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La responsabilidad de los medios
en el uso de la lengua
Sergio Sarmiento
Director de informativos.
México
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El lenguaje, nos dicen los
filósofos, es el espejo del espíritu. Aristóteles vio en él el elemento
distintivo del ser humano. Descartes lo consideró la llave para acceder a la inteligencia
humana y, por ende, a la existencia de Dios.
Los filósofos analíticos del siglo XX
consideran que la palabra es el único campo legítimo de estudio para la filosofía,
porque sólo a través de él se puede conocer al ser humano y a su realidad. |
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Ante estas apreciaciones, no
sorprende ver a personas perfectamente razonables, enemigas de la violencia y usualmente
tolerantes con los demás, recurrir a las armas más poderosas a su alcance cuando se
trata de defender su visión del lenguaje.
Muchas acusaciones de todo tipo se han hecho en
las últimas décadas a los medios de comunicación. Se les ha responsabilizado de la
rebeldía de los jóvenes, de la violencia en las calles y del deterioro de la moral
tradicional. Pero además se les ha culpado por lo que se percibe como un notable
deterioro en la capacidad de la gente para expresarse a través del lenguaje.
¿Son ciertas todas estas acusaciones? ¿Debemos
empezar a ver a los medios como enemigos fundamentales de la sociedad? ¿Tendremos que
prohibirlos o censurarlos? ¿O quizá retomar los instrumentos de tortura de la
Inquisición para hacer pagar a los comunicadores por los pecados que han acumulado a lo
largo de muchos años? |
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A veces no me faltan ganas a mí
mismo, pese a ganarme la vida en los medios de comunicación de iniciar la cruzada en
contra de quienes violan las reglas más elementales de la lengua a la vista y a la
escucha de mlllones de personas. Irritan las expresiones incorrectas, las faltas de
ortografía, los solecismos y los barbarismos. Molesta la pobreza de vocaburario.
Pero si el lenguaje es el espejo del espíritu,
lo que más inquieta es el estado espíritual de tantos presentadores y comentaristas que
torturan la sintaxis y se pelean constantemente con la lógica.
Los comunicadores siempre tendremos la tentación
de querer arreglar los males de nuestro país a través de los medios en que trabajamos. Y
hay, por supuesto, ejemplos brillantes en la historia de la comunicación de cómo los
medios han servido para preservar la unidad nacional de un país a través de la difusión
de un lenguaje nacional. |
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La BBC británica es quizá el
ejemplo más brillante. En un tiempo en que el Reino Unido era una desunida congregación
de comunidades que hablaban dialectos mutuamente incomprensibles, la BBC logró forjar un
sentido de unidad al difundir un inglés convencional que era comprendido por los
británicos de todo el país. La BBC tuvo tanto éxito en esta empresa que su inglés se
convirtió en lengua franca no sólo en el Reino Unido sino en buena parte del mundo.
Sin embargo, cuando se habla del triunfo de la
BBC para crear su inglés convencional, el inglés de la BBC, y se pretende repetir la
experiencia en otros lugares del mundo, se olvidan algunos factores importantes. Uno de
ellos es que la población británica, a pesar de sus diferentes lingüísticas, tenía un
nivel educativo alto. La gran mayoría de los británicos, independientemente de sus
dialectos, habían recibido en la escuela la suficiente instrucción lingüística como
para comprender el inglés de la BBC. El medio de comunicación estaba trabajando sobre un
campo ya preparado, sembrado y abonado por el sistema educativo.
Otro elemento que con frecuencia se olvida es
que, a pesar del éxito obtenido, el inglés de la BBC sigue siendo utilizado de manera
cotidiana por un número relativamente pequeño de británicos. A pesar de los supuestos
poderes mágicos de los medios de comunicación para cambiar las costumbres de una
población, los británicos han continuado utilizando sus dialectos regionales, los cuales
se mantienen en constante transformación y simplemente preservan el inglés convencional
como una lengua franca que les permite comunicarse entre sí cuando tienen esa necesidad. |
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En México, quiérase o no, ha
surgido también un dialecto convencional del español, que es el que se utiliza
usualmente en los medios de comunicación. El hecho de que los medios nacionales estén
concentrados en buena medida en la ciudad de México, le ha dado a este español
convencional mexicano algunos de los tonos e inflexiones característicos de la capital.
Es verdad que en buena medida el uso del lenguaje
en estos medios es muy pobre. Pero no más pobre de lo que usualmente encontramos en las
calles de nuestras ciudades. Es difícil argumentar que los medios están deteriorando los
usos lingüísticos de nuestro país. Más bien puede argumentarse que es el bajo nivel
educativo de nuestra sociedad el que se manifiesta en los medios de comunicación. |
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Estoy ccnvencido de que los
medios de comunicación tienen la obligación de mejorar su uso de la lengua, no por
mantener purismos académicos que poco sentido tienen en nuestros días, sino por la
importancia de lograr una comunicación más eficaz. Así como los productores de
televisión o de radio buscan todos los días instrumentos técnicos para mejorar sus
transmisiones y sus programas, así los comunicadores deben estar en constante búsqueda
de instrumentos lingüísticos que les permitan comunicar mejor. El criterio, sin embargo,
debe ser la claridad de expresión que se traduce finalmente en una mayor claridad de
pensamiento.
Es un vano sueño pensar que los medios de
comunicación puedan transformar por sí solos los usos lingüisticos de un país como el
nuestro. Más iluso es considerar que esta transformación puede imponer a la mayoría
usos académicos que, a pesar de ser obsesión de los puristas del lenguaje, son ajenos a
la enorme mayoría de la población.
Muchas de las exigencias que se hacen a los
medios en materia del uso de la lengua son más producto de intentos por conservar
purismos académicos que de la necesidad de imponer una nueva claridad en el lenguaje.
Esto nos señala que el esfuerzo está mal encaminado. |
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Si es verdad que el lenguaje es
un espejo de nuestro espíritu, de nuestra inteligencia, mal haremos en insistir en
encadenarlo a los dictámenes de una Academia establecida en otro continente y para servir
a otro pueblo. En cambio, debemos usar todo nuestro esfuerzo por lograr que esas
laberínticas frases sin principio ni fin aparente, que denotan falta de claridad en el
pensamiento, sean desterradas definitivamente de los medios. Hoy más que nunca los
mexicanos necesitamos que en nuestros medios de comunicación y en nuestra vida cotidiana
reencontremos las virtudes de la claridad en la expresión. |
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