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Descripción catalográfica
| CARAMUEL Y LOBKOWITZ, JUAN (O. CIST.) Illustr. ac reverend. D. D.
Ioannis Caramuelis... Theologia praeterintentionalis...; est theologiae fundamentalis
tomus IV. Lugduni: sumptibus Philippi
Borde, Laurenti Arnaud, Petri Borde & Guillelmi Barbier, 1664. [28], 216,
[88] p.; Fol. Sig.: a-b4, c6, A-Z4, 2A-2P4.
Marca tip. en portada. Texto a dos col.
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| Biblioteca
Nacional 2/39731. Encuadernación en pergamino. Bibliografía: CCPB, 000047954. |
Comentario
El Syntagma de arte typographica del
cisterciense Juan Caramuel y Lobkowitz (Madrid 1606-Vigevano 1682), se publicó en Lyon,
en 1664, como apéndice a una voluminosa obra de teología moral dividida en cuatro
partes. Las dos primeras habían aparecido reunidas en Roma bajo el título de Theologia
moralis fundamentalis («sumptibus Blasii Diversini, apud Ignatium de Lazaris»,
1656). Años después Caramuel añadió las dos partes que completan la Theologia
fundamentalis: la tercera se llamó Theologia intentionalis y la cuarta y
última Theologia praeterintentionalis.
Fueron publicadas en Lyon por Philippe Borde en
1664. Cuando llegó el momento de entregar a la imprenta el manuscrito de la última parte
el privilegio de impresión para los volúmenes tercero y cuarto, concedido por Luis
XIV a los impresores, lleva por fecha el dos de diciembre de 1663, Caramuel juzgó
que el contenido de la Theologia praeterintentionalis era insuficiente. En una nota
incluida en la edición reconoció que, a falta de muchas consideraciones que debían
insertarse sobre el escándalo y el noveno mandamiento, además de otra muchedumbre de
papeles que no había podido recibir («sunt in via cum aliis multis chartis que nondum
pervenerunt ad nos»), le pareció bien poner fin a la obra añadiendo diversos tratados.
La primera de esas compensaciones fue su Syntagma de arte typographica (pp.
185-200). El hecho de que se haya transmitido inserto en un voluminoso tratado de
teología moral, parece explicar la falta de atención que este tratado sobre el arte de
imprimir libros ha recibido hasta ahora (Romani, 1988; Andrés Escapa, 2000:
267-287). |
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La estructura del Syntagma comprende diecisiete artículos: los ocho primeros se
ocupan de aspectos técnicos de la impresión, y los nueve restantes, sin abandonar las
cuestiones formales desde las impresiones en varios colores hasta la proporción de
la letrería, incluyen observaciones de orden moral sobre el oficio de producir
libros impresos. El propio Caramuel, en la dedicatoria del tratado a su sobrino Lorenzo
Mayers, reconoce esa dualidad: «Siempre que trates con impresores y tengas que ilustrar
el mundo de las letras con tus conocimientos [...] te surgirán muchas cuestiones formales
y morales que precisarán de una solución clara», (trad. Andrés Escapa, 2000:
271). No
debemos olvidar que el tratado se inserta en una obra de teología y que su autor es un
hombre de religión; y mucho menos debe pasarse por alto que cuando Caramuel compuso su
texto, la especulación sobre la moralidad implícita en la impresión de los libros
contaba ya con una larga tradición bibliográfica. Las fuentes que inspiraron la
escritura del Syntagma confirman esa abundancia de instituciones y de tratados, de
casos y de resoluciones morales que se destilan en columnas y parágrafos de copiosas
páginas dedicadas a discernir sobre el trabajo de las imprentas. Las disposiciones de
Trento y los documentos papales sobre censura y licencia eclesiástica alimentan esta
tratadística.
Además de las obras de Valère Regnauld, Juan Azor, Francisco Toledo, Agostinho
Barbosa y Diego de Covarrubias y Leiva, las páginas ajenas más numerosamente alegadas
por Caramuel son las del tomo segundo de las Resoluciones morales dispuestas por el
orden de las letras del Alphabeto, de Acacio March de Velasco (Valencia, Gerónimo
Villagrassa, 1658). Y en este laborioso progreso por las fuentes de la honestidad,
conviene saber que Acacio bebía, a su vez, de los escritos morales de Juan Gil Trullench.
La intención de Caramuel con el Syntagama fue ofrecer, pues, un instrumento que
ilustrara sobre el arte formal de imprimir libros y sobre la moralidad que cabía exigir
de quienes intervenían en esa empresa. Él lo dijo hermosamente cuando afirmó que
escribía para regimiento «de las manos y las conciencias». |
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Basar el
interés del Syntagma de arte typographica en el argumento cuantitativo de que son
raros los textos conservados sobre la imprenta manual que expongan técnicamente su
funcionamiento, no es pequeña razón. A esta fortuna debemos añadir la adicional de que
las páginas del tratado de Caramuel proceden en gran medida de su propia experiencia como
autor de libros y como editor de su propia obra (Misiti, 2000). La
dedicatoria a su sobrino, firmada en 1662 pero, según se dice, con el libro ya
escrito un año antes admite el hábito de las imprentas desde 1618 y autoriza a
Caramuel a dar consejos a los menos familiarizados con las artes no siempre
diligentes ni pulcras de los impresores.En esta contienda se reconoció hermano
de Cervantes, cuya autoridad alega en el artículo XI del tratado, acaso por aumentar con
un nombre ya prestigioso en la época el agravio que infligían los impresores torpes a
los autores preocupados por la corrección de sus libros. Sensible, también, a su
condición de impresor, Caramuel reserva el prólogo para conciliarse con los que suelen
ser objeto de las quejas:
Los que publicamos libros estamos en deuda con los impresores, y así como nos
beneficiamos de ellos, debemos serles también de ayuda [...] Y puesto que conozco bien
este arte y veo que hay muchos al frente de las imprentas que lo ignoran, escribo las
páginas que siguen para que sirvan de gobierno a sus manos y a sus conciencias. (Trad. Andrés Escapa, 2000:
271)
«Espléndido y elíptico», como las portadas de sus libros, Caramuel fue un monje
extraño que pareció hallar mejor acomodo en las exageraciones del barroco que en la
discreción prescrita por los evangelios. Acaso ese exceso, que le llevó a componer
tablas astronómicas con diez años y a hablar una veintena de lenguas, es responsable del
asombro que inspiró a sus contemporáneos un adagio casi impío: «si Dios permitiese la
desaparición de todas las ciencias, como Caramuel se conservase, él solo bastara para
restablecerlas». |
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