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Sebastián Fernández de Medrano
El arquitecto perfecto...



Descripción catalográfica

FERNÁNDEZ DE MEDRANO, SEBASTIÁN

El arquitecto perfecto en el arte militar dividido en cinco libros... / que saca a la luz... don Sebastian Fernandez de Medrano.— En Brusselas: en casa de Lamberto Marchant, mercader de libros al Buen Pastor, 1700.— [12], 464, [15] p., [1] p. en bl., XXV h. de grab. pleg., [1] h. de grab. pleg., [1] h. de grab.; 8.º. *6, A-Z8, 2A-2G8.— Contiene: I: «La fortificación regular y

irregular a la moderna». II: «La especulacion sobre cada una de sus partes». III: «La fabrica de quarteles, almacenes...». IV: «La defensa y attaque de una plaza segun el nuevo modo de guerrear». V: «La geometria, trigonometria, calculos, regla de proporcion».— Port. a dos tintas.— Grab. calc. de planos de fortificaciones, instrumentos topográficos, y figuras geométricas. «Harrewijn fecit»; la última h. de grab. pleg. «delineada por Dn. Joseph de Mendoza y Sandoval...».— Front. grab. calc. «Harrewijn fecit».

RAE 5-B-108.— Encuadernación en pergamino.

Bibliografía: Van Loon, Gerard, 1732: IV: 168.—Almirante, José, 1876: 287-288.—Llave y García, Joaquín de la, 1878.—Gutiérrez, Ramón, 1991.—López Muiños, Juan, 1991.—Carrillo de Albornoz, Juan, 1996: 34-35.—THIEME-BECKER: XVI, 55-56.—CCPB:
35 523
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Comentario

Las obras de este tratadista militar deben considerarse como libros de texto de los alumnos que frecuentaban la Academia Militar, sita en Bruselas, en la que Sebastián Fernández de Medrano era profesor de matemáticas, un cargo para el que había sido propuesto por el duque de Villahermosa, capitán general de los Estados de Flandes, hacia 1676. Años después, en 1692, es nombrado por el gobernador general, José Fernando, Elector de Baviera, director de la Academia Real y Militar del Exército de los Países Bajos. La falta de un cuerpo cualificado, formado en fortificación, uso de artillería y morteros, con sólidos conocimientos geográficos, obligaba al ejército español a valerse de ingenieros extranjeros. La Academia, un centro de formación de cuadros del ejército español de Flandes, tenía como objetivo conseguir esa elite instruida en ingeniería militar, capaz de afrontar un sistema de guerra basado en los sitios de las plazas y en el mantenimiento de líneas atrincheradas.

La Academia militar se crea en los «Estados de Flandes» en 1671. Es la más importante de las que España mantiene fuera del territorio nacional en Nápoles, Orán, Cerdeña y Milán. El gobernador general, conde de Monterrey, es quien transforma la «Casa de pages» de los antiguos duques de Brabante (creada por los archiduques Alberto e Isabel Clara Eugenia en 1600) en Academia, para que la nobleza estuviese suficientemente instruida en matemáticas y fortificación. El primer director es Francisco Paran de Ceccati, anterior director de la de Besançon. El duque de Parma, nuevo gobernador general, la reorganiza en 1680.

El éxito de la Academia, y el de Fernández de Medrano, se pueden deducir de su nota A los curiosos y aficionados lectores —inserta en la primera edición de El Ingeniero— y del memorial que, en 1699, tras treinta y cuatro años de servicios, presenta a Carlos II para que le honre con el grado de general de Artillería. En la nota, escrita en 1687, alude a que «además de 700 oficiales que desta Academia han salido aprovechados, son muchos aquellos que solo por mis obras han adquirido alguna inteligencia». En el memorial asegura que la Academia ha formado en ese tiempo ingenieros militares para todas las fronteras de España y que el prestigio alcanzado es tanto, que los príncipes de la Liga y el duque de Baviera también se nutren de los alumnos de este centro. No consta que alcanzase el nombramiento pero sí que consiguió, a través de la Secretaría de Estado, cuatro mil escudos en compensación de los gastos afrontados en la edición de sus libros. Felipe V le ratifica las mercedes concedidas por el anterior monarca y le anima a que siga la labor en la Academia, de la que anualmente salen entre veinte y treinta ingenieros militares. Fernández de Medrano muere un año antes de que Bruselas caiga en poder de la Gran Alianza y la Academia Militar desaparezca en 1706.


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El curso era anual y los alumnos se reintegraban a sus regimientos al finalizar los estudios, excepto los más destacados, que continuaban un curso más avanzado en fortificación, dibujo, geometría especulativa y tratado de la esfera y navegación, para lograr la ingeniería.

Geometría, artillería, fortificación y geografía eran materias básicas para la formación militar; los libros de Fernández de Medrano comprenden, precisamente, todo este arco bibliográfico. Concebida desde una óptica didáctica, su obra es eminentemente práctica, sintética y busca la continua actualización. La refundición, la ampliación, el resumen de textos y teorías, son la forma en la que este catedrático de matemáticas y fortificación concibe la escritura de sus libros de enseñanza. Así pues, muchas de las obras de Fernández de Medrano son el mismo texto, aumentado y retitulado. La imprenta belga es la productora de sus textos. Como es lógico, por cuestión de proximidad son las prensas de Bruselas las mayores editoras. La facilidad de disponer de buenos grabadores y contar con una imprenta experimentada en la edición de libros ilustrados, como exigen ser los de arquitectura e ingeniería militar, es un motivo más para elegir estos talleres. La imprenta y la enseñanza mantienen una relación saprofita, que es una constante de la historia del libro, de la que la Academia Militar y la obra de Fernández de Medrano son un buen testimonio.

El práctico artillero, publicada por François Foppens en 1680, es su primera obra de artillería. Explica en ella la fundición de cureñas, el servicio de piezas, la construcción de baterías. Años después, en 1691, la amplía en El perfecto Bombardero y práctico artificial, un libro de gran éxito que se imprime de nuevo en 1708 y en 1728, en Amberes. Hasta que se producen estas nuevas ediciones antuerpienses, El perfecto Artificial, Bombardero y Artillero, publicada en 1699, viene a cubrir el hueco de mercado que habían dejado las obras anteriores al agotarse.

El ingeniero (1687), es el texto básico de estudio en la Academia durante treinta años. Fernández de Medrano resume en él el estado de la fortificación en este final de siglo, un tema de la mayor importancia por el desarrollo de las diferentes escuelas de ingeniería militar en el siglo XVI, durante las guerras de Flandes. La escuela italiana había estado representada por los ingenieros de Italia que trabajaron para España en los Países Bajos, donde se formaron ingenieros como Cristóbal de Rojas y González de Medina; la escuela holandesa, desde finales del siglo XVI, había formado también a españoles como Iván de Santans y Tapia, Alonso Cepada, Gobernador de Tholhuys, y Pedro Antonio Ramón Folch de Cardona; y, finalmente, la escuela francesa que, tras refundirse con la italiana, vivía una etapa de esplendor con Vauban.


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La abundante bibliografía producida por estas escuelas no se adecuaba a las necesidades de la enseñanza. Demasiado parciales, exclusivamente centradas en la aplicación de la matemática pura, simplistas en su afán de reducir la ingeniería y la fortificación a simples problemas de geometría, estas obras no eran aptas para la formación de un buen ingeniero militar. El ingeniero de Fernández de Medrano cubrió esta necesidad didáctica de un texto teórico sobre fortificación, con una aplicación práctica que se salía del terreno de lo especulativo y que, además, estaba escrito en español.

La organización de la obra y la puesta en página del libro traducen el objetivo didáctico del autor. La incorporación de reglas y, sobre todo, la inclusión de un aparato ilustrativo concebido para que, intercalado en lugares específicos del libro, pudiera desplegarse y permitiera confrontar texto e imagen, son prueba de ello. Concebida para ser monovolúmen, en el curso de la impresión, la extensión obliga a dividirla en dos tomos «que por lo pequeños y portátiles convidasen a traerlos consigo el soldado». El libro, que, como es habitual, sale en rama del taller de imprenta y lleva aparte los grabados, incluye en el texto un Aviso al enquadernador para que intercale correctamente las estampas entre las páginas previstas. Las veinte láminas de esta primera edición están firmadas por los alumnos del autor que ejecutaron los dibujos: Procopio Albornoz, D. Santos de Lovera, Jorge Próspero de Verboom, P. Borraz, Juan de Ortega.

Esta obra de Fernández de Medrano viene a solucionar un grave problema de la Academia, la falta de textos adecuados en español, pero el carácter internacional del centro obliga también a disponer de textos en otras lenguas.

Una de las novedades que Fernández de Medrano introduce en la Academia durante su dirección es el establecimiento de los premios anuales. En 1694 se anuncian tres premios, en los que los mejores alumnos ganan una medalla de oro con la efigie del rey en el anverso y las de Palas y Marte, sosteniendo un pentágono fortificado, en el reverso. Con dos cadenas de oro se sujetaba el primer premio, con una el segundo, y con una cinta de seda roja el tercero. La concesión de uno de estos premios es lo que le anima a traducir al francés El ingeniero. Los alumnos extranjeros —valones, italianos, franceses— alegan que la falta de textos en otras lenguas distintas al español les impide conseguir los honores que siempre recaen en oriundos de España. En 1696, aparece L’Ingenieur pratique, para el que se abren nuevas planchas de cobre. Se vuelve a publicar en español, en Bruselas, en 1700, aumentada y con un nuevo título, El Architecto perfecto en el Arte militar. En 1708 y en 1735 la reimprime Verdussen en Amberes.


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La edición bruselense que figura en esta exposición está dedicada al director de la Real Academia, Luis Francisco de la Cerda y Aragón, noveno duque de Medinaceli. Un grabado alegórico presenta a la casa de Medinaceli como estirpe de nobleza en la que las armas y la paz guardan un perfecto equilibrio. Representada por dos guerreros que riegan el roble familiar, escindido en dos ramas —una con las armas de Castilla y León, en la que se entrelaza una fíbula con el nombre de San Fernando, otra con los lises de Anjou, con el nombre de San Luis— que se unen en la cima coronada por las armas ducales de los Medinaceli, sobremontadas por la corona condal originaria, iluminadas por el sol.

Los guerreros van vestidos a la antigua, en manifestación de la prosapia de la familia; el de la derecha, representante del arte de la guerra, lleva el escudo de la casa de Medinaceli y afirma su pie izquierdo en la piel del león, mientras que el de la izquierda, símbolo de la paz, asienta el pie en la piedra angular de la fidelidad, y despliega el estandarte con el retrato del duque, el lábaro rematado por el signo y el lema «In hoc signo vinces».

Los artistas que colaboran en esta edición son los Harrewijn (van Harrewijns), familia de grabadores de cobre y de grabadores de monedas y medallistas holandeses de este periodo, activa en Amsterdam, La Haya, Amberes y Bruselas. Jacob, nacido en 1660, es discípulo de Romain de Hooghe y maestro del gremio de San Lucas de Amberes (1688-1689). En 1695 está, probablemente, en Bruselas, puesto que once hijos de su matrimonio con Catharina Van Cleemput fueron bautizados allí, entre 1696 y 1714, en la iglesia de Santa Catalina. En 1727 está en La Haya y, seguramente, permanece en esa ciudad entre 1732 y 1740. En la bibliografía hay gran imprecisión en las indicaciones biográficas sobre Jacob y su hijo François que, a menudo, se confunden; inseguridad que se extiende a la autoría de los grabados que solo están firmados con el apellido. De acuerdo con las investigaciones de Piot, Jacob trabaja entre 1689 y 1732 y, en su primera época, firma a menudo solo con el apellido. Más tarde, cuando colabora con J. G. (desde 1711) y con François (desde 1720), aparece más frecuentemente con una «J.» antepuesta al apellido. Además su «H.» suele ir siempre cursiva, mientras que la de François está en «antiqua».

También en esta edición se incluye una guía para que el encuadernador sepa donde colocar cada una de las treinta y cinco calcografías que ilustran el texto y, por desempeñar una función didáctica precisa, exigen una intercalación correcta.

Durante la Ilustración, momento en que la formación de un cuerpo de elite militar se vuelve a plantear como una necesidad nacional, la obra de Fernández de Medrano tendrá un reconocimiento especial en la que es la bibliografía canónica ilustrada de ciencia militar. En la Bibliotheca militar española, Vicente García de la Huerta incluye su obra prácticamente al completo: el Libro de arithmetica, con un Tratado de las quatro formas de esquadronar (Bruselas, 1608), El perfecto Artificial Bombardero y Artillero (Amberes, 1723), los Rudimentos geometricos y militares (Bruselas, 1677), el Perfecto Bombardero (Bruselas, 1691), y el Architecto perfecto en el Arte militar (Bruselas, 1708), pp.116-117. Para la Ilustración española, que tuvo que afrontar el mismo problema de la falta de textos en sus centros de formación de elite militar, la obra de Fernández de Medrano tuvo un reconocimiento que se prolongó en la bibliografía militar española decimonónica de José Almirante.

 

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