española, se produce una renovación cristiana en la que destacan grandes maestros
espirituales como san Francisco de Sales, el cardenal Pierre de Bérulle, Cornelio
Jansenio, etcétera. |
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