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Enrique, fi de Oliva

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nrique estando en Jerusalem assosegando [278] su tierra y poniéndola en recaudo [279] como pudiesse bevir en paz y en justicia, ovo nuevas de cómo Miranbel, Soldán de Babilonia, [f. 20v] que havía ayuntado muchas gentes para pelear con él y que se havía tornado del camino y avía [*] entrado sobre mar con todas sus gentes, y que se iva para ganar la tierra del Inperio de Constantinopla porque pensava que no havía quien gelo defendiesse [280] porque [*] el enperador era ciego de grand vejez que tenía.

Y Enrique ovo ende muy grand pesar porque los moros tan buena andança havían havido. Y mandó llamar a todos los crusados por saber quántos podía tomar dellos para llevarlos consigo para socorrer a Constantinopla, y apenas pudo hallar mil cavalleros que fuessen tales para sofrir armas. Mas todos los otros estavan aí, dellos dolientes [281] y dellos [282] heridos, y destos mil tomó los trezientos para llevar consigo. Y luego pensaron de andar y fueron a pasar el braço que dizen Aymad. [283]

Y el tienpo ovieron muy fuerte [284] y con la grand fortuna pereció [285] la nave en que ivan. Y quiso Dios que Enrique y su amo, el conde Jufre, y otro cavallero y no más se ovieron de librar [286] en una tabla grande de las que se quebraron de la nave; y nunca osó [287] alguno dellos destravarla. [288] Y como estavan ya cerca de la ribera, [289] las ondas [290] echáronlos fuera en calças y en camisas, [291] ca quando la grand fortuna vieron, luego se despojaron y assentáronse todos tres en la ribera y començaron muy fuertemente de llorar. Y entonces dixo Enrique a su amo, el conde Jufre:

—Señor, ¿qué consejo me dáis o de nos [*] qué será?

E dixo el conde:

—¡Conortadvos, señor, que esto bien parece que son tormentos de Dios el qual nos quiere provar! Y, pues que lo prometistes, vamos adelante a acorrer aquellas gentes, si pluguiere a Dios de ayudarnos, por [f. 21r] que no se pierdan.

Y luego començaron de ir su viaje quanto más pudieron hasta que llegaron a Constantinopla muy muertos de hambre, que no havían comido en aquellos cinco días sino de las yervas que hallavan por el campo, y assimesmo no bevían sino de las aguas que hallavan. Y quando llegaron cerca de la puerta de la ciudad dixo Enrique al conde:

—Entrad vos y esse cavallero a la ciudad a demandar alguna vianda por amor de Dios para que comamos, y yo esperaros he aquí en este lugar. Y quando viniere la noche, que será tiempo de dormir, buscaremos algún lugar o alguna casa do nos acojamos. [292]

Y Enrique estando allí, a un pie de una torre, mientra que los otros entraron a la ciudad, pensando en su desaventura que le avía acontecido, fieramente [293] començó a llorar diziendo sus quexas y nonbrándose cómo era hijo del duque de La Rocha y de la infanta doña Oliva, y sobrino del rey Pepino; y cómo por servicio de Dios viniera a aquel lugar, y cómo sobre la mar perdiera sus gentes y que no quedaron sino sólo él, y su amo y el cavallero los quales eran entrados a la ciudad. Y de cómo él era muy fatigado de hanbre. Y dixo:

—Señor Dios o me da algún socorro o me tira [294] luego la vida.

La fija del enperador, que avía nonbre Mergelina, que estava en aquella misma torre, do Enrique estava assentado, mirando cómo el almirante con todas sus gentes asomavan por los visos, [295] de que ella havía muy grand miedo que su padre perdiera el imperio, y que ella sería cativa. [f. 21v] Comoquier que ella estava en su grand cuidado, oyó los lloros y los gemidos de aquel que estava al pie de la torre llorando y quexándose tan fuertemente, y paró bien mientes de cómo se nonbrava de tan grand linaje. Y con grand piedad que ovo dél, fue a una su arca y tomó ciertas pieças de oro atadas en un paño y lançólas encima dél y dixo:

—Amigo, no vos muráis de hambre, ca veis aí essos dineros con que compréis de comer para vos y para vuestros conpañeros.


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Y Enrique paró mientes fazia arriba, y no vio a la infanta porque luego se entró en la torre. E luego Enrique desató el paño y halló las pieças de oro y dixo:

—¡O, Señor Jesuchristo!, bien sabes quántas eran mis tierras y hazienda que yo gané y no las [*] quise por no mostrar alguna codicia, y agora veo aqueste haver que me dan, y no sé quién por conortarme en mis quexas y fatigas las quales yo conté, aunque ciertamente más quisiera yo un pan con que tirase de mí esta hanbre que no quanto oro me pudieran aquí echar.

Y en esto Mergelina, la infanta, se paró a oír lo que él dezía. Y mandó llamar a un senescal [296] que aí, en palacio, estava y dixo:

—Vé allí, al pie de la torre, y hallarás un onbre desnudo en camisa al qual yo, estando a la ventana encima de la torre, le oí dezir mucho de su vida, y según sus palabras que oí no me parece que es hijo de algún ombre de baxa suerte, ante me parece que es onbre de muy alto linaje, y porque gelo oí dezir. Y porque se está quexando mucho de hambre, traedlo lo más presto [297] que pudierdes acá, assí Dios vos bendiga.

Y el senescal puso luego por obra [f. 22r] lo que le mandó. Y entre tanto decendió ella de la torre y fuésse al emperador Manuel, su padre, y contóle cómo ella, estando encima de la torre viera aquel onbre pobre al pie de la torre, el qual estava contando muchas penas y fatigas y llorando muy fuertemente, y cómo se nonbrava de aquel alto linaje, y cómo havía embiado al senescal por él y que bien pensava que lo trairía aína, al qual le mandaría traer delante de sí, e que le pedía por merced le preguntase que quién era y que supiesse de su vida. E el emperador dixo:

—Hija, bien veis vos que soy muy viejo y cómo estó muy flaco, y assimismo cómo he perdido la hazienda y la vista, que quarenta años ha que no vi sol ni luna. E si Dios quiere por su merced que a esta grand quexa que nos viene a conquistar. Y si ombre de tan grand linaje, como vos dexistes que se nombra, aquí fue venido, yo en mi lugar lo haría señor de todo mi imperio; e sería contento de casarvos con él si él no es casado. Y, ¡por Dios!, si no havéis enbiado por él, enbiad a muy grand priesa y sabed qué ombre es. Y en verdad vos digo que si no lo halla que lo haré luego ahorcar. Y en tanto mandad que se alleguen todas las gentes y se entren todos en la villa. E embiad muy apriesa mensajeros por los reinos de nuestros vassallos [*] y por todas las otras gentes porque ayamos acuerdo para haver consejo en esta guerra.

E el senescal que la infanta avía embiado llegó al pie de la torre, en donde halló a Enrique por las señas que la infanta le dixo. Y estava muy triste y sin plazer. Y díxole:

—¡Ombre! Mi señora la infanta [f. 22v] Mergelina vos embía a rogar que vais a verla, y que haréis aí mucho de vuestro provecho. Y servos ha mejor que no estar aquí que os mate alguno destos que vienen [*] contra la ciudad.

E respondió Enrique y dixo:

—¡Por Dios!, dexadme estar quedo, [298] que tanto he de cuidado que no me nienbro de otra cosa salvo de mis conpañeros que tenía, porque son idos a la villa anbos a dos [299] a pedir pan por la grand hanbre que todos tres teníamos por la grand pena que pasamos. Y si desnudo entrase en la ciudad, todos harían escarnio de mí, y no es mi persona para parecer [300] assí, desnudo.

Y dixo el senescal:

—Luego avéis de ir comigo, o os tengo de dar con la vara, que en la mano tengo, un gran golpe.

Y Enrique ovo muy grand pesar del senescal que assí era desmesurado, y porque no se desmesurase contra él, fuésse hazia la cava [301] y saltó muy ligeramente [302] de la otra parte. Y como estava ayuno [303] y muy cenceño [304] assí saltó que el senescal quedó aí muy maravillado y muy espantado de cómo havía assí saltado tan ligeramente, porque la cava tenía veinte pies en ancho y treinta en hondo. [305] Y bolvióse de cara Enrique hazia el senescal y díxole:

—A los ombres que avéis de mandar heridlos si quisierdes, que si una arma toviese, veríades cómo me defendía de vos.

Respondió el senescal y dixo:

—Maldito seas de Dios porque tal cava como esta, que la ciudad tiene que anparar, en tan poco la toviste de assí salvalla [306] en un salto, que no es apuesto a todos encavar [307] la esperança. Mas si dentro, en la ciudad, te apaño, [308] yo te haré enforcar. [309]

A lo qual respondió Enrique diziendo:

—Esso no es en ti mas en Dios, el qual me guardará. [f. 23r]

Y tornóse el senescal al emperador y a la infanta y díxoles:

—Señor y señora, yo hallé el desnudo y roguéle de vuestra parte que viniese ante vos, y él me respondió bravamente dándome a entender que no lo quería hazer. Y yo amenazélo con la vara que llevava en la mano porque viniesse comigo; y él en tan poco me lo tuvo que se fue hazia la cava y saltóla muy ligeramente de la otra parte. E tan grand salto le vi hazer que me maravillé muy mucho; y bien pensava que no oviera moro ni christiano en el mundo que tan grand salto pudiesse hazer. Y después que fue allende de la cava, hablóme bravamente diziéndome que si alguna arma tuviesse que se defendiera de mí.


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