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Miguel de Cervantes Saavedra
Los trabajos de Persiles y Sigismunda...


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Descripción catalográfica

CERVANTES SAAVEDRA, MIGUEL DE
[PERSILES Y SIGISMUNDA]

Los trabaios de Persiles y Sigismunda: historia setentrional / por Miguel de Ceruantes Saauedra. Dirigido a don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos...— En Bruselas: por Huberto Antonio, impressor de sus Altezas en la Aguila de oro, cerca de Palacio, año 1618.— [8], 604 [i. e. 504] p.; 8.º.— *4, A-Z8, 2A-2H8, 2I4.
 

p. [4]-[5]: A don Pedro Fernández de Castro Miguel de Cervantes (Madrid 19 abril 1616); p. [6]-[7]: Prólogo.— Salto de p. 367 salta a p. 468.

Iniciales xilográficas; viñetas xilográficas al final de cada libro (p.127, p. 266, p. 604).

Real Biblioteca I/H/CERV/401.— Encuadernación s. XIX, en pasta española; lomo liso con filetes y decoración floral en hierros dorados; cortes en rojo. Tejuelo: EL PERSILES. Ex libris real de la época de Carlos IV-Fernando VII.

Bibliografía: Peeters-Fontainas, 1965, I: 243.— BLH, VIII: 940.— Catálogo XVII: 129.


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Comentario

El agudo sentido crítico de Cervantes le llevó a intentar una novela perfecta con el Persiles, porque consideraba que el Quijote, a pesar de que su éxito podría haber invitado a Cervantes a no volver a pensar, era deficitario en el cumplimiento de la teoría. Para quienes conocían los cánones de la prosa narrativa del Seiscientos, el Quijote no era rigurosamente una novela de género —de cualquier género— sino una parodia, lo cual suele ser siempre un síntoma de agotamiento formal. Cabe preguntarse si Cervantes habría sido capaz de escribir una novela de caballerías con todos los rigores formales impuestos por la convención. La abstención de ese propósito ilustrada sobradamente por el Quijote —donde, por lo demás, no falta teoría sobre cómo novelar la caballería andante— nos enseña que la ficción de caballeros, como finalidad literaria, fue para él menos atractiva que la de pastores o que la bizantina. Estas últimas las cultivó más cuerdamente y, acaso por ello, con menos posibilidades de admirar a un lector moderno.

Los libros de aventuras peregrinas, entre los que el Persiles quiso ser el mejor exponente en castellano, echan raíces en la literatura helenística. El Apolonio, la Historia de Leucipe y Clitofonte de Aquiles Tacio. Dafnis y Cloe de Longo son precedentes prestigiosos. Antes, el teatro de Menandro y Terencio, con su provisión de azares y accidentes, con su rebelión de generaciones —hijos liberales en amor contra padres que procuran casamientos ventajosos—, con sus naufragios, sus disfraces y sus anagnórisis jubilosas, sirvieron de inspiración a una prosa basada en el acopio de aventuras, viajes y providencias (García Gual, 1972).


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En el siglo XVI, la llamada «novela bizantina» conoció una conmoción «filológica primero y creadora después» (López Estrada, 1980: 276) a raíz del hallazgo de un manuscrito griego de la Historia etiópica atribuida a un cierto Heliodoro de Emesa, escritor del periodo helenístico. El texto se publicó en Basilea el año de 1534. Pronto se tradujo al latín y a las principales lenguas vernáculas.

La novela de Heliodoro fue favorecida en círculos humanísticos y López Pinciano —cuya Philosophía antigua poética (1596) parece haber sido una de las fuentes teóricas más iluminadoras de Cervantes— consideró a su autor digno de ser comparado con Homero y con Virgilio; de la Historia etiópica prescribió que era el modelo del poema épico «en prosa» (Stegmann, 1980: 651).

La primera edición en castellano de la Historia etiópica es de 1554. En opinión de López Estrada (1954a) supuso una lección de técnicas narrativas ilustradas con el sabio manejo de una tensión argumental que resultaba una novedad para un «público deseoso de entrenamiento peregrino». En otro lugar, López Estrada (1980: 277) advierte además que el «conveniente tratamiento poético del material y estructuras de Heliodoro pudo llegar a poseer una trascendencia espiritual». De tal suerte, la figura del «peregrino» protagonista de este género de novelas —entendido como símbolo del hombre cristiano que hace su itinerario físico y moral en la tierra— encarnó el ideal del protagonista más característico de la «novela de la Contrarreforma».


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Con los precedentes modélicos de Heliodoro y otros ensayos hereditarios de la novela de aventuras peregrinas, como el emprendido por Alonso Núñez de Reinoso, imitador de Aquiles Tacio en La historia de los amores de Clareo y Florisea y de los trabajos de Isea (1552), o por Jerónimo de Contreras en la Selva de aventuras (1565), o la primera gran culminación del género entre nosotros que supuso El peregrino en su patria (1604), de Lope de Vega, llegó Cervantes anunciando en la dedicatoria al conde de Lemos contenida en la segunda parte del Quijote, fechada a «último de otubre de mil seiscientos quince», que le quedaban cuatro meses para acabar el libro «mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento» (II, 8v). Ese libro excepcional era Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Terminar su redacción le llevó más tiempo del calculado y estaba en el lecho de muerte cuando un diecinueve de abril de 1616 firmó la dedicatoria al conde de Lemos del que sería su último libro. Murió tres días después. Los trámites legales de la edición, que se retrasó hasta 1617, fueron ocupación de su viuda.

La novela tuvo el éxito que cabía esperar viniendo de aquella pluma que ya era tan famosa que podía permitirse bromear en el prólogo del libro con su condición de «el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre y finalmente el regocijo de las Musas». En el primer año de la aparición del Persiles se hicieron hasta seis impresiones y advierte Avalle Arce (1980: 601) que este éxito movió a Lope de Vega a promover una segunda edición de su novela El peregrino en su patria (1618). Antonius Huybert, impresor en Bruselas al servicio de los Archiduques, y cuatro años antes editor de las Novelas ejemplares, tardó solo unos meses en publicar el Persiles.


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Con su última novela Cervantes quiso hacer un ejercicio formal que lo librara de la sombra irregular de Don Quijote. Fue un propósito largamente meditado y motivo de frecuentes anuncios en obras anteriores. En el prólogo de las Novelas ejemplares dejó escrito del Persiles que era «libro que se atreve a competir con Heliodoro», es decir, con el modelo de la ficción «bizantina» según la sensibilidad estética del siglo XVI. El autor de la Historia etiópica es el modelo práctico; el teórico está en las páginas de López Pinciano y en toda la tradición de preceptiva literaria del Cinquecento italiano, derivada, a su vez, de Aristóteles. El Persiles es, pues, una novela y una idea de la novela. También quiso ser, como nos recuerda Avalle Arce (1980: 601), «la gran epopeya cristiana en prosa, propósito que ha desorientado a muchos lectores y provocado no menos desaciertos críticos». Con esa percepción alegórica ha leído el texto Forcione (1972) para concluir que la peripecia de los héroes desde los confines de la tierra hasta llegar a Roma, ciudad celestial, es un itinerario que representa la salvación del alma humana.

De la novela más teórica de Cervantes hay premoniciones en el Quijote que Riley (1990) ha sabido vislumbrar. La doctrina del canónigo de Toledo (I, 47) sobre las cualidades de la novela ideal de caballerías parecen convenir extrañamente al Persiles, un libro que Cervantes podría haber concebido también como una ficción caballeresca purificada de elementos fantásticos. «En ninguna otra obra —escribe Riley— de igual categoría intentó Cervantes de forma tan manifiesta producir una agradable mezcla de entretenimiento e instrucción». El sometimiento a este equilibrio formal es acaso responsable de que el Persiles parezca hoy encadenado a lo absoluto, a una concepción ideal de la literatura frente al ejercicio de vitalismo y libertad que el Quijote sigue sugiriendo al lector casi cuatro siglos después de su publicación. La última ironía de Cervantes fue haber muerto convencido de que el Persiles era necesario para rehabilitar su crédito como novelista. Y tener razón.

 

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