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ComentarioEl conde de la Viñaza (1893:
906) se siente en la obligación de justificar la inclusión del Diálogo de
Pedro Navarra en su Bibliotheca histórica de la filología castellana, ya que lo
estima más propio de una historia de la retórica. La rareza bibliográfica, la
importancia del autor y las ideas que aporta sobre la pronunciación son los argumentos
que esgrime para darles cabida en la sección de «Ortología, Prosodia y Métrica».
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Pedro Cátedra ([ed.],
1985: 54-55) admite la escasa preocupación «por el específico acto gramatical y
[...] de la polémica de la lengua vulgar». Su interés radica en su aportación a la
biografía intelectual de Pedro de Navarra (véase Goñi Gaztambide, 1990) y
en el momento histórico en que se publica. El reciente Concilio de Trento ejerce una
enorme presión sobre cualquier forma de expresión intelectual, y las reflexiones sobre
el «hablar» y el «escribir», tema sobre el que versan los personajes de Pedro de
Navarra, probablemente deban entenderse en contienda con las disposiciones del mencionado
Concilio sobre los libros (Cátedra (ed.), 1985:
56-57).
Hay aún una motivación más próxima. En las
primeras páginas son varias las alusiones a la prohibición del acto de escribir y al
peligro que sobrelleva, derivadas de una ley «que á hecho el Príncipe que ninguno hable
ni escriva a otro, dentro ni fuera de Roma» (Cátedra (ed.), 1985: 74),
que alude a las prohibiciones de los primeros tiempos de Pablo IV.
Los Diálogos II y III, IV, que,
respectivamente, pretenden aclarar qué es el hablar y qué es el escribir, y su
diferencia, tienen como causa esa ley y como fin declarado «pensar quál modo de habla y
de escritura será libre desta prohibición» (Cátedra (ed.), 1985: 75).
El Diálogo V, «Del modo que se debe
tener para bien hablar y orar y para escrevir y ditar», después de enumerar las virtudes
del buen orador y aconsejar sabiamente sobre el buen uso de la imitación de los autores,
concluye limitando el ejercicio de hablar, dada la «sujeción y peligro presente», a la
simple práctica de bendecir a Dios. En cuanto al escribir, la restricción va más allá:
«El mejor y más sabio trato será el no escrevir, porque a no lo hazer, ¿quién nos
podrá calumniar» (Cátedra
(ed.), 1985: 107-108).
El volumen facticio de la Biblioteca Nacional,
recoge, además de los que tratan de la diferencia del hablar al escribir, otros diálogos
también impresos en Tolosa por Jacques Colomer. Son los Diálogos de la eternidad del
alma, los Diálogos qual debe ser el chronista del príncipe, los Diálogos
de la diferencia que va de la vida rústica a la noble y los Diálogos de la
preparación de la muerte, constituyendo estos tres últimos un bloque tipográfico
aparte. En cuanto a su datación, Palau aventura la fecha de 1565, y Cátedra, apoyándose
en datos internos alusión a la situación de los primeros años del pontificado de
Paulo IV y la dedicatoria a Luis de Beaumont, conjetura que pudieron haber sido
compuestos «a la llegada a Aquitania de don Pedro, o bien en el plazo que abarca el
tiempo de mejores relaciones con los parientes franceses, antes de 1563» (Cátedra (ed.), 1985:
30-31); véase también una descripción de las series de Diálogos con
localización de ejemplares en (Goñi Gaztambide, 1990:
591-592).
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En el año de la muerte del autor, 1567, que
conocemos gracias a la última y documentada aportación a su biografía (Goñi Gaztambide, 1990:
590-595), el impresor zaragozano Juan Millán publica los Diálogos muy subtiles y
notables. En ese mismo año, en carta escrita desde Graus a su hermano Diego de
Gabiría, se documenta una alusión a la edición de sus Diálogos. Entre otras
noticias, le pide que le traiga «un par de mis Diálogos encuadernados». |