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Contrapunteo bilingüe
Por Doris Sommer |

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La excursión de Freud al inconsciente es prescindible para el chiste bilingüe. Sin este
viaje, Freud se queda sin ciencia; y el humor bilingüe no lo requiere. Para Freud, el
chiste necesita zambullirse en el inconsciente hacia una asociación reprimida. Sin este
chapuzón, la luz de la inspiración, que se traduce en pérdida de control, no hay
chiste.
Y una clara diferencia entre el chiste y lo
cómico es que la comedia puede permanecer en el nivel consciente; realiza conexiones
entre consciente y ¿preconsciente?, algo familiar, pero olvidado en lugar de reprimido.
No obstante, me atrevo a opinar en contra de Freud: una buena broma bilingüe no depende
de asociaciones reprimidas; al contrario, pesca palabras en un río perfectamente visible
y compartido de un lenguaje alternativo. Es sutil, y sin embargo claramente viable,
sofisticado y democrático. ¿Qué hubiera hecho Freud con tanto cruce desbordante de
fronteras que consiguen esquivar y rodear el inconsciente?
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Por alguna razón, esta doble satisfacción bilingüe no ha sido tema literario. Ni la
estética tradicional (incluyendo la retórica), ni la filosofía del lenguaje ha salido
del monolingüismo. Lo bilingüe es, muchas veces, un problema político,
pedagógico, casi una patología para muchos países industrializados. Sin embargo, no ha
llegado a ser un campo cultural, aunque su cultivo podría seguir lo que aconsejó
Wittgenstein para las patologías filosóficas: no curarlas, solo describir sus usos
normales para poder ver lo que son. Lo que es normal, en los juegos bilingües, dice Ana
Celia Zentella, sociolingüista del barrio de los puertorriqueños en Nueva York, es la
virtuosidad creativa. Ella compara estos juegos bilingües con el baloncesto o el bailar
salsa. Son expresiones de arte colectivo, vehículo para la solidaridad al igual que un
espacio para la creatividad personal.
Wittgenstein nunca se interesó en describir
los usos bilingües. Sordo a su propio consejo, él los curó en vez de describirlos.
Wittgenstein observa, por ejemplo, que una de las cosas que puede suceder cuando uno trata
de expresar una idea o un sentimiento al escribir una carta, es que uno piense en algo en
un idioma extranjero y luego trate de interpretarlo a la lengua materna propia.
Wittgenstein va muy rápido aquí, de una cosa a la otra como si fuese de una causa a su
efecto inevitable. Se nos ha adelantado, saltando de un estímulo en inglés a su deseada
respuesta en alemán, prácticamente colapsando los dos eventos en uno. Cuán
extraña nos parece su impaciencia ante la interferencia; qué inesperadamente
prescriptiva parece su meta monolingüe en Las investigaciones filosóficas,
donde la tolerancia es el remedio para los ¿problemas? filosóficos. «Mire y vea», era
su repetido consejo a los pensadores que habían perdido el contacto con el mundo. En
lugar de teorizar sobre lo que se puede y no se puede hacer con el lenguaje, Wittgenstein
se ocupa de hacer cosas con él, por ejemplo como escribir una carta.
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Sin embargo, Wittgenstein parece estar estancado en por lo menos un parámetro abstracto
de la filosofía del lenguaje, quiero decir, en su reducción de las funciones cotidianas
a un sólo código lingüístico. El hecho que Wittgenstein pensara y se comunicara en
más de un idioma (sospecho que muchos filósofos del lenguaje lo hacen), no parece
haberle interesado. Con las puertas de la terapia monolingüe todavía cerradas, una
expresión en inglés se le ocurre a Wittgenstein, y él actúa con indiferencia hacia la
forma en que esto funciona. Apenas la mira, difícilmente la ve, y rápidamente la
descarta para poder dar con un sustituto correspondiente en alemán. ¿Cómo se habrían
podido desarrollar las investigaciones si la cerca alrededor de las terapias monolingües
se abriera? Seguramente considerarían el modo en el que un idioma funciona en asociación
con otro. Un segundo idioma será, a lo mejor, tan limitado como el primero, pero de forma
distinta, y en ocasiones de manera liberadora. Por ejemplo, una
ventaja que el cambio de códigos lingüísticos tiene para Wittgenstein es que le permite
la posibilidad de liberar el pensamiento para buscar otras palabras, palabras en inglés.
Él debería haber notado que estos hilos paralelos representan flexibilidad y sutileza,
ya que tanto lamentaba lo que se pierde al menospreciar las redes complejas de
comunicación. «Una vez registremos los daños causados por propuestas reduccionistas nos
sentiremos como si tuviéramos que reparar una telaraña con nuestros dedos».
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Los inmigrantes que se aferran a la red de su lengua materna cuando llegan a Estados
Unidos, no son necesariamente desagradecidos; son complicados. Algunos norteamericanos se
ofuscan cuando oyen las lenguas particulares en espacios públicos (en la calle, bares,
negocios, hospitales, etc.). Pero las personas desplazadas de otros países a menudo
defienden su libertad de expresión viviendo con códigos dobles (o múltiples), muchas
veces prologando su uso durante varias generaciones. Si después de cruzar la frontera se
les presiona para que adopten la cultura del país anfitrión, es muy probable que los
inmigrantes más creativos doblen sus defensas. Se someten y vacilan, en un contrapunteo.
Los juegos idiomáticos florecen bajo la presión, mientras que el encanto de las culturas
tradicionales sobrevive en muestras póstumas de originalidad. La nueva creatividad
políglota valora los encantos de las malas traducciones, los chistes con risa postergada,
y la posibilidad de conmutar las reglas de una lengua por las de otra: sonriéndose
se empina el bato la botella and wagging chapulín legs in-and-out le dice algo a su
camarada y los dos avientan una buena carcajada y luego siguen platicando mientras la
amiga, unaffected masca y truena su chicle viéndose por un espejo componiéndose el
hairdo.
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Los bilingües entienden la arbitrariedad del lenguaje aún con más intensidad que los
teóricos que después de Paul de Man llaman al lenguaje alegórico, porque las palabras
están en un orden diferente al de sus elusivos referentes. Más allá de lo elusivo, el
lenguaje de todos los días puede ser opaco cuando se enfrenta a otro, a veces
intencionalmente opaco, como un recuerdo de la supervivencia de las diferencias
culturales.
«Nosotros tenemos derecho a nuestra
opacidad», así comienza el manifiesto para la autodeterminación cultural escrito por
Edouard Glissant.
Me gustaría considerar algunas prácticas
que defiendan esta opacidad contra la normalización modernizante de la cultura. Son
juegos bi- o (multi-) lingües que se aprovechan de los
residuos disonantes de la asimilación (o llevan errores intencionales y graciosos)
después de que un idioma particular es forzado dentro de códigos universales. Las
interrupciones, los retrasos, los cambios de código, y la comunicación sincopada son
aspectos retóricos del juego bicultural idiomático. A pesar de todo lo que podamos
lamentarnos de los estragos que hace la modernidad sobre las diferencias
culturales, sería incluso mucho más triste y contraproducente, dejar que la
lamentación ahogara los sonidos del contrapunteo cultural y de la supervivencia
creativa.
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