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Descripción catalográfica
Comentario
La Tragicomedia de Calisto y Melibea es, acaso, la
obra literaria más prestigiosa de nuestras letras, únicamente precedida por el Quijote.
Su fortuna, por otra parte, como no deja de apreciarse desde las cabales celebraciones de
aquella fábula en las prosas de Moratín y Blanco White, hasta las últimas reflexiones
destinadas a la obtención de un afinado texto crítico, «va de la mano con el arraigo de
la tipografía en España, y también por ahí con el nacimiento de la literatura
moderna» (Rico, 2000:
223-241).
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La Celestina fue un texto en permanente evolución desde su mismo nacimiento: con
el título de Comedia, anónima y con una extensión de dieciséis actos, apareció
en Burgos, en la imprenta de Fadrique de Basilea hacia 1501 (Martín Abad, 2001: 1 337).
El año de 1499 se ha postulado tradicionalmente como fecha de nacimiento de esta
edición, pero ya Norton
(1966) dudaba que la simple presencia de un taco xilográfico con la marca del
impresor y el año de 1499 sobre una hoja que no es del papel originario que se empleó en
la impresión, sino una reproducción facsimilar de una hoja anterior, fuera suficiente
prueba para fechar esta edición en ese año, y menos aún cuando se comprueba que la
misma marca con la misma fecha de 1499 aparece en ediciones posteriores, hasta al menos el
1 de noviembre de 1501. Según
esas viejas cuentas ahora nuevamente refutadas por Jaime Moll (2000a),
Pedro Hagenbach habría impreso en 1500 y en Toledo una nueva versión de la Comedia
que volvería a reproducirse en Sevilla un año después con las notables adiciones de la
carta de «El autor a un su amigo», donde con laboriosa modestia se resuelve la génesis
del texto como un trabajo vacacional, y las once octavas acrósticas que revelan el nombre
de Fernando de Rojas como autor de esa aparente diversión.
Jaime Moll (2000a:
22), teniendo en cuenta que el único ejemplar conocido de la edición burgalesa está
manipulado, juzga que las alegadas diferencias textuales entre esa edición y las de
Toledo (1500) y Sevilla (1501) son imaginarias:
no hay nada que se oponga a la existencia [en la edición de Burgos] de un cuaderno
preliminar, sin signatura, incluso con páginas en blanco [...] En cuanto al final, el
cuaderno m podía tener pliego y medio o dos pliegos conjugados. Si se pudiese analizar la
hoja m3 para ver si se raspó su signatura a no ser que fuese facsímil dicha
hoja y el resultado fuese positivo, creemos que sería una prueba de que está falto
el cuaderno m.
La Comedia
«primitiva» en dieciséis actos, se transformó, probablemente entre 1500 y 1502, en Tragicomedia
de veintiún actos los cinco añadidos se insertan en el acto catorce, con
adiciones y supresiones en el texto original y con un prólogo más largo que el de las
ediciones de Toledo y Sevilla. La edición de Jorge Coci (Zaragoza, 1507) representa en
España el primer testimonio de esa Tragicomedia, pero no es el más antiguo: un
año antes, el impresor Eucario Silber publicó en Roma una Tragicomedia en
veintiún actos, «traducta de spagnolo in italiano idioma» por Alfonso Ordóñez, «nel
mille cinquecento cinque appunto» (fol. T8). Se trata, pues, de un testimonio
basado en una impresión española anterior al menos en dos o tres años a la de Jorge
Coci (Scoles, 1961:
155-217).
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Por otra parte circulan hasta seis ediciones que en la última estrofa de los versos de
Proaza alegan variablemente los nombres de Sevilla, Toledo y Salamanca, además del año
de 1502 como señas de identidad editorial. De la falsedad de estos datos se ha ocupado
convenientemente Norton
(1966: 141-156), que retrasa la aparición de tales ediciones a la década de
1511-1520; en el caso de la cuarta impresión sevillana y de la salmantina aleja la
geografía de su nacimiento hasta la ciudad de Roma. Se admite, con todo, que pudiera
haber existido una edición de «Sevilla, 1502» de la que descendiesen las refutadas por
Norton. En cuanto a la exactitud del texto, la Tragicomedia de Valencia, a cargo de
Juan Joffré en 1514, es considerada como la más rigurosa y está en la base de numerosas
ediciones críticas modernas (cf. Marciales, 1985; Severin & Cabello, 1987;
Botta, 1994). De
esta impresión valenciana se infiere además la existencia de una supuesta edición de
Salamanca, 1500, que para muchos críticos representaría la primera de la Tragicomedia
en veintiún actos. Si la
historia editorial de la Tragicomedia de Calisto y Melibea es dilatada, su fortuna
como texto inspirador de nuevas obras es casi interminable. Basta revisar las minuciosas
páginas que Menéndez
Pelayo (1943, III: 433-458 y IV) dedica a la influencia, cuando no a la directa
imitación de la obra de Rojas, para percatarse de que la gravitación de la Celestina
pertenece, como el Quijote o Hamlet, a ese género de creaciones milagrosas
que llevan una vida independiente de las letras, un camino que empieza por dilatar las
prensas para contaminar los diccionarios con un nuevo adjetivo, que prosigue por ensanchar
el refranero comprometido con la ilustración de las debilidades humanas y que acaba por
convertirse en un emblema moral que condensa una de las variedades del destino aciago: el
de la vejez miserable de fortuna y pródiga en arterías.
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Pero de forma más inesperada o más secreta, la voz de Celestina se nos impone sin
haberse anunciado previamente, porque a diferencia del príncipe Hamlet o del hidalgo don
Quijote, la voz que hoy es acreditación unánime de la alcahuetería se asomó tarde con
su nombre propio por el título. Lo hizo por primera vez en una edición sevillana de
Cromberger, aparecida hacia 1518-1520, y se presentó además en compañía, si no en
competencia, de los reglamentarios amantes que desde 1499 venían dando título a la Comedia.
La novedosa ampliación, Libro de Calixto y Melibea y de la puta vieja Celestina,
consolidó el hábito que probablemente ya fue común entre los primeros lectores y
que humanistas como Giraldi Cinthio o Vives confirman en sus escritos de cifrar en
el único nombre de Celestina la Tragicomedia de Fernando de Rojas. La edición de Nicolas Barbou de París en 1542 y la de Plantino
de 1595 insisten en esa predilección, que ya era un reclamo editorial: por primera
palabra del título imprimen el nombre de Celestina. La
fortuna europea de la tragicomedia de Rojas fue precoz en Italia. A la primera traducción
publicada en 1506, en Roma, siguieron hasta once impresiones más, casi todas en Venecia y
Milán, solo en el Quinientos. De una traducción italiana procede la alemana de Grimm y
Wirsung, publicada en Augsburgo en 1520, reimpresa con algunos cambios en 1533 ó 1534 (González Agejas, 1894:
78-103; Wolf, 1895:
99-123; Die
Celestina, 1984). Ambas son ediciones rarísimas y justamente famosas por la
calidad de sus xilografías, atribuidas por Dodgson (1980: 151) a
Hans Weiditz, grabador procedente de Estrasburgo. Al menos cuatro de los grabados
utilizados por Grimm y Wirsung que fueron los primeros editores de los dibujos de
Weiditz acabaron en manos del impresor H. Stayner, que los empleó trece años
después en la segunda edición del texto, publicada también en Augsburgo (Ex-Libris Universitatis:
288). Wirsung declara que su traducción procede del lombardo, lo cual permite suponer
que trabajó sobre una de las impresiones de Milán de 1514 ó 1515, a no ser, advierte Menéndez Pelayo (1943,
III: 414), que «[Wirsung] considerase como parte de Lombardía a Venecia, donde
declara haber pasado algunos años y adquirido el conocimiento de la lengua». El ejemplar
exhibido es único en España y el exlibris manuscrito que lo vincula a la biblioteca de
los Estudios de San Isidro de Madrid, sugiere la posibilidad de que llegase a la
Península de la mano de un jesuita alemán.
La
traducción francesa seleccionada (Paris: Nicolas Barbou, 1542),
reproduce la primera versión al francés de la Celestina publicada en París, por
Nicolas Cousteau en 1527 y reimpresa en Lyon en 1529 por Nourry. Se conocen diversas
emisiones de la edición de Barbou en las que los ejemplares varían en la indicación del
nombre y dirección del librero que los vende (Brunet, 1860-1865, I: col.
1721). Impresa en caracteres góticos, con una puesta en página abigarrada, muy
celosa de aprovechar el papel y de abstenerse de «poner en la margen los interlocutores,
que de passo en passo van hablando» según la conveniencia reclamada por Alfonso de
Ulloa al frente de la edición veneciana de 1553 para distinguir la impresión de
«comedias» de las demás prosas, la traducción impresa por Barbou reúne buena
parte de las demandas que cabe exigir a una impresión destinada a venderse a poco precio
y en gran número.
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La edición de Giolito de Ferrari, Venecia, 1553, corregida por Alfonso de Ulloa un auténtico
difusor de cultura española en Italia (Rumeu de Armas, 1973; Lievens, 2002),
viene a combatir la inconveniencia de muchas ediciones de la Tragicomedia que el
corrector declara haber visto en España, en Flandes y «en otras partes», cada una de
ellas dada al mundo «oppressa de dos faltas muy principales: la una mal corregida, y sin
ninguna orthographia, [...] y la otra, siendo comedia como lo es, que la hayan impresso no
como comedia, sino como historia, o otra cosa semejante» (fol. Aiiv). El texto
impreso por de Ferrari según este dictamen de Ulloa es, efectivamente, un modelo de
claridad tipográfica que no niega la deuda contraída con la mejor tradición editorial
de las comedias de Plauto y de Terencio, «impressas con muy gentil orden», una
obligación condicionada por la naturaleza formal del teatro clásico, cuya escritura en
verso demanda la distinción inequívoca de las líneas y exige que «donde acaba el uno
[de hablar], no prosigue allí luego el otro, sino que comiença nuevo renglón con el
nombre a fuera» (fol. Aiiv). Fiados
de la octava de Alonso de Proaza impresa al final de esta edición italiana de la Tragicomedia,
podemos deducir que el texto corregido por Alfonso de Ulloa es deudor de una de las
supuestas ediciones sevillanas de 1502, tal vez de alguna de las impresas en realidad en
Roma con material procedente del taller de Cromberger (Norton, 1966: 150-152).
El ejemplar de la Tragicomedia impresa por Giolito de Ferrari conservado
en la Real Biblioteca, se sirve en la encuadernación de un pergamino que antes protegió
un «Tomus Sextus» de alguna de las obras de Janus Gruterus. Aún es legible el nombre
del filólogo holandés en la parte superior del tejuelo por mano de Henry Teller,
bibliotecario a las órdenes del conde de Gondomar (1567-1626) (Michael & Ahijado, 1996;
Andrés Escapa &
Rodríguez Montederramo 1998). Es muy posible, pues, que esta edición haya
pertenecido a la librería particular de don Diego Sarmiento de Acuña, en cuyo catálogo
de 1623, escrito por el propio Teller, figuran hasta cinco obras de Gruterus (BNM ms.
13593, fols. 78v, 116r, 132r-v).
La
edición veneciana tiene la particularidad recogida ya en la portada del
impreso de añadir tras la Tragicomedia una disertación de Alfonso de Ulloa
sobre la pronunciación de la lengua española dirigida al lector de lengua italiana y un
vocabulario bilingüe de voces y expresiones extraídas del texto de Rojas. En la
dedicatoria al impresor, a quien se menciona como inspirador del encargo, se advierte que
la Tragicomedia de Calisto y Melibea es «obra muy copiosa de vocablos no comunes
ni manifiestos a muchas personas que la leen (porque por dezir la verdad, es en nuestro
Idioma lo que las novellas de Iuan Boccacio en el Thoscano)» (fol. *iiv). El
glosario de Ulloa, que casi alcanza las novecientas voces, es, en palabras de Amado
Alonso, «un plagio descarado a la Introducción de Francisco Delicado, Venecia,
1533» (Nieto Jiménez,
1991: 253).
El ejemplar seleccionado, procedente de la Real Biblioteca, está anotado por una mano
del XVI que entre líneas traduce en italiano palabras y expresiones del
original. Acaso esa riqueza de vocabulario declarada por Ulloa haya motivado también que,
en 1599, la Spanish Grammar de Richard Percyvall (London, E. Bollifant), ilustre su
sección de «Words, Phrases, Sentences and Prouerbes» con ejemplos procedentes de la Celestina,
que, por otra parte, fue el primer libro español traducido al inglés en una injusta
adaptación publicada en la década de 1530 (Menéndez Pelayo, 1943:
419). Los ejemplos verbales de la Tragicomedia alegados en la Gramática
de Percyvall remiten a la edición de Amberes publicada por Plantino
en 1595. Esta impresión prescinde de la última octava de Proaza que los impresores
usaban para declarar el año y el lugar de edición. Con todo, el texto de la Tragicomedia
editado por Plantino termina con el In hac lachrymarum valle ausente de la edición
inaugural de Fadrique de Basilea (Burgos, ca. 1501) y es deudor de las primeras ediciones
en veintiún actos de la Tragicomedia, salvo en el conveniente cambio de iniciar el
título con el nombre de Celestina. |
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