A la luz de
otros bilingüismos, no cabe más que preguntarse por qué la interacción
de español e inglés se vuelve tan problemática en Estados Unidos.
De mi experiencia,
debo mencionar que cuando se está en busca de periodistas formados
aquí y que sean realmente bilingües, queda claro que esa simultaneidad
es efectivamente y (siendo magnánimos) problemática.
Otro tanto
puedo decir desde mi experiencia enseñando en la Universidad de
Chicago y otras casas de estudio.
La experiencia
auditiva a nivel de calle permite reconocer, sin mucha dificultad,
que los latinos de segunda generación y nivel socioeconómico no
privilegiado, hablan un español dificultoso y un inglés muy peculiar.
Ese espacio,
el de la segunda o tercera generación y de nivel no privilegiado
es el reino del espanglish.
No es éste
el momento de discutir sobre la hibridación y fecundación mutua,
oximorónica, entre la lengua de Cervantes y Cantinflas con la de
Shakespeare y George Bush.
Pero no es
el espanglish la única neolengua mestiza y de nombre gracioso.
Personalmente vengo de una zona del mundo, el sur de América del
Sur, valga la redundancia, donde no suenan exóticos híbridos como
el portunhol y el llopará.
El portunhol
es la creativa mixtura entre portugués y español que se habla
en las zonas fronterizas que con Brasil mantienen Uruguay, Argentina
y Paraguay.
El llopará
es una aleación de guaraní y español, vehículo de expresión
preferido por más de tres millones de paraguayos, un 80% de la población,
aproximadamente.
Para espanto
de los puristas —que los hay, los hay— no reputo que el espanglish
sea una parte del problema. Más bien, por el contrario, es una
parte de la solución. Una solución natural y a veces desesperada
de hablantes con más necesidad de comunicarse que de respetar una
ortodoxia lingüística que, para decirlo en vernáculo mexicano, vale
madres cuando uno lo que está necesitando es hacerse entender.
Otras experiencias
de simultaneidad bilingüística y trilingüística que deberían mencionarse
son la de español y catalán, español y euskera, español y gallego
(para no ofender con la ignorancia a ningún ancestro ibérico), y
casos como el de Bélgica, país con tres idiomas oficiales, flamenco,
francés y hasta alemán o el de Suiza, con alemán, francés e italiano,
o la situación de Holanda y Suecia, donde prácticamente todo el
mundo habla inglés perfectamente y ya es lo normal.
En todos esos
casos, la condición políglota es un plus, que dirían los
estadounidenses. Incluso entre hablantes cultos suele decirse que
cuantos más idiomas uno sabe, más sencillo se hace el aprendizaje
de uno nuevo.
¿Por
qué, entonces, en Estados Unidos hay tanto drama, como diríamos
en el Río de la Plata, con esta fricción entre el inglés y el español?
Hace un par
de semanas estuvo en Chicago el flamante ombusdman del flamante
Buró de Inmigración, nuevo nombre para la vieja Migra. Se
trata del hindú Prakash Khatri. Confrontado públicamente con los
severos problemas que enfrenta y hasta los disparates que comete
esa benemérita institución, el funcionario reconoció: «Tenemos
un servicio del tercer mundo en un país del primer mundo».
La respuesta
es idéntica, si es honesta, cuando hablamos del sistema educativo.
El esquema
usual es que el niño nace y crece en otro idioma, por padres que
han emigrado por necesidad y no por curiosidad acerca del sueño
americano, y que no han disfrutado de una educación privilegiada.
Cuando llega a la edad escolar el infante es sumergido en escuelas
inadecuadamente financiadas, con graves carencias de maestros bilingües
mínimamente preparados y dentro de un sistema donde los programas
son un verdadero caos babélico.
De mi experiencia
como periodista y como comisionado delegado en el Comité para la
Reforma del Código de Educación del Estado de Illinois, he extraído
dos conclusiones principales, pesimistas y resignadas: el caos de
los programas y la atomización del sistema educativo son inconvenientes
casi insuperables para que se produzca una mejoría real.
Tal como está
el sistema le otorga demasiado poder a los llamados Concilios Escolares
y al Principal de cada centro de enseñanza.
El muy estadounidense
principio de nadie va a saber mejor cómo educar a sus hijos que
los propios padres, deja una materia altamente técnica, como la
educación, en manos de esos concilios, que, como es lógico, no saben
ni jota del tema. Muy American way, pero tremendamente equivocado.
De este modo,
la figura del Principal se vuelve demasiado ídem. Cuando
el Principal es regular o malo, ni modo, dirían los mexicanos.
Cuando resulta de bueno a maravilloso, se convierte en un quijote
luchando contra los molinos de viento.
En mi modesta
opinión el tema de la educación bilingüe en Estados Unidos, como
el de la educación en general, es muy sencillo:
1) Este
país tiene que invertir en educación pública un porcentaje de
su producto bruto comparable al de las naciones civilizadas
del globo.
2) Este
país, o al menos cada Estado, tiene que crear un sistema de
educación centralizado, con programas centralizados, dirección
centralizada y evaluación centralizada, en manos de técnicos
y no de administradores nombrados políticamente.
O sea que es
complicadísimo, y para nada the American way, ni falta hace
decirlo. Pero por la vía actual, ni modo.
|