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En Flandes «incluso en los días en que el luteranismo y el deseo de independencia atizaban la rebelión, eran muchos los que aprendían nuestra lengua “por la necesidad que tienen della, ansí para las cosas públicas como para la contratación”» (Lapesa, 1942: 151).

Cristóbal de Villalón, «Gramatica Castellana », Anvers, Guillermo Simon, 1558.La cita, que procede de un precioso testimonio de Arias Montano, pone de manifiesto las oportunidades de expansión de la lengua castellana en esos reinos. Es la respuesta que el humanista da a una consulta del duque de Alba, en 1570, sobre la creación de una cátedra de español en la Universidad de Lovaina, «a fin de que la familiaridad con el idioma coadyuvase a la unificación espiritual». (Lapesa, 1942: 151). La lengua se equipara a la religión, en cuanto que, después de esta, «no hay cosa que más concilie los ánimos de los hombres de varias naciones en amistad y conversación, y que más los domestique y aficione a imitar y seguir las costumbres de los que los rigen, que la unidad y conformidad de la lengua» (Morales Oliver, 1927: 169-170). Autoriza esta sentencia con el ejemplo del imperio romano, que impuso el ejercicio de su lengua a todas las naciones conquistadas, hasta tal punto que muchas de ellas «trocaron sus antiguos lenguajes en la suya latina». No es de extrañar que sea en Flandes, territorio de la corona española, donde dé comienzo la impresión de las gramáticas españolas destinadas a extranjeros.

Un breve episodio del Persiles muestra la difusión del español en Francia: «Preguntáronles quién eran en lengua castellana, porque conocieron ser españolas las peregrinas, y en Francia ni varón ni mujer deja de aprender la lengua castellana» (Clavería Lizana, 1972: 22). El interés del vecino país por nuestra lengua se traduce en la publicación de 770 ediciones de libros españoles entre los años 1477 y 1610 (Cioranescu, 1983: 176; Yllera 1998: 395). Péligry muestra, apoyándose en los catálogos de los libreros, la diversidad de la oferta para consumo de los hispanófilos franceses. Los continuos conflictos entre los dos países de nada sirvieron para frenar el avance del español, porque incluso la hispanofobia aconseja el aprendizaje del castellano, para, dice Oudin, el más afortunado de los gramáticos, «apreciar la crueldad de los que la hablan o descubrir los propósitos de sus adversarios» (Yllera, 1998: 401).

Hierosme Victor, «Tesoro de las tres lenguas francesa, italiana y española», [Ginebra?], Samuel Crespin, 1606.
En Italia, la apreciación de Valdés, reproducida por doquier, según la cual «assi entre damas como entre cavalleros se tiene por gentileza y galanía saber hablar castellano», confirma la presencia de nuestra lengua entre los italianos. Las prensas venecianas de Gabriel Giolito de’ Ferrari y la vastísima producción literaria de Alfonso de Ulloa son el mejor exponente de la recepción de las letras españolas en Italia: traducciones literarias, gramáticas, métodos conversacionales, etcétera, son algunos de sus géneros editoriales (Rumeu de Armas, 1973).
 


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Antonio de Corro, fraile jerónimo convertido al calvinismo, había publicado una gramática para franceses. A su llegada a Inglaterra entra en contacto con Thorie. Fruto de esta relación, se publica en 1590 una versión para ingleses de la gramática de Corro a modo de preámbulo al que podemos considerar el primer diccionario anglo-español, The Spanish Grammer... With a Dictionarie (Londres: John Wolfe, 1590).

El interés que el español suscitó más allá de nuestras fronteras no parece que haya sido recíproco, a juzgar por la afirmación de Lope Blanch (1990: 39) de que «el elevado número de gramáticas españolas para la enseñanza de nuestra lengua a extranjeros no guarda proporción con el número de gramáticas de otros idiomas destinadas a su difusión entre los españoles». Y tan solo puede mencionar tres de alguna importancia.

Los materiales empleados para la instrucción lingüística son variados y van desde la exposición de los áridos preceptos gramaticales a los diccionarios multilingües, pasando por las colecciones de proverbios, los textos plurilingües de mero entretenimiento (Rodomontadas españolas) o aquellos que pretenden formar en las buenas costumbres (Le Galatee) de Giovanni de la Casa, y, por supuesto, los diálogos (Dialogos apazibles en castellano y traduzidos en toscano) de Franciosini.

Bernardo José Aldrete, «Del origen y principio de la lengua castellana...», Roma, Carlo Vullieto, 1606.Los impresores, atentos al importante comercio editorial, impulsan la publicación de este tipo de obras que, además, en su mayor parte, tienen garantizada una difusión internacional. Giolito de’ Ferrari, en Italia; Bartolomé Gravio, en Lovaina; Crespin en Ginebra, son algunos ejemplos. El esfuerzo en la presentación, compuestas en página en columnas paralelas plurilingües, o la adición de tablas, muestran el empeño de los editores en ofrecer manuales de fácil uso para imponerse en el mercado y suplantar a sus competidores. Son habituales las impresiones realizadas a plana y renglón sobre todo en el ámbito de los diccionarios, o la diversidad de portadas y pies de imprenta para un mismo bloque tipográfico. La propiedad intelectual no parece funcionar en el mundo de los diccionarios y métodos gramaticales de la época. El público al que se destinan estas obras es unas veces el infantil y otras el profesional: traductores, intérpretes, maestros de gramática, eruditos, mercaderes, soldados o curiosos viajeros.

Los estudiosos han demostrado interés por la difusión del español en Europa. Benedetto Croce (1894) trazó un panorama general para el caso italiano; Gallina (1959) lo actualiza. Para Francia es fundamental la obra de Morel-Fatio (1900), que transciende lo relativo a Ambrosio de Salazar, para reflejar el panorama del estudio del español en ese país. Para Inglaterra, Martín-Gamero ofrece un amplia visión, y Steiner (1970) describe y examina un buen número de diccionarios bilingües anglo-españoles. La enseñanza del español en el extranjero se aborda en toda su extensión geográfica en Sánchez Pérez (1992).

En el ámbito de la bibliografía, el conde de la Viñaza (1893) sigue siendo de utilidad. A él se unen las obra de Homero Serís (1964), Ramajo Caño (1987), y la fundamental bibliografía de Niederehe (BICRES I, II). Las ediciones facsímiles con amplios estudios introductorios han sido impulsadas desde el CSIC. Aspectos particulares que van desde las ideas lingüísticas al análisis pormenorizado de una obra concreta han sido acogidos en numerosos artículos en actas de congresos y revistas especializadas.

 

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