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Tomás de Iriarte
La musica
(Italiano
)



Descripción catalográfica

IRIARTE, TOMÁS DE
[LA MUSICA. Italiano]

La musica: poema di D. Tommaso Iriarte tradotto dal castigliano dall’Abate Antonio Garzia.— In Venezia: nella stamperia di Antonio Curti q. Giacomo, 1789.— [1] h., 150, xxxv p.; 4.º.— A-Z4, 2A-2F4.
 

Grab. calc. al inicio de cada canto.— En bl. p. 150.

Real Biblioteca I/F/90.— Encuadernación en papel.— Olim: III-F-7.

Bibliografía: Palau, 7: 121154.— Aguilar Piñal, IV: 4104.


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Comentario

En mayo de 1779 Iriarte ya tenía ultimado su poema didáctico La música. Por una carta que dirigió a don Enrique Ramos sabemos que incluso había dedicado tiempo a perfeccionar el poema:

Espero que no me haga acreedor a estos honores [los de figurar en el Parnaso español de López Sedano] la publicación de mi poema La música, de cuyo estado debo informar a V. m., pues que así lo quiere. Acabé de corregirle lo mejor que me ha sido posible, y hago ánimo de no limarle ya más, porque acaso no se vean las señales de los dientes de la lima antes que el lustre de lo acicalado. (Cotarelo y Mori, 1897: 462).

La meticulosidad de Iriarte con su texto tiene algo del principio horaciano de perfección formal y de crédito en la obra del tiempo sobre la obra literaria. No inútilmente había sido traductor de la Epistola ad Pisones dos años antes (Madrid, Imprenta Real, 1777). Antes de proceder a la edición de La música, también siguió al clásico en la recomendación de dar la obra a los amigos para que la juzgaran. Diversas autoridades musicales pudieron apreciarlo antes que el común de los lectores. El plan general del poema y su concatenado desarrollo es un empeño perfeccionista de Iriarte y en opinión de Prieto de Paula (1992: 31) revela también «su temor a mostrar flancos débiles en los que pudieran cebarse lectores o críticos mordaces».


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La prudencia de Iriarte era razonable en un siglo propicio a las polémicas eruditas y a las denuncias de ignorancia. Tal vez preveía que ser autor de unas pocas letras para música y haber fabulado que, entre los animales, obtener sonidos de una flauta no es un procedimiento demasiado diverso del que gobierna la obtención de algunos libros entre los hombres, eran méritos inseguros para abordar un poema didáctico sobre la música. Por otra parte, las letras españolas carecían de un precedente que sirviera de guía. No se había escrito un poema sobre la música con el tono didascálico que Iriarte quiso dar al suyo ni con una conciencia artística tan acusada. Una creación más ambiciosa que los tratados musicales del ciego Salinas, Francisco de Montanos u otros ingenios del siglo XVI —son menciones de Prieto de Paula— en donde los valores estéticos se sacrificaban a la exposición doctrinal.

El intento de Iriarte con su poema fue hacer un arte de la música en verso que hermanase, por fin, doctrina y poesía. Para propósito tan meritorio no le faltó la ayuda institucional: en la edición de La música intervino Floridablanca, nuevo primer ministro de Carlos III, que apreciaba a los Iriarte por los trabajos que había realizado don Bernardo por encargo suyo. La edición de la Imprenta Real en 1779 da testimonio de que se quiso producir un libro de excelente factura. La magnificencia de las láminas contribuye a esa impresión de pulcritud característica de las mejores ediciones del Setecientos. El poema se divide en cinco cantos: consideraciones generales, afectos y pasiones expresados por la música, música del templo, música teatral y música en reductos restringidos o individual. Prieto de Paula (1992: 32) no oculta que el didactismo de Iriarte llega a sofocar por momentos a la poesía.


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La suerte editorial que corrió La música fue favorable. Se sucedieron las ediciones en los años siguientes y se tradujo al inglés, francés, italiano y alemán. La estampada en Venecia por Antonio Curti en 1789 es claro ejemplo de otra edición primorosa por la calidad de los grabados y la magnífica tipografía.

Los mejores elogios le llegaron a La música de Europa. El traductor del poema repasa en su introducción al texto las reseñas encomiásticas que aparecieron en Italia y en Francia, donde se publicaría traducido por Grainville en 1800. En Inglaterra lo tradujo John Belfour en 1807. Entre nosotros, en cambio, el primer verso del poema —«Las maravillas de aquel arte canto»— dio para una populosa polémica sobre el acento rítmico (Cotarelo y Mori, 1897: 209-211) que duró varios años. De entre las buenas palabras recibidas, Iriarte solía mencionar una carta de Pietro Metastasio, un anciano cuando la escribió, que era considerado imparcialmente una autoridad en poesía y en música. En ese papel consideraba al poeta de La música como uno de esos raros autores quos aequus amavit Iupiter (Prieto de Paula, 1992: 32).

 

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