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Amadís de Gaula



Descripción catalográfica

[AMADÍS DE GAULA]

Amadis de Gaula. Los quatro libros de Amadis de Gaula nuevamente impressos & historiados.— [Venecia: por Juan Antonio de Gabia impressor de libros, a las expensas de
M. Juan Battista Pedrazano, 1533].— [6], CCCL fol.; Folio.— A6, a-z8, 2a-2u8, 2x10.
 

Port. a dos tintas. Grab. xil. orlado.— Letra gótica. en port.— Redonda en el texto.— Pie de imprenta tomado del colofón.— Viñetas xil. al inicio de los capítulos.— Capitales grab. xil. Algunas en blanco.— Fol. XCIII Port. a dos tintas. Grab xil. Libro segundo del noble y virtuoso caballero Amadis de Gaula.— Fol. CLX Port. a dos tintas. Grab xil. Libro tercero del noble y virtuoso caballero Amadis de Gaula.— Fol CCXXXVIII Port. a dos tintas. Grab xil. Libro quarto del noble y virtuoso caballero Amadis de Gaula.— Colofón: Acabanse aquí los cuatro libros… Fue revisto corrigiendolo de las letras que trocadas de los impresores eran por el Vicario del Valle de Cabeçuela Francisco Delicado. Venecia, por Juan Antonio de Gabia impressor de libros a las espensas de M. Juan Battista Pedrazano… mercadante de libros al pie del puente de Rialto, tiene por enseña una torre. Acabose en el año MDXXXIII.

Biblioteca Nacional R/12099.— Encuadernación en pergamino.— Sello: «Pascual de Gayangos».

Bibliografía: EDIT16.


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Comentario

El caballero Amadís de Gaula entró, en 1508, con pie tan decidido en las imprentas, que supo multiplicarse durante un siglo largo, y renacer de encantamientos y volver de precipitadas muertes, hasta dejar una herencia de esforzados nietos que lo prolongaron por la literatura caballeresca de toda Europa.

Además de su éxito popular, fue obra estimada por los ingenios más preclaros de nuestro Siglo de Oro. Juan de Valdés, que despreciaba este género de ficción —un desdén generalizado entre los humanistas—, admitió en la prosa de Montalvo valores estilísticos suficientes para recomendar la lectura del Amadís a cuantos quisieran aprender nuestra lengua. No muy segura, aunque ilustrativa del éxito de este libro y de su alta consideración, es la noticia referida por don Francisco de Portugal en su Arte de Galanteria: cuando don Diego de Mendoza partió a su embajada de Roma, no llevaba más libros en su portamanteo que el Amadís y la Celestina. Y una mención más, acaso la menos inocente por venir de otro autor de fábulas: Cervantes privó de las llamas al Amadís en el escrutinio de la librería de don Quijote, por ser libro «único en su arte» y, a juicio del apasionado lector don Alonso Quijano, «el norte, el lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros a quienes debemos imitar todos aquellos que debajo de la bandera del amor y de la caballería militamos».

Ningún héroe novelesco, concluye Menéndez Pelayo (1943, I: 373) «se ha impuesto a la admiración de las gentes con tanta brillantez y pujanza como se impuso el Amadís a la sociedad del siglo XVI. Hay que llegar a las novelas de Walter Scott para encontrar un éxito semejante, a la vez literario y mundano, para el cual no hubo fronteras en Europa».


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Maxime Chevalier (1976: 65-103), menos entusiasta, reduce su público a la clase social de los hidalgos y a cuantos hallarían en la ficción caballeresca «una imagen depurada y embellecida de la sociedad aristocrática», además de la posibilidad de satisfacer en esos libros una «nostalgia de la libre aventura», poco menos que inalcanzable para una nobleza cortesana y sumisa (López Estrada, 1980: 272).

Con todo, el referente de la ficción de caballerías estaba tan asentado a comienzos del siglo XVII, que para aludir veladamente en la documentación oficial a los pensionados de Su Majestad Católica en Inglaterra, llegaron a emplearse los nombres de caballeros famosos: «A Amadís se le dan cuatro mil ducados cada año [...], Florián tiene dos mill ducados de pensión [...], a Oriana, que tiene mill y quinientos ducados de pensión, se le devían tres años...», (cf. Correspondencia del conde de Gondomar, R. B. Ms. II/2219, doc. 27).

Al margen de consideraciones de género y sociológicas que pueden rastrearse, por ejemplo, en el proemio que Francisco Delicado puso al frente de la edición veneciana de 1533, o incluso en terreno tan inesperado como podría ser la redacción de sermones destinados al púlpito (Surtz 1983; Deyermond, 1984: 43-54), el éxito de las novelas de caballerías, y particularmente del Amadís que engendró tantas, puede apreciarse siguiendo el número de las ediciones que lo prodigaron. Desde la primera impresión conocida de Zaragoza, 1508, hasta la de Sevilla de 1586, se cuentan hasta diecinueve ediciones en castellano en poco menos de ochenta años (Eisenberg, 1979; Cacho Blecua, 1991, I: 199; Lucía Megías, 2000: 597-618).


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A los cuatro libros originales de que se componía el Amadís de Montalvo pronto le surgieron herederos, algunos salidos de la misma pluma fundadora. Las sergas de Esplandián, impresas en 1510 en Sevilla (aunque presumiblemente no es la edición príncipe), son el linaje más legítimo de una saga que llegó a prolongarse con vástagos más o menos ilícitos del caballero Amadís, hasta llegar a un libro XII, protagonizado por Silves de la Selva; éste, una criatura salida de la fabulación de Pedro de Luján, autor también de los Colloquios matrimoniales (Zaragoza, 1571), vino a continuar, en una primera edición sevillana de 1546, la parte tercera de Florisel de Niquea el cual, dentro de la procelosa genealogía de don Amadís, era el caballero que daba nombre al libro X de la saga.

Para entonces, Amadís de Gaula había pasado de los doscientos años en su vida fabulosa y la multiplicación a que lo habían sometido las prensas dio una primera muestra de fatiga en Italia, concretamente en Venecia, donde entre 1558 y 1565, Mambrino Rosseo fue dando a la luz en seis partes, supuestamente traducidas del castellano, las últimas herencias de tan esforzado caballero. Lo llevó a morir en combate, a manos de dos gigantes que en el mismo día también fueron responsables de la supresión de tres emperadores, varios reyes y hasta cincuenta y cinco mil caballeros cristianos: «que no se requería menor hecatombe para los funerales de Amadís» (Menéndez Pelayo, 1943, I: 413).

Las copiosas invenciones de Páez de Ribera (Florisando, libro VI de Amadís), de Feliciano de Silva (Lisuarte y Amadís de Grecia, libros VII y IX de la serie), los altos hechos de Silves de la Selva, sirvieron de recreo no solo a los lectores españoles. Acaso de manera menos inocua que el equipaje de un embajador, la serie de los Amadises se propagó por Europa en forma de traducciones y adaptaciones que aún complicaron más la genealogía original del Amadís de Montalvo. El Index Aureliensis refiere más de doscientas setenta ediciones de los diferentes libros del Amadís estampadas fuera de España. A Francia llegó de la mano de Francisco I, que había leído el libro para entretener sus horas de cautivo en Pavía y encargó la que conocemos como primera traducción francesa a Nicolas d’Herberay des Essarts. En esa versión se leyó fundamentalmente en Inglaterra hasta que en 1589 se publicó la traducción de Anthony Mundy.


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Con la serie primitiva en doce libros o partes, publicadas desde 1540 hasta 1556, en volúmenes de intención lujosa en folio y con xilografías, convivieron reimpresiones más modestas a las cuales, desde 1561, comenzaron a añadirse nuevos libros que alegaban ser traducciones del español y del italiano, compuestos en realidad por imitadores franceses, hasta elevar la saga a veinticuatro volúmenes (Menéndez Pelayo, 1943, I: 379-380). Uno de estos vástagos dudosos del primer Amadís es el Quatorzieme livre d’Amadis de Gaule; otro el Sixiesme y el Huitiseme livre d’Amadis de Gaule.

Refiriéndose a la traducción de Antoine Tyron, prologada por Jacques Gohorry, Parisino (firma I. G. P.), Brunet (1860, I: col.215), que sigue a Eugène Baret (1853), menciona una primera edición de París, Nicolas Bufons, 1574, en cuarto. A ella habría que añadir otra de Amberes (Iean Waesberghe, 1574) al parecer sin la introducción de Gohorry (BLC, VI: 437), y dos más, Chambery (Francois Poumar, 1575) y Lyon (Rigaud, 1577) que, además de la aludida exposición de Gohorry sobre el número de las novelas antiguas, contienen una octava impresa en el vuelto de la portada ausente de la edición de París de 1577 impresa por Bonfons. Siguiendo la tradición fabulosa del género, en la epístola dedicatoria a Henriette de Cleves, duquesa de Nevers, se hace valer la rareza del libro que Gohorry ofrece «dont l’original Castillan des mains d’une Damoiselle de la feu Royne Alienor estoit tombé és miennes apres auoir recerché en vain par l’espace de plus de dix ans tant en son pays naturel d’Espagne qu’en la Flandre».

La dedicatoria a una noble dama, además de orientarnos sobre el tipo de lector que se acercaba a este género caballeresco, contiene reflexiones que recomiendan la lectura de las novelas de caballerías por contener tanta verdad como los libros de crónicas e historias; también se alega que en su imaginería más fabulosa los libros de caballerías no son menos dignos que las invenciones mitológicas de los autores clásicos. Junto a esta vindicación reglamentaria del género, convendrá recordar, siguiendo las fundadas observaciones de Place (1954: 151-169), que la recepción del Amadís en Francia tuvo desde 1559 con la publicación del Thresor des livrees d’Amadis, una influencia muy notable como manual de urbanidad cortesana.

 

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