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La vida de Lazarillo de Tormes...



Descripción catalográfica

[LAZARILLO DE TORMES]

La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades.— En Anvers: en casa de Martin Nucio, 1554-55.— 48, 1-69, [2] fol.; 12.º.

A-D12, A-E12, F11.— 2 partes.— En port. esc. tip con dos cigueñas: «Tvtissima virtvs pietas homini».— Con Privilegio Imperial.— Letra redonda, cursiva en

 títulode los capítulos.— f. 48: Fin [de la 1.ª parte].— La segunda parte, con port. propia, en Anvers, en casa de Martin Nucio, a la enseña de las dos cigueñas, 1555. Con Privilegio Imperial.— Errores de foliación: f. 53 por 65, 65 por 67, 67 por 69.— f. 2: Prologo.— f. 3v: Privilegio por cinco años. En cursiva.— f. 4: Cuenta Lazarillo su vida… 2.ª parte f. 1v: Privilegio por cuatro años. Cursiva.— f. 67 [i. e. 69]v: Lazaro de Tormes. Finis.

Biblioteca Nacional R/8401.— Encuadernación en piel con hierros dorados. ¿De Diego Hurtado de Mendoza?— 2 h. mss. firmado 29 agosto 1805 Io. Frans. Mascaros.— Exlibris: «este libro es de Fran. Mscr».

Bibliografía: Peeters-Fontainas, 1965, I: núms. 687, 688.


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Comentario

La literatura, o quizá mejor, algunos devotos lectores que ejercieron el deber subsidiario de poner por escrito sus impresiones, nos han enseñado que es lícito argumentar que Chesterton, que murió en 1936, hubiera podido ser Kafka, que murió en 1924. «El hombre que escribió que la noche es una nube mayor que el mundo y un monstruo hecho de ojos hubiera podido soñar pesadillas no menos admirables y abrumadoras que la de El proceso o la de El castillo», conjetura Borges.

No es menos lícito concluir, y lo han hecho ya Claudio Guillén (1962; 1966) y Lázaro Carreter (1972), que Guzmán de Alfarache, en 1599, es responsable de la resurrección de Lazarillo de Tormes, cuya primera edición conocida data de 1554. No es una inversión del tiempo; es la licencia que el tiempo se toma para asimilar la insólita aparición de una obra de arte que le supera.

El Lazarillo a solas —dicta el razonamiento de Guillén (1966: 230)— no se defendía, no pasaba de ser un franco tirador. El Guzmán conoce un éxito excepcional, pero sus efectos traspasan los límites de una obra única, repercuten en el Lazarillo y dan origen a la idea de un género imitable.

En las imprentas, Guzmán se convirtió en el lazarillo de Lázaro y dejó sus pasos en el título de la obra que le había precedido. Así, la traducción del Lazarillo por Barezzo Barezzi, aparecida en Venecia el año de 1622 —y después de haber traducido también el Guzmán— lleva por primeras palabras del título Il Picariglio Castigliano. Tres años después, también en Venecia, se distribuyó otra confirmación de que Lázaro de Tormes, venido al mundo en 1554, era un pícaro, como se había hecho llamar Guzmán en 1599 en una imprenta de Barcelona. Esta nueva edición de 1625 se tituló hereditariamente Il Picariglio Castigliano, Seconda Parte che continuava la Narratione della vita del Cativello Lazarillo di Tormes (Clavería Lizana, 1972: 54-55).


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La invención del género picaresco, o al menos la consciencia de su identidad, prescribe, pues, la publicación del Guzmán de Alfarache, por más que el Lazarillo le supere en casi cincuenta años de vida. Cuando se publica el Quijote en 1605 algo había cambiado en la sensibilidad lectora. Con su habitual cordura para mezclar lo real y lo literario, Cervantes elaboró una broma que hoy nos permite postular ese progreso: el fingido Ginés de Pasamonte, hablando con don Quijote del libro que tiene proyectado sobre su propia vida, aventura: «mal año para Lazarillo de Tormes, y para todos cuantos de aquel género se han escrito o escribieren» (Quijote, I, 22). El buen año había sido 1599, que fue el del alumbramiento del Guzmán, y a resultas de ese ingreso en el mundo, el de un renovado éxito del Lazarillo, que en los cuatro años siguientes se reedita hasta nueve veces.

No sabemos —continúa la reflexión de Guillén (1966)— si en realidad era hacedero que un galeote o un ladrón se identificase con Guzmán de Alfarache y se pusiese a escribir un libro semejante al de Mateo Alemán; pero en un plano ficticio, y sobre todo, en el del Quijote, donde la literatura se convierte en tema de vida, resulta verosímil y casi razonable el que ciertos personajes sientan que la picaresca está muy cerca de su propia experiencia.

Lo que sí parece seguro es que no pocos de esos «lectores discretos» que tantas veces invocan los autores cuando presentan sus libros, fueron asumiendo que un nuevo género narrativo estaba en auge y algunos de ellos hasta se atrevieron a ensayar su prosa en ese nuevo estilo de novelar, conscientes, a veces, de los remotos pasos de Petronio o Ayuleyo, pero incitados por los cercanos éxitos del Guzmán o el Lazarillo. Francisco López de Úbeda, en 1605, se atreve a anteponer la palabra pícara al nombre de la protagonista en el título de su novela y a elaborar en las páginas de la Justina una «fisga» contra Mateo Alemán (Márquez Villanueva, 2000: 324). La genealogía del género picaresco cabe en un párrafo para el autor de la Pícara Justina:

Y así no hay enredo en Celestina, chistes en Momo, simplezas en Lázaro, elegancias en Guevara, chistes en Eufrosina, enredos en Patrañuelo, cuentos en Asno de oro [...] cuya nata aquí no tenga y cuya quinta esencia no saque (Valbuena Prat, 1946: 709).

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Cada obra nueva es siempre una rectificación del género al que se adscribe. Pero raramente es el libro, la obra aislada, la que crea el género, que es una distracción mental, o cuando menos impuntual, sino el lector; tal vez debiéramos decir el escritor antes de escribir, el escritor que ha sido primero lector. De nuevo Guillén (1966: 230) acierta a expresar ese procedimiento literario que acaba por admitir el alumbramiento de un género:

El factor más importante aquí es sin duda el menos conocido: el público. Hoy día los periodistas, los críticos militantes, los agentes de publicidad, hasta los profesores, son quienes dialogan con el público. En 1599 una de las personas que desempeñaba este papel era el impresor —el único cuyo nombre podamos conocer hoy. Uno de los numerosos y anónimos inventores del género picaresco sería, pues, aquel Luis Sánchez que dio al público el Lazarillo el 11 de mayo de 1599, dos meses después de la primera publicación del Guzmán de Alfarache en Madrid, siendo imitado acto seguido por sus colegas de Barcelona, Zaragoza, París, etc.

El nacimiento editorial del Lazarillo de Tormes impone el año de 1554, aunque hay suficientes indicios textuales para suponer que hubo una edición anterior (Caso González 1972; Moll, 1998). Se conocen ejemplares correspondientes a cuatro ediciones contemporáneas de ese año inaugural: Alcalá, Burgos, Amberes y Medina del Campo. La de Medina, representada por un único ejemplar hallado recientemente en Barcarrota, es en su estructura la más cercana a la conjeturada primera edición (Moll, 1998). Las tres ediciones españolas son en octavo y declaran en su colofón el día en que se terminaron. De la de Amberes solo conocemos el año. El privilegio concedido al impresor Martín Nucio, válido para cinco años, también carece de fecha. La edición prescinde de grabados, su formato en doceavo se aparta de las tres impresiones españolas, y su letrería, de tipo breviario redondo, también la aleja de sus coetáneas. En opinión de Alberto Blecua (1972) «las ediciones [del Lazarillo] posteriores a 1554 descienden de la edición de Amberes y no de textos perdidos». Para Francisco Rico (1987) la edición de Burgos (1554) es herencia directa de otra impresión, hoy perdida, salida también de esa ciudad, a lo sumo en 1552, la cual, sirvió a la vez de modelo a otra edición, también perdida, de la que derivan la de Amberes y la de Alcalá de 1554.


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El éxito del Lazarillo en Europa propició la aparición de traducciones al francés (1560), al inglés (1576) y al neerlandés (1579). Más distantes en el tiempo son las primeras versiones alemana (1617) e italiana (1622). Las continuaciones espurias fueron mucho más madrugadoras. Tan solo un año después de la primera edición impresa fuera de España, el mismo Martín Nucio daba a la luz en su taller de Amberes una Segunda parte de Lazarillo de Tormes, «por incierto autor». Se trata de un texto de inspiración lucianesca que satiriza la vida cortesana y militar en el que la sorprendente metamorfosis del protagonista en atún «se ha interpretado en claves políticas algo rebuscadas sobre ciertas actuaciones de la Orden de Malta o Carlos V en el Mediterráneo» (Vaíllo, 1983: 451). La prolongación acuática del Lazarillo permite postular que esa derivación disparatada podía contar con el éxito que tenía ganado su precedente para atreverse a aparecer. Un paso más en este camino de las invenciones sin riesgo es otra Segunda parte de Lazarillo, menos fabulosa, suscrita por Juan de Luna y estampada en París en 1620. Tal vez mejor que ninguna otra declaración de fortuna es la que ganaron en Italia las «adversidades» de Lázaro. En la edición milanesa de Antonio degli Antoni, pueden leerse estas palabras, dirigidas al Potestad de Milán Juan Rodríguez de Salamanca:

Ha sido tan bien recibido el Libro de Lazarillo de Tormes en Italia de los que se deleitan en leer Libros Hespañoles, que habiéndose acavado los de la primiera [sic] impresión, las instancias de algunos amigos me ha hecho bolver a imprimir [...]

La recepción del Lazarillo en Europa y su favor popular parecen dar la razón a las páginas de El Cortesano, cuyo contenido, en opinión de García de la Concha (1998: 53) «demuestra que los hábitos de cortesanía —entre ellos, de manera muy destacada, ese divertirse «con dulce burla, cortesanía y palabras»— habían rebasado con mucho el ámbito de cortes y palacios». La circulación de cuentos y facecias, de juegos lingüísticos y refranes fue un hábito narrativo en cuya ancha senda debe inscribirse el Lazarillo, que, por el cauce genérico epistolar (García de la Concha, 1993) integra en sus episodios motivos populares y de origen folclórico. Fingir cartas en demanda de noticias de la propia vida a fin de lograr honra —y no otra es la disculpa de Lázaro para contar sus días— es un remedio propuesto por Erasmo en uno de sus Coloquios familiares, el que mantienen Harpalo y Nestorio:

Ya, para que la opinión de los demás te sea definitivamente favorable, finge que los grandes te envían cartas en las que te traten de Caballero preclaro y se haga mención de tus hazañas, de tus posesiones y riquezas..., de tu opulento matrimonio. Y envíales tú, a tu vez, cartas [...]

Recurrir a ese procedimiento para contar las cosas de la vida y hacerlo con la intención de agradar y deleitar —«podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite» (Prólogo)—, hizo que los lectores del Siglo de Oro entendieran que el Lazarillo era un libro para el regocijo, una diversión, a qué dudarlo, que aún hubo de ser mayor entre los oyentes de esta «epístola hablada» que sigue siendo el mejor artificio escrito, la mejor sugestión de cómo era España mediado el siglo XVI, sus casas vacías de viandas y esperanza, sus caminos de polvo y sus callejas arteras. Es lícito sospechar que la realidad descrita en el Lazarillo sea una convención literaria, antes que un documento veraz. Nada importa esa ficción. «Arte realista», nos recuerda Dámaso Alonso (1972: 30), «es el que crea en la mente del lector o contemplador una poderosa impresión de realidad, una poderosa intuición de realidad».

 

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