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Miguel de Cervantes Saavedra
El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha



Descripción catalográfica

CERVANTES SAAVEDRA, MIGUEL DE
[DON QUIJOTE DE LA MANCHA]

El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha / compuesto por Miguel de Ceruantes Saauedra. All’Illmo. Señor el Sig. Conde Vitaliano Vizconde.— En Milan: por el Heredero de Pedromartir Locarni y Iuan Bautista Bidello, año 1610.— [32], 722 [i. e. 720] p.; 8.º.— [cruz]8, 2[cruz]8, A-Z8, 2A-2Y8.
 

p. [3]-[4]: All’Illmo Señor el Sig. Conde Vitaliano Vizconde los herederos de Pedromartir Locarni y Iuan Bautista Bidello (Milan 24 de jul. 1610).

Marca tipográfica en portada.— Letra redonda.— En bl. p. [32]v. Error de paginación: de p. 704 pasa a p. 707.— Iniciales xil. y frisos decorativos.

Real Biblioteca I/H/CERV/399.— Encuadernación moderna en pergamino; en lomo, sobre tafilete rojo superpuesto, título y lugar de impresión en hierros dorados; cortes en rojo. Exlibris de Alfonso XIII, en tinta roja. En portada, en seco, sello con las siglas: «AF».

Bibliografía: BLC7, I: 218.— BLH, VIII: 187.— Catálogo XVII: 129.


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Comentario

No existe libro alguno en la literatura universal que haya sido objeto de admiración tan sostenida y unánime como el Quijote. Pero tampoco habrá otra creación tan contrariamente alegada para ilustrar todo lo divino y lo humano, todo lo visible y lo invisible de los procedimientos artísticos que dan por resultado un libro y de los procederes humanos que dan por resultado el mundo.

Si la filosofía invoca al Ingenioso hidalgo para reducir a dos las posibles almas del hombre, la historia de la medicina quiere encontrar en esas dos versiones la mejor ilustración de su teoría clásica de los humores; si la historia de la literatura se sirve del Quijote para explicar otros libros y otros géneros, en el plano estrictamente material de su génesis como libro impreso, el Quijote es también una creación emblemática que nos enseña mucho de los procedimientos de la imprenta manual.

Y de nuevo es una hipérbole, de las muchas que diseminó Cervantes en su vida y en sus libros, la que sustenta este interés; porque «desde la portada (que en bastantes ejemplares trae Burgillos por Burguillos) hasta la última palabra del texto (plectio por plectro), no hay especie de gazapo que no tenga su asiento en el Ingenioso hidalgo de 1604» (Rico, 1998: cxcvi). Lo cual no fue obstáculo para hacer más venturoso al librero Francisco de Robles, que recuperó su inversión con creces, ni para que este libro de libros haya seguido siendo, desde entonces, un socorrido remedio de más de un editor en apuros.


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Decir que el Quijote es un clásico es menos una obligación que un reconocimiento de gratitud que se renueva con cada relectura del libro. También es una comodidad consentida, porque pocas páginas habrá en la literatura que, merecedoras de ese fatídico adjetivo, sepan al tiempo erigirse contra la propia naturaleza formal de lo clásico. Nada más ajeno al canon de las escrituras que la invención de Cervantes y, al tiempo, pocos escritores tan conscientes de reglas y tradiciones literarias como el autor del Quijote. Acaso ser clásico, con la benevolencia de T. S. Elliot, no sea más —ni menos— que saber hermanar sin aparente violencia el rigor y el capricho. En ese raro equilibrio descansa el posible clasicismo, o uno de los posibles linajes del clasicismo de un libro por lo demás hiperbólico. Pero, ¿no es la hipérbole un atributo necesario de lo inmortal? La Ilíada de Homero, la Eneida de Virgilio, la Comedia de Dante, las tragedias y comedias de Shakespeare son también clásicas por infringir soberbiamente el precepto clásico del Ne quid nimis, ‘nada en exceso’. Ocurre también que los dioses no favorecen por igual a todos los transgresores y esta precariedad es posiblemente otro signo del genio.

El éxito del Quijote fue inmediato y el mismo año de su aparición se reimprimió cinco veces. También se sucedieron con rapidez y sin pausa las traducciones. En inglés, tras una primera versión de 1612, se inició una vasta herencia de traducciones y de comentarios (Allison Peers, 1950). El primer Quijote en francés fue el traducido por Oudin en 1614, un hombre cuyo interés por la cultura española lo llevó a traducir refranes castellanos y a elaborar diccionarios y gramáticas del español. Cuatro años después de la traducción de Oudin, en 1618, Rosset puso en francés la segunda parte de Don Quijote. De esas versiones francesas proceden algunas traducciones al alemán publicadas a lo largo del XVII y aún del siglo siguiente, hasta la traducción de Bertuch estampada en 1775. En Italia, Lorenzo Franciosini fue el primer traductor de la gran novela cervantina (Bernardi, 1993): en 1622 la presentó con el título de L’ingegnoso cittadino don Chisciotte della Mancia. Doce años antes y en Milán ya se había estampado la Primera parte del texto en versión original por los herederos de Pedro Martir Locarno y Juan Bautista Bidello.


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La constancia del Quijote en las prensas europeas es solo comparable a su gravitación en las letras forasteras donde vino a asentarse. Gran Bretaña ha sido la geografía que con más entusiasmo o con más naturalidad ha asumido esta carga (Ardila, 2001). En el siglo XVIII, Motteux, Addison y el Doctor Johnson encomiaron sinceramente el libro. La herencia más artificiosa puede reconocerse en las novelas de Fielding, Joseph Andrews y Tom Jones. La obra de Smollet, traductor del Gil Blas y del mismo Quijote, fue otro modo de disfrazar a Cervantes, ingenuamente invisible en su Lancelot Greaves. Y, antes que Fielding y Smollet, el nombre de un irlandés, Laurence Sterne, debe alegarse en la promoción de los modales cervantinos en Inglaterra. Su Tristam Shandy exhibe una inscripción al frente de los dos primeros volúmenes que alega la precedencia de la opinión sobre la realidad en el mundo, lo cual es ya una excelente impregnación de perspectivismo cervantino, si no una extensión de la sutil ironía del maestro. A estos nombres prestigiosos cabe añadir el de Samuel Buttler que en la sátira religiosa que inspira su Hudibras fue acaso el heredero más consciente del Cervantes creador de dobles almas: Hudibras circula por el libro con un escudero complementario llamado Ralpho.

A Alemania y a su siglo XIX se debe la prosperidad de un sentimentalismo que ha inspirado no pocas lecturas románticas de Don Quijote (Close, 1978). Las palabras arrebatadas de Heine en el prólogo a una edición de 1837 y el maniqueísmo simbólico de Schlegel, para quien don Quijote era la poesía y Sancho la prosa, parecen ahora una ingenuidad; ahora que los estudios cervantinos, para fortuna en muchos casos del novelista de Alcalá, se han afinado tanto que saben purificarse de teologías transitorias y de la variable estética que el juicio del tiempo tiende a denunciar a la hora de definir generaciones. Nuestros escritores del 98 tampoco estuvieron libres de confundir, cuando fueron lectores entusiasmados del Quijote, la ficción de la novela con la verdad del novelista.

Cervantes —propone Borges (19894: 52-53) al respecto— ha creado para nosotros la poesía de la España del siglo XVII, pero ni aquel siglo ni aquella España eran poéticas para él; hombres como Unamuno o Azorín o Antonio Machado, enternecidos ante la evocación de la Mancha, le hubieran sido incomprensibles.

Confundir a tantas generaciones de lectores, alentar tantas definiciones estéticas, sugerir tales identidades entre los personajes y las maneras que tiene el hombre de ser, es virtud de un libro que ignora la unidad, que tal vez la niega, de un libro que es, como su mejor rival numérico en las prensas, la Biblia, el libro entre los libros.


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Hay muchos modos de leer el Quijote y de admirarlo. Uno de ellos consiste en recabar de sus páginas la exhibición inagotable de invenciones narrativas —las «magias parciales» que invocaba Borges en una de sus inquisiciones— que no hacen prioritario calificar de autor realista a Cervantes. Es dudoso que un realista creyente resolviese armar caballero a un hidalgo castellano «de apacible condición», darle por cabalgadura un rocín flaco y por territorio mítico cederle una geografía poblada de mesones manchegos y de campos desolados. Hay una predilección por el humorismo y por la parodia en esta decisión, antes que un compromiso por describir verosímilmente la Mancha hacia 1600. Y este punto de vista, esta intencionalidad paródica que en el fondo es erudita —por más que debamos agradecer a Cervantes habernos ahorrado la fatiga de tenerla que leer en forma de tratado en vez de disfrutarla disfrazada en una fábula— no debe abandonar nunca al lector del Quijote.

Basta repasar el prólogo del libro para afirmar que Cervantes, como Mateo Alemán, como el autor incierto del Lazarillo, como Fernando de Rojas, no era inocente de letras humanas. El resto de la novela es una jubilosa tergiversación de las preceptivas literarias, una sabia ironía que le lleva a declarar que del modo de escribir los libros de caballerías «nunca se acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón» (I, Pról. ¶¶4); una manera maravillosa de hacer literaria la vida poniendo en boca de un barbero fingido que Cervantes es gran amigo suyo desde hace muchos años, abandonando en la librería de don Quijote una Galatea por el buen motivo de poder juzgarse a sí mismo, por voz ajena, como hombre «más versado en desdichas que en versos», y de reducir su única publicación anterior al Quijote a libro que «tiene algo de buena invención», a libro que «propone algo y no concluye nada» (I, 6).

Otra hipérbole, la de una modestia que hubo de convivir con la caudalosa imaginación de su dueño, a menos que entendamos de una vez que Cervantes era tan experto ejecutor de retórica y tan discreto humorista que no quiso juzgarse a sí mismo sin el socorro de ambos beneficios. Esa sabiduría, la de las palabras justas y el alma sonriente, llenan el libro y niegan su inocencia. No hay broma en el Quijote —desde el sublime discurso del caballero andante a los cabreros, suscitado tras la visión deleitable de un puñado de bellotas (I, 11), hasta el asombro de don Quijote al oír en una venta que corren públicas sus aventuras y que hay lectores que las discuten (II, 59)— que no tenga un fundamento literario, o una intención paródica, o un afán teórico sobre la propia creación literaria que el talante de Cervantes prefiere expresar en términos dramáticos o dialógicos.


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La invención de unos Archivos de la Mancha que incluyen la historia que Cervantes imagina, la necesidad de un traductor de esa fuente hallada por casualidad en un mercado de Toledo, su circulación fragmentaria y manuscrita, la interrupción física del relato, la fortuna de su continuidad en otro papel azaroso, cuya relación con el primer manuscrito se cifra en una glosa marginal que reza en árabe nada menos: «esta Dulcinea del Toboso [...] dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha» (I, 9), el hecho, en fin, de que con estos precedentes carniceros la adobadora pueda ser la sin par Dulcinea, en quien «se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas», bastan para probar la pericia de Cervantes en la parodia no solo de los géneros sino de su manera de transmitirse y asentarse entre los hombres.

La imitación de los modelos —una prescripción retórica renacentista comentada desde Tasso al Pinciano, desde Castiglione a Vives— en manos de Cervantes alcanza una ambición insólita: a don Quijote, imitador del caballero Amadís hasta en sus penitencias (I, 25), «no le satisface sino que el mundo en torno suyo se conforme también con el ejemplo literario imaginado» (Riley, 1998: cxxxiv). El fracaso de esa aspiración es lo que propicia la parodia, y también, claro, la simpatía del lector con el sueño heroico de don Quijote.

Miguel de Cervantes Saavedra nació en Alcalá de Henares en 1547 y a diferencia de su criatura imaginada pudo ser heroico en Lepanto, «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperen ver los venideros» (II, Pról. ¶6). La fecha de su bautismo excede solo en once días a la del otro gran novelista del siglo, Mateo Alemán. Para dejar el mundo, le reservó la ambigua fortuna la sombra compañera de otro inmortal, William Shakespeare. Ambas supresiones en un mismo día son un despilfarro de vida mayor que la demolición de los gigantes, la supresión de los emperadores y los reyes, la exacta disipación de cincuenta y cinco mil caballeros cristianos que abandonaron el mundo en la misma página que lo hizo Amadís de Gaula en una imprenta de Venecia, después de terrible y desigual combate.

Estar sepultado y no haber muerto fue la última hipérbole de Cervantes, como lo fue simultáneamente de Shakespeare. Antes demostraron la insuficiencia de la tierra Homero y Virgilio, Lucano y Dante. Imaginar esas sepulturas distanciadas por la edad no es más que una convención del decoro, una ilusión que el tiempo desengaña a cada hora.

 

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