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Mateo Alemán
De la vida del picaro Guzman de Alfarache...



Descripción catalográfica

ALEMÁN, MATEO
[GUZMÁN DE ALFARACHE]

De la vida del picaro Guzman de Alfarache: primera parte [-Segunda parte] / compuesta por Matheo Aleman...— Impresso en Milan: por Jeronimo Bordon y Pedro Martir Locarno, 1603.— [16], 412 [i.e. 414], [2] p.; [16], 384 p.; 8.º.— a8, A-Z8, 2A-2C8; a8, A-Z8, 2A8.— Port.,

pag. y sig. independientes.— Marca tip. en port.— En Parte primera: error de pag., duplicadas p. 367 y 368.

Real Biblioteca I/B/163-164.— Encuadernación en pasta con escudo real sobre plano ant.— En ambas partes pasajes subrayados a tinta.— En portada de Parte primera, exlibris ms.: «di Carlo Orello».

Bibliografía: Foulché-Delbosc, 1918: 31.— BLH, V: 719.— Catálogo XVII: 33.


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Comentario

Dice el elogio de Alonso de Barros con que se abre la primera parte del Guzmán de Alfarache que el autor «nos ha formado este libro y mezclado en él con suavíssima consonancia lo deleytoso y lo útil, que dessea Horacio, combidándonos con la graciosidad y enseñándonos con lo grave y sentencioso». Este compendio canónico —docere et prodesse— unido a una sentencia previa del mismo elogio que celebra la condición verdadera de esta historia y, en consecuencia, su ejemplaridad para cuantos «se dispusieran a gozar de semejante vida», vio la luz primera en 1599, una fecha en la que aún predominaban en las imprentas las novelas idealistas de caballería andante que poco se acomodaban al anuncio de sinceridad y edificación moral adelantado por Barros. Cinco años después, esta novedad narrativa, que prescindía de encantamientos y de topografías fingidas, había conocido tal fortuna, que en otro prólogo puesto al frente de la Segunda parte, el alférez Luis de Valdés, alter ego de Alemán, se pregunta: «¿De quáles obras en tan breve tiempo se vieron hechas tantas impressiones, que passan de cincuenta mil cuerpos de libros los estampados, y de veynte y seys impressiones las que han llegado a mi noticia...?».

El sorprendente éxito del Guzmán no es inexplicable ni carece de fundamentos sociales, económicos y literarios que lo justifiquen. Un espíritu moderno de reforma e innovación inspira la obra de Alemán (Cavillac, 1980; 1994), «cuya biografía guarda ciertas afinidades con la de su criatura de ficción» (Vaíllo, 1983: 451-452). Maravall (1986) ha vinculado con la picaresca los esfuerzos individualistas de integración en la sociedad y la resistencia a ese proceso ejercido por unas estructuras sociales muy rígidas durante el tránsito a la modernidad de España. García de la Concha (1993), sin descuidar la importancia de esa compostura social, ha dado la primacía a otra, la literaria, de suerte que el género picaresco sería la derivación, bien que afortunada, de un ejercicio retórico, una versión sublime del ars dictaminis representada por vez primera en La vida de Lazarillo de Tormes (Amberes, 1554-55; Milán, 1587).


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Tampoco Mateo Alemán era inocente de letras humanas, «criado desde sus primeros años en el estudio [...], no le podrán pedir residencia del ocio», nos recuerda Alonso de Barros en el elogio del libro. Cultivador de la teoría horaciana del arte docente y al amparo del apremio contrarreformista de sembrar en la literatura doctrina religiosa y moral (Bataillon, 1969; Parker, 1971), el autor del Guzmán de Alfarache desplegó en su novela una admirable herencia socrática de autoconocimiento y de aceptación de la vida real que tuvo por buena consecuencia la imposición de un personaje novelesco, el pícaro, que desafiaba el hábito de poblar las novelas con caballeros esforzados y con pastores melancólicos.

Casi cincuenta años antes había dado ese primer paso el creador del Lazarillo de Tormes, que, consciente del atrevimiento, invocaba en el prólogo la autoridad de Plinio para avisar de que no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena. También Mateo Alemán alegó esa misma sentencia en su presentación: «...mas considerando no aver libro tan malo donde no se halle algo bueno, será possible que en lo que faltó el ingenio supla el zelo de aprovechar que tuve...». Es la palabra confiada del discípulo que recurre a la voz del maestro para amparar la presentación de su libro.

La novedad narrativa que supuso el Guzmán de Alfarache y su Lazarillo guiador implicaba una nueva manera de contar, que acaso más que en ningún otro aspecto, es evidente en la complejidad psicológica del nuevo héroe, en la constante ambigüedad de un personaje que es representación del pecado y de la inclinación casi fatídica al mal pero al mismo tiempo asequible al libre albedrío de arrepentirse y aceptar su pasado (Lázaro Carreter, 1972).


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En la exposición laboriosa de ese itinerario que va del pecado a la obtención de la gracia —un recorrido que deposita su confianza para hacerse público en el fundamental hecho de presentarse como cierto—, puede reconocerse la otra gran novedad de la novela de Mateo Alemán que ha permitido postular la invención del género picaresco: el punto de vista narrativo. Escribir en pasado sobre la propia experiencia, «con suavissima consonancia [de] lo deleytoso y lo util» —no lo olvidemos—, trajo por vez primera a las imprentas de Europa la posibilidad de integrar con una sensación desconocida de verosimilitud la peripecia con la reflexión, las mudanzas de fortuna con su glosa moral y autorizada porque la ejercía el propio narrador de los hechos (Rico, 1970b/1982).

De esta suerte, la combinación de los episodios y los discursos, sometidos al propósito de probar el determinismo de los actos humanos, produjeron una estructura peculiar de confesión, peripecia y sermón, una arquitectura narrativa administrada con recursos retóricos destinados, como siempre fue su deber, a ganarse la emoción del público y a deleitarlo. Y en el manejo de esos recursos, la nueva novela picaresca no estuvo del todo libre, o no quiso estarlo, de cuentos y facecias, de hipérboles y digresiones propias de la novela idealista del Quinientos que venía a combatir, con abundante grado de inconsciencia si debemos juzgar por la escasez de censuras explícitas en sus páginas contra la novelística precedente (Riley, 1988).

El éxito de la primera parte del Guzmán precipitó la aparición de una segunda apócrifa estampada en 1602. El mismo destino impostor conoció el Lazarillo, con una segunda parte aparecida en Amberes en 1555, solo un año después de la edición de la primera parte, y aún otra diferente asociada al nombre de Juan de Luna, estampada en París en 1620. El segundo Guzmán, obra del valenciano Juan Martí, tuvo acaso la virtud de obligar al verdadero autor a cumplir con la promesa declarada en los preliminares de su parte primera: «Él mismo [Guzmán de Alfarache] escrive su vida desde las galeras, donde queda forçado al remo por delitos que cometió, aviendo sido ladrón famosíssimo, como largamente lo verás en la Segunda Parte».


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La Segunda parte de la vida de Guzmán de Alfarache, atalaya de la vida humana, publicada en Lisboa en 1604, es hoy un libro cuya acelerada ejecución impresa en tres meses escasos, sin ahorrar irregularidades legales en sus preliminares burocráticos, documenta la batalla que libró con la primera parte del Quijote por llegar cuanto antes a manos del público (Micó, 2000: 164-165). En España, por cierto, no se imprimió ninguna Segunda parte hasta la edición conjunta de Burgos, en 1619.

En Europa, la entrada del Guzmán también fue precipitada, y en algunos casos infiel. Tal es el caso de la edición de las dos partes hecha en Milán, en 1603, por Jerónimo Bordón y Pedro Martir Locarno. Aunque en la portada de las dos partes figura el nombre de Mateo Alemán, la segunda es obra verdadera de Juan Martí. Los impresores ponen al frente una dedicatoria al conde Fabricio Serbellon, una disculpa para repasar laudatoriamente su genealogía antes de proponer a su «natural humanidad» la biografía de un hombre rica «en todo género de vida». La apelación a la humanidad del dedicatario no es decir poco sobre la recepción de este nuevo género de novelar, porque la entrega del libro a un prohombre, con parentela entre la curia papal, por más señas, se convierte así en un sutil ruego de amparo para una obra que ilustra la irregularidad moral de un protagonista literario todavía poco asentado en la experiencia de los lectores hacia 1603.

Recurrir a la natural humanidad —no es otra la condición requerida en el lector— de cuantos tomen en sus manos este libro lleno, volvamos a insistir, de «todo género de vida», viene a ser así una traslación de la generosidad con que Plinio juzgó todos los libros, una compensación de la desconfianza en las letras mediante la bonhomía natural del lector capaz de asumirlas todas, por irregulares que parezcan sus cuentos. No hay lector tan malo, diríamos, que no sepa apreciar algo bueno en lo que lee, ni hombre tan poco pecador que no se reconozca en estas letras y aprenda de ellas. Con estos avales de benevolencia y con la precaución fundamental de que el pícaro sea hombre redimido al final de la novela, la fortuna del Guzmán había de ser grande desde su mismo nacimiento. Solo el número de ediciones publicadas entre 1598 y 1615 da testimonio de esta fortuna (Foulché-Delbosc, 1918; BLH, V:126-158), que no siempre habría de estar inspirada en el mero aprecio literario.


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Sugiere Bataillon (1969) que Lazarillo y Guzmán llegaron a Francia para confirmar a los moralistas de este país en el disimulo esencial de los españoles, en su preocupación por lo externo, por el «bien vivir» y no por el «buen creer». Es posible, pues, que ese prejuicio garantizara en alguna medida también la difusión del género picaresco, al menos entre los más comprometidos rivales europeos de la Contrarreforma. Las traducciones tampoco se hicieron esperar (Laurenti, 1968: 63-71): Italia alumbró la primera en las prensas venecianas de Barezzi en 1606; en alemán se publicó en Munich en 1615; J. Chapelain tradujo las dos partes de la novela al francés y las publicó en París en 1620; dos años después se estampaba en Londres la versión inglesa de James Mabbe que, en un prólogo extraordinario, dice del pícaro Guzmán que era «semejante al navío, que anda dando bordes en la ribera, y nunca acaba de tomar puerto» (Márquez Villanueva, 2000: 323-336).

Las reediciones en castellano siguieron en Europa su camino en convivencia con las traducciones y aún con las continuaciones del modelo original, como el tardío caso de una tercera parte debida al portugués Machado de Silva hacia 1650. Acaso uno de los ejemplos más afortunados en medio de tanta y tan confusa prosperidad, sea la edición en español de las dos partes de Guzmán de Alfarache  impresas en Amberes el año de 1681, por Verdussen. Destaca esta edición por las magníficas calcografías de Gaspar Bouttats, anunciadas ya en una anteportada en la que siete viñetas ilustrativas de algunos de los episodios de la novela, enmarcan un retrato del pícaro Guzmán. El primor por el detalle de los decorados y la vitalidad con que se tratan las escenas ilustradas, son el mejor complemento de un texto que ochenta años antes había salido de las prensas de Madrid para mostrar el primer camino de lo que habría de ser la literatura realista en Europa.

 

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