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Antonio Agustín, Arzbispo de Tarragona
Antiquitatum romanarum hispanarumque...



Descripción catalográfica

AGUSTÍN, ANTONIO, ARZOBISPO DE TARRAGONA

Antonii Augustini Archiepsc. Tarracon. Antiquitatum romanarum hispanarumque in nummis veterum dialogi XI / latinè redditi ab Andrea Schotto Societ. Iesu cuius accessit duodecimus De prisca religione diisque gentium. Seorsim editae Nomismatum icones a Iacobo Biaeo aerigraphicè incisae.— Antuerpiae: apud Henricum Aertssium, 1617.— [16], 182, [26] p., 68 h. de grab.; Fol.— Marca tip. en port.— *4, [cruz latina]4, A-Z4, a-b4, [ ]1, [cruz latina]3.— Texto con apostillas marginales.— Port. alegórica para la obra de Biaeo, grab. calc.: «Msinius sculp.».— Las 68 h. de grab. calc. son monedas.
 

Real Biblioteca XIV/1270. Encuadernación en pasta con hierros y cortes dorados.— Sello: «S.D.S.Y.D.A.».— Ex libris ms. del Colegio de S. Pablo de la Compañía de Jesús de Valladolid.— * XIV/1271. Ex libris ms. de D. Bartolomé Morlanes.

Bibliografía: Rada, Juan de Dios de la, 1886: 67-68, 75-76.— Arco y Garay, Ricardo del, 1934.— Zulueta, Francisco de, 1946: 47-80.— Arco y Garay, Ricardo del, 1950.— BLH: IV: 2 411-2 518.— Mestre, 1993.— Egido, Aurora, 1996: 176-196.


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Comentario

Esta obra de Antonio Agustín, en la que las monedas antiguas se ilustran con fragmentos poéticos y otras fuentes literarias, muestra, como subraya Egido, la diferente lectura de la numismática y el nexo que entre medallística y filología ha establecido la erudición humanista, dentro de una materia tratada ampliamente desde el cuatrocientos. Aunque Agustín, en esta obra, no se propuso estudiar las monedas autónomas españolas, fue el primero que trató de descifrar sus caracteres y conjeturó la posibilidad de que las leyendas de las monedas fuesen los nombres de las ciudades.

El Renacimiento considera la medalla como un espacio cerrado para la imagen, privilegiado medio para el desarrollo del emblema y también un testimonio de la Antigüedad, recuperación del mundo clásico. El desarrollo de la numismática y de la medallística está directamente ligado al celo arqueológico de raíz petrarquesca y no puede desligarse de la recuperación de las antigüedades romanas, que se pone en marcha con las excavaciones arqueológicas en este periodo.

El humanista es un lector global de la recuperación del mundo clásico y el acto de leer la Antigüedad se convierte en algo indiferenciado, que comprende todos los tipos de materiales susceptibles de ser considerados documentos de un pasado áulico: códices, documentos, inscripciones, restos arqueológicos, monedas y medallas. Numismática y Literatura son indesligables en muchos de estos autores. Nebrija o Palmireno son dos buenos ejemplos.

Antonio de Nebrija en sus Repetitiones trata de Mensuris y de Ponderibus y Numeris. En el Vocabulario del humanista (Valencia, Pedro de Huete, 1569) Juan Lorenzo Palmireno dedica la segunda parte a las monedas, metales y piedras preciosas. En la Sylva de vocablos y phrases, medidas, comprar y vender para los niños de Gramática (Valencia, Juan Mey, 1566) proporciona una cartilla de principios numismáticos, vocabulario e historia monetaria. La vinculación de estos textos muestra la importancia y la extensión de estas materias en los estudios de la España del siglo XVI.

Antonio Agustín es un erudito moderno, un arqueólogo de una nueva etapa en la que la investigación sobre la Antigüedad se hace de forma crítica. Considerado príncipe de los numismáticos españoles, su labor es importante porque organiza el estudio de la numismática clásica y la epigrafía científicamente. Su etapa de formación en Italia y, sobre todo, el magisterio de Alciato fueron decisivos en este nuevo entendimiento de estas disciplinas. En su etapa romana entró en contacto con los humanistas españoles Juan Verzosa y Páez de Castro y frecuentó el amplio círculo de eruditos y coleccionistas que ofrecía la ciudad, Fulvio Ursino, Octavio Pacato, Levino Torrencio, Latino Latini, Melchor Guiland.


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El coleccionismo de estos humanistas comprende y aúna artes y letras. Bibliófilos y también escritores, muchos de estos hombres reúnen colecciones museísticas y mantienen una academia oculta sobre numismática, epigrafía, arqueología, filología e historia, a través de sus correspondencias. Los epistolarios y los inventarios de las bibliotecas particulares se revelan, una vez más, fuente imprescindible para el estudio de este movimiento. Jerónimo Zurita, Vázquez Siruela, Rodrigo Caro, Bernardo de Alderete son nombres imprescindibles para entender este movimiento en España.

Aragón mantuvo durante el Siglo de Oro un círculo arqueológico muy activo con destacados coleccionistas. Aparte del museo de Lastanosa, Andrés de Ustarroz, el conde de Guimerá, Bartolomé de Morlanes, Juan José de Sada, Jiménez de Urrea, representantes del humanismo erudito, mantienen colecciones particulares de enorme interés (Arco y Garay, 1950). Egido subraya que «el emparejamiento de las artes contribuyó al ejercicio de la poesía descriptiva de medallas, estatuas y obeliscos conmemorativos» y la colaboración de los artistas —dibujantes y grabadores—, tanto en la preparación de ediciones ilustradas, como en la copia de objetos arqueológicos y medallas para este particular tipo de coleccionistas, escritores y eruditos (Egido, 1996: 188).

Los Diálogos de las medallas, son una publicación póstuma que sale, por primera vez, en Tarragona, en 1587, de las prensas de Felipe Mey. De forma casi inmediata comienza a difundirse por Europa, donde su recepción tuvo gran importancia. Se publica en italiano, en Venecia y en Roma, en 1592. La traducción romana es de Dionisio Octaviano Sada, quien sacó, en 1650, una segunda edición aumentada, anotada y con una disertación de Lelio Pasqualino sobre las monedas de Constantino.

Al latín la traduce el jesuita Andrea Schotto, autor de la Laudatio funebris de Agustín, en su deseo de difundirla a través de una lengua de uso en la comunidad científica. A la obra de Agustín, repertorio de fuentes clásicas en las que los símbolos de las medallas están explicados a través de los textos literarios de los clásicos latinos, referencias bíblicas y menciones a Alciato y a Juan Luis Vives, añade el editor el Diálogo XII, sobre la antigua religión y los dioses de la gentilidad y sus propias y eruditas anotaciones. Según Andrea Schotto, los tres personajes que intervienen en los Diálogos, habría que identificarlos con el autor (A), con Rodrigo Zapata (B) y con Juan Agustín (C).


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Mayans y Siscar, dice en la biografía de Agustín, editada en 1734, que Zurita le recomendó, en 1579, no utilizar interlocutores españoles. Después de esta edición antuerpiense, salieron dos nuevas ediciones en italiano, en Roma, en los años 1692 y 1698.

La portada del impreso de Aertsius es una buena representación del modelo barroco clasicista en el que el juego tipográfico de la letrería epigráfica conjuga con la materia de la obra. La marca tipográfica ocupa los tres cuartos de un espacio dispuesto en rectángulo lapidario; el escudo del impresor está compuesto por un doble juego de marcas, un emblema típico de su época conformado por elementos simbólicos: la serpiente que se muerde la cola, recordando la infinidad, surge de la Tierra, coronándola, mientras el lema que la circunda recuerda que, perpetuamente, el arte alimenta al orbe; cerrando este círculo, en el pie del eje, un pequeño escudete con las iniciales del impresor recuerda la pervivencia de las antiguas marcas tipográficas.

La estampa simbólica, en la que visualmente se traslada el contenido del libro y su significado, se reserva para el interior del impreso, como es habitual en los libros que llevan este modelo de portadas. Precediendo a la obra de Biaeo, una calcografía representa el triunfo romano: la figura entronizada es Roma coronada por la Fama; al pie, la loba capitolina alimentando a Rómulo y Remo, en la basa, arrodillados; dos figuras masculinas representan a los vencidos por el Imperio. Los armoriales flanquean esta representación. En el pedestal van inscritos, como esculpidos en el mármol, los datos que configuran la portada de esta obra de las monedas de los emperadores romanos.

Antonio Agustín es otro de los autores recuperados por el humanismo ilustrado como fuente de estudio de la historia nacional. Gregorio Mayans y Siscar se encarga de editar, en 1734, los Diálogos de las armas y linages de la nobleza española con una biografía. Es una edición madrileña que sale de las prensas de Juan de Zúñiga. Dentro de su campaña de difusión internacional de la cultura española, busca también el apoyo de la imprenta europea para la publicación de Agustín.

Mayans, que diversifica las ofertas entre los impresores franceses, holandeses, suizos e italianos, colaboró con un tipógrafo de Lucca, Rocchi, en la edición de la Opera Omnia (1765-1774). En su afán de que esta edición italiana de un autor que él consideraba pilar para el estudio de la jurisprudencia y la erudición españolas tuviese un carácter exhaustivo, no dudó en ampliar la biografía publicada en 1734 y en facilitar al impresor obras de Agustín, manuscritas e impresas, de su biblioteca particular.


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En mayo de 1764, Giuseppe Rocchi se pone en contacto con él por indicación del erudito holandés Gerard Meerman; en una carta escrita en italiano alude a su «grandiosa edizione» de Agustín y le pide la Vida ampliada para que salga, en latín, encabezando la publicación que ha de aparecer en octubre. Su interés es tan grande que, para darle un mayor margen, Rocchi admite que se la entregue más tarde para incluirla en el último tomo. A François Grasset, librero de Lausanne, Mayans le comenta en julio de 1764 que está aumentando la vida de Agustín, publicada hace treinta años, para que se traduzca al latín y salga acompañando a las obras que se imprimen en Lucca; en ese mismo mes, Rocchi le confiesa «Agustini Vitam a te auctam et locupletatam expecto summo cum desiderio». La correspondencia entre ambos a propósito de esta edición se prolonga hasta 1775 (Mestre, 1993: XII: 423, 527, 548).

En 1747, entre las novedades editoriales que Cramer comenta por carta a los libreros e impresores ginebrinos, alude a la reedición de los Diálogos de medallas diciendo que la primera edición es ya un libro raro, porque la «excelencia de la obra i la celebridad de su autor» han hecho que escasee en el mercado. El precio de la obra de Agustín en el mercado librero madrileño del último cuarto del siglo XVIII es significativo: Antonio Sancha se dirige a Mayans, cuando éste le comunica su deseo de vender su biblioteca, y le pide que le tase los libros, dándole el precio de la primera edición de las Medallas: 500 reales, con mucho el valor más alto de los libros castellanos (Mestre, 1993: XII: 256, 572).

En su relación con los editores europeos, Mayans recurre a Agustín también como fuente de autoridad lingüística: la impresión en español en la imprenta europea presenta con frecuencia problemas de ortografía. La impresión de su Juan de Puga que hacen los hermanos Deville de Lyon no puede disgustarle más: «Vuecentíssima» por «vuecelencia», «recibir» por «recebir». Este último caso le exaspera de forma especial: Nicolás Antonio y Antonio Agustín pronunciaron «recebir» porque atendieron, no a la raíz del verbo, sino al pretérito latino recepi, y es meterse a críticos el corregirlos. La ortografía debe, en su opinión, seguir la pronunciación del autor.

En relación con la historia del libro y de la imprenta hay que destacar la importancia de Antonio Agustín. La instalación de un molino de papel y de dos talleres de imprenta, uno en Lérida y otro en Tarragona, bajo la dirección de Felipe Mey, se deben a él. De su labor de bibliófilo se benefició, en gran parte, la Biblioteca del Monasterio de El Escorial, donde ingresaron los códices griegos. La envergadura de su colección de manuscritos latinos y griegos, originales y copias, y de sus libros impresos queda patente en el catálogo publicado después de su muerte, en 1586, por Mey, Bibliothecae Graeca. Ms. Latina. Ms. Mixta. Ex libris editis variarum linguarum. Como bibliógrafo propuso en este catálogo una organización bibliográfica por materias, con minuciosas descripciones materiales y de contenido, llena de interés.

El ejemplar de la Real Biblioteca que figura en la exposición tiene el enorme valor de haber pertenecido a Bartolomé de Morlanes, otra de las grandes figuras del humanismo aragonés, relacionado con Agustín y su círculo y, como él, coleccionista, bibliófilo y estudioso de arqueología, epigrafía y numismática. Este Antiquitatum romanarum hispanarumque in nummis veterum, traducido por Andrea Schotto en una edición ilustrada por Jacques Bié, lleva una dedicatoria manuscrita de Schotto: «Doctiss. Viro D. Barthol. Morlanes Canonico Caesaraugustano A. Schottus D. M. L. M. cum Iconibus aeneis amici militis manu». El ejemplar pasó al colegio de jesuitas de San Pablo de Valladolid desde donde, probablemente, salió en el siglo XVIII al disolverse la orden. Las hojas de guarda firmadas: «à Paris, chez les associés n.º 15», indican el lugar de adquisición del ejemplar, desde donde volvió a España para formar parte de la colección del infante don Antonio Pascual de Borbón, hermano de Carlos IV.

 

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