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Jorge de Montemayor
La Diana...



Descripción catalográfica

MONTEMAYOR, JORGE DE
[DIANA]

La Diana / de Iorge de Montemayor nuevamente corregida y revista por Alonso de Ulloa. Parte Primera: Han se añadido en esta ultima impression los verdaderos amores de Abencerrage, y la hermosa Xarifa, La infelice historia de Piramo y Tisbe ; Van tambien las damas de Aragon, y Catalanas, y algunas

Castellanas, que hasta aqui no havian sido impressas...— En Venecia [colofón: Cosme de Trino e Monferrato], 1568.— 2 vols.; 12.º.— A-S12; A-S12, T8.

Tomo I. Parte primera, 215, [1] h.— Tomo II. Parte segunda, 224 h.— Viñeta en ambas portadas.

Biblioteca Lázaro Galdiano Inv 12258.— Encuadernación en pasta con hierros dorados en el lomo, tej.: LA DIANA, cortes rojos y cantos dorados.— Anotaciones marginales.

Bibliografía: BLH, XV: 1 818.— TG, III: 3 388.


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Comentario

La poesía bucólica es un refinamiento literario que en buena medida nace de un sentimiento de nostalgia. También es una percepción artística propia de sociedades cultas que entretienen sus ocios trasladando sentimientos corteses a un pasado mítico de naturaleza pródiga. Nada importa que el paisaje que adorna estas recreaciones sea convencional porque lo dicta la convención. Ese mismo artificio promueve una inverosímil locuacidad y un alarde de modales entre pastores rústicos. Era lo que demandaba el público: la novela de caballerías es nostálgica porque sus lectores ya no pueden ejercer de caballeros; la novela pastoril aviva las ansias de contemplación y vida retirada en un público de cortesanos que vive inmerso en el ruido. Este refinamiento literario, escribe Menéndez Pelayo (1943, II: 186-187):

en ninguna parte ha podido ser contemporáneo de la infancia de las sociedades [...] Por eso la poesía bucólica no aparece como un género distinto antes de la escuela docta y sabia de Alejandría, nacida a la sombra de un Museo y criada bajo la protección de los Tolomeos como exquisita planta de invernadero.

Los trabajos y los días del campo ya habían sido cantados con anterioridad en la literatura griega pero de modo episódico o subordinado a un sentimiento poético de otro alcance. La idea de hacer de esos breves cuadros contemplativos de la vida rústica un fin en sí mismo fue de Teócrito y de sus discípulos Mosco y Bión. La tradición literaria los ha recogido con el nombre de «idilios», y en su origen subyace el intento «de transformar el bucolismo o canto de los boyeros en un poema artístico» (Menéndez Pelayo, 1943, II: 188).


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La poesía bucólica nunca dejó de cultivarse, con periodos más o menos afortunados y con variantes más o menos distanciadas del modelo de Teócrito, en las literaturas europeas. Pero la introducción de la forma narrativa en el idilio, que llegaría a ser canónica en el desarrollo de la novela pastoril, no se produjo hasta la llegada de Boccaccio con su Ninfale d’Ameto. La siguiente entrada ruidosa, mucho más trascendental para las Dianas que habrían de venir, fue la Arcadia de Jacopo de Sannazaro, publicada en 1504. Sus páginas contenían una antología de tradición clásica en el género bucólico; la erudición humanista recibió con agrado la obra y la juzgó una culminación. Su ascendiente bastó para que surgieran por Europa otras Arcadias a nombre de Sir Philip Sidney o de Lope de Vega, y aún una que se adjetivó de Fingida dramatizada por Tirso.

La Diana de Jorge de Montemayor, herencia de aquella Arcadia y de los acentos portugueses de la Menina e moça de Bernardim Ribeiro, pero también de la poesía de Garcilaso, apareció publicada por primera vez en Valencia, probablemente entre 1558 y 1559 (López Estrada, 1954b: lxxxvii-cii; BLH, XV: núms. 231-241). Su éxito fue grande: más de una veintena de ediciones en el XVI y la continuidad de las reimpresiones en el siglo XVII lo avalan. La edición príncipe de Valencia y otra de Milán, también sin fecha, «per Andrea de Ferrari, nel corso di porta Tosa», parecen haber sido las únicas publicadas en vida del autor, del que es fama que murió en Piamonte «a mano airada» hacia 1561.


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De la fortuna de la Diana no solo hablan los repertorios bibliográficos. Fue obra que pasó a designar casi un género —«una Diana llegó a ser no precisamente el libro de Montemayor, sino cualquier obra pastoril de su especie», nos avisa López Estrada (1954b: xlvii)— y deslizó su nombre por otras obras de ficción: fray Bartolomé Ponce declara en el prólogo de su Clara Diana a lo divino (1599) que el año de 1559, «estando yo en la corte del Rey don Phelipe segundo deste nombre, [...] tractando entre cavalleros cortesanos, vi y lei la Diana de Jorje de Montemayor, la qual era tan acepta quanto yo jamás otro libro en romance haya visto». Unas líneas más abajo comparte mesa con el propio autor y le anuncia: «yo os prometo, señor Montemayor [...] de con mi rusticidad y gruessa vena componer otra Diana, la qual con toscos garrotazos corra tras la vuestra». También Cervantes hizo sitio en la librería de don Quijote para la Diana y si debemos creer en la inquisición del cura, la juzgó condenable en la solución mágica del episodio de Felicia y en los versos de arte mayor (Quijote, I, 6). Más benévolo fue en los elogios a Montemayor el Laurel de Apolo de Lope.

 

La Diana encontró su público más abnegado en las damas y los caballeros cortesanos —véase la propia expresión de fray Bartolomé Ponce citada más arriba— que hallaron en sus páginas un delicado entretenimiento y un modo de aprender a conversar. Como ocurriera con el Amadís, la Diana se leyó como un manual de urbanidad (Chevalier, 1974) circunstancia bien ilustrada por la anécdota —procedente de la edición lisboeta de la Diana de 1624— que hace irrumpir a Montemayor en medio de una merienda de damas amigas de la duquesa de Sessa, que arden en deseos de conocer al autor de libro tan admirado. De estas lectoras arrobadas y de las doncellas que pueblan los libros de su afición se burló también Mateo Alemán en el Guzmán de Alfarache (II, 3.º, 3): «...que so a estas hermosas les atasen los libros tales a la redonda y les pegasen fuego, que no sería posible arder, porque su virtud lo mataría». La misma virtud incombustible de la Cariclea de Heliodoro, la misma burla que llevó a Cervantes a compadecerse risueñamente de aquellas doncellas de la caballería «que andaban con sus azotes y palafrenes, y con toda su virginidad a cuestas de monte en monte y de valle en valle» (Quijote, I, 9). Lo cual nos da alguna medida de la simbiosis de lo peregrino y lo pastoril, de la mezcla de elementos propios de formas narrativas con nombres distintos pero coincidentes en la voluntad idealista de la ficción en prosa del siglo XVI. Más decisiva en la constatación de esta permeabilidad es que la Diana incluya, desde 1561, El Abencerraje, texto que en armonía con las Guerras civiles de Granada se considera el iniciador del llamado género «morisco». En opinión de Alberto Blecua (1980: 430) la Diana también es una obra capital para el desarrollo de la lírica. En sus páginas «se produce realmente la simbiosis entre tradiciones castellanas e italianas al incorporar el universo virgiliano pastoril y renacentista al octosílabo».

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La Diana de Montemayor encerraba entretenimiento y, por lo visto, peligros que le valieron su inclusión en el Índice portugués de 1581, que no abandonó hasta 1624. En 1559 el Índice de Valdés ya incluía las obras del poeta, que para Bataillon (19914: 608) era un iluminado cuyo «sentimiento religioso deja ver un hondo parentesco con el de un Carranza o el de un Luis de Granada». A pesar de las prohibiciones —o gracias a ellas— la fortuna de la Diana en Europa fue grande, especialmente decisiva en Francia e Inglaterra. La primera traducción francesa se debió a Nicolas Collin, en 1578, pero la mejor herencia de la Diana es la Astrea de Honore d’Urfé, «prototipo nunca igualado de todas las novelas sentimentales del siglo XVII y el oráculo del gusto cortesano desde el tiempo de Enrique IV hasta el de Luis XIV» (Menéndez Pelayo, 1943, II: 279). En Inglaterra, la novela de Montemayor encontró tempranos valedores en las églogas de Googe, que son adaptaciones en verso de escenas de la Diana, y en la traducción de Young (1598). La mejor fortuna, con todo, radica en el prestigio de haber allegado a Shakespeare el argumento de Los dos hidalgos de Verona (Menéndez Pelayo, 1943, II: 286). También se ha sugerido que el Sueño de una noche de verano no fue inmune al episodio de la sabia Felicia contenido en la Diana.

 

La edición elegida (Venecia, 1568) es interesante por la intervención de Alfonso de Ulloa, un auténtico difusor de la cultura española en Italia. El texto de la Diana divulgado bajo su dirección añade novedades: sesenta y cinco octavas más al Canto de Orpheo aludidas en el título con el anuncio «Van también las Damas de Aragón y Catalanas y algunas Castellanas que hasta aquí no havían sido impressas».

López Estrada (1954b: 292) advierte que el fragmento añadido solo vuelve a aparecer en la edición de Milán (Juan Baptista Bidelo, 1616). El libro reformado por Ulloa está dedicado «al Illustre Señor Don Rodrigo de Sande, hijo heredero del muy Illustre señor Don Alvaro de Sande, Coronel de la Infantería española en el Reyno de Nápoles». La dedicatoria de Ulloa está fechada en Venecia, a veinte de febrero de 1568. Integra esta edición también la segunda parte de la Diana escrita por el amigo de Montemayor, el médico salmantino Alonso Pérez. Esta secuela había aparecido por primera vez en 1564, el mismo año que las prensas dieron a conocer otro homónimo, la Diana enamorada de Gaspar Gil Polo. Cervantes dejó decir al cura inquisidor de los libros de don Quijote (I, 6), que se echara al corral la primera y que se guardara la segunda como si fuese del mismo Apolo.

 

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