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Miguel de Cervantes Saavedra
Novelas exemplares...



Descripción catalográfica

CERVANTES SAAVEDRA, MIGUEL DE
[NOVELAS EJEMPLARES]

Novelas exemplares / de Miguel de Ceruantes Saauedra. Dirigido a don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, de Andrade y de Villalva, &c...— En Brusselas: por Roger Velpio y Huberto Antonio, impressores de sus Altezas, al Aguila de oro, cerca de Palacio, año de 1614.—[16], 616 p.; 8.º.— a8, A-Z8, 2A-2P8, 2Q4.
 

p. 3-8: Prólogo al lector; p. 9-11: A don Pedro Fernández de Castro Miguel de Cervantes (Madrid 14 julio 1613).

Letra redonda.— En portada listado de novelas que incluye la edición.— Inciales y frisos xil. al comienzo de cada novela.

Real Biblioteca I/H/CERV/218.— Encuadernación s. XIX, en pasta; lomo liso con filetes y decoración floral en hierros dorados; cortes en rojo. Tejuelo: NOVELAS DE MIGUEL. Pruebas de pluma en portada.

Bibliografía: Peeters-Fontainas, I: 240.— BLH, VIII: 550.— Catálogo XVII: 129.


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Comentario

Desde la aparición del primer Quijote en 1605, Cervantes no volvió a publicar otro libro hasta que en 1613 vieron la luz las Novelas ejemplares. En el prólogo, el autor asegura:

Me doy a entender que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana; que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y estas son mías propias, no imitadas ni hurtadas: mi ingenio las engendró y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa.

Podríamos pensar que ocho años de silencio y un Don Quijote a cuestas precipitaron esta vanidad. Podríamos, igualmente, restar crédito a la afirmación y juzgarla menos una reflexión crítica del autor que un recurso retórico para ganar lectores después de una larga ausencia de las imprentas. En ambos casos descuidaríamos el hecho singular de que quien escribe es Miguel de Cervantes, un hombre tan extrañamente intuitivo de la posteridad que puede recurrir a un prólogo para describir su aspecto físico, y un lector tan extraordinario que, silencioso de teoría, puede atreverse a dictar doctrina y a calibrar la evolución de un género literario en el mismo prólogo.

No hay vanidad en la sentencia de Cervantes; tal vez no haya siquiera provocación. Habla, simplemente, un hombre al que la fortuna llevó hacia oriente, un hombre que leyó en Italia y cuyos poemas son, en buena medida, elogios de libros ajenos, un escritor que en su primera publicación en prosa abordó un género novelesco bien asentado, el pastoril —que tal vez proponía mucho y no concluía nada, como juzgó Cervantes de su propio ensayo en el género— y con cuyo último libro, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, quiso afirmar definitivamente —la negación ya la había probado, también definitivamente, con el Quijote— la teoría que rige la escritura de novelas «de entretenimiento». De esa última empresa que es el Persiles, Cervantes, libre de vanidad porque estaba ya enfermo de muerte, dejó escrito en la dedicatoria al conde de Lemos que se arrepentía de haber tildado de malo al libro, unas líneas antes, porque «en la opinión de mis amigos, ha de llegar al estremo de bondad possible» (Quijote II, 8v). Volvía a decir la verdad.


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Cervantes escribió que era el primero en novelar y estaba haciendo, como casi siempre, una declaración de teoría literaria antes que un cálculo numérico. También hacía un ejercicio de precisión porque, esencialmente, entendía que en España era el primero en novelar como lo hacía él, es decir, por lo breve, según el modelo itálico de la novella, o narración corta en prosa. La novela idealista de caballerías, que dominaba las ficciones desde que el Amadís de Gaula se arrancara a cabalgar sobre tinta cien años antes, no está incluida en la afirmación de Cervantes.

Esas largas narraciones fantasiosas son en el castellano del siglo de Cervantes «libros» o «historias» para la preceptiva teórica que, por lo demás, fue precaria de definiciones en su examen de la ficción en prosa; en ese mismo castellano se llamó «patrañas» alguna vez a las relaciones breves, o más breves que las «historias» (Riley, 1990: 21). Pero, contra lo que pudiera parecer, si pensamos que una de las novelas ejemplares es Rinconete y Cortadillo, tampoco el género picaresco que, como tal, no existe hasta la publicación del Guzmán de Alfarache (1599) y del que Cervantes hizo una discreta burla en el diálogo fingido entre Ginés de Pasamontes y don Quijote (I, 22), está incluido en la afirmación del novelista.

Hay una diferencia de perspectivismo, de rechazo de la primera persona impuesta por el modelo de Lázaro de Tormes, que hace de Cervantes un «novelista extraño a lo narrado» (Blanco Aguinaga, 1957); por lo tanto, un cultivador impuro del género picaresco. Ni han de caber en el cotejo de las Novelas ejemplares las manifestaciones de la ficción pastoril, una de cuyas primeras versiones —la quinta publicada en España desde la Diana de Montemayor—, fue el primer género de novela ensayado por Cervantes.

Las doce novelas que confió su autor al adjetivo de ejemplares lo son en la tradición simbólica de su cifra y en la visión que Cervantes quiso ofrecer con ellas del mundo. Proyectó este libro como un muestrario del arte de narrar al que agregó el beneficio de una voluntad de estilo poco frecuente. También son ejemplares en la deliberación de apartarse de las «historias» o los «libros» precedentes y, si nos atenemos rigurosamente al canon, en el aparente fracaso de la divergencia emprendida. Desde su primer libro, La Galatea, una novela pastoril, hasta el último, el Persiles, una novela bizantina, con el sueño mal clasificable del Quijote entremedias, Cervantes nunca pasó definitivamente de un estilo narrativo a otro, aunque no han faltado críticos que razonaran sus posibles trayectos del idealismo al realismo (González de Amezúa, 1956-1958) y su contrario (El Saffar, 1974).


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En las Novelas ejemplares realismo e idealismo saben convivir sin sofocarse y La gitanilla o La ilustre fregona son ejemplo hasta de copiosa fraternidad en la administración de rasgos que los géneros literarios, o la teoría de los géneros literarios, había prescrito como hostiles. Pero es característico de los procedimientos narrativos de Cervantes la abstención del absolutismo: en todos sus libros, largos como el Quijote o cortos como las Novelas, los planos de la realidad se entrecruzan sin que ninguno prevalezca como verdad absoluta; en todos sus libros la realidad creada por la palabra parece una imagen mejorada del mundo, una creación conciliadora porque Cervantes es la negación del rechazo.

Como al poeta trágico nada de lo humano le fue ajeno y esa generosidad comprende también su visión de las letras, que en las novelas fue ejemplar en la pintura de una realidad edificada con elementos singulares de todos los modos de ficción que ensayaba la prosa desde el siglo XVI. En rigor, la novedad de las novelas anunciada en el prólogo por Cervantes está en el hecho de haberla reconocido porque en lo demás son, por encima de cualquier revolución, fieles a su manera de escribir, a su procedimiento de resolver por escrito la realidad desde que veintiocho años antes, en La Galatea, un encuentro fortuito sirviera para iniciar una historia particular, que se vería interrumpida, que cambiaría de narrador, que quedaría en suspenso, que volvería a surgir integrada en los acontecimientos principales. Es decir, desde que se sirvió de artificios bizantinos para narrar historias de pastores.

«Heles dado el nombre de Ejemplares, y si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar un ejemplo provechoso», dejó también escrito al frente de la colección. Fiado de esa sentencia, que parece rigurosamente moral, Dunn (1973) ha sabido «mirar bien», como quería Cervantes, para advertirnos a nosotros, lectores distantes, que el autor de las Novelas ejemplares «no es ni un moralista ingenuo ni un desinteresado esteta». El amor es el tema de todas estas ficciones y cada una de ellas es una versión del amor. Ninguna está libre de platonismo y ninguna niega que el fin último de los enamorados es la unión de sus almas.

En esa peripecia hacia la unidad, que podría verse como un ideal de la Contrarreforma, no falta la injerencia del diablo para separar, torcer, distraer, abatir inútilmente a los amantes. Los lectores del siglo XVII prefirieron, por encima de otras, La gitanilla, El amante liberal, La fuerza de la sangre. El lector del XIX, menos familiar de los caprichos de la fortuna o más convencido de que los recursos del accidente son una comodidad del novelista para resolver sus libros, dieron mejor crédito a Rinconete y Cortadillo y al Casamiento engañoso. Eran menos inverosímiles en el siglo que más extensamente cultivó el realismo.


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Los siete años transcurridos entre la publicación del Guzmán de Alfarache (1599) y el primer Quijote (1605) —tal vez solo comparables en narraciones trascendentales a la década del segundo siglo de nuestra era, que produjo a Leucipe y Clitofonte, al Asno de oro y a Dafnis y Cloe—, bastaron para replantear las muestras de la ficción idealista precedente, digamos el género morisco, pastoril y bizantino, y supusieron una «culminación de más de un siglo de experimentación y producción novelescas hasta entonces sin paralelo» (Riley, 1988: 198).

Algunas inercias, caballerescas en su mayoría, persistieron, a pesar de la Celestina, que ofrecía un patrón distinto para narrar en prosa y fue la obra de ficción más veces publicada. Este intervalo de reiteraciones, de reflexión y novedad que produjo a Don Policisne de Boecia y El prado de Valencia, las últimas que tocaban de caballerías y de pastores, pero también El peregrino en su patria de Lope —una revisión del género bizantino anterior a la culminada por Cervantes con el Persiles—, y la escritura de El Buscón de Quevedo, dejaron abierto el camino a las Novelas ejemplares. Cervantes aseguró que eran las primeras novelas en castellano; las primeras, diríamos hoy, en admitir en su culta brevedad la animación de todos los géneros que la ficción en prosa usaba a principios del siglo XVII.

La fortuna en Europa de las Novelas ejemplares no fue laboriosa. Cervantes ya era admirado desde su Quijote y este prestigio se vio confirmado con el éxito de una colección de narraciones breves, cuyo origen más sutil descansa en el gusto popular por el cuento folclórico, por la animación de páginas con sales, burlas y consejas. En Europa, el humanismo de Erasmo había prescrito la bondad de esas recopilaciones de apotegmas y relatos breves de procedencia antigua. Hernán Núñez, Pedro Vallés o Juan de Mal Lara siguieron tales recomendaciones compilatorias. Cervantes, menos riguroso o más imaginativo, se ocupó de ofrecer doce amplificaciones de ese linaje humilde de la «forma simple» en manera de doce novelas cortas, ejemplares en lo que deben también a los venerables oficios del exemplo. Las prensas de Bruselas y de Milán, solo tardaron un año y dos, respectivamente, en divulgar estas versiones ejemplares de fabular que habían visto la primera luz impresa en 1613. En 1615, el editor Bidelli, en la dedicatoria de su impresión de las Novelas a Luigi Trotti —que, al parecer, seguía un programa de lecturas en castellano—, se atrevía a asegurar que, apoyado en la obra de tal ingenio, sus debilidades como hombre se le hacían menores y terminaba ofreciendo a su patrón «le novelle di Miguel de Cervantes, Autore degno d’esser letto da tutti gl’intendenti, ed honorato con le più famose penne di questo secolo» (a2v).

 

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