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Diego Ortiz, «Delle glose sopra le cadenze», Roma, 1553. Portada con retrato del autorAl igual que en otros campos, en el terreno de la música el Renacimiento supuso un motor de avance y difusión. El método de trabajo de los filólogos humanistas con los textos de autores clásicos, cuya obra se había transmitido fragmentaria o incorrectamente, permitió un conocimiento más profundo de las fuentes clásicas que estudian la música, disciplina considerada desde la antigüedad como una de las siete artes liberales junto con la retórica, la gramática, la filosofía, la matemática, la geometría y la astronomía.

El descubrimiento de los textos de autores griegos como Platón o Aristóxeno de Tarento —cuyos tratados Principios harmónicos, Elementos harmónicos y Elementos del ritmo se transmitieron en 49 manuscritos de los siglos XII a XVI—, o de autores latinos como Fabio Quintiliano —que dedica un capítulo a la música en su tratado de retórica Institutio Oratoria (libro I, 10, 9), y la relaciona con la filosofía (cuando dice que «ya los antiguos la veneraban como Orfeo y Linos y otros muchos considerados como músicos, adivinos y filósofos»), con la oratoria (al señalar que «Platón consideró el conocimiento de la música como necesario al hombre de estado») y la astronomía y la matemática (al referirse a la consideración pitagórica del universo organizado de acuerdo con una estructura racional, que ellos llaman «harmonía»)— permite un mejor conocimiento de las fuentes y provoca la revisión de las ideas transmitidas desde la antigüedad y de los criterios de su autoridad.

También el desarrollo del nuevo arte tipográfico favorece la divulgación de las teorías y de la práctica musical hasta el punto de que, en los últimos años del siglo XV, la cultura musical disfruta de una gran expansión. Las discusiones de carácter teórico atestiguan el interés que alcanza esta disciplina, no solo desde el punto de vista académico, teórico o erudito, sino también desde el punto de vista práctico. La música se abre no solo a los profesionales, sino que se convierte en pasatiempo de las clases acomodadas que requieren las enseñanzas de los músicos, y piden que se les proporcionen las partituras para tocar y practicar. Esta nueva exigencia se verá satisfecha en gran medida por la imprenta. Sin embargo, el nuevo mercado que abre la imprenta musical no estará exento de dificultades que tienen que ver, esencialmente, con las exigencias tipográficas y la capacidad técnica que requiere la edición de una partitura de música vocal e instrumental.


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Las soluciones que aportan algunos impresores suponen un avance en el terreno de la imprenta, del mismo modo que lo fue la impresión en caracteres no latinos. Los artículos de Barry Ife (1988: 225-236) y, de forma más general, el de Franco Abbiati (1959, v. I: 324-334) ofrecen un interesante análisis de los problemas técnicos que planteó la impresión de música y las diferentes propuestas técnicas que se dieron. A ellos remitimos para quienes quieran conocer más a fondo estas cuestiones.

El problema principal en la impresión de música radica en la necesidad de superponer dos tipos de información al mismo tiempo, por un lado, el pentagrama y por otro la notación musical. La primera solución, por ser la más obvia, es la que proporciona la técnica xilográfica.

Tomás Luis de Victoria, «Officium Hebdomadae Sanctae», Roma, 1585. PortadaCon técnica xilográfica se imprimen en Alemania los primeros misales llenos de notas cuadradas. Al principio, la producción es muy limitada y consiste solo en la impresión de las líneas rojas, sobre las que los copistas escriben todavía a mano las notas cuadradas negras. En 1476, el impresor Ulrich Hahn saca a la luz en Roma el Missale romanum, en el que aparecen impresas no solo las líneas sino también las notas. Algunos años después, Jorg Reyser imprime en Würzburg con tipos góticos y, en Venecia, Octaviano Scotto y Benedetto Locatelli imprimen con la técnica xilográfica un misal en dos tiempos, es decir, una primera tirada para las líneas rojas y otra para las notas. La técnica se mejoró y se extendió a otros países e impresores. A pesar de la poca adecuación de la madera para imprimir música, por la pérdida de pequeños detalles que podían resultar significativos, se siguió utilizando en los primeros 150 años de la imprenta. La impresión con planchas de cobre no se probó hasta finales del siglo XVI (1581 en Florencia) y no se estableció como modo principal para imprimir partituras hasta principios del siglo XVII.

Son dos los impresores que sobresalieron en la impresión de notación mensural y que contribuyeron a perfeccionar la técnica tipográfica: el italiano Ottavio Petrucci de Fossombrone (Grove, 1987a, v. 14: 595-598), el primero en imprimir música polifónica con tipos móviles, y el impresor y librero establecido en París, Pierre Attaignant (Grove, 1987a, v. 1: 673-676).


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La actividad de Petrucci se desarrolla primero en Venecia (1490-1511) y después en su ciudad natal, Fossombrone (1513-1523). Técnicamente utilizó el procedimiento de impresión de doble o triple tirada, con el que publicó 61 libros de música, el primero de los cuales fue el Harmonice Musices Odhecaton A, impreso en Venecia en 1501, un volumen en cuarto apaisado con 103 folios, que contenía 96 piezas, entre las que predominan canciones francesas para tres y cuatro voces. Petrucci imprimía primero el pentagrama, luego el texto, si lo había, y, finalmente, las notas. El resultado de la alineación de las notas y el pentagrama es de gran elegancia y perfección.

Indudablemente este procedimiento era largo y caro, razones que empujaron a otros impresores a buscar métodos más comerciales. El impresor parisino Pierre Attaignant superó esta técnica de impresión al realizar una edición con el procedimiento de una única tirada. Para ello tuvo que crear una caja de tipos en los que cincelaba las notas junto con una pequeña porción del pentagrama, de manera que, al yuxtaponerse los tipos en la prensa, diesen la impresión de formar líneas continuas. Utilizó por primera vez esta técnica en el libro de canciones Chansons Nouvelles (1528). Pronto tuvo muchos imitadores por toda Europa, entre los que cabe mencionar a los Gardano en Italia cuyo taller, especializado en música impresa, lleva este procedimiento a su máxima perfección.

La principal ventaja de este método de impresión frente al de Petrucci es que se reduce el tiempo y el costo del trabajo a la mitad. Este sistema tuvo un gran éxito comercial, aunque la fortuna del proceso dependía mucho de la habilidad del tipógrafo.

Antonio Eximeno y Pujades, «Dell'origine e delle regole della musica», Roma, 1774. IntroducciónLos procedimientos empleados hasta este momento servían para la impresión de música vocal monódica o polifónica. Sin embargo ninguno se puede aplicar para la impresión de música instrumental. Attaignant propuso dividir el pentagrama en dos o tres partes, pero el resultado, aunque permitía una lectura clara, no era muy elegante.


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Para su representación se buscaron nuevos métodos de impresión. Se adoptaron las llamadas tablaturas o cifras, sistema que utiliza letras, números y signos y resulta más fácil de imprimir, ya que se basan, no en la música, sino en el instrumento. En la cifra de vihuela o laúd, la pauta de seis líneas representa no los tonos sino las cuerdas del instrumento; los números representan los trastes en que hay que poner los dedos y el ritmo se indica por la posición de los números con relación a las líneas de compás y por los símbolos impresos encima de la pauta. Debemos a Ottavio Petrucci el primer libro impreso de música de laúd, la Intabulatura de Lauto, de Francesco Spinacino que vio la luz en 1507. Su tablatura se adoptó en España para editar música de vihuela.

Desafortunadamente este sistema no era válido para los instrumentos de clave. Se buscaron nuevas soluciones técnicas de mayor o menor éxito en su realización. Juan Bermudo propuso un sistema inventado por él para la edición de su Declaración de instrumentos musicales, impreso en 1555, que mejoró posteriormente y fue utilizado en publicaciones italianas. Otro sistema numérico español fue ideado para el arpa o la vihuela por Luis Venegas de Henestrosa en su Libro de cifra nueva impreso en 1557. Todos estos sistemas numéricos tenían la gran ventaja de que cualquier componedor podía conseguirlos fácilmente. En cambio, las fuentes de tipos musicales eran caras y solo podían adaptarse a la música de clave con gran dificultad y trabajo, y el resultado dependía de la experiencia y habilidad del tipógrafo. Con el tiempo el grabado de las planchas demostró ser el mejor sistema para imprimir música. Pero, como ya hemos dicho, cuando estos procedimientos numéricos estaban en uso, la técnica del grabado en cobre todavía no estaba muy desarrollada.

Cabe pensar, como señala Ife (1988: 236), que exista una correlación entre las posibilidades técnicas de la imprenta y las formas y géneros musicales que se desarrollaron en este momento. Es probable que los avances y las limitaciones técnicas de la imprenta influyeran en el hecho de que casi todos los músicos españoles del siglo XVI se trasladaran a Italia para completar su formación y aprender nuevos géneros musicales.

 

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