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Fortuna de España

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Abraham Ortelius, «Theatro de la Tierra Universal», Anveres, Christoval Plantino, 1588. Fraccionar la geografía de la imprenta en la Edad Moderna, abordándola de forma territorial, no se aviene con el propósito de Fortuna de España. El planteamiento de esta exposición requiere que esta sección dedicada a la geografía imprenta se aborde desde los factores que condicionaron y marcaron su desarrollo. En una Europa donde, como punto de partida, las casas reinantes configuran la administración territorial,
carece de sentido ofrecer una división geográfica coincidente con las fronteras actuales. Flandes e Italia son dos ejemplos elocuentes.

El desarrollo de la imprenta en Europa durante el siglo XVI está condicionado por varios factores que convierten sus diversas industrias tipográficas en interdependientes; exceptuando, con ciertas reservas, el caso de Inglaterra, es difícil considerar de manera independiente la producción y el comercio del libro.

De forma esquemática, estos factores, por ser los que más afectan a la selección de Fortuna de España, y los que mejor resumen las razones que determinaron que los textos españoles se imprimiesen en prensas extranjeras, se pueden agrupar en técnicos y culturales; política, economía, religión quedarían englobados en este último apartado. Cada uno de ellos traza un mapa geográfico diferente, aunque, a veces, las fronteras que dibujan se superponen o coinciden parcialmente.


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Problemas técnicos

Las dificultades técnicas, la falta de materias primas imprescindibles para la realización de matrices, punzones y tipos de imprenta unidas a la falta de mano de obra especializada —grabadores de punzones, fundidores de tipos y cajistas— o simplemente familiarizada con el trabajo del metal, son un primer determinante en la configuración de una geografía de la imprenta. Desde Alemania, país minero, con una sólida tradición en la fundición y el grabado de metales y una capacidad económica dispuesta a arriesgar capital en la creación de talleres de imprenta y en la organización de comercialización del libro, se difunde la imprenta por Europa. España quedó rezagada dentro de la expansión de la imprenta; la comparación de cifras es elocuente: en 1480, ciento diez ciudades de la Europa occidental tenían imprenta: frente a las cincuenta italianas, se oponen ocho españolas.

El movimiento de impresores y de oficiales, la importación y circulación de tipos, la copia de grabados, deben considerarse vías de solución interna a los problemas técnicos de España. Otro de los remedios buscados al problema de una industria deficitaria fue la importación de libros y la exportación de textos.

Problemas ideológicos

Política

Vista de Amberes, «Civitates Orbis Terrarum», Colonia, Petrus a Bachel, 1612, V, f. 27.Holanda es un buen ejemplo de cómo los cambios políticos afectaron a la imprenta en la Edad Moderna. El fin del dominio español y la expansión colonial holandesa, impulsan la actividad de la imprenta y hacen que el libro holandés viva un momento de esplendor. Las conexiones internacionales de la elite intelectual y científica establecida en el país, posibilitan que una industria, ya muy potente, se afiance aún más. Amsterdam se especializa en la producción de cartografía y los Blaeu pasan a ser los mejores impresores de mapas y atlas. Leiden, constituida en ciudad universitaria por Guillermo de Orange, en 1576, se transforma en un activo polo impresor capitaneado por la familia Elzevier. Además, una medida política sobre materia religiosa, la revocación del Edicto de Nantes, bajo el reinado de Luis XIV, hace que Holanda, y especialmente La Haya, se convierta en sede de refugiados políticos y religiosos. Libreros protestantes con comercio de exportación establecido en sus países emigran a Holanda: Mortier, Desbordes, Huguetan. Los escritores también consideran este país una nueva patria y el mercado de textos adquiere un gran dinamismo. Holanda, junto con Bélgica y Suiza, se convierte en este periodo en un centro capital para textos franceses y en un formidable punto editorial de falsificaciones y libros prohibidos.


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Inglaterra, igualmente, ofreció sus prensas a los perseguidos políticos y religiosos, hugonotes o protestantes, que huían del continente. Durante el reinado de Isabel I, la heterodoxia española tuvo una favorable acogida en la imprenta inglesa.

Las campañas de propaganda política fueron trazando asimismo una geografía de la imprenta configurada por los libros de aparato —entradas triunfales, pompas fúnebres, fiestas reales—, los panfletos de movilización, pasando por los tratados teóricos y la emblemática. El desarrollo artístico de Amberes aseguró a la ciudad un lugar preeminente en relación a España, esta vez como centro productor del libro ilustrado al servicio del poder.

Las grandes guerras europeas modifican la cartografía de la imprenta durante la Edad Moderna. La de los Treinta Años fue determinante para la industria editorial alemana, que perdió toda su preponderancia en el siglo XVII ante el pujante predominio holandés.

Religión

Los problemas religiosos de la Europa del siglo XVI configuran, sin duda, una geografía de la imprenta y crean un mapa propio y perfectamente diferenciable. Evidentemente, el mapa político y la distribución de las casas reinantes unen sus trazos para crear las fronteras de los credos religiosos. Ciudades e impresores han llegado a quedar identificados con cada una de las creencias que dibujaron el turbulento fraccionamiento religioso europeo.

Vista de Rouen, «Civitates Orbis Terrarum», Colonia, Petrus a Bachel, 1612, I, f. 9.La Reforma luterana impulsó el desarrollo de los talleres tipográficos en Alemania del norte. Numerosos centros comenzaron a desarrollarse en vida de Lutero; la expansión continuó a lo largo de la segunda mitad del siglo XVI. A partir de 1520, Leipzig destaca como ciudad impresora luterana. Como en el caso de Francfort, su importante feria del libro la potencia como uno de los centros neurálgicos del libro europeo. Wittenberg, ciudad universitaria desde 1502, es un centro emblemático de la imprenta luterana donde se publicaron los textos fundamentales de esta doctrina, como son las tesis sobre las indulgencias o la Biblia en alemán. Lotter, Dtriging junto con otros impresores multiplicaron los escritos propagandísticos y lograron que con los textos luteranos la distancia productiva entre el norte y el sur de Alemania se equilibrase en este periodo. En Francia, La Rochelle y Saumur fueron los grandes centros de la imprenta protestante, esta última reforzada por su condición de ciudad universitaria. Basilea y Ginebra fueron sedes de la imprenta reformista y puntos fundamentales de distribución. Otras ciudades no definieron con tanta claridad su adscripción religiosa, Lyon y Amberes, por ejemplo. Esta última, donde se concentró la edición de libros religiosos, sirvió los intereses del luteranismo y del catolicismo simultáneamente. Traducciones integrales o parciales de la Biblia al flamenco y a otras lenguas vulgares le aseguraron una posición inmejorable en el mercado. Cuando, en 1546, la cuarta sesión del Concilio de Trento declara la Vulgata la única edición autorizada de la Biblia se desencadenó la represión sobre los impresores luteranos antuerpienses. Como las ciudades, también los impresores mantuvieron posiciones ambivalentes, incluso en el caso de nombres  tan ligados a la reforma católica como el de Chistophe Plantin, trabajar para las dos causas no fue excepcional.


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El catolicismo tuvo también sus ciudades: en Alemania, Colonia —donde Quentell aparece como el gran impresor dedicado a la producción de textos teológicos— es uno de los centros editoriales más potentes. En Francia, París. Amberes, en los Países Bajos. En la segunda mitad del siglo XVI, alrededor de los años setenta, el renacimiento católico modifica el mapa de la imprenta europea. La decisión del Concilio de Trento sobre los libros litúrgicos es determinante porque obliga a conformar los textos con el uso romano. El catolicismo abre automáticamente un precioso mercado comercial y los talleres tipográficos compiten por conseguir una buena parte de este negocio. El origen de señeras fortunas, la de los Plantin-Moretus por ejemplo, debe buscarse ahí. Por otra parte, el despliegue de la Compañía de Jesús y la proliferación de colegios en toda Europa, fomenta la apertura de imprentas que trabajan para estas instituciones docentes. La Contrarreforma se traduce, también, en una producción de literatura religiosa adquirida por particulares y bibliotecas conventuales de gran atractivo editorial. La geografía de la imprenta coincide con la de los centros desde los que se impulsa este renacimiento religioso. Al igual que las ciudades pueden identificarse con el catolicismo, también es posible adscribir a los impresores a esta religión: los Cramoisy (París) y los Annisson (Lyon) fueron los tipógrafos de la Francia católica como los Moretus y Verdussen lo fueron de Amberes o Paolo Manucio de Roma y de la poderosa imprenta de la Santa Sede. La Tipografia Camerale, activa a partir de 1559, se encargaba de las publicaciones oficiales del papado, mientas que la Imprenta Vaticana, creada en 1587, se ocupó de la edición de los «clásicos de la Iglesia», Santos Padres e historia eclesiástica.

Uno de los centros de la imprenta calvinista es el mediodía francés, aunque la ciudad por excelencia de esta doctrina es Ginebra, lugar donde se refugian muchos de los impresores y libreros lioneses para escapar de la persecución católica. La falsificación de los pies de imprenta fue un recurso habitual de los impresores ginebrinos que, tras nombres falsos de ciudades o de tipógrafos, intentaban desviar la atención de la censura y abastecer el mercado en la geografía católica.

Las ciudades fronterizas, por su enclave estratégico, desempeñaron un papel fundamental en la difusión de las ideas y de la propaganda política y religiosa, materias indesligables en la Edad Moderna. Estrasburgo es el centro más importante de los que jalonaron la demarcación entre el catolicismo y otras confesionalidades en Francia, Alemania y Suiza.


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Humanismo

Vista de Venecia, «Civitates Orbis Terrarum», Colonia, Petrus a Bachel, 1612, I, f. 44.En la primera mitad del siglo XVI, el movimiento humanista favoreció el desarrollo de la imprenta que vive en este periodo una edad de oro: nuevos textos, prosperidad económica, la consideración del libro como un bien cultural y el crédito que el impreso había ganado como industria floreciente explican este auge. Aparecen los grandes talleres y libreros ligados a esta corriente de pensamiento. Froben, Koberger, Birckmann, Aldo, Petit, Bade, Amerbach, Eguía y Brocar, en España, son hombres implantados en el medio intelectual y académico en los que se mueven autores y comentaristas y se producen los textos; tienen, además, sólidas redes comerciales de importación y exportación. Un mercado tan amplio como el que abrían estas publicaciones no escapó de las redes comerciales de grandes familias como las de los Giunta, Portonariis y otros tantos, implantadas en núcleos urbanos estratégicos de varios países. Lógicamente, la tipología urbana favorece el despliegue de estos talleres y tiendas especializadas en humanismo: las ciudades universitarias y las comerciales son polos donde se concentran los intelectuales y se mueve el mundo de las letras.

La recuperación de autores y textos clásicos, consustancial al movimiento humanista, es global y el arco de materias que se editan de forma crítica es completo. Muchas de estas materias —religión, ciencia, música, por ejemplo— exigían una gran capacidad técnica y unas disponibilidades tipográficas especiales. La edición de textos en alfabetos no latinos (griego, hebreo, árabe), el empleo de tipos especiales, como era el caso de la edición musical y el requerimiento de un aparato ilustrativo, colocaba en una situación privilegiada a los grandes talleres europeos; los tipógrafos venecianos, antuerpienses, lioneses o parisinos, impusieron su superioridad técnica y artística. Además, estas ciudades comerciales y universitarias que monopolizaron las ediciones, tenían la ventaja de ser punto de encuentro de la intelectualidad y de la erudición internacionales lo que aseguraba el rigor crítico textual, requisito indispensable en la lectura humanista de los clásicos. La política territorial española y la debilidad de su industria editorial y librera hicieron que, en el libro humanista, España fuese subsidiaria de la imprenta europea.


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Tipología urbana

Ciudades comerciales

El desarrollo de una burguesía productiva y acomodada, así como la existencia de unas redes comerciales y financieras, facilitan la implantación de la imprenta en unos núcleos urbanos en los que el mercado estaba asegurado y los libros eran una mercancía más en circuitos de exportación bien implantados. Estos dos factores alentaban la inversión de capital en la industria y el comercio libreros. La circulación de textos era también fluida: escritores, editores literarios, eruditos, frecuentaban estas ciudades prósperas y se integraban con facilidad en un tejido social abierto y cosmopolita. Generalmente se trataba de ciudades portuarias, fluviales o marítimas, o de puntos nodales de grandes vías terrestres. El Rhin, el Elba, el Ródano, el Sena, el Loira, el Danubio, el Támesis y el Guadalquivir, son, de esta manera, los ríos de la imprenta y del libro. La expedición de mercancías, interior o exterior, estaba asegurada por estas redes; mover las mercancías por mares y ríos contaba, además, con ventajas económicas porque era un transporte más barato. En Francia, Rouen, Lyon y Burdeos; en Flandes, Amberes; Amsterdam y La Haya en los Países Bajos; Sevilla en España; Venecia en Italia; Londres en Inglaterra deben citarse como señeras representaciones de este tipo de ciudades. Amberes y su puerto desempeñaron un papel determinante para la historia del libro español. La ciudad era heredera del esplendor comercial de Brujas, con la que Castilla mantenía fluidas relaciones comerciales. Más del cincuenta por ciento de los impresores que trabajaban en los Países Bajos en la primera mitad del siglo XVI estaban establecidos allí. Las posibilidades económicas, intelectuales y artísticas de Amberes fueron rentabilizadas al máximo por las «gentes del libro» con magníficos resultados. Las imprentas de estas ciudades se volcaron en el mercado de la exportación y supieron sacar ventaja de países con poca capacidad industrial, convirtiéndolos en subsidiarios de su pujante manufactura libraria.

Vista de Munich [?], «Civitates Orbis Terrarum», Colonia, Petrus a Bachel, 1612, I, f. 38. España estableció relaciones con los mercados del Norte y de Levante a través de los puertos de Santander y Bilbao, Barcelona, Valencia y Alicante, Sevilla y Cádiz. Encabezando las que convirtieron a España en subsidiaria de sus talleres están Amberes, Venecia y Lyon.
A éstas se añaden Florencia, Roma, Bruselas, Amsterdam, Londres y Colonia.


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Ciudades universitarias

Las universidades y centros de estudio son inseparables del libro. Imprentas y libreros las eligen como sedes preferentes de su actividad ya que tanto la producción de originales como el mercado de textos estaban garantizados. Junto con la Iglesia, la universidad es un motor de la imprenta. El libro universitario, el libro de estudio, tiene la ventaja de encuadrarse en un ámbito internacional gracias al empleo del latín y facilitar así su comercialización en un amplio mercado. Los grandes impresores europeos, Plantin por ejemplo, envían sus agentes a las ciudades universitarias españolas; Salamanca se ofrece a Europa, a lo largo del siglo XVI, como una apetecible cabeza de puente. La preponderancia de determinados estudios superiores, como los de la Sorbonne donde la imprenta de la universidad había empezado a funcionar en 1472, hace que esas ciudades produzcan textos de y para otros países. Colonia, que debía a Heinrich Quentell la bibliografía teológica fundamental para la causa católica, aunque desarrolla una imprenta ligada a la poderosa universidad, tiene una demanda tan alta que algunos editores o impresores-editores tienen que utilizar talleres en París o en Amberes, además de mantener una red comercial y sucursales en toda Europa. Leiden, donde el yerno de Plantin, Raphaelengius, ejerció como impresor universitario, está asociada con la arrolladora actividad de la saga de libreros-impresores Elzevier, cuyo nombre que ha pasado a denominar un inconfundible tipo de libro asociado con sus ediciones en pequeño formato,  (dieciseisavo). Saumur, la otra gran universidad protestante, asocia su imprenta con otra gran familia de impresores, los Desbordes.

Las imprentas ligadas a la universidad derivaban, con frecuencia, en negocios de librería; Oxford, sede editorial de disidentes españoles y franceses en el periodo isabelino, también participó de esta práctica habitual y en ella fue frecuente que impresores ya rodados abriesen su propia tienda para la venta de su producción. La tipología de la ciudad determina también una geografía ideológica de la imprenta: el humanismo y las diversas confesionalidades se desarrollan en estos ámbitos de estudio y hacen que impresores y sedes queden vinculadas a corrientes de pensamiento o religiosas específicas: en el caso de la Sorbonne al catolicismo, en el de Leiden u Oxford a la Iglesia Protestante.

La frontera entre tipologías ciudadanas e imprenta no es tampoco nítida. Las ciudades comerciales funcionaron muchas veces como ciudades del libro universitario: Basilea, Venecia y Nuremberg fueron estratégicos puntos de producción y comercialización de los textos de estudio porque su industria tipográfica y su consolidada red de distribución garantizaban, en ocasiones, un movimiento de fondos muy superior al de las ciudades universitarias más restringidas a la clientela local.


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Bibliografía

La historia de la imprenta europea cuenta con una bibliografía desarrollada que el visitante interesado debe consultar; la navegación a través del CERL lo pondrá en contacto con los centros donde se desarrollan los estudios especializados. Hay unas lecturas canónicas ineludibles para quienes se inician en la materia. Son textos que han supuesto un cambio en el curso de los estudios sobre el libro y la lectura. La ofrecida aquí no debe considerarse una lista exhaustiva. Por razones de comodidad para el lector, citamos la traducción en español y llamamos la atención sobre aquellas que han sido realizadas o anotadas por historiadores del libro.

Chartier, Roger (1992), El mundo como representación: Historia cultural. Entre la práctica y la representación, trad. de Claudia Ferrari, Barcelona, Gedisa.

—— (1994), El orden de los libros, trad. de Viviana Ackerman, Barcelona, Gedisa.

—— (1994), Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna, trad. de Mauro Armiño, Madrid, Alianza Editorial (Alianza Universidad; 755).

—— (1995), Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII: los orígenes culturales de la Revolución francesa, trad. de Beatriz Lonné, Barcelona, Gedisa.

Clair, Colin (1998), Historia de la imprenta en Europa, ed. y pról. de Julián Martín Abad, Madrid, Ollero y Ramos.

Dahl, Svend (1996), Historia del libro, trad. de Alberto Adell; adiciones españolas de Fernando Huarte Morton, Madrid, Alianza Editorial (Alianza Universidad; 336).

Eisenstein, Elizabeth (1994), La revolución de la imprenta en la Edad Moderna Europea, trad. de Fernando Bouza Álvarez, Madrid, Akal (Akal universitaria; 162).

Febvre, Lucien & Henri-Jean Martin (1962), La aparición del libro, trad. de Agustín Millares Carlo, México, UTEHA.

Historia de la lectura en el mundo occidental (1997), Robert Bonfil (et al.), bajo la dirección de Guglielmo Cavallo y Roger Chartier, Madrid, Taurus.

Libros, editores y público en la Europa Moderna (1990), ed. de Armando Petrucci, Valencia, Alfonso el Magnánimo.

Martin, Henri-Jean (1999), Historia y poderes de lo escrito, (con la colaboración de Bruno Delmas); trad. de Emiliano Fernández Prado y Ana Rodríguez Navarro, Gijón, Trea.

Steimberg, S. H. (1963), 500 años de imprenta, trad. de Raimundo Portella, Barcelona, Zeus.

 

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