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Descripción catalográfica
MEJÍA, PEDRO
[COLOQUIOS]Coloquios o Dialogos nuevamente compuestos por el
magnifico Cavallero Pero Mexia, vezino de Sevilla, en los quales se disputan y tratan
vaarias y diversas cosas de mucha erudicion y doctrina. Son dedicados al
illustrissimo |
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| Señor
don Perafan de Ribera Marquesde Tarifa, Adelantado mayor de Andaluzia &cet.
En Anveres: en casa de Martin Nucio,
1547. CIIII h. 8.º; A-N8. Port. con marca
tipográfica. Capitales xil. Biblioteca Nacional R/2441. Encuadernación en
piel.
Bibliografía: Peeters-Fontainas,
1965, II: 781. BLH,
XIV: 4 312. |
Comentario
La obra literaria de Pedro Mejía se
circunscribió a dos campos fundamentalmente: el histórico y el misceláneo de
divulgación científica. Al primero se adscribe su Historia del Emperador Carlos V,
que dejó manuscrita e inacabada; al segundo pertenece su muy célebre Silva de varia
lección y los Coloquios o Diálogos.
En la «Epístola nuncupatoria» que puso al
frente del libro, hizo ostentación literaria de humildad ante el marqués de Tarifa y
redujo la escritura de los Coloquios a un discreto entretenimiento nocturno de
noches invernales. Después vinieron los amigos a pedir que los hiciera públicos, según
la acostumbrada disculpa retórica que se alega en justificación de la fatiga de las
prensas. Y, por fin, declara la cierta intención divulgativa de su texto: «Hazer
participante a nuestra lengua castellana de algunas de las cosas de erudición y doctrina
que la latina (para los que no la saben) tiene escondido y secreto». Si tiene éxito en
el intento, promete aumentarlos pasando «a nuestra lengua algunas cosas destas de que
iniustamente por culpa de sus naturales está privada» (Aiiv).
Ciencia médica
frente a curación «por uso y experiencia», licitud de los convites, vicisitudes del
sol, el admirable equilibrio del hombre sobre una tierra redonda, la proximidad del fuego
al cielo de la luna, un elogio del asno, son los variables temas de los Coloquios
de Pedro Mejía.
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Recurrir al diálogo para revelar el pensamiento es una experiencia griega que Platón
sometió a las leyes de la lógica y de la retórica. El heredero de Sócrates hizo
literario un hábito que en su maestro era natural: preguntar y responder. Para el griego
el diálogo es la expresión natural del pensamiento, como tal vez lo fue la metáfora
para el hebreo. Mejor fortuna que el diálogo filosófico, que procede de la opinión para
llegar a la verdad, tuvo en nuestro siglo XVI la variación
retórica del coloquio que abunda en circunstancias y descuida la verdadera dialéctica
que ordena la argumentación. Y no pocas veces repara Gómez Moreno (1994: 201)
«el fruto del diálogo no es mucho más que la demostración del poder de las armas de la
Retórica, al modo de los viejos sofistas [...] o de las disputas académicas [...] aún
vigentes en los centros universitarios del siglo XVI». De esa herencia
amorosa por el debate, tan preservada por la Edad Media, que opuso el agua al vino, el
clérigo amador al caballero, la razón a la voluntad, procede alguna página de los Diálogos
de Mejía: el cuarto se titula «Coloquio del porfiado» y en él un Bachiller Narváez se
hace constante en defender la opinión contraria de sus interlocutores. En esta sumisión
del diálogo a la anomalía de un carácter psicológico Jesús Moreno (1988: 66)
ha querido ver la herencia de Luciano. Pero no debemos olvidar que en la sumisión de
Mejía al carácter litigante del Bachiller Narváez hay una preferencia por ilustrar con
un ejemplo antes que de adoctrinar genéricamente contra la porfía. «Por norma
concluye Gómez
Moreno (1994: 200) los diálogos reflejan la voluntad literaria de un
determinado autor». La de Mejía fue, dócilmente, una voluntad didáctica prescrita por
el género y corroborada por una legión de Diálogos y Coloquios que en el siglo XVI vinieron a ser el más ameno modo de exponer doctrina frente a la
aridez del tratado y, en los casos menos felices, de infligir desordenada erudición.
La fortuna editorial de los Coloquios fue muy notable dentro y fuera de España.
No debe olvidarse que la conjunción de amenidad, miscelánea y doctrina que implicaba el
género encontró valedores entre cortesanos y entre humanistas de ascendencia tan capital
como Erasmo o Vives. No faltan voces que adscriben los Diálogos de Mejía a la
corriente erasmista de pensamiento, en compañía de los Colloquios satíricos de
Torquemada (Jesús
Moreno, 2000: 769). En España y en Europa no dejaron de editarse ni de leerse en el
medio siglo que transcurre desde su aparición en 1547 hasta 1598 (Jesús Moreno, 1988: 164).
En 1557 el infatigable divulgador de letras hispánicas, Alfonso de
Ulloa, los puso en italiano en una impresión salida de los talleres venecianos de Plinio Pietrasanta. Cervantes y Mateo Alemán, Montaigne y Lope de
Vega, Marlowe y Shakespeare son nombres habitualmente alegados cuando se trata de reclamar
deudas prestigiosas con el humanista sevillano. |
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