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Miguel de Cervantes, «Vida y hechos del ingenioso cavallero Don Quixote de la Mancha», Bruselas, Juan Mommarte, 1662.El infatigable ingenio de Cervantes nos propone esta venturosa invención: al entrar en Sierra Morena, don Quijote y Sancho encuentran un «librillo de memoria» ricamente encuadernado. Lo abre don Quijote y «lo primero que halló en él escrito, como en borrador, aunque de muy buena letra, fue un soneto» (I, 23). Más adelante, llegados a una venta, asistirán a la lectura de El curioso impertinente, una novela olvidada por un viajero. El cura está dispuesto a obtener una copia del manuscrito abandonado si le complace el contenido (I, 32). Por último, el mismo viajero olvidadizo, había dejado otro libro enredado en el forro de una maleta; su título es Rinconete y Cortadillo (I, 47). No es preciso denunciar que Cervantes abusa de casualidad al nombrar el último hallazgo. Menos inmediato y más justo con la imaginación del novelista es reconocer que en los pasajes alegados, sin omitir la provocación al destino que los convierte en un cálculo deliberado de coincidencias, hizo un ejercicio de realismo. Cervantes se limitó a fingir, fiel a su deber de autor de fábulas, una de las múltiples maneras del hallazgo, y en esa ilustración no propuso la más inverosímil: un viajero, una venta, un libro olvidado.

A partir del siglo XVI, las imprentas europeas multiplicaron esa posibilidad realista de que viajeros de Francia, de Inglaterra, de Italia, de Holanda, de Alemania pudieran encontrarse casualmente con un libro abandonado; y no es un abuso de la fortuna que ese libro hubiese sido escrito por un español. O por un soldado español: Garcilaso de la Vega, Alonso de Ercilla, Torres Naharro, el conde de Rebolledo, Juan de Espinosa fueron sitiadores y fueron sitiados en la complicada geografía europea del imperio español. Y todos se sirvieron de la palabra cuando dejaron reposar la espada. A ninguno le faltaron lectores que, conmovidos, quisieran imitarlos en las letras. William Drummond of Hawthornden tradujo a Garcilaso y a Boscán; Sir Philip Sydney se reconoció en los poemas que Jorge de Montemayor diseminó en la Diana. Los traductores del Quijote componen una muchedumbre de nombres que, desde los esforzados días de Oudin, no cesa de prosperar. Walter Pabst (1967) ha probado que la poesía de Góngora contagió buena parte de la producción lírica alemana en el siglo XVII. Shakespeare fue un insospechado lector de Vives (Duque Bilbao, 1991). La herencia de Lázaro y de Guzmán perdura no solo en novelas recientes —y acaso ignorantes de tan antigua familiaridad— sino en las reducciones morales con que popularmente pueden ser juzgados los españoles en el mundo.


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Fernando de Rojas, «Celestina», [Amberes], oficina Plantiniana, 1595.Las letras de España entraron por Europa con una docilidad que asombra si pensamos que Europa fue durante dos siglos una geografía entorpecida por las armas de España. Acaso esa propensión al hierro ganó lectores nostálgicos de riberas enamoradas, como las que restauró Montemayor en su Diana, de topografías fabulosas donde don Amadís de Gaula (París, 1577, 1555, 1533) ejerciera su valor o donde la fatiga del viaje fuese solo un sueño, una Visión deleitable cuya consecuencia no es una victoria de las espadas, sino de las letras impresas. Tanto se impuso la fabulación de Amadís en Europa, que un viejo soldado de la época, François de la Noue, acuñó una frase que haría también fortuna: para burlarse de la palabrería afectada de los caballeros de la corte, dejó escrito que sus parlamentos no eran más que un Amadiser de paroles (Clavería Lizana, 1972: 84). A Inglaterra navegaron también, o tal vez regresaron inesperadamente favorables, las aventuras de este caballero que, como todos los jinetes de la escritura andante, era de linaje fabuloso y artúrico. Y es de nuevo un asombro de las letras que Garci Rodríguez de Montalvo, un regidor de Medina del Campo, supiera elaborar esa materia inmemorial y ganarse la voluntad lectora de la Gran Bretaña, que tanto sabía de escrituras encantadas. Tal vez el Amadís, uno de los libros más divulgados en el Quinientos, no fuera más que una prolongación del otoño medieval. Pero encontró su público de lectores rezagados y dio, entre tantas derivaciones dispares, para entretener el cautiverio del rey Francisco I en Pavía, para ocupar los ocios literarios de Herberay (el traductor francés del libro), para fomentar algunos atrevimientos amorosos de Spenser en The Faerie Queen, y para adornar la cortesía de Thomas Morley que, en 1601, publicó una colección de madrigales dedicados a la reina Isabel de Inglaterra con el título de The Triumphs of Oriana.

Junto a Dianas y Amadises multiplicados por las prensas y en amistosa compañía de Cárceles de Amor, que en su versión inglesa Lord Berner convirtió en castillos destinados a «younge ladies and gentle women», corrió por las imprentas de Europa un nuevo género de novela, de nación hispana, cuyos procedimientos narrativos aún perduran. Solo la generosidad de los lectores, o la vasta incomunicación de la literatura, podrían explicar la convivencia en una misma librería del Lazarillo de Tormes (Amberes, 1554-55; Milán, 1587) y de la Diana de Montemayor. Realidad frente a ficción, si alguna vez fue posible que una palabra pensada para ser escrita pudiera ser realista. Pero Lazarillo y su gran valedor, Guzmán de Alfarache (Milán, 1603; Amberes, 1681), supieron con sus páginas minuciosas en deshonras y tropelías suspender la irrealidad y lograron convencer a muchos hombres de que la fatalidad meditada puede tener una compensación casi socrática: conocerse uno mismo en la distancia y aprender. Guzmán fue un pícaro, o el pícaro, pero también la atalaya desde donde poder juzgarse, una elevación sobre la biografía reclamada por el propio título del libro. Larga ha sido esta herencia de la depravación consciente, y afortunada su memoria en la superación de las convencionales fronteras de la tierra, del agua y del tiempo. Huckleberry Finn de Mark Twain, Augie March de Saul Bellow, Felix Krull de Thomas Mann, Martín Fierro de José Hernández, Pascual Duarte de Cela, son familiares, solo distantes por la edad, de Lázaro y de Guzmán. Pero no hubo que esperar a que obrara excesivamente el tiempo.


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«Vida de Lazarillo de Tormes», Milán, Antonio de Antoni, 1587.En seguida surgieron contemporáneos por Europa de esa precaria familia de dos miembros —un lazarillo de ciegos y un condenado a galeras— que llegaron a imponer el apellido «picaresco» en todas las lenguas: picaro, picaroon, picaresque, pikarisch... En Alemania, las páginas del Simplicius Simplicissimus, de Girmmelhausen, suponen la deuda creativa más relevante con Guzmán de Alfarache de toda la literatura germana. El Gil Blas de Lesage es la otra gran emulación europea derivada de los libros picarescos españoles. Y conviene saber que no siempre se leyeron ni gustaron por las mismas razones. La comicidad del Lazarillo y no su desventura fue responsable de su difusión por Francia. Las primeras ediciones prefieren destacar el carácter recreativo de la ficción en el título: Histoire Plaisante et Facetieuse de Lazare de Tormes Espagnol fue el extenso nombre con que se estampó en París, en 1561, la traducción de Jean Saugrin; la de Amberes de 1598 añadía el adjetivo Recreative a esa expansión francesa de la elemental Vida de Lazarillo de Tormes. En Inglaterra, la curiosidad etnográfica se infiltró en la primera traducción del Lazarillo, hecha por David Rowland of Anglesey y publicada en 1576. El mérito que se alegó entonces sobre el original fue su condición de obra ilustrativa del How they live in Spain (Clavería Lizana, 1972: 53-56).

Es difícil postular con qué se habrán identificado más los lectores europeos de fábulas españolas cuando cayera en sus manos la Celestina ([Amberes], 1595; Venecia, 1556 [1553]; París, 1542; Augsburgo, 1520). El libro más veces publicado de su tiempo, pudo contar con lectores ávidos de tragedia, de comedia, de novela sentimental, de tratadística de amores, de filosofía moral, de relato que, tras el conocimiento del Lazarillo y del Guzmán, contenía episodios que podían pasar por prefiguradamente picarescos a quien los releyera después de esa doble iniciación. Y todos esos lectores habrían obtenido de Celestina la parte que buscaban. La Tragicomedia es uno de esos escasos milagros de las letras, como lo es el Quijote, capaces de influir en la realidad. Su contagio es tan asombroso que procurar una enumeración de consecuencias sería menos un acto de soberbia que de ingenuidad. La alcahueta de Rojas y el hidalgo de Cervantes son criaturas literarias que sobreviven fuera de los libros. En esa vida independiente de las letras han sabido prosperar en menciones eruditas, en expresiones vulgares, en adjetivos que coleccionan disciplinadamente los diccionarios, en imprecaciones, en la placa de una calle, en el nombre de una suite musical, en la nomenclatura de una ruta turística, en iconografías incalculables que crecen desde la estatura simbólica de un sello hasta la dimensión colosal de una estatua de granito, en antologías de la humanidad más vil o más noble reducidas a un nombre propio.


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Luis de Góngora, «Obras», Bruselas, Francisco Foppens, 1659.Soldados venturosos con la pluma, heridas de guerra que inspiran en el reposo un drama titulado Amar despreciando riesgos, viajeros divulgadores de noticias curiosas y de visiones, prisioneros que se deleitaron con un libro de caballerías impreso en 1508, o que oyeron a Cervantes contar una fábula estorbada por los grilletes, el legendario equipaje de don Diego Hurtado de Mendoza, que consistía en un Amadís y en una Celestina, la carta que le entregaron a una noble dama, muy avisada, y que rechazó diciendo que por el contenido era para la Laureola de la Cárcel de Amor, son parciales ceremonias de los itinerarios europeos del libro español, solo fragmentos que han pervivido de una copiosa senda de impresiones y lecturas. Y en ese cruce de caminos y de letras que fue la Europa durante dos siglos de predominante soldadesca española y de superbia gothica, no faltaron las misceláneas que animaran las horas y las conversaciones, los coloquios que distrajeran de las fatigas y que comunicaran una sentencia de Plinio o de Plutarco. Las páginas risueñas de la Silva curiosa de Medrano enseñan también a caminar hacia Santiago y a distraer el viaje buscando los prodigios del sendero. En la urbanidad de los Coloquios de Pedro Mejía (Amberes, 1547; Venecia, 1557), que se tradujeron pronto al italiano y que fueron leídos con la aprobación que para el género había ganado ya de Sur a Norte la prosa atareada de noticias de Guevara, los lectores de toda Europa pudieron aprender que la curiosidad carece de fronteras, y hasta departir con otro lector del equilibrio universal de los hombres sobre una esfera de tierra y de agua, según cuenta Mejía, o del elogio del asno que hace en su coloquio cuarto, cuyo título es «Del porfiado», y acaso contrariarlo con la versión menos favorable del animal que expone Juan de Mena en unas coplas que escribió sobre un macho que le vendiera por bueno un mal fraile, unas coplas que el impresor Juan Lacio insertó en su edición de Amberes de 1552 tras el Laberinto de Fortuna para completar un cuadernillo que le había quedado resuelto solo a medias.

En su exhibición europea, la literatura de España contó para extenderse con la circunstancia favorable de que el español era una lengua que empezaba a hacerse popular. En 1535 Juan de Valdés dejó escrito en su Diálogo de la lengua que «assí entre damas como entre cavalleros se tiene por gentileza y galanía saber hablar castellano» (Clavería Lizana, 1972: 22). La proliferación de gramáticas y de vocabularios del español a partir del siglo XVI, la admisión en esas gramáticas de frases ejemplares extraídas de la Celestina, o de la Araucana, la inserción de esos útiles lingüísticos a manera de apéndices de obras literarias españolas que promovió Alonso de Ulloa desde Venecia, con el consentimiento de Giolito de’ Ferrari, dan una idea de la vitalidad del español en las prensas (Lengua española en Europa; Fernando de Rojas; Alfonso de Ulloa).


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En su versión más hiperbólica, la de la declamación sobre una escena, las maneras españolas se representaron por los teatros europeos a partir del XVII con verdadero fervor. Las comedias «a fantasía» y «a noticia» de Torres Naharro se recibieron temprano en Italia. Acaso Francia se valió mejor de lo que veía sobre las tablas pues produjo a Corneille y a Molière, que no ignoraron ni a Calderón ni a Lope. No sabemos cuánto regocijaría al público de Londres o qué clase de murmuración y de consignas circularían por el auditorio, cuando en la obra de Middleton, A Game at Chess (ca. 1624), el actor que fingía ser el embajador español en la corte de Jacobo I y manejar su voluntad aparecía en escena sobre una litera y saludaba en español. Pero sabemos que Ben Jonson, en The Alchemist (1612), y Marlowe, en The Rich Jew of Malta (1633), se atrevieron a asignar largas tiradas en español a los actores.

Aut gladio aut verbo, puede leerse en el pórtico de esta exposición. «O por la espada o por la palabra» propone esa sumaria conquista de la tierra. Si laboriosos fueron los días de las armas durante dos siglos de tercios españoles en Europa, no es menos cierto que aquella terca empresa se acompañó de otra menos ruidosa que el tiempo ha probado más perenne: la constancia de las letras. Un polígrafo como Caramuel quiso recordar por escrito que en esa tarea de llenar el mundo con palabras tuvieron tanto mérito quienes las escribían con una pluma como quienes las lograban retener, perdurables y multiplicadas, con ayuda de una prensa. En un breve tratado sobre el arte de imprimir, que habitualmente se menciona con el parcial título de Syntagma, enumeró los muchos ardides de los impresores y propuso remedios contra cada uno de sus abusos. Pero en medio de la minuciosa denuncia no dejó de reconocer un beneficio que aún nos consta: Sumus debitores typographis, qui libros edimus, es decir, «estamos en deuda con los impresores cuantos escribimos libros».

Acaso sea esta la más honrosa carga que pueda soportar la humanidad.

 

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