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Luis de Góngora y Argote
Obras de don Luis de Gongora...



Descripción catalográfica

GÓNGORA Y ARGOTE, LUIS DE
[OBRAS]

Obras de don Luis de Gongora...— En Brusselas: de la Imprenta de Francisco Foppens..., 1659.— [16], 650 [i.e. 648], [20] p.; 4.º— [cristus]4, 2[cruz]4, A-Z4, 2A-2Z4, 3A-3Z4, 4A-4O4, 4P2.
 

Portada con escudo calc.: «P. Clomuet fecit. van Hule delin».

Real Biblioteca X/811.— Encuadernación en piel.— Exlibris del conde de Mansilla.—Sello: «Inventariado por las Cortes. 1874».— Exlibris real de la época de Carlos IV-Fernando VII.

Bibliografía: Salvá, I: 645.—Peeters-Fontainas, 1965, I: 507.— BLH, XI: 146.— Catálogo XVII: 247.


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Comentario

En el siglo XVII ofrecer el testamento literario de un poeta bajo el epígrafe de Obras fue un hábito editorial frecuente. Esas congregaciones de poemas venían a remediar la falta de previsión de algunos autores que a su muerte no habían dejado en orden sus versos, a veces ni siquiera reunidos. Así hemos conocido la poesía de Garcilaso, por la voluntad ajena de Boscán, así también nos fueron revelados muchos poemas de Castillejo, del conde de Villamediana, de Anastasio Pantaleón de Ribera y del mismo Góngora.

Las obras de un autor reunidas al margen de su revisión o de su voluntad estuvieron muchas veces lejos de ser justas con la exactitud de un adjetivo o con la paternidad de un poema (Cruickshank, 2000: 129-150). Un libro impreso con las obras de un poeta que en vida no dio sus versos a la imprenta —y es el caso de la mayor parte de los de Góngora—, es también la incierta culminación de un proceso laborioso característico de la transmisión de los textos poéticos en el Siglo de Oro. Rodríguez Moñino (1965) ha sospechado que no bastan ni el manuscrito individual ni la imprenta para explicarlo y que hay un carácter público y accidental en la lírica de los siglos áureos cuya cabal representación tal vez nos esté vedada.

El romancero —cuya solemnidad épica renovó Góngora de forma tan drástica e insospechada que llega hasta el Romancero gitano de Lorca (Carreira, 2000: xiv)— es el ejemplo extremo de esa función social de la poesía que padece de «confesión a gritos», según el dictamen de Juan Rufo. A la amada se le envían billetes; al poderoso se le hace llegar el elogio rimado y en las academias y salones cortesanos la versificación espontánea no fue un accidente insólito. La sátira y el poema erótico llevaron más sosegada existencia como manuscritos que como libros de molde expuestos a la delación de sus autores.



Como es fama que Virgilio hizo con su Eneida antes de darla a la declamación en presencia de Augusto, los poemas extensos circulaban en copias que esperaban el juicio favorable de amigos o de maestros consagrados en el arte. Las Soledades de Góngora fueron leídas por críticos de su confianza antes de desconcertar a los corrillos de cortesanos en la primavera de 1613. Poco después de la entrada en Madrid de la Soledad Primera, Jáuregui prescribió un Antídoto contra ella y Francisco Fernández de Córdoba la amparó de esa medicina maliciosa con un Examen del Antídoto que la absolvía de mortal. Esa polémica erudita prolongada por otros labios que ignoraremos siempre, por las plumas constatables de Francisco de Cascales y de Pedro Díaz de Rivas, por las Lecciones solemnes de Pellicer de Ossau y por el cuarteto de Quevedo

¿Qué captas, noturnal, en tus canciones,
Góngora bobo, con crepusculallas,
si cuando anhelas más garcivolallas,
las reptilizas más y subterpones?

se eleva con obstinación barroca sobre el hecho insignificante de un papel manuscrito llevado por don Pedro de Cárdenas, amigo del poeta, a la corte.


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En el siglo XVII los impresos de obras poéticas ajenos al concierto y a la vigilancia del poeta son reuniones azarosas de poemas que proceden de un recopilador, de un lector que ha ido congregando pacientemente antologías manuscritas acomodadas a sus gustos. Alberto Blecua (1988: 202) nos alecciona en este proceso que se inicia con un cartapacio manuscrito y acaba en un libro impreso:

Recordemos que no existe el oficio de poeta y que reunir un cancionero personal podía ser tarea de toda una vida. Dado el peculiar concepto de poesía en la época, los poetas accidentales fueron muy numerosos; de ahí que rara vez publiquen unas composiciones que han nacido al calor de un determinado acto social. Por otro lado, los poetas consagrados no necesitaban acudir a la imprenta para que su fama se extendiera a través de los manuscritos. Su interés por la publicación de sus obras fue muy limitado, a pesar de los numerosos lamentos retóricos por la corrupción que sufrían sus textos en el dilatado trasiego de las copias a mano.

La edición de las Obras de Góngora hecha por Foppens en su imprenta de Bruselas el año de 1659 era la novena que alegaba ese título unívoco. Todas habrán procedido de la obligación de ser, por fin, canónicas.

A todas, como al venerable manuscrito Chacón, no les habrá cabido mejor fortuna que la de divulgar una herencia de predilecciones reunidas por un lector que son una parte del poeta, pero no el poeta. Don Jerónimo de Villegas, en la dedicatoria al marqués de Caracena que abre la edición de Foppens, justifica esta nueva impresión denunciando que las primeras luces que vieron en España las obras de Góngora fueron tan oscuras «que a quien las estima le ha parecido sacarlas tan claras en el País Baxo».


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Este nuevo intento de iluminación no es más confiado que el primero de Juan López de Vicuña, que en 1627 tituló de Homero al poeta, ni menos ilusorio que la edición de Zaragoza de 1643, que circuló con el encabezamiento de Todas las obras de don Luys de Góngora. La manera accidental y minuciosa que preside la reunión de las obras de un poeta en el siglo XVII, no nos permite saber si alguna de esas ediciones pasadas o alguna de las que haya de venir, podrá ser tan rigurosa que salve del olvido una de tantas composiciones que llevó antes vida manuscrita, como las que el hijo del conde de Gondomar le envió a su padre desde Córdoba un 19 de marzo de 1612, acompañada de estas palabras:

[...] quiero pagar a v. m. la falta que me an echo sus cartas [...] en la que me arán esos bersos de don Luis de Góngora, que por ser el quaderno primero que se a sacado del orijinal y brebe el tienpo, quedó sin traslado. Aréle sacar [...] aunque no sea para más que leellos y no entendellos, que es lo que me sucede a lo menos con las más estançias. Béalas el conde de Salinas, que no se le yrá ninguna por alta que se suba...» [RB Ms. II/2124, carta 157].

Es solo un ejemplo de tantos papeles volanderos que sustentaron la memoria poética de un hombre, de uno de tantos hombres que se abstuvieron de imprimir sus versos mientras los iba escribiendo.

Don Luis de Góngora y Argote nació en Córdoba en 1561. Su primer poema impreso fue una canción rimada en versos esdrújulos que celebran la versión de Os Lusiadas hecha por el poeta sevillano Gómez de Tapia. Supo burlarse de los mitos clásicos escribiendo poemas mitológicos. Evitó la corte cuanto le fue posible y murió menguado de memoria. Dámaso Alonso (1935) lo juzga responsable de una generosa porción del esplendor que se impone el Diccionario de la Lengua Española.

 

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